Nuestro hombre

George Packer · Capítulo 36 de 41

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Nuestro hombre

Capítulo VII

 

Todo pareció saltar en pedazos la última semana de marzo. Obama —que acababa de lograr el mayor éxito de su presidencia con la promulgación de su ley de la reforma sanitaria— emprendió su primer viaje a Kabul sin informar a su asesor para Af-Pak, porque su asesor para Af-Pak no estaba incluido en el viaje, ya que el presidente no le tenía ninguna confianza. Holbrooke apenas protestó ante esa humillación. Debía seguir trabajando con personas que habían tratado de destruirlo.

A finales de mes, el doctor Rosenfeld lo llamó para decirle que un escáner mostraba que tres de sus cuatro arterias coronarias estaban gravemente obstruidas, hasta en un 75 por ciento. Tendría que someterse a un angiograma, y tal vez fuese necesario insertarle una cánula, o quizá incluso practicarle un baipás. Fue a Nueva York a ver a Rosenfeld y Andersen. «¿Me va a acabar matando este trabajo?», les preguntó. Los médicos nunca lo habían visto tan preocupado, y estuvieron casi dos horas hablando de cómo controlar los factores de riesgo.

Pero había sido un falso positivo. A principios de abril, el angiograma del hospital de Nueva York mostró que la obstrucción no superaba el 40 por ciento. Al mismo tiempo, un aortograma —una radiografía de la principal arteria del cuerpo, que nace curvada como el mango de un bastón en lo alto del corazón, baja por el abdomen y se bifurca al llegar a las piernas— descubrió que Holbrooke tenía un aneurisma de la aorta ascendente, una dilatación de la arteria en su punto de nacimiento en el ventrículo izquierdo. El tamaño normal es de unos 4 centímetros. En el caso de Holbrooke, era de 4,5. La cirugía estaba indicada a los 5, pero en algunas personas la dilatación se mantenía durante años en 4,9. Había que ir controlándolo; tendría que volver en noviembre, al cabo de seis meses, para que lo examinaran de nuevo. Holbrooke se levantó de la camilla y partió de inmediato a la otra punta del mundo.

Intentó ocultarle a su equipo lo arrinconado que estaba, pero lo sabían de todos modos. Ninguno de ellos desertó del SRAP para regresar a su antiguo trabajo. Su devoción hacia Holbrooke iba más allá de casi todo lo que uno acostumbra encontrar en los anales de nuestra rígida y egocéntrica burocracia. Recuerda a esa lealtad de los jugadores jóvenes hacia su viejo entrenador, apasionado y de gran corazón.

Sacaba de la nada a funcionarios jóvenes y les daba oportunidades muy por encima de su situación, oportunidades que podían cambiar sus carreras. Le pidió a Shamila Chaudhary, que trabajaba en la sección paquistaní, que lo acompañase a una sesión informativa en la sala de visitas de Clinton, y cuando Hillary le preguntó si quería añadir algo al debate, Chaudhary le dijo: «Creo que deberíamos hablar con Nawaz Sharif». Sharif era el líder de un partido conservador paquistaní, y la política de Estados Unidos era no tratar con la oposición.

—¿Sharif no habla con los talibanes? —preguntó Clinton.

—¿Y qué político paquistaní no habla con los talibanes? —respondió Chaudhary.

Todos se echaron a reír. Hillary quedó sorprendida y satisfecha, y Holbrooke le dio a Chaudhary su aprobación. Al día siguiente la ascendieron. Pero cuando ella dudó en aceptar un proyecto que Holbrooke le ofrecía, este le dijo: «Yo te creé y yo puedo acabar contigo. —Y ella estuvo llorando en su despacho hasta que Holbrooke le suplicó—:Ay, Dios mío, ¿por qué me haces esto? Para, por favor».

Gritaba menos que en el pasado, pero los llevaba con mano dura, criticaba su forma de pensar, el estilo de su prosa. Cuando un memorando particularmente rimbombante pasaba por su mesa, llamaba a todos a su despacho y repartía ejemplares del ensayo de Orwell La política y la lengua inglesa. «No empecéis las frases en pasiva —ordenaba—. Decid “Yo opino”, no “La opinión sostenida”».

