Nuestro hombre
Apretar los dientes
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
¿Cómo pudo un funcionario no demasiado conocido de treinta y cinco años convertirse en un alto cargo del Imperio estadounidense, secretario de Estado adjunto para Extremo Oriente y el Pacífico, el puesto que Harriman ocupó a los setenta años —y Rusk antes que él— y que lo llevaría a trabajar en un vasto territorio que se extendía desde Corea hasta Australia, desde los bosques de teca de Birmania hasta los estados-isla de la Polinesia, con la larga sombra de China cerniéndose por doquier? ¿Cómo se ganó un sitio en la mesa de los mayores, la de la Sala de Crisis; cómo creció hasta tal punto que el principal consejero del presidente se empecinó en destruirlo? No sé qué estarían haciendo los lectores mediada la treintena, pero yo no me dedicaba a tender relaciones diplomáticas simultáneamente entre dos antiguos enemigos de Estados Unidos. Holbrooke tuvo en su mano aliviar el sufrimiento humano, hacer oídos sordos a él o agudizarlo, todo ello en nombre del interés nacional. Justo eso es lo que significa ser estadista.
En ocasiones aquello le ponía histérico. Seguía doliéndose de sus heridas aún abiertas. La historia merece la pena contarse. Si la observamos muy de cerca, nos daremos cuenta de cómo se comporta el poder cuando, usando un símil selvático, campa por debajo de las tupidas copas de los árboles, donde animales plenamente expuestos, con los cuartos traseros al aire, intentan trepar hasta las ramas más altas, y llegan a tenerlas tan cerca que pierden el control en la lucha por sacar ventaja al contrario.
Situémonos en el 30 de abril de 1975. Holbrooke había comido con Halberstam y Gelb. Era el último día de la guerra de Vietnam. En el Centro de Operaciones del Departamento de Estado, Wisner y otros coordinaban un cuerpo especial de emergencia para rescatar a los vietnamitas que se habían jugado la vida por Estados Unidos. Algunos de ellos lograron subirse a los últimos helicópteros que salían de Saigón, pero la mayoría no. El final de Vietnam del Sur llegó de manera tan violenta y rápida que pilló por sorpresa incluso a Holbrooke, que llevaba tiempo esperándolo. Se sentó con su cuaderno de espiral y trató de resumir la guerra que lo había formado como persona:
Era una mezcolanza muy curiosa de gran idealismo y estupidez, de engaño y autoengaño, de
heroísmo conmovedor e inexcusable crueldad. Durante largo tiempo, intenté separar esas vetas
contradictorias entre sí, con ánimo de comprender algunas cosas que parecían tener sentido y otras
que no. Quería dilucidar si había manera de que de aquel caos emergiese algo bueno. En última
instancia, todo parecía reducirse a una única verdad terrible: aquel no era nuestro sitio. No
pintábamos nada allí, haciendo todas aquellas cosas, ni siquiera las positivas[1].
En la primavera de 1975, la izquierda culposa y la derecha maniquea convergieron en una conclusión común: la guerra había debilitado fatalmente a Estados Unidos. Henry Kissinger, secretario de Estado de Gerald Ford, lo formuló afirmando que la caída de Saigón había sido un tremendo golpe a la credibilidad estadounidense. La pérdida de Indochina convirtió a Kissinger en un profeta del declive norteamericano.
Holbrooke estaba obsesionado con Kissinger. Él no era un pensador estratégico de ese nivel, y por eso admiraba su brillantez y envidiaba su poder y su fama. No obstante, también lo despreciaba. Holbrooke llegó a decir en público: «Es el diplomático y negociador de más éxito de la historia estadounidense, pero también uno de los altos cargos más taimados del país. […] Se trata de un hombre que desde su posición podría hacer cosas para reducir el sufrimiento humano, pero que a menudo, o no ha hecho nada, o ha
empeorado la situación»[2].
En petit comité tildaba a Kissinger de mentiroso y lo consideraba un hombre amoral y sumamente cínico, con una reputación inflada y que, si bien no había cometido delitos, había contribuido a la cultura del Watergate al
espiar a sus propios asistentes[3]. Los Acuerdos de París de 1973, firmados cuando el conflicto ya se había propagado a toda Indochina, y por los que Kissinger recibió el Nobel de la Paz, fueron básicamente los mismos que Holbrooke y sus colegas habían propuesto en esa misma ciudad en 1968, cinco años y cientos de miles de muertos antes. Tras la ceremonia de la firma, Kissinger perdió el interés en Vietnam. «Queremos que pase un tiempo decente» garabateó Kissinger en un cuaderno de notas, refiriéndose a un periodo de gracia de dos o tres años entre la retirada estadounidense y la
victoria comunista, para que el abandono del país quedara disimulado[4]. «Como es obvio, ese tiempo no tiene nada de decente —ironizó Holbrooke ante su amigo Neil Sheehan después de la guerra—. Es más bien un tiempo indecente. Probablemente no le haya dedicado ni un pensamiento y, desde
luego, es incapaz de imaginarse las dimensiones de la catástrofe[5]».
