Nuestro hombre

George Packer · Capítulo 40 de 41

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Nuestro hombre

Epílogo

 

 

Aquello fue el fin. Veinte horas de operación, hemorragia masiva a causa de la warfarina, la aorta hecha trizas hasta la pelvis. No volvió a despertar. La noche del lunes 13 de diciembre, su corazón se rindió. Hillary Clinton dio la noticia a los miembros de su equipo en el vestíbulo del hospital, donde habían estado velando, que lloraron en sus brazos. Se los llevó al Ritz-Carlton, se sentaron en el bar y estuvieron contando anécdotas de él hasta entrada la noche.

Cuando un rey muere, el duelo se vuelve competitivo, como si la grandeza del difunto pudiera transferirse a aquellos que lo lloren más. Así ocurrió con Holbrooke, que nunca se sentó en el trono, pero generó una reacción similar. Hubo una lucha curiosa por ver quién había estado cercano a él, y muchos de los competidores fueron mucho más amables ahora que no estaba que cuando lo tenían delante. Karzai telefoneó a Kati con profunda consternación. Una postal de Hallmark con flores rosas en la que se leía «Espero que pronto te sientas mejor» llegó tras la muerte de Holbrooke de parte del «Teniente

general Ahmed Shuja Pasha, director general, Inteligencia Interservicios»[1]. La misa en su honor que se celebró en la Kennedy Center Opera House fue

como un funeral de Estado[2]. Zardari acudió desde Pakistán, y también generales, diplomáticos, banqueros, periodistas, Carl Bildt, Dikembe Mutombo, Albright, Biden, los empleados de la Casa Blanca que lo habían atado como a Gulliver, y Litty, y la mujer de Alemania. Renée Fleming cantó el Ave Maria. Había en el escenario unas palmeras falsas del decorado de South Pacific, que se representaba en el Kennedy Center, y también estaban, sentados junto a Kati, David, Anthony y el resto de oradores, Hillary y Bill Clinton y Barack Obama.

«Richard fue muy buen marido», afirmó Kati.

«No olvidemos nunca, nunca, la fragilidad de Dick, su vulnerabilidad», dijo Les Gelb.

«Jamás entendí a las personas que no lo apreciaban —dijo Bill Clinton—. La mayoría no eran ni mucho menos tan buenas como él a la hora de hacer que pasaran cosas».

«Dios te bendiga, amigo mío», se despidió Hillary Clinton.

Obama estuvo allí sentado las dos horas enteras, como una forma de respeto o penitencia. Cuando llegó su turno, elogió a su difunto y humillado SRAP en abstracto, con expresiones prestadas, y citó el poema de Matthew Arnold «The Buried Life», una elección peculiar teniendo en cuenta que la poesía trata de la búsqueda de una vida interior: una montaña que al difunto nunca le interesó escalar.

En privado, Obama mostró su exasperación ante la idea que circulaba por ahí de que él había matado a Richard Holbrooke.

 

¿Podría Holbrooke haber solucionado la cuestión de Afganistán? No lo creo. Las mejores ideas no sirven de nada sin la capacidad de ponerlas en práctica. Había perdido el don esencial de la persuasión. Y puede que, para cuando llegó él, Afganistán se hubiese convertido ya en una de esas cosas horribles que hay que hacer, pero no pueden hacerse. Aun así, si Obama consideró que merecía la pena mandar a sesenta mil soldados, también merecía la pena reprimir la antipatía que sentía hacia su prolijo representante especial y emplear los poderes menguantes de Holbrooke para intentar poner fin a la guerra. Afganistán nunca importó lo suficiente.

Hacia el final, Holbrooke vivía en cada capítulo de su vida simultáneamente —Kennedy y Obama, Vietnam, Bosnia y Afganistán—, como si flotara en una masa única de agua cuya temperatura variara de un

punto a otro y de una profundidad a otra[3]. Toda esa experiencia acumulada…: nosotros, los estadounidenses, no la queremos. Hace casi que nos sintamos avergonzados, salvo cuando la enterramos. De modo que olvidamos nuestros errores, retrocedemos ante ellos, damos bandazos desquiciados entre el esfuerzo sobrehumano y la triste retirada, buscando siempre las respuestas en nuestra propia bondad y sabiduría, y no donde están, en el mundo y en la historia. Me asombra que superásemos tan bien nuestro medio siglo en la cima. Ahora eso ha terminado.