Sus asistentes veían sus sentimientos, sus heridas, y se volvieron protectores con él. Holbrooke desarrolló un gran interés en sus carreras y sus vidas, en quién salía con quién. Le dijo a Sepideh Keyvanshad, su asesor de cooperación, que estaba viviendo su divorcio mientras criaba a sus dos hijos, que saliera de la oficina a las cinco en punto, pero hacía trabajar a otros hasta bien entrada la noche. Una tarde, le pidió a Vali Nasr que se quedara bastante tiempo más para redactar el borrador de un memorando. Nasr cogió el teléfono para decirle a su hijo que tendría que buscar a alguien que lo llevase a casa después del partido de fútbol. Holbrooke hizo un comentario sobre la importancia de ser padre y garabateó una nota para Amir Nasr con su propio membrete: «Te escribo para disculpar a tu padre, Vali, por no recogerte después del partido de fútbol, pero me estaba ayudando a escribir un

memorando que podría salvar el mundo»[65].

Creía haber reunido al mejor grupo de todo el gobierno, y aprovechaba cualquier oportunidad para presentarlos a todos por su nombre antes de audiencias importantes en el Consejo de Relaciones Internacionales y en Brookings. Fueron su último logro.

Los pocos fines de semana que Kati visitaba Washington eran un alivio para su equipo, porque los dejaba tranquilos y volvía al despacho el lunes por la mañana con mejor aspecto. Se ponía nervioso antes de su llegada y quería que todo estuviese perfecto. Sus asistentes pensaban que le tenía un poco de miedo, cosa desconcertante, puesto que Holbrooke no temía a nadie. Hablaba de ella sin cesar, enseñaba su retrato —«¿Verdad que es preciosa?»— y pedía a los demás que la invitaran a ir más a menudo. Cuando acudió para asistir a la cena de corresponsales de la Casa Blanca, Holbrooke la llevó junto con Husain Haqqani a la posfiesta de Bloomberg.

—¿Sabes? Es muy divertido ir al cine con Richard —le dijo Haqqani, a petición previa de Holbrooke—, pero sería más divertido si te tuviésemos aquí. Washington no está tan mal.

—Intentaré venir más a menudo —dijo ella, pero no le gustaba Washington, y eso no solía suceder. Algunos de los asistentes de Holbrooke creían que ella lo había abandonado cuando más la necesitaba.

Su último libro, acerca de sus padres y el drama de su vida en Budapest, se titulaba Enemies of the People. Cosechó las mejores reseñas que había recibido nunca ninguno de sus libros y fue nominado para un premio importante. Mientras la carrera de Holbrooke atravesaba por turbulencias, la de ella estaba despegando. Siempre había anhelado el reconocimiento del que gozaba su marido, y Holbrooke se deshizo en esfuerzos para acomodarse a la vida cada vez más amplia de Kati. Corría para llegar al último puente aéreo del viernes noche hasta LaGuardia, y luego viajaba en coche hasta los Hamptons para pasar el fin de semana, pese a que no le gustaban la playa ni la vida social, y después cogía el puente aéreo del lunes por la mañana hasta el Reagan National cargado con el vestido de noche de volantes rosas y sin tirantes de Kati que llevaría durante la cena de esa noche en la residencia del embajador jordano en honor de ambos.

Kati iba a empezar a dar clases en la universidad en Jerusalén en enero de 2011, y la idea lo sumía en la amargura. «La necesito», se lamentaba a su vieja amiga Sally Quinn, que lo invitaba a menudo a cenar en su mansión de Georgetown.

Quizá fuera la soledad, y no solo la vanidad, lo que lo llevó a pasar tantas mañanas de domingo en casa de Bob Woodward, justificándose durante horas y horas mientras Woodward lo recogía todo en su grabadora para un libro que estaba escribiendo sobre Obama y Afganistán. Holbrooke les dijo a sus amigos, incluso a aquellos que no preguntaron, que no había hablado con Woodward, que jamás haría algo así, que solo un estúpido o un traidor lo haría. Cuando Gelb, refiriéndose a conocidos comunes, decía: «Uno ha de ser realmente idiota si cree que puede hablar con Woodward y que no te acabe jodiendo de alguna manera», Holbrooke respondía: «Desde luego», y siguió diciendo lo mismo después de que el libro se publicara con citas sumamente hirientes de sus colegas acerca de él y, lo que es peor, con pocas citas de su propia cosecha, porque a Woodward no le pareció que Holbrooke fuese lo bastante importante.

