Nuestro hombre
Capítulo VIII
—He leído en un informe que han cortado la carretera 4 entre Saigón y Can Tho —anunció Lyndon Johnson a los ocho hombres que se sentaban en torno a la mesa de caoba de la Sala del Gabinete—. Ya saben, en Tejas, si el cerdo sube de precio, te echan. Pierdes las elecciones. El precio del cerdo, en Tejas,
es poder[120].
El presidente interpretó el corte de la carretera 4 en relación con el efecto que podría ejercer sobre la cotización del porcino en Saigón. Recostándose en su sillón de cuero, se volvió hacia el hombre que tenía a la derecha, Robert Komer, que iba ataviado con pajarita y mordía con fuerza una pipa. Komer se había convertido en el rey de la pacificación para Johnson y era el nuevo jefe de Holbrooke.
—Komer, quiero que el precio del cerdo baje a la mitad en veinticuatro horas y que esa carretera vuelva abrirse.
—Sí, señor presidente —replicó Komer, antiguo funcionario de la CIA y burócrata tan feroz y volátil que Henry Cabot Lodge lo apodaba «el Soplete».
Al otro lado de la mesa, a Holbrooke le parecía que Johnson estaba hablando como Hitler al final de la guerra mundial, imaginándose al frente de divisiones que no existían. Ningún estadounidense tenía en su mano reabrir la carretera 4, ni siquiera Bob Komer, alias el Soplete.
Johnson continuó:
—Tengo otra idea, Bob. Tú sabes que al final de la Segunda Guerra Mundial hubo un montón de asesores en asuntos civiles que se encargaron de gestionar la Alemania y el Japón ocupados. Tenemos que recuperarlos y mandarlos a Vietnam.
Era finales de verano de 1966. Holbrooke nunca había hablado directamente con un presidente, pero había llegado a la conclusión de que nadie en Washington conocía mejor la guerra que él. En la Casa Blanca y el Pentágono la noción que se tenía de Vietnam era más bien endeble, mientras que el convencimiento de que Estados Unidos podría hacer lo que le viniera en gana se mantenía sólido como la roca, como si Washington se hubiera quedado varado en 1945. Holbrooke alzó la mano:
—Señor presidente, ¿me permite? —Johnson miró por encima de sus anteojos al joven asistente que se sentaba al otro lado de la mesa—. Señor presidente, acabo de llegar de Vietnam y, si me lo permite, todo esto me preocupa un poco. No estoy seguro de que esos asesores estadounidenses de que usted habla estén cualificados para esta tarea. Existen ciertas limitaciones respecto a lo que los estadounidenses podemos hacer en el ámbito de lo civil en Vietnam.
Johnson se quitó las gafas y dirigió hacia Holbrooke aquel rostro suyo de mirada triste y mandíbula prominente.
—Veamos, hijo. Su trabajo es acabar con esas limitaciones —le contestó el presidente.
Los Holbrooke compraron una casa de dos plantas en la avenida Nebraska, al noroeste de Washington, junto a un sombreado camino de ribera que bordeaba el río Potomac. Los Lake vivían a cinco minutos en coche, colina arriba, en un barrio algo más elegante, sobre la carretera Foxhall. Todas las mañanas, Litty, con el bebé en el asiento trasero, llevaba a Dick en su Volkswagen Escarabajo hasta el céntrico edificio de la Old Executive Office, ese ostentoso mamotreto estilo Segundo Imperio al que Truman llamó «la mayor monstruosidad de Estados Unidos», el cual se alzaba no lejos de una Casa Blanca que, a su lado, se veía pequeña y decorosa. Litty lo recogía también a diario. Holbrooke y otros seis miembros del equipo de Komer, incluido el teniente coronel Bob Montague, amigo de Holbrooke desde Bạc Liêu, compartían despachos en el primer piso. Libraban «la otra guerra» desde Washington.