La opinión que Kissinger tenía de Holbrooke era igualmente cínica. «Soy un experto en Holbrooke —decía a sus máximos ayudantes en el Departamento de Estado—. Fue mi principal fuente de información del departamento cuando me nombraron consejero del presidente. Durante el
último periodo de transición, me filtraba información a diario[6]». Y añadía: «Hay que reconocer que Holbrooke al menos ha alcanzado un nivel mínimo de inteligencia, pero es el personaje más viperino que conozco en esta ciudad». Eso no es poca cosa, viniendo de alguien como Kissinger.
Holbrooke no veía la caída de Saigón como un paso de gigante hacia el declive de Estados Unidos. El final de la guerra llegó casi como un alivio para él, y le allanó el camino para ocupar un lugar auténticamente propio en la administración de la Pax Americana. Estados Unidos seguía siendo el país más poderoso del mundo desde los puntos de vista económico, político, militar y cultural. Lo aquejaba, no obstante, el descreimiento: algunos malos líderes y los quince años marcados por Vietnam y el Watergate habían degradado los valores nacionales. En la nueva era, con un liderazgo renovado y mejor, Estados Unidos podría aparcar su papel «seudocolonial» en Asia y
restaurar su posición sin tener que recurrir a los B-52[7].
Holbrooke encargó artículos para Foreign Policy sobre recursos naturales, economía mundial, derechos humanos y medio ambiente: asuntos transnacionales de los considerados «blandos», que no interesaban a un estudioso de las políticas de poder como Kissinger. La teoría del dominó había muerto, la de la contención había pasado de moda y la guerra fría no encajaba demasiado bien en el pensamiento de Holbrooke. Desde las páginas de la New York Times Magazine, llegó a sugerir la retirada de las tropas estadounidenses de Corea del Sur. Además, en su propia publicación escribió:
Poseemos aún, además de la gran cantidad de elementos de poder mensurables ya mencionados,
una fuerza descomunal que no podemos usar hoy, pero que espero que vuelva a formar parte de
nuestro «arsenal» en algún momento: me refiero a la fundamental fuerza moral que se desprende de
los principios de nuestro sistema de gobierno. Una fuerza erosionada en años recientes por
dirigentes que al parecer no creían en dichos principios [8].
Vietnam polarizó la política exterior estadounidense entre palomas y halcones extremos. Pocos volvieron de la guerra como Holbrooke, predicando el internacionalismo progresista de sus héroes de la era Truman.
Publicar artículos de pensamiento era una manera de posicionare para volver al terreno de juego. Otra manera fue acompañar al senador Walter Mondale, de Minnesota, en un viaje de alto nivel a Oriente Próximo y Europa. Otra más, participar en el tipo de eventos de las élites globales por la paz mundial y el libre mercado —la Comisión Trilateral, el Grupo Bilderberg, el Consejo de Relaciones Internacionales—, los cuales daban a los participantes la posibilidad de conocer a las personas adecuadas y engalanar sus reputaciones, sembrando en quienes se quedaban fuera resentidas fantasías paranoides. Cuantos participan en este tipo de grupos sabe qué se traen los demás entre manos y todo el mundo acepta las reglas del juego.
Transcurrido un mes desde la caída de Saigón, la Comisión Trilateral celebraba su congreso anual en Kioto. Estaba dirigida por un politólogo de Columbia llamado Zbigniew Brzezinski, un envarado inmigrante polaco de rasgos angulosos. Formaba parte del consejo editorial de Foreign Policy y había cabreado a Holbrooke al vender un artículo, que había prometido a su
propia revista, a la rival [9] Foreign Affairs. Brzezinski se dedicó a hacer contactos como un loco en Kioto: se encontraba allí el gobernador del estado de Georgia, a quien Brzezinski y David Rockefeller habían fichado y que terminaría convirtiendo al primero en su Kissinger personal.