 

A partir de 2009, Afganistán tuvo las puertas prácticamente cerradas para Holbrooke. Karzai no lo quería allí, y Obama permitió a este que escogiera a los enviados estadounidenses. El incremento de tropas estaba en marcha, y los militares al mando, dirigiendo las políticas de Estados Unidos. De modo que, en 2010, Holbrooke tuvo que buscar otra vía por la que llevar a cabo su trabajo. Dejó aparcados el trigo y las granadas y se convirtió de nuevo en diplomático. Esa guerra no había contado nunca —nunca— con una estrategia política, y él se propuso dar con una. Ese camino pasaba por Pakistán.

A principios de año tomó unas cuantas notas crípticas en el reverso de un documento oficial:

Posible proceso:

 

1. Stan mete presión a los TB.

2. EEUU-PAK inician conversaciones enfocadas a empujar a los TB al diálogo. 3. Conversaciones EEUU-Af para darles garantías + animarlos a un diálogo abierto.

4. Conversaciones EEUU-India para mantenerlos informados y conseguir su ayuda por: XYZ

(¡No ref a Cachemira!).

5. Conversaciones ________ ___ con Irán.

6. Acercamiento de EEUU hacia otros vecinos (RPC, 3 Istán).

7. Contactos indirectos con los TB, dirigidos con HK, Pakmil, saudís, etcétera[66].

 

Llevaba meses con algo parecido a esta secuencia en la cabeza, pero nunca lo había puesto por escrito y analizado en profundidad. Se convirtió en el esbozo de su estrategia para tratar de poner fin a la guerra. Pero había obstáculos a cada paso: en Afganistán, en Pakistán, en la India, con los talibanes y también dentro del gobierno estadounidense.

Holbrooke hizo quince viajes a Pakistán, uno cada mes y medio. Aterrizaba en Islamabad en algún momento pasada la medianoche, dormía tres horas, y luego reuniones, reuniones y reuniones. Siempre había una crisis. Cientos de miles de refugiados que huían de las operaciones del ejército contra los Talibanes Paquistaníes en el valle del Swat; seguidores de Nawaz Sharif atestaban las calles para protestar después de que Zardari destituyera al presidente del Tribunal Supremo; desabastecimiento eléctrico y revueltas en el sur; rumores de un golpe de Estado inminente; una quinta parte del país inundada por las riadas. Los funcionarios del SRAP discutían si Pakistán era un país hundiéndose o ya hundido.

En la residencia presidencial se reunió con Zardari —gafas de montura metálica y un bigote grisáceo, menudo y perspicaz—, que se rodeaba de

fotografías de Benazir Bhutto[67].

—¿Qué has estado haciendo? —comenzó Zardari, como si fueran viejos amigos.

—Lo único que hago es trabajar.

—Estabas trabajando en Italia. Estabas trabajando en la playa.

—Estuve en Italia. Estás muy bien informado —dijo Holbrooke, riendo —. Las cosas se ponen un poco mejor cada vez que vengo.

—Es el karma. Nos traes buena suerte. Nosotros, en Oriente, creemos en esas cosas.

Zardari provenía de una familia de terratenientes de Sind. Sus orígenes feudales y la carrera política de su difunta esposa le habían dejado un patrimonio neto de cerca de dos mil millones de dólares. Los guardias de palacio vestían uniformes de la era colonial, los cortesanos hacían profundas reverencias. Allí no todo el mundo consideraba que debiera ser el presidente.

—Necesitamos un Plan Marshall —prosiguió Zardari—. Después de treinta años con el chip de la seguridad, nuestras capacidades se han visto mermadas. Embajador Holbrooke, tiene que ayudarnos a salir de esa mentalidad extrema y entrar en un debate civilizado con el mundo.

 

Richard Holbrooke con refugiados en Pakistán. Departamento de Estado de Estados Unidos.

 

Holbrooke era popular entre los civiles paquistaníes. Se pasaba horas con Zardari hablando del dolor por la pérdida de Benazir, mientras la ISI escuchaba mediante micros instalados en la oficina del presidente. Visitó a los refugiados del Swat bajo el calor achicharrarante de sus tiendas; los paquistaníes preguntaban por qué sus dirigentes no hacían lo mismo. Recorrió la zona inundada y garantizó cientos de millones de dólares en ayuda, mientras Zardari permanecía en su château de Normandía. Participaba en mesas redondas con una prensa paquistaní irrefrenable, grupos de mujeres y estudiantes, pastunes que se atrevían a viajar hasta la capital desde las zonas tribales.