Robert Komer (a la izquierda, de espaldas), Lyndon Johnson (señalando) y RH (tercero
por la derecha, de perfil) en la Sala del Gabinete. Yoichi Okamoto. Fotografía oficial de la
Casa Blanca.
Johnson quería resultados rápidos —«pieles de mapache en las paredes»,
según sus palabras[121]— y por eso hizo responsable de la pacificación a la Casa Blanca y no al Departamento de Estado, que lo había solicitado explícitamente. Sin embargo, en Vietnam los resultados nunca llegaban de inmediato y a veces ni llegaban, salvo cuando se trataba de esos informes que contaban 324 aldeas estratégicas en Ba Xuyên. Nada había cambiado en esencia desde 1963. El ejército sudvietnamita apenas se interesaba por el bienestar de la población rural, los campesinos sentían poco afecto por el gobierno y los políticos y generales de Saigón se dividían en facciones. Imperaba una corrupción galopante. Los problemas seguían sin resolverse año tras año, y los estadounidenses se empeñaban en arreglar las cosas con más dinero, más programas, más gente, más armas y más palabras, con una voluntad misteriosamente —casi admirablemente— implacable.
Si no es posible ganar una guerra, al menos puede intentarse administrar la burocracia de la manera correcta. Por mi experiencia, sé que cuando empieza a normalizarse el uso de términos como «gestionar», «coordinar», «reestructurar» y «fortalecer», las medidas no están funcionando. Cambiar la estructura del gobierno estadounidense no era fácil, pero cambiar la forma de ser de los sudvietnamitas resultaba mucho más complicado. Así pues, Komer dedicó todo un año de trabajo a rediseñar el esquema organizativo. La cuestión era cómo obligar a todas las agencias implicadas en la pacificación a trabajar codo con codo, salvando las brechas entre las provincias y Saigón, Saigón y Washington, los militares y los civiles, los estadounidenses y los vietnamitas. A principios de 1967, Johnson creó el Apoyo al Desarrollo Revolucionario y de Operaciones Civiles (CORDS, por sus siglas en inglés), que tomó el control de la pacificación, apartando a los civiles y entregando el timón a Westmoreland. El enorme aparato militar absorbía, así pues, todo el quehacer estadounidense en Vietnam. En mayo de 1967, Komer fue destinado a Saigón para convertirse en la mano derecha de Westmoreland en la tarea de la pacificación al frente del DEP-COMUSMACV CORDS (lo de los
acrónimos empezaba a salirse de madre[122]), con cuatro mil militares y civiles a sus órdenes, rango de embajador y, tras su insistencia recalcitrante (pues un guardia militar había negado la entrada al cuartel general a su Chrysler Imperial con chófer), prerrogativas de un general de cuatro estrellas.
«Este es el final de la misión civil independiente —escribió Holbrooke a Litty desde Saigón ese mismo mes, al hilo de la llegada de Komer—. Todo aquello por lo que he trabajado se ha perdido. Y Komer también se ha
perdido[123]».
Tras seis años en Vietnam, tras las aldeas estratégicas, las manchas de aceite y los pijamas negros del Vietcong, los norteamericanos creyeron que por fin habían dado con las claves de la pacificación: la respuesta estaba en una gestión mejor. Habían estado tirando más bombas y usando más potencia de fuego aérea que nunca. Finalizado 1967, Johnson, Westmoreland y Komer se convencieron de que la guerra estaba ganándose.
Entretanto, Holbrooke se convirtió, por decirlo así, en el Komer de Komer. Viajaba sin descanso entre Saigón y Washington DC, apretando las tuercas a los burócratas de ambos lugares para que actuaran con mayor agilidad. Creó listas con los nombres de los funcionarios del Servicio Diplomático que acababan de prestar juramento y se disponían a realizar un periodo de servicio obligatorio de un año en Vietnam (era obligatorio porque nadie pedía ya ir motu proprio). Se volvió impopular entre sus colegas, e incluso llegó a protagonizar acres enfrentamientos con Komer «el Soplete». En una ocasión, durante un vuelo a Manila, adonde acudió para asistir a una de las cumbres periódicas entre Johnson y los líderes sudvietnamitas, Holbrooke se encontraba en la parte de atrás del avión con Tony Lake cuando Komer se le acercó:
—Dick, voy a dictarte una carta —le dijo, pretendiendo humillarlo frente al otro, como si pudiese olfatear la competición entre ambos.