Fue en Kioto donde Holbrooke habló por primera vez con Jimmy Carter. Este se había planteado presentarse a la presidencia en un futuro y usaba la Trilateral para sacar brillo a sus credenciales en política exterior. Holbrooke mantenía un compromiso vago con Sargent Shriver, que pretendía utilizar como trampolín para un compromiso aún mayor con el cuñado de este, Ted Kennedy. En enero de 1976, fue invitado en Washington a una cena con Carter a la que también acudirían otros diez nombres de importancia. Carter se mostró decidido, reflexivo y en absoluto intimidado entre aquellos pesos pesados de la política. Sus opiniones se acercaban bastante a las de Holbrooke, pero la atracción mutua era más bien instintiva: como hombre sureño y blanco de posturas moderadas, Carter gustaba a diversas facciones del Partido Demócrata y parecía capaz de hacerlas converger. Poseía el liderazgo moral que Holbrooke juzgaba necesario para ventilar el tufo de los años Johnson-Nixon-Kissinger. Carter era casi virgen en todo lo relacionado con Vietnam y no se había posicionado al respecto. Era el hombre nuevo que el país necesitaba, y podía ganar. Cuando Carter pidió el respaldo de los comensales, Holbrooke se sumó sin dudarlo.
En ese momento, Carter contaba con el apoyo del cuatro por ciento de los votantes demócratas. A Gelb, que había coincidido con él en un vuelo desde Indiana a Georgia, le pareció un tipo endeble. Pensó que Holbrooke estaba loco, pero el olfato político de este rara vez fallaba. Dos meses después, Holbrooke ayudó a Polly Wisner a preparar una multitudinaria y lujosa cena
para Carter en la calle P.[10] Este se presentaba por fin a la carrera presidencial enfrentándose, por decirlo así, a casi todo Georgetown. El nuevo marido de Polly, un periodista llamado Clayton Fritchey, brindó por él: «Gobernador, va usted a darse cuenta de que esta no es una ciudad tan horrible». Holbrooke se convirtió en uno de los principales contactos de Carter con Washington y con la vaca sagrada de Georgetown, Averell Harriman, que se sentía indignado por ni siquiera conocer a aquel candidato
demócrata[11].
La otra labor necesaria era redactar informes de campaña. En marzo, Holbrooke empezó a enviar a Carter un flujo constante de notas con consejos y advertencias. Le explicó por escrito que los consejeros presidenciales, desde Bundy a Kissinger, habían amasado un poder desmedido en la Casa Blanca. El Departamento de Estado debería desempeñar un papel fundamental en la gestión de la política exterior, y el presidente tendría que escoger a sus asesores por la capacidad para trabajar en equipo y no por su brillantez personal, como los Celtics de Bill Russell. Tras recibir uno de esos informes, Carter contestó a Holbrooke para darle las gracias en su empalagoso estilo confesional, tan del gusto del populismo meloso de mediados de los setenta:
«P. D.: ¡Me siento la mar de a gusto con usted! J.»[12].
En mayo, Holbrooke entró a formar parte del grupo de trabajo sobre política exterior de Carter. A finales de julio, tras la Convención de Nueva York (coincidiendo más o menos con el momento en que dejó a Gail por Blythe), Holbrooke voló al cuartel general de la campaña, en Atlanta, y fue investido coordinador de política exterior del candidato. Lake acudió tras el día del Trabajo, celebrado en Estados Unidos el 5 de septiembre, para poner orden en los papeles del personal de campaña para el periodo de transición. Holbrooke afirmaba haberle encontrado él ese puesto, pero resultó que en realidad había sido Cyrus Vance.
Holbrooke envió al candidato un último informe antes de las elecciones, en el que le daba las gracias por la oportunidad, recordándole el apoyo que le había brindado desde el principio, recordándole el consejo de elegir a jugadores que hicieran equipo y resumiendo su carrera: Vietnam, Washington, París, Marruecos. «Considero mi experiencia mayor que la de cualquier otro, con alguna excepción, en los ámbitos de política exterior y defensa, a día de hoy. Si encontrase en ella algo que le fuera valioso,
considérelo a su disposición en cualquier momento[13]» El 15 de noviembre, el presidente electro Carter contestó a ese mensaje con otro que Holbrooke llevaba largo tiempo deseando leer: «Tu trabajo ha sido impecable. Me gustaría contar directamente con tus recomendaciones personales en los
asuntos más importantes de mi gobierno»[14]..
El día de Acción de Gracias, Carter llamó desde Plains, en Georgia. Holbrooke estaba en la granja de los Wisner, en el este de Maryland, sentado frente a la chimenea. Fue entonces cuando cometió el error más grave de su
corta carrera[15].
Carter enumeró una serie de nombres para su gabinete y pidió a Holbrooke su opinión. Este mostró entusiasmo por todos ellos, especialmente por Vance. Lo conocía bien, pues había sido asistente de Harriman en París en 1968: era un caballero de la moribunda élite WASP que había aprendido casi por instinto a susurrar al oído del poder; era tan discreto y comprometido con el juego limpio que Joe Alsop lo comparaba con un trozo de pan mojado en leche. La catástrofe de Vietnam lo había hecho escorarse desde el respetable centro a la izquierda progresista: se solidarizaba con el sufrimiento de los países del Tercer Mundo, su principio rector era la negociación y quería, ante todo, acelerar el deshielo de las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Era el tipo de personaje de la élite que encajaba bien en la visión del mundo pos-Vietnam de Carter.