Holbrooke quería «abrazar al niño víctima de abusos», aplicar ese enfoque. Estaba convencido de que la relación Estados Unidos-Pakistán había sido siempre transaccional —dinero y armas a cambio de apoyo contra los comunistas y los terroristas—, lo que daba lugar a pactos cortoplacistas y constantes traiciones, y creaba una profunda desconfianza por ambas partes. Él quería crear una relación duradera, y estaba dispuesto a invertir gran cantidad de tiempo personal y fondos del Tesoro estadounidense, y a besarle el culo a los miembros del Parlamento que habían comprado sus escaños con la herencia familiar. Zardari le parecía un presidente horrible, si bien de labia fantástica, pero quería mostrar su apoyo a los líderes electos paquistaníes. Tal vez fuesen conflictivos y corruptos, pero al menos no tenían vínculos con los terroristas que estaban desestabilizando la región y amenazando a Estados Unidos.

En Pakistán había dos políticas estadounidenses distintas: una por encima de la línea, visible al público, compuesta de ayudas de cooperación y encuentros bilaterales; y otra por debajo de la línea: los espías infiltrados y drones secretos cuya tarea consistía en mantener Estados Unidos a salvo. El objetivo apremiante del gobierno estadounidense, incluido el presidente, estaba por debajo de la línea, en particular después de que un terrorista entrenado por los Talibanes Paquistaníes hubiera intentado detonar un coche bomba en Times Square. Cuando Obama mandó a un nuevo embajador a Islamabad, la única instrucción que tenía este era asegurarse de que no hubiese en suelo nacional ningún atentado importante procedente de Pakistán. Mientras que el Pentágono dirigía las políticas en Afganistán, en Pakistán lo llevaba a cabo la CIA. Los diplomáticos eran los últimos de la fila.

Los generales paquistaníes, y no sus políticos, definían los objetivos nacionales. El general Ashfaq Kayani, jefe del Estado Mayor del ejército, y el general Shuja Pasha, director de la ISI, eran punyabíes de clase media baja. El ejército ofrecía una vía de ascenso para paquistaníes trabajadores como ellos, y les enseñaba a menospreciar a los políticos civiles, a quienes consideraban unos privilegiados, egoístas e indisciplinados. Kayani era un golfista que fumaba como un carretero y poseía una mente estratégica que seguía anclada en los años cincuenta, cuando la amenaza existencial para Pakistán provenía de la India. Había estudiado en Fort Leavenworth, y admiraba las fuerzas armadas estadounidenses. Disponía de todo el tiempo del mundo para su homólogo, el almirante Mullen, que realizó veintisiete viajes a Pakistán como presidente del Estado Mayor Conjunto, y cenaba siempre a solas con Kayani en su casa de Rawalpindi, un acantonamiento próximo a Islamabad, tratando con paciencia de comprender qué quería Pakistán de Estados Unidos. Pero Kayani no tenía tanto interés en ver a Holbrooke.

Cuando Holbrooke conoció a Kayani y a Pasha en Islamabad en febrero de 2009, les pidió ayuda para encontrar al periodista estadounidense David Rhode.

Durante años, cuando Holbrooke se encontraba con Rohde en fiestas y eventos, podía mostrarse un poco cruel al recordarle cómo lo habían capturado los serbobosnios mientras se celebraba la conferencia de Dayton, como si eso fuera solo una muestra de estupidez, y no de valentía también. En el verano de 2008, los dos asistieron a la boda de Samantha Powell en Irlanda, y cuando Holbrooke se enteró de que Rohde estaba a punto de partir a Afganistán para terminar un libro sobre la guerra, le dijo que no volviera a cometer ninguna temeridad. Pero en noviembre, el comandante talibán al que había ido a entrevistar a las afueras de Kabul había hecho rehenes a Rohde, a su intérprete y al conductor.

Los paquistaníes le dijeron a Holbrooke que no tenían idea de dónde estaba David Rohde. Pasha insinuó que seguía en Afganistán. En realidad, Rohde estaba en Waziristán, la zona tribal de Pakistán donde la familia Haqqani (sin relación con el embajador Haqqani) tenía su cuartel general. La red de los Haqqani conformaba un grupo extremista talibán que operaba en todo el este de Afganistán y llevaba a cabo ataques y atentados suicidas en Kabul. La inteligencia estadounidense tenía pruebas evidentes de que la red Haqqani contaba con la dirección y el apoyo de la ISI. En 1995, Holbrooke había conseguido que los serbobosnios soltaran a Rohde con un simple ultimátum a un adversario al que habían sancionado y sentado a negociar a base de bombardeos. Pero esta vez estaba tratando con un supuesto aliado, destinatario de enormes ayudas estadounidenses, que sonreía, se encendía otro cigarro y mentía.