Komer se puso a hablar; Holbrooke abrió un cuaderno y comenzó a escribir furiosamente ante la atenta mirada de Lake.
—No sabía que supieras escribir en taquigrafía —observó Komer.
—No, no sé —replicó Holbrooke, cerrando el cuaderno. Solo había hecho en el cuaderno garabatos sin sentido.
Una noche, durante una cena en casa de los Lake, Tony Él le presentó a un tal John Helble, quien trabajaba asesorando sobre personal en el Departamento de Estado. Lake y Holbrooke habían alcanzado ambos el nivel FSO-5 en muy poco tiempo (Vietnam los había impulsado en su carrera), y Tony había asistido a una sesión de asesoramiento profesional oficial.
—Dick, tienes que ir —le dijo Lake a Holbrooke—. Ha sido increíble. He
aprendido un montón, de verdad[124].
—No creo que a mí me haga falta —respondió Holbrooke, quien ya tenía a los funcionarios del Servicio Diplomático por oportunistas sin imaginación. Él pretendía escalar por la vía más rápida.
Sin embargo, Lake insistió y, por estima a su amigo o por la competitividad imperante entre ambos (eran inextricables una de la otra), una semana después, Holbrooke fue a ver a Helble. En su ficha personal se hacía hincapié en sus muy altas cotas de rendimiento, pero también en un problema recurrente: no se llevaba bien con los demás. Helble detectó un patrón de enfrentamientos y asperezas que no había visto en la ficha de ningún otro funcionario.
Helble sacó el asunto a colación, pero Holbrooke lo atajó.
—No he venido a eso. No me interesa ese asunto. Lo único que quiero saber es cuánto voy a ascender y cuándo.
Helble insistió en que los ascensos de Holbrooke dependían de su conducta. Que Helble fuera incapaz de comprender su talento no hizo sino enfurecerlo aún más.
—Quiero saber a qué edad puedo aspirar a convertirme en FSO-1.
FSO-1 era el escalafón inmediatamente inferior a embajador de carrera.
—Veamos ¿a qué edad cree usted que debería convertirte en FSO-1? — preguntó Helble.
—A los treinta y cinco —respondió Holbrooke, y añadió que para aquel entonces también esperaba haberse convertido en secretario de Estado adjunto.
Helble sofocó una risita y señaló que el FSO-1 más joven de la historia del Servicio Diplomático había obtenido el cargo a los cuarenta. A los treinta y cinco, Holbrooke sería el segundo consejero del secretario de Estado más joven de la historia. Helble le recomendó que, si quería convertirse en una figura de peso en política exterior, dejase el Servicio Diplomático e hiciese carrera en la política, los negocios o la universidad. En el seno del departamento no había muchas opciones para ascender rápido (ni de ascender, en general). A menos que su conducta mejorase. Holbrooke salió de la entrevista bastante descontento.
Entonces comenzó a alejarse de sus amigos de siempre, como David Rusk o Vlad Lehovich, y cada vez frecuentaba más a los nuevos, como Frank Wisner. En las fiestas, se pasaba el tiempo mirando más allá de las personas con quienes hablaba para ver si localizaba a alguien de mayor interés. De algún modo, todos los acrónimos y reorganizaciones de esos primeros días en Washington, así como todos los viajes e informes, importaban mucho menos que aquello a lo que se dedicaba fuera de su horario de trabajo.
Estaba tratando de mostrarse atractivo ante algunas personas poderosas para convertirse, de una vez por todas, en «Holbrooke». Fue así como Polly Wisner empezó a referirse a él cuando se volvió uno de los habituales en el comedor de la lujosa casa de cuatro pisos de la calle P. La señora Wisner hablaba con afecto de «ese tal Holbrooke», como si fuera el disoluto héroe de alguna novela picaresca del siglo XIX.