—No has dicho nada sobre el consejero de Seguridad Nacional —lo provocó Carter, en tono casi jovial—. Ni tampoco de ti mismo.
—Hay un par de personas que podrían hacer ese trabajo en el CSN —dijo Holbrooke. Nombró a unos cuantos, entre ellos a Tony Lake—. Por mi parte, será un honor prestarle servicio en el puesto que usted considere necesario. Me gustaría mucho trabajar en Asia —continuó—. A lo largo de los últimos treinta años ha sido en Extremo Oriente donde Estados Unidos se ha topado con los escollos más grandes. Nuestras últimas tres guerras empezaron en aquel escenario y, fronteras adentro, ha habido encarnizadas batallas por determinar quién perdió China y Corea, Vietnam y Camboya. Creo que su gobierno sería capaz de marcar un punto de inflexión. Podríamos diseñar de nuevo una política coherente que ponga fin a esto y nos permita ocupar una posición lógica en Asia.
Carter le escuchó y a continuación preguntó:
—¿Qué te parece Zbigniew?
Holbrooke se quedó callado. Brzezinski —hijo de un diplomático polaco que había tenido que huir tanto de los nazis como de los comunistas— era un halcón en todo lo referido a la Unión Soviética. Tenía una visión tan dura como nítida del mundo, que miraba siempre desde el prisma de la guerra fría, que a Holbrooke le parecía en exceso obtuso. Brzezinski le recordaba demasiado a Kissinger: un académico célebre que dominaba el razonamiento abstracto y hablaba el idioma de la realpolitik con acento europeo. En su opinión, su ego era tan grande que tenía gravedad propia y atraía toda la política exterior de la Casa Blanca hacia su despacho, aunque solo fuera por competir con el legado de Kissinger. El Departamento de Estado se vería aún más socavado y a Vance se lo comerían vivo.
En lo personal, Brzezinski jamás se convertiría en un jefe benevolente como Harriman, Clifford o Vance, y Holbrooke tampoco podría ser su acólito lisonjero. Eran ya rivales y durante la campaña, Holbrooke había tumbado más de una propuesta suya. Brzezinski era una criatura distinta, criada en la vieja élite de Georgetown. Pertenecía a una nueva generación de profesionales de la política exterior: expertos académicos salidos de universidades y grupos de reflexión, más partisanos, menos seguros de sí, y proclives al enfrentamiento continuo. Se les daba muy bien hacerse publicidad y habían alcanzado el poder aferrándose a los políticos y nadando con ellos hasta donde pudieran llevarlos, como Kissinger hiciera con Nelson Rockefeller y luego con Nixon; como Brzezinski había hecho con Carter.
Holbrooke no expresó estas opiniones a Carter. En su lugar, propuso sin aspavientos que Vance y Brzezinski fueran no tanto los aspirantes Lakers como los Celtics campeones.
—Gobernador, no creo que Vance y Brzezinski formen un buen equipo. Creo que Brzezinski es demasiado combativo y tiene objetivos personales en exceso definidos para ese tipo de trabajo.
Carter se quedó callado y su silencio hizo que a Holbrooke casi se le congelara el teléfono en la mano. Aquello no era lo que el presidente electo quería oír. Holbrooke había dado por sentada cierta intimidad («¡Me siento a gusto contigo!») y cierta disposición a una conversación franca, pero en realidad eso no existía. Carter le dio las gracias y colgó. Hasta ahí llegó la cercanía entre ellos, y Holbrooke perdió la oportunidad de distender su relación con Brzezinski, que terminaría siendo uno de los dos o tres hombres más poderosos del nuevo gobierno y que se confirmó como enemigo acérrimo de Holbrooke.
Una semana después Vance telefoneó a Holbrooke para decirle que Carter le había ofrecido el puesto de secretario de Estado y a Holbrooke, el de secretario de Estado adjunto para Asia, lo que lo convertía en el más joven en ese puesto en la historia del departamento.
—¡Qué buenas noticias, Cy! —exclamó Holbrooke—. ¿Y Brzezinski[16]?
—Le he dicho al presidente electo que puedo trabajar con cualquiera — respondió Vance, fiel a su código.
Tal vez no recuerden los lectores la esperanza que trajo consigo Jimmy Carter. Probablemente les venga a la mente las colas para poner gasolina, los rehenes con los ojos vendados en Irán, la inflación de dos dígitos, las tasas de interés del veinte por ciento o un Carter con chaqueta de punto en Despacho Oval predicando con solemnidad que se bajaran los termostatos, desmayándose por una insolación durante una carrera de diez kilómetros por carretera, o pronunciando en televisión un discurso del «malestar» que en realidad fue el discurso de la «crisis de confianza». A finales de la década de 1970, todo parecía estar afeándose y ajándose: las ciudades, los coches, la música de la radio AM. Carter juró que, a diferencia de sus predecesores, jamás mentiría al pueblo estadounidense y puede decirse que cumplió con su palabra. El pueblo estadounidense, empero, lo rechazó por ello. Fue el último presidente en cometer semejante error.