Hubo más ceremonias en otras ciudades. En Nueva York, la misma mezcla de gente que lo adoraba y detestaba ocupó los asientos de la Asamblea General de la ONU. Samantha Power y Susan Rice llegaron juntas y con retraso. Tony Lake se sentó solo en el palco.

Lake tenía setenta y un años y llevaba barba gris. Había llegado caminando media manzana desde las oficinas de Unicef, donde gracias a Obama y a Rice, se encargaba de tratar de salvar a los niños del mundo, de Siria a Birmania: un puesto para el que estaba magníficamente capacitado y en el que sería al fin feliz. Había acudido a despedir a su viejo amigo y enemigo, y estar allí hizo que se sintiera, como tan a menudo, dividido. No pretendía generar ningún revuelo, pero quería presentar sus respetos; si no a Dick Holbrooke, al menos al pasado que habían compartido. Luego se esfumó sin llamar la atención.

 

En torno a la ausencia de Holbrooke flotaba cierta inquietud. Había desaparecido de un modo demasiado brusco de un mundo donde su presencia generaba una auténtica conmoción. Nada se asentó con su muerte: todo estaba en el aire.

Kati pidió a Hillary Clinton y al almirante Mullen que fuese enterrado en Arlington, para lo cual haría falta una dispensa de la secretaría del Ejército, dado que Holbrooke no había servido nunca como militar. Clinton y Mullen escribieron sendas cartas, y Mullen ejerció mucha presión en el Pentágono, pero la resistencia de Petraeus y del general John Kelly, el asesor militar de Gates, fue demasiado férrea. Holbrooke había servido a su país de manera intermitente durante cinco décadas y había muerto en combate, pero no había sitio para él en el cementerio nacional.

Sus propias cenizas estaban inquietas. Pasaron años dando vueltas. Primero en el crematorio, porque Kati estaba demasiado destrozada para ir a reclamarlas, y luego durante meses en casa de la jefa de gabinete de Holbrooke, hasta que un día, en una colorida bolsa de macramé, las llevó a la presentación de un libro en Georgetown a la que sabía que Kati estaba invitada, y Kati se las llevó a su nuevo apartamento en Manhattan, donde las conservó varios años más.

Kati transmutó su pérdida en una campaña de discursos, entrevistas y columnas de opinión. Defendió el legado de su difunto marido en Berlín, Srebrenica y Dayton. Censuró a Obama. Escribió un libro sobre sus matrimonios donde rememoró una última y tierna conversación telefónica justo antes de que Holbrooke se desplomara, aunque no la discusión que la había precedido. Cuando David se propuso rodar una película sobre ese padre al que nunca había llegado a conocer bien, Kati intentó detenerlo, y riñeron a propósito de quién debía hablar en memoria de Holbrooke. Con la viudedad, se convirtió en una defensora tan infatigable en su nombre como lo había sido él en vida.

Lo enterraron por fin en otoño de 2015 en un cementerio en los Hamptons, bajo una lápida en la que se lee:

 

RICHARD C.

HOLBROOKE

24 ABR. 1941

13 DIC. 2010

ESTADISTA

FILÁNTROPO

PATRIOTA

 

Mientras yo contemplaba todo esto, desde la distancia de esos amigos del montón que ocupábamos los asientos generales, sentí que aquella inquietud tenía algo que ver con el hecho de que hubiese sido casi un grande. Si hubiese ascendido a las alturas que él mismo y sus admiradores esperaban, a su muerte le habría seguido un entierro con honores en el lugar sereno a inamovible que la historia le tenía reservado. Si hubiese sido igual que la mayor parte de nosotros, el dolor y el recuerdo habrían quedado en la esfera privada. Pero en ese espacio indefinido entre ambos, donde las almas de los casi grandes claman reconocimiento, él seguía luchando, esforzándose, anhelando más.

Esto es cuanto tenía que contarles. Me he alargado más de lo que pretendía. Había mucho que decir, pero su voz aún no se me va de la cabeza. Sé que un día empezará a apagarse, junto con su recuerdo, junto con la idea de una vida vivida como si el mundo necesitara de una mano estadounidense para ayudar a enmendar las cosas. A estas alturas los lectores conocen bien todos sus defectos, pero ahora que Holbrooke ya no está, y que empezamos a conocer las opciones, ¿no sienten también ustedes un poco de remordimiento? La historia es cruel al respecto, pero él la amaba de todas formas.