Dick y Litty pensaron que estaban simplemente presentando sus respetos a una viuda solitaria, pero Polly, con aquel centelleante acento típico de las élites de su tiempo que mezclaba inglés británico y americano, les abrió las puertas del poder en Washington. Las cenas se celebraban a las ocho; solían acudir una docena de comensales. La lista de invitados era muy variada y en ella se trataban de equilibrar los distintos estatus y edades, mezclando a personajes célebres con jóvenes promesas. El invitado más prestigioso se sentaba a la derecha de la anfitriona y los criados negros servían platos cocinados por el chef francés de la casa. Senadores, diplomáticos, periodistas, espías…
Ese era el cóctel, una muy bien ligada mezcolanza washingtoniana de vida social y profesionales ansiosos por avanzar en sus carreras. Solían acudir Katharine Graham, amiga de Polly —viuda también de un suicida y propietaria del Washington Post—; los hermanos periodistas Joe y Stewart Alsop; el mayor sovietólogo del país, Charles Bohlen; sir Isaiah Berlin; y Frankie FitzGerald. La regla no escrita era charlar siguiendo la estela del asado, es decir, con la persona sentada a la derecha durante el primer plato, y con la persona sentada a la izquierda durante el segundo. En su primera cena, cuando las mujeres se levantaron, una vez finalizada la refacción, Holbrooke, por mera amabilidad, se levantó con ellas. «¿Dónde vas? —gruñó Joe Alsop
—. Ahora es cuando se habla aquí en serio[125]». Lo habitual era que los hombres se quedaran en el comedor compartiendo coñac y puro para charlar de política, mientras las mujeres se retiraban a la sala de estar.
Holbrooke entró en la lista de invitados de Polly como amigo de Frank, pero se ganó el puesto por ser una estrella fulgurante que había vivido varios años en Vietnam. Pocas personas en Washington conocían de cerca la guerra y podían estar a la altura en una multitudinaria cena en Georgetown, explicando la situación en un idioma que los estadistas de mayor edad pudieran comprender. Holbrooke hechizó a los grandes hombres y coqueteó con ellos, haciéndose cargo de la soledad que debían de sentir y ahorrándoles tener que mostrarse atónitos ante lo que relataba. Alsop, que también vivía como un potentado de Georgetown, perseguía a Holbrooke con tal denuedo que este decidió por fin invitarlo un domingo a comer en su casa de la avenida Nebraska, que no tenía aún ni muebles. Al día siguiente, Alsop le envió como regalo una mesita auxiliar coreana lacada en negro. Alsop quería contar con el apoyo de Holbrooke en su dura campaña contra Vietnam y muy pronto el matrimonio fue invitado al legendario salón-comedor de la residencia de la calle Dumbarton, donde Dean Acheson enseñó a Dick cómo anudarse correctamente la pajarita de su esmoquin de segunda y Ethel Kennedy se mostraba incapaz de recordar el nombre de Litty.
Era el Washington anterior a los restaurantes. Los WASP seguían gobernando en Georgetown y las cenas se celebraban de forma alterna en unas cuantas casas de prestigio, a pocas manzanas unas de otras, como los castillos vecinos de una numerosa familia real. El consenso en torno a la guerra fría, no obstante, se hacía añicos contra el muro que representaba Vietnam, y con él, las élites mismas. El debate estaba polarizado sobre todo por edades. Alsop se enojaba con FitzGerald, la hija de su amigo Desmond, por sus protestas contra la guerra, que aquel consideraba una amarga traición generacional en el mismo seno de su clan. Holbrooke, el forastero que quería abrirse un hueco en los círculos de Georgetown, veía que sus dudas se hacían cada vez más profundas, si bien en 1966 no había cejado en el empeño de pelear por una guerra mejor. Además, debía seguir cuidando su reputación dentro del gobierno.