Aun así, llegó con muchas esperanzas bajo el brazo, una sonrisa dentuda y pelos en las orejas. Fue candidato contra Washington, como ocurriría a todos los candidatos a partir de entonces. Era tabula rasa, y prometió la renovación que los estadounidenses buscan perpetuamente en una república fundada por los nietos de los puritanos: una renovación a través de la política que trascendiese a la política y, por tanto, estaría en última instancia condenada por la política. En 1980, cuando quedaba claro que todo saldría mal, Holbrooke escribió en un cuaderno de notas: «1976. No supe ver a Jimmy Carter con claridad. Me sentía deslumbrado por la proximidad, por su sentido de la oportunidad, por su inteligencia. Pasaba por alto los problemas y los
minimizaba»[17].
Tras la boda, celebrada el día de Año Nuevo, Holbrooke y Blythe partieron de luna de miel a Palm Beach. Pasaron allí una semana, la mayor parte del tiempo en la finca que los Harriman tenían en Hobe Sound. Holbrooke dijo a su nuevo asistente especial, Kenneth Quinn, funcionario del Servicio Diplomático que había pasado seis años en el delta del Mekong, que se
ocupara en su ausencia de cualquier asunto que exigiera atención[18]. Blythe no quería que los problemas de Washington les estropearan la luna de miel.
Holbrooke juró su cargo oficialmente ante Vance el 31 de marzo en la sala John Quincy Adams, situada en el octavo piso del Departamento de Estado. Esto fue antes de que se redecorasen los pisos superiores, que quedaron como un museo del siglo XVIII de historia estadounidense: muebles y herramientas antiguas, lámparas de araña, retratos. Parecía que en el Ministerio de Asuntos Exteriores de la superpotencia mundial nadie trabajase en realidad. La sala en que Holbrooke juró su cargo abundaba en la monotonía estética propia de ese funcional edificio construido a mediados de siglo, enmoquetado y con falsos techos de pared a pared. Estuvieron presentes su madre, sus hijos, los Harriman, los Wisner, Clark Clifford, Tony Lake, todos los compañeros de Vietnam, sus amigos periodistas y también John Helble, el asistente de personal que, en 1967, había tenido que aguantarse la risa cuando Holbrooke le dijo durante una entrevista que esperaba ser el secretario de Estado adjunto
a los treinta y cinco años[19]. En calidad de máximo responsable en Tailandia y Birmania, a Helble se le exigió ser testigo de cómo su nuevo jefe daba cumplimiento a su augurio.
Holbrooke estaba tan agradecido por ese consejo que le había regalado Helble diez años antes (a saber, que dejase el Servicio Diplomático) que le ofreció un puesto de embajador. Helble, no obstante, era un tipo fiel al escalafón y no quería ser ascendido a un rango superior al que le correspondía. Holbrooke no lo entendió. A él no le interesaban los trabajadores laboriosos y sin imaginación: ¡la política internacional era aventura y melodrama! Helble vio cómo Holbrooke despedía a todo el personal anterior y contrataba a subordinados propios sin observar en absoluto el protocolo (dio prioridad a los funcionarios de raza negra). Por ejemplo, dijo a las secretarias de los adjuntos que había que pintar los despachos, les pidió que los abandonaran temporalmente, y luego que no volvieran. Helble veía a Holbrooke ir de aquí para allá desenfrenadamente por
las dependencias de la secretaría adjunta para Extremo Oriente[20]. Al final, decidió trasladar su lugar de trabajo a la Oficina del Inspector General y jamás volvió a ver a Holbrooke jamás.
El caso es que Holbrooke se abrió paso en el departamento dando codazos y poniendo zancadillas a funcionarios de quienes apenas sabemos los nombres. Quizá lo mereciesen. Quizá podía hacer lo que quería con los funcionarios del Servicio Diplomático que serían destinados a la Agencia de Aprovisionamiento de la Oficina de Administración. No lo pensaba mucho: actuaba por instinto en nombre de la excelencia. Un colega de Saigón era «ese tipo que vendía bidés en Francia»; otro compañero de sus años en Bosnia era «el tipo que mejor tomaba notas en toda la historia del Departamento de Estado». Su sistema nervioso central se alimentaba de fracasados. Había algo despreocupado y gratuito en esas crueldades aleatorias, como si ninguna de ellas tuviera peso real pero, en última instancia, todas contaran.