La ISI elaboró un informe de la conversación de Holbrooke con Sirajuddin Haqqani, hijo del cabecilla de la red, que tenía retenido a Rohde. El informe elevó los cálculos que habían hecho los terroristas del valor de sus prisioneros para el gobierno estadounidense. Ahora los Haqqani querían negociar directamente con el buen amigo de Rohde, Richard Holbrooke.

Holbrooke regresó de Islamabad y le contó al embajador Haqqani de su charla con Kayani y Pasha.

—Tu ejército quiere un equilibrio de poder con la India —le dijo—. Y los civiles quieren más dinero para el desarrollo económico. ¿Y si les damos a ambos lo que piden?

—Esa es una fórmula magnífica —respondió Haqqani—. Pero ¿qué pasa si el ejército no solo quiere defenderse de la India? Porque ¿hay una amenaza real? ¿Qué pasa si lo que quiere es un orgullo y un prestigio como los de la India? Mira el historial.

Haqqani, del que desconfiaban tanto en Washington como en Islamabad, emprendió una campaña para ilustrar a Holbrooke sobre la realidad paquistaní. Las lecciones comenzaban en la oficina del SRAP en horas de trabajo, pero continuaban por las noches y los fines de semana en los restaurantes de Georgetown y en los cines y las heladerías, donde siempre pagaba Haqqani. Cuando Holbrooke le preguntó por qué el Ministerio de Exteriores estaba poniendo cortapisas a los visados para los operativos secretos estadounidenses que podrían ayudar a localizar a terroristas, Haqqani explicó que la ISI no quería que Estados Unidos conociese Pakistán demasiado a fondo. Una vez Haqqani oyó decir a Pasha: «Vosotros, los civiles, estáis equivocados, es imposible que Holbrooke se preocupe de verdad por nuestros intereses. Es judío». Haqqani contó a Holbrooke que el ejército paquistaní se engañaba a sí mismo igual que lo hacía Estados Unidos, imaginando una amenaza india para justificar el poder y el presupuesto desmesurados que llevaba reclamando desde la fundación del Estado. ¿Qué interés tenían los generales en llegar a un acuerdo sobre los talibanes que solo debilitaría su importancia si se reducían las tensiones con la India? Los esfuerzos de Holbrooke por cambiar la percepción que tenía Pakistán de sus propios intereses nacionales estaban condenados al fracaso, porque tal percepción se basaba en autoengaños.

En cuanto a los políticos paquistaníes, siempre prometían cosas que no podían cumplir porque no contaban con el apoyo popular. La opinión pública estaba dividida respecto a los islamistas violentos, pero casi unida en su clamoroso antiamericanismo, que ninguna cantidad de ayuda humanitaria podría mitigar. Pero las promesas seguían llegando, y también los engaños, porque los generales y los políticos necesitaban a Estados Unidos. Era como un teatro, decía Haqqani. La región entera era un teatro donde todos sabían cuál era su papel, salvo los estadounidenses.

Estas lecciones se impartían por debajo de la línea. No guardaban ningún parecido con los telegramas oficiales que mandaba el embajador al secretario de Asuntos Exteriores en Islamabad tras sus encuentros formales con Holbrooke, donde reproducía las suspicacias de los militares paquistaníes ante cualquier movimiento de los estadounidenses. Sus telegramas formaban parte del teatro.

La tarea de Holbrooke era hercúlea. Solo considerarla me agota. Viajes constantes a Islamabad, diálogos estratégicos en Washington, recogidas de fondos en Tokio y en Madrid, encuentros bilaterales, trilaterales, el quinto borrador del trigésimo séptimo memorando, la mera producción de palabras: todo persiguiendo una quimera. Sabiendo en todo momento con lo que se enfrentaba, y creyendo en todo momento que podría conseguirlo, no obstante, con otro memorando, con otra reunión…

Una noche, Holbrooke estaba sentado en la biblioteca de Haqqani, cuando el embajador cogió un ejemplar de Para acabar una guerra de la estantería. Abrió el libro, y leyó en voz alta una descripción de los presidentes de los Balcanes en Dayton: el egoísmo, el desinterés por la vida de su gente.

—¿Tienes la sensación de enfrentarte a un panorama similar? —le preguntó.

—Dios mío, me había olvidado de eso —respondió Holbrooke—. Puede que sí.

Haqqani le preguntó qué esperaba conseguir.

—Estoy intentando que el ejército paquistaní sea cada vez más honesto con Estados Unidos.