Una noche, en casa de Polly Wisner, Holbrooke hablaba sobre ciertos
documentos sustraídos al enemigo y que había tenido ocasión de leer[126]. El crítico literario del Washington Post, Geoffrey Wolff, sentado frente a él, lo interrumpió:
—Por favor, no sé cómo podemos seguir hablando de documentos sustraídos al enemigo, maldita sea. —Wolff, que tenía veintiocho años, era contrario a la guerra—. Hablas como Joe Alsop. ¡Venga ya, por Dios!
Holbrooke estalló:
—¿Y tú qué sabes? No tienes ni idea de nada.
—¿Cómo puedes estar tan seguro de que no sé nada?
—Porque no soy idiota.
—Y yo sí.
—Juzga por ti mismo. Lo dejo aquí.
—Tú eres un imbécil.
Al final, se hicieron buenos amigos.
Los partidos de tenis con Maxwell Taylor permitieron a Holbrooke conocer a Bobby Kennedy. Desde Georgetown, los Holbrooke ascendieron en el escalafón de residencias hasta la casa de Hickory Hill en McLean, Virginia, la finca de los Kennedy desde donde se dirigía el gobierno en el exilio. Litty leía junto a la piscina y Dick jugaba al tenis con Bobby o, si Bobby estaba bañándose, con Ethel, que jugaba aún mejor que su marido. Litty notaba algo extraño en la pareja de los Kennedy. Ethel no se mostraba muy amistosa y Bobby salía del agua frente a Litty con el bañador un poco bajado. Dick estaba deslumbrado por aquella familia, aunque para un joven funcionario del gobierno de Johnson era muy arriesgado verse arrastrado a la órbita del archienemigo del presidente. De estos dos gigantes del Partido Demócrata, Johnson era quien más se parecía a Holbrooke —por los anhelos, las inseguridades y la voluntad—, pero a esas alturas de su presidencia, Johnson fenecía a manos de la paranoia y la guerra. Bobby se convirtió en el nuevo héroe político de Holbrooke, y habría trabajado gustoso para la campaña de
Kennedy de 1968 si el senador se lo hubiese pedido[127]. Pero no lo hizo, porque le preocupaban las perspectivas profesionales de Holbrooke. Tras el asesinato del senador, Holbrooke escribió a Ethel una carta de pésame: «No hay nada que decir, en realidad, excepto que siempre recordaré al senador
Kennedy. Para mí, fue un tenista mediocre pero un gran hombre»[128].
A cuatro manzanas de la casa de Polly Wisner, en la calle N, se alzaba la mansión de Averell y Marie Harriman. Averell Harriman tenía setenta y cuatro años y se había quedado prácticamente sordo. Todo el mundo se empeñaba en dirigirse a él como «gobernador», pues había ejercido ese cargo en el estado de Nueva York en la década de 1950, aunque se lo conocía mejor por el apodo de Cocodrilo, por su prominente dentadura y porque tras su aspecto senil seguía ocultándose un peligroso depredador. Harriman era el último eslabón vivo que unía a la clase política de ese tiempo con Franklin Delano Roosevelt, Churchill, Stalin, el programa de Préstamo y Arriendo, Yalta y el Plan Marshall, así como con su padre, el gran barón de los ferrocarriles estadounidenses. Siempre había deseado ser secretario de Estado y cerca estuvo de conseguirlo cuando Kennedy se cansó de Rusk. Harriman, sin embargo, perdió el favor de JFK cuando el famoso cable deptel 243 condujo al sangriento derrocamiento de Diem. Cuando Johnson accedió a la presidencia, Harriman envió al presidente varias cartas extensas dando cuenta de su ilustre trayectoria y suplicando que le confiara una labor de responsabilidad, pero había quedado fatalmente estigmatizado por su cercana amistad con Bobby Kennedy. En 1966, Harriman seguía siendo embajador y no tenía mucho que hacer.