Su despacho se encontraba en la esquina suroeste del sexto piso. Uno de los indicadores más fiables del estatus en Washington es la proximidad física al poder. En el Departamento de Estado, el estatus cae con cada planta que se baja. Los funcionarios hablan del «séptimo piso» para referirse a la suite del secretario, forrada de paneles de caoba como el Palacio de la Pureza Celestial de la Ciudad Prohibida. Estar un piso por debajo era para Holbrooke fuente de constantes agravios, exacerbados por el hecho de que todos sus amigos habían conseguido despachos en la séptima planta. Lake era director de planificación de políticas, cargo que inauguró George Kennan, quien había estado prometido con la madre de Tony, en 1947; su despacho se hallaba a una puerta del despacho de Vance. (Toni superó sus recelos ante la idea de perder otra vez a su marido en el torbellino gubernamental, pero le hizo prometer que no saldría a cenas de trabajo entre semana, y Lake cumplió). Gelb tenía su despacho junto al de Lake y dirigía los asuntos político-militares. Peter Tarnoff, amigo íntimo de Holbrooke y Lake de los años de Saigón y elegante diplomático consumado, trabajaba desde la misma suite del secretario, pues hacía las veces de asistente ejecutivo. Wisner, quien había rechazado trabajar para Holbrooke por temor a malograr la amistad, era la mano derecha de Tarnoff. La cercanía entre Lake y Vance enervaba a Holbrooke, quien visitaba con frecuencia a Gelb en su despacho en busca de información sensible que demostrase que Lake malmetía contra él ante el jefe de ambos. Gelb no veía indicios de ello, pero se percataba de que sus dos amigos ya nunca hablaban, a menos que los obligara el trabajo.
Holbrooke se inventaba cualquier motivo para subir a la séptima y charlar con Tarnoff y Wisner a las puertas del despacho de Vance, para dejarse ver junto al ascensor privado del secretario o para asegurarse una plaza en la limusina del secretario cuando esta esperaba frente a la entrada del edificio. Vance era demasiado educado para objetar nada, así que le tocó a su secretaria personal, Elva Morgan, hacer llegar esta nota a Holbrooke:
Esta secretaría reservará plazas para acompañar al secretario a reuniones diversas en exclusiva
para individuos específicos. Usted y los demás cargos del Departamento de Estado no pueden ser
informados sistemáticamente sobre la agenda del secretario, sujeta a cambios constantes, ni sobre
otras disposiciones hechas en persona por el secretario o en su nombre. De ahora en adelante, la
rogamos se abstenga de viajar como pasajero en el vehículo del secretario, a menos que desde esta
oficina se apruebe de forma explícita una solicitud hecha por usted para acompañarlo. El servicio de
seguridad del secretario ha recibido instrucciones para permitirle viajar como pasajero en el
vehículo del secretario solo previa autorización de esta secretaría [21].
Richard Holbrooke, Cyrus Vance y Anthony Lake en el Departamento de Estado. Robert
Kaiser, Departamento de Estado de Estados Unidos.
Holbrooke ni se inmutó, y mandó enmarcar la nota.
Los nuevos gobiernos suelen incorporarse a la agitada dinámica de poder volcándose en cambiar cuanto han hecho los predecesores. El caso de Carter no fue distinto, y en ningún lugar se registraron más turbulencias que en el despacho esquinero de Holbrooke y las políticas sobre Extremo Oriente. Holbrooke actuaba no como un asistente del secretario de Estado (puesto no muy glamuroso, pues asistentes había muchos), sino como un joven político de trayectoria fulgurante. Atendía febrilmente a los distintos grupos de los que podía recabar apoyos: visitaba sin cesar el Capitolio o llamaba a congresistas, tratando de hacer migas con Tip O’Neill, Ted Kennedy y John Glenn. Se ofreció como fuente a importantes periodistas, de los cuales el más prestigioso era Strobe Talbott, corresponsal de política exterior de la revista Time, con quien trabó una estrecha amistad. Ya que el gobierno republicano había descuidado las relaciones con Japón, organizó un partido de béisbol junto al Lincoln Memorial entre el Departamento de Estado y la embajada japonesa: Holbrooke bateó tan fuerte la primera bola lanzada por el
embajador japonés que la envió a la calzada[22]. Corrió el jonrón sin dejar de reír a carcajadas, mientras el embajador japonés, avergonzado por sus aliados estadounidenses, lo miraba como un pasmarote. A sus subordinados no les procuró calidez personal —mientras los atendía, mantenía conversaciones por teléfono u hojeaba sus papeles—, sino estímulos intelectuales, la posibilidad de discrepar y un espíritu de misión colectiva. A cambio, ellos debían dar lo
mejor de sí mismos[23].
Su propósito último era restablecer la confianza en esa región del mundo, emancipando a Estados Unidos de su papel de dueño y señor. Esta perspectiva coincidía con la de Carter, quien pronunció al principio de su mandato un discurso contra una política exterior que dejaba de lado los valores estadounidenses, en el que además se despedía del «miedo desorbitado al comunismo, que en una ocasión nos llevó a dar el beneplácito a un dictador que tenía tanto miedo como nosotros». El enfrentamiento igualado entre superpotencias, que fue el principal asunto en política exterior estadounidense durante la posguerra, no interesaba demasiado a Holbrooke. La posibilidad de una Tercera Guerra Mundial era demasiado abstracta y estática, demasiado aburrida. Sí le interesaban los países, y Vietnam el que más.
En marzo de 1977, Carter envió una delegación a Hanói encabezada por Leonard Woodcock, líder sindical del sector del automóvil, para inquirir sobre la desaparición de soldados estadounidenses. Oficiosamente, el objetivo de la misión era anunciar que no había quedado ni un solo compatriota vivo en Indochina. La cuestión de los prisioneros de guerra y desaparecidos en el cumplimiento del deber era lo único que seguía haciendo de Vietnam un lugar peligroso para los políticos, pues personalizaba el dolor, la rabia y la humillación infligidas por la derrota estadounidense, y dio pie a un poderoso mito que sacaba la traición a la palestra, un arma poderosa en manos del ala más dura de la derecha, que se mostró dispuesta a apuñalar por la espalda a quien fuera. Por esta razón ondean aún a lo largo y ancho del país, décadas después, banderas negras en honor a los desaparecidos y prisioneros: porque no podemos aceptar que esa guerra la perdimos.
Sin embargo, en 1977 sí había estadounidenses desaparecidos en la guerra de Vietnam. Kissinger se había negado a hablar siquiera con los vietnamitas, hasta que no rindieran cuentas al respecto. Holbrooke echó por tierra esa política. Tenía en mente planes más ambiciosos.
Quinn, el asistente especial de Holbrooke, formaba parte de la delegación de Woodcock, junto con (entre otros). Jim Rosenthal, de los tiempos de Saigón, quien trabajaba ahora para Holbrooke en Extremo Oriente. A Quinn le sorprendió encontrar un Hanói bastante intocado por la guerra: el viejo barrio colonial estaba intacto y los grandes árboles en torno al lago Hoàn Kiếm continuaban en pie. Habían caído miles de toneladas de bombas estadounidenses, pero el corazón de la capital enemiga seguía latiendo.
Los estadounidenses fueron recibidos cortésmente por los vietnamitas, que organizaron varias reuniones y almuerzos. Uno de los días, los condujeron a un cementerio a las afueras de Hanói, los metieron en una sala oscura y atestada y les mostraron una serie de pequeñas cajas metálicas, de un metro por unos setenta centímetros. Las cajas contenían los huesos de aviadores estadounidenses derribados sobre Vietnam del Norte.
Durante la última jornada de aquella visita, Quinn se unió a sus colegas en una ceremonia honorífica celebrada en el aeropuerto. Se colocaron banderas estadounidenses plegadas sobre cada una de las cajas, que se embarcaron en el avión con ayuda de una rampa. Quinn aguardaba firme, con la mano sobre el corazón. Había pasado seis años en Vietnam del Sur y acompañado a las Fuerzas Especiales en operaciones de combate. En esos momentos supo que estaba cumpliendo con el compromiso aprendido de aquellos soldados: no dejar a ni un compatriota atrás, costara lo que costara, existieran o no vínculos personales.
La delegación de Woodcock regresó a Washington con aquellos restos humanos y cierta sensación de que los líderes vietnamitas estaban dispuestos a dar un paso adelante. Carter también deseaba eso: convertirse en el presidente que curase las heridas de la guerra. Vance creía que, manteniendo cierta presencia en Hanói, Estados Unidos podría moderar la influencia soviética en el Sudeste Asiático a través de la diplomacia y no del poderío
militar[24]. A principios de mayo, envió a su secretario adjunto a París para negociar las cláusulas del restablecimiento de relaciones con la República Socialista de Vietnam.
Holbrooke y sus ayudantes se alojaron en el Hôtel de Crillon, el mismo lugar donde se hospedara la delegación de Harriman-Vance en 1968. Ambas partes se reunieron en la nueva embajada del país asiático, aún sin terminar, donde se colocaron in extremis algunos cuadros y plantas, pero apenas había
muebles[25]. El homólogo de Holbrooke en la mesa fue Phan Hien, viceministro de Asuntos Exteriores de Vietnam, quien también había estado en París en 1968 como vaga contraparte de Holbrooke: habían cenado juntos previa autorización una noche, en el Bois de Vincennes. En esta ocasión, el sonriente Phan Hien, con el pelo cuidadosamente peinado hacia atrás y un fluido francés, representaba de nuevo en París a un Vietnam esta vez reunificado y victorioso. Holbrooke se sentó frente al vietnamita y recordó sus tiempos de funcionario novato estadounidense en aquel mismo lugar, sentado al final de una mesa ante la que el gran Harriman oficiaba como
representante de Estados Unidos[26]. Sintió el sobresalto y el peso de lo que significaba hablar por el país propio.