Había algo conmovedor en aquel anciano inquieto que no quería desempeñar el papel de sabio, de distinguido banquero de Wall Street ni de abogado de Washington que ocasionalmente asesoraba a presidentes. Los Hombres Sabios crearon la arquitectura de la contención y el decano Acheson persuadió a Truman para que financiara la guerra francesa en Indochina, lo que provocó la entrada de Estados Unidos en Vietnam. En ciertos momentos clave de la guerra de Vietnam, Harriman y sus amigos fueron convocados a la Casa Blanca para garantizar a Johnson (basándose en apenas algunos informes bastante sesgados, un apego a la teoría del dominó digno de estudio y unos principios propios guiados por la determinación) que aquel lejano país que nadie entendía era un campo de batalla necesario de la guerra fría, tras lo cual regresaron tan tranquilos a continuar cultivando su excelente reputación en sus elegantes despachos. La guerra de Vietnam tuvo su origen primero en muchas de sus ideas, pero la responsabilidad directa fue de los hombres más jóvenes que los veneraban.
Harriman se sentía solo entre los Hombres Sabios y no pudo librarse del demoniaco impulso de seguir jugando, como si retirarse del juego significara el descenso inminente a la sordera más total y, luego, la muerte. Esa patente necesidad resultaba humillante, pero también tal vez un signo de que se tomaba muy en serio el asunto más importante de todos en ese tiempo. Cara al público, Harriman se mostró servil en su apoyo a las políticas de Johnson en Vietnam. En privado, abrigaba cada vez más dudas y quiso darles salida. En el verano de 1966, supo que vivían en Washington unos pocos funcionarios
del Servicio Diplomático que habían trabajado en Vietnam[129]. Citó a Holbrooke y a Lake en su casa de la calle N, a quienes recibió en la gran sala de estar. De las paredes colgaban obras de Matisse y Renoir, y, sobre la chimenea, unas Rosas de Van Gogh. Charlaron sobre la guerra; Harriman, medio siglo mayor que sus invitados, perdía el hilo cada tanto o se quedaba en silencio. No obstante, Holbrooke se llevó la impresión de que era el único alto cargo del gobierno que proponía intentar hablar con Hanói. Negociar un acuerdo de paz con Vietnam del Norte sería la guinda que coronaría la vida de un gran hombre. Quizá Harriman se quedaría tranquilo así.
Se convirtió en el mecenas más importante de Holbrooke en Washington. El joven ofreció al anciano conocimientos y consejos sobre el tema que a todos consumía. El anciano correspondió al joven con un vínculo emocional que lo ataba a los años de grandeza, antes de que llegara Vietnam e hiciera temblar los cimientos de la confianza estadounidense.
Holbrooke intentó que Lake lo acompañara a ese mundo de Georgetown. Polly Wisner organizó una cena para ambos a la que también invitó a Walt Rostow, consejero de Seguridad Nacional, todo un halcón que había reemplazado a Bundy. No obstante, a Lake aquella escena la pareció de mal gusto. Le disgustaba el afán por ascender en la escala social y el estilo de vida de las familias de dinero. No sabría decir si eso lo hacía a él más honorable o menos sincero, pero todo era más sencillo cuando uno mismo era hijo de Georgetown y tu madre estaba prometida con un Kennan.
A Lake empezaba a desagradarle un poco la compañía de Holbrooke. Seguían siendo buenos amigos y jugaban al tenis. Las dos parejas solían hacer planes juntos y una noche fumaron marihuana en casa de los Lake; Dick fue el padrino del segundo hijo del matrimonio. Sin embargo, la amistad con Holbrooke había adquirido un regusto utilitario. Holbrooke se consideraba a sí mismo y a Lake, y también a Wisner y a Campbell (otro prominente miembro de la promoción de 1962 del Servicio Diplomático) la élite de la generación de Vietnam. Eran los herederos de Kennan, Acheson y Harriman; las siguientes grandes figuras de la política exterior estadounidense. En Vietnam, Holbrooke y Lake habían preguntado a varios amigos, entre bromas y veras, cuál de los dos llegaría antes a embajador. Ahora, en Washington, el debate era cuál de los dos llegaría antes a secretario de Estado, y todos convenían en que Lake llevaba cierta ventaja. En cualquier caso, Holbrooke no era el tipo de amigo al que Lake pudiera pedir que lo recogiese a las dos de la mañana de una estación de autobuses. Empezaba a sentirse utilizado.