El alborotado pelo ensortijado y las gafas enormes que le tapaban la cara no le daban lo que se dice un aspecto de diplomático. Llevaba la pajarita torcida y la camisa se le salía sin parar. En una ocasión, en un viaje oficial a Japón, tuvo que pedir prestados unos pantalones de traje a un compañero porque se le había olvidado meter en la maleta los suyos; en otro viaje, le
ocurrió lo mismo con los calcetines[27]. En cualquier caso, por primera vez en su vida, las cámaras de televisión lo enfocaban directamente a él y aparecería en las primeras planas. Daba la impresión de que todo inducía a que Holbrooke se convirtiese en el estadounidense que pondría fin a la guerra de su juventud.
No tardó mucho en recordar que los comunistas de Vietnam eran duros y disciplinados en la negociación. Cuando ofreció retirar el veto a la entrada de Vietnam en las Naciones Unidas, Phan Hien sacó una carta secreta de Richard Nixon al primer ministro de Vietnam del Norte, Pham Van Dong, un anexo a los Acuerdos de París de 1973 en que aquel prometía casi cinco mil millones
de dólares en ayudas a la reconstrucción[28]. Vietnam exigía ahora ese dinero como condición para seguir adelante con el restablecimiento de las relaciones. Los hombres de Carter habían oído hablar de esa carta, pero la consideraban nula de pleno derecho. Vietnam del Norte había quebrantado los acuerdos con la invasión del sur y, en cualquier caso, ni el pueblo estadounidense ni el Congreso estarían dispuestos a pagar reparaciones de guerra (si bien Phan Hien evitó usar este término). Holbrooke consideró que el dinero prometido en aquella carta secreta era otro de los típicos señuelos de Nixon y
Kissinger[29]. Sin duda, la habían firmado solo para aplacar los ánimos de Vietnam del Norte, sin molestarse en plantear su contenido a la ciudadanía estadounidense y sin ninguna intención de cumplir lo que en ella se prometía.
Holbrooke aseguró a Phan Hien que tras el restablecimiento de las relaciones podrían debatir sobre las ayudas. Sin embargo, los vietnamitas no dieron su brazo a torcer. Habían ganado la guerra y las condiciones las dictaban los ganadores. El país necesitaba el dinero a la desesperada. La victoria los había arruinado.
Durante la segunda reunión, al día siguiente, al ver que la partida podía quedar en tablas, Holbrooke se inclinó sobre la mesa, miró a Phan Hien a los ojos y le dijo:
—Señor ministro, dejemos a un lado los asuntos que nos dividen. Salgamos ahí fuera y declaremos a la prensa que hemos decidido normalizar
las relaciones entre nuestros países[30].
En la sala se hizo el silencio. Holbrooke no tenía ninguna instrucción escrita al respecto. Estaba improvisando. Durante años, aquella sería su técnica diplomática: aprovechar el momento, crear dramatismo, intentar encontrar un hilo del que tirar cuando todo estaba enredado. Le preocupaba mucho menos el procedimiento que el resultado.
En voz tan baja que apenas podía oírse, Phan Hien repuso en inglés:
—Sin la ayuda, no.
Holbrooke, que sentía que estaba a punto de hacer historia, se desinfló completamente.
Tras la reunión, Phan Hien celebró una rueda de prensa e hizo pública la carta de Nixon. Holbrooke lo llamó por teléfono después.
—Señor ministro, debe usted entender que ha hecho un daño enorme a estas negociaciones.
—¿Por qué?
—Porque el Congreso de mi país va a reaccionar muy, pero que muy mal
ante esto[31].
Holbrooke recordó a Phan Hien que Estados Unidos tardó dieciséis años en reconocer a la Unión Soviética y veintitrés hasta abrir una embajada oficiosa en China.
—¿Quiere usted que tardemos veintitrés años en restablecer relaciones
diplomáticas[32]?
Solo calculó cinco de más.
Holbrooke tuvo la impresión de que los vietnamitas habían perdido su mano izquierda política con los estadounidenses. No entendían que el Congreso había dejado de ser un contrapeso benevolente, la gran paloma que hacía frente al halcón presidencial, como ocurriera durante la guerra. Los estadounidenses habían cejado en la destrucción de Vietnam y los años de recuerdos amargos y de culpa quedaban atrás. El Congreso, como el resto del país, quería olvidar Vietnam.