A Lake le ocurría algo más. La guerra lo tenía asqueado[130]. Trabajaba horas interminables en el Departamento de Estado, primero en la Oficina de Asia Oriental y luego como asistente del vicesecretario de Rusk, Nicholas Katzenbach. Vivía enterrado en el papeleo diario proveniente de Saigón y algunos informes absorbían durante días. En una ocasión, leyó el relato de unos soldados estadounidenses que habían volado la entrada de una cueva y sepultado a un gran número de civiles junto a los soldados enemigos. Tanto él como sus colegas quedaron tan afectados que llegaron a pedir explicaciones al Pentágono. Sin embargo, apretar aún más —es decir, preguntar si tales sucesos eran compatibles con la moralidad y cuestionar si Estados Unidos podía continuar librando aquella guerra sin perder su alma como nación— habría sonado a histerismo.
A principios de 1967, Lake cometió la imprudencia de preguntar a Jim Rosenthal, amigo en Saigón tanto de él como de Holbrooke y funcionario del Departamento de Estado en Vietnam, por qué Estados Unidos debía enviar
tropas a Vietnam y no a otros lugares[131]. ¿Por qué no combatir el comunismo en todo el mundo? Rosenthal, que se encuadraba en el ala dura, respondió con virulencia. La pregunta le pareció frívola y la respuesta tan obvia que hacía pasar a Lake por un ingenuo. Vietnam era el frente principal de la guerra por el mundo libre, el lugar donde los comunistas habían decidido luchar contra «nuestro bando» y donde más favorablemente podría Estados Unidos mantener su posición. «Si tienes tiempo, te sugiero que te leas las montañas de documentos que genera la Secretaría para Extremo Oriente cada pocos meses para el secretario o el presidente, en los que se explica por qué es necesaria una postura sólida y por qué la situación general de Extremo Oriente ha mejorado ostensiblemente desde 1965, momento en que Estados Unidos adoptó dicha postura». En el gobierno, las certezas alocadas suelen imponerse a la sabiduría frágil.
Lake no pensaba que Estados Unidos debiera retirarse de Vietnam por haber sido derrotado, pero empezaba a darse cuenta de que la guerra no podía ganarse. Los norvietnamitas no cederían a los bombardeos. Los sudvietnamitas y su gobierno eran incapaces de implantar reforma alguna y solo los ilusos pensaban que los militares se comportarían con limpieza. La guerra no mejoraría y la única salida era negociar con Hanói. A lo largo de los años había habido varios amagos que se habían revelado inútiles. La postura oficial estadounidense pedía a Vietnam del Norte que acabase con las infiltraciones antes de comenzar las conversaciones. Vietnam del Norte insistía en que Estados Unidos pusiera fin a los bombardeos. Los líderes de ambos países creían en la victoria y buscaban servirse de las negociaciones para acercarse un poco más a sus metas respectivas. Sin embargo, Lake sabía que las auténticas negociaciones terminarían con la salida de los estadounidenses y, en última instancia, se zanjarían con una victoria comunista. Estaba atrapado.
Un hombre honorable puede vivir disintiendo consigo mismo, pero no de cuanto lo rodea. Un día, Lake dijo algo en una reunión departamental a raíz de lo cual un capitán de la Marina lo acusó de hablar como el senador William Fulbright, que había organizado varias audiencias en el Senado para criticar la guerra. Dos semanas más tarde, durante una cena con su esposa y sus padres, tras eludir con cuidado el tema de Vietnam, Lake por fin aventuró un comentario que hizo a su padre gritar: «¡Estás hablando como Dean Rusk!».
Toni había dejado de ser halcón para convertirse en paloma[132]. Era más fácil ser paloma en Washington que en Saigón o Huế, donde las amenazas del Vietcong eran personales y había mucha presión para hacer piña con el resto de estadounidenses, y, además, había que bregar con los miedos de los vietnamitas que dependían de esos mismos estadounidenses. Es más fácil ver la verdad desnuda de una causa perdida cuando uno está lejos y no se deja distraer por la complejidad del día a día y los rostros de otros seres humanos. Toni empezó a argumentar, a menudo delante de los colegas de su esposo, que la guerra era un error. Prohibió que se vieran en su casa los informativos televisivos y empezó a acudir a manifestaciones pacifistas, aunque no le gustaban las certidumbres violentas de los manifestantes antiguerra: ella conocía Vietnam y allí nada era sencillo; tampoco mantener a los compatriotas motivados. Sin embargo, de lo que estaba segura era de que Estados Unidos no tenía por qué interferir en un país —destruirlo— que no era su enemigo.
Lake la animó a expresar sus opiniones. Quizá ella podría dar voz a puntos de vista que él no podía. Sin embargo, Toni no era ya la esposa amable de un funcionario del Servicio Diplomático y su resentimiento se extendía a la carga de trabajo aplastante que la guerra imponía a su marido, e incluso a la disposición de este a colocar su carrera profesional por delante de la familia. Pasaba tanto tiempo fuera de casa que ella empezó a preguntarse si no le preocupaba más el prestigio de su cargo que el bienestar de su esposa e hijos. Cuanto menos lo veía, más le costaba defenderlo cuando sus amigos lo criticaban por colaborar con un gobierno proguerra. Toni buscaba su propia vocación, y rechazaba la idea de que el trabajo de su marido fuese más importante que el suyo.
Imaginemos a un funcionario, aún joven, al que compañeros y superiores juzgan una persona brillante, con una gran carrera profesional ante sí. Imaginemos que comienza a albergar dudas sobre el problema más importante a que se enfrenta su gobierno, en el que ha estado trabajando día y noche a lo largo de cinco años. Las dudas le pesan cada vez más. Nos preguntamos por qué no dimite. Pero ¿que estaríamos pidiéndole? Que renunciara no solo a sus ambiciones, sino a sus ilusiones. El funcionario todavía puede encontrar cientos de razones para creer que permaneciendo en su puesto hará más bien que mal. Un asistente que había trabajado en Asia durante los años de Vietnam llamado James Thomson escribió en una ocasión sobre lo que él denominaba «trampa de la eficacia», la idea de que permanecer conectado al poder es la única manera que un funcionario tiene de hacer el bien y evitar el daño, lo que, por supuesto, se convierte en una razón
de peso para no arriesgar demasiado ni dimitir por principios[133]. «El activo más importante que un profesional aporta a la vida burocrática es su “eficacia”, el cóctel misterioso de formación, estilo y contactos —escribió Thomson en 1968, después de haber renunciado a su cargo—. La queja más funesta que se puede presentar al respecto de un burócrata es: “Me temo que Charlie no es tan eficaz como antes”». Perder la eficacia es como morir. ¿Y qué cosa salva el dimitir sino el amor propio, que es en parte vanidad? Dimitir es lo más fácil y lo más egoísta. El verdadero sacrificio es quedarse. Y quedarse agudiza el sentido de tu propio valor. Si la gente como Lake renunciara, ¿quién quedaría que conociera la verdad? ¿Quién se pondría del lado de los buenos?
Lake estaba tan desanimado que a mediados de 1967 meditó seriamente presentar su dimisión. Para que siguiera trabajando en el Servicio Diplomático, Katzenbach le consiguió un permiso de dos años y una beca
para un doctorado en relaciones internacionales en Princeton[134]. Igual que en Saigón, Lake recomendó a Holbrooke como su sustituto. Así que los Lake acabaron en Princeton y Holbrooke, en el Departamento de Estado.