Nuestro hombre
Capítulo V
El 26 de octubre fue la festividad nacional de Vietnam, que conmemora el día de 1955 en que Ngo Dinh Diem se autoproclamó presidente de la República. Holbrooke ocupó un lugar como invitado de honor en el palco de autoridades, en SócTrăng. Los Lake supuestamente iban a viajar para visitarlo y participar también en las celebraciones, pero Toni Ella volvió a enfermar y tuvo que ingresar de nuevo en el hospital. En el desfile militar participaron unas chicas uniformadas de azul que cargaban fusiles al hombro: el cuerpo paramilitar de madame Nhu, cuyas integrantes se desmayaban una y otra vez debido al intenso sol. Un avión de reconocimiento L-19 sobrevoló el lugar y dejó caer una lluvia de papelillos que rezaban: «¡Alabados sean la República y su presidente!». Más tarde, en casa del gobernador, como merienda les ofrecieron a Holbrooke y el resto de dignatarios una tarta con forma de aldea estratégica.
Holbrooke tenía aún poca experiencia y no se había enterado de que se aproximaba el golpe de Estado. Rufus sí lo sabía.
Habían convocado a Phillips en Washington en septiembre, debido a la
enfermedad terminal de su padre[58]. La mañana del día 10 de ese mes debía acudir a la Casa Blanca. En torno a la mesa de la Sala del Gabinete, Phillips reconoció los rostros de McNamara,Taylor, Rusk, Harriman, Hilsman, John McCone (de la CIA) y del consejero de Seguridad Nacional, McGeorge Bundy: todos los grandes nombres de las políticas sobre la guerra en Vietnam. Kennedy estaba siendo informado por otra delegación de reconocimiento compuesta por dos hombres que acababan de regresar de Vietnam del Sur. Victor Krulak, general de los marines a las órdenes de McNamara, explicó al presidente que durante su visita de dos días al país había hablado con ochenta y siete asesores y consejeros estadounidenses, con veintisiete oficiales vietnamitas y con el general Harkins. Declaró con gran seguridad en sí mismo que la crisis de Saigón estaba teniendo muy pocos efectos sobre la guerra, y que las cosas iban muy bien en el campo de batalla. Entonces, el civil que había acompañado a Krulak en ese viaje, un funcionario del Departamento de Estado llamado Joseph Mendenhall, contó que la guerra contra al Vietcong había perdido prioridad con respecto a la batalla por el gobierno de Vietnam del Sur, el cual estaba a punto de caer.
—¿Seguro que habéis estado en el mismo país? —preguntó Kennedy.
Phillips se hallaba sentado contra la pared, en una de las sillas destinadas a los oficiales de menor rango que estaban presentes, pero no tenían voz. Que estuviera allí era accidental: en una visita a Saigón, el columnista Joseph Alsop había dado a Phillips un sobre cerrado para que lo entregase a uno de los asistentes de Kennedy en Washington. El sobre contenía una nota que rezaba: «Phillips sabe más sobre este espectáculo y emite juicios más acertados que nadie que yo conozca». El asistente había mostrado la nota al presidente, quien garabateó en el mismo papel: «Pídale a Phillips que informe». La gente que es más experta en un tema casi nunca está en la sala cuando se debate un asunto en las altas esferas. Solo se confía en los círculos más íntimos, por las posibles filtraciones.
En su fuero interno, Phillips se decía que cuanto se estaba exponiendo allí era abstracto e irrelevante, y no tenía nada que ver con el Vietnam que él conocía. De repente, alguien mencionó su nombre al presidente. Lo invitaron a sentarse junto a la mesa, en primera fila. Kennedy le pidió que explicase por qué las versiones de los hechos que acababan de escuchar eran tan distintas. Phillips respondió que ningún oficial del ejército vietnamita contaría la verdad desnuda delante de sus superiores a un estadounidense de visita como Krulak, al que nadie conocía de nada. Todos debían mentir por imperativo profesional. La verdad se reservaba para los amigos estadounidenses conocidos desde hace años, y se contaba en las cenas íntimas.
En ese momento, el ágil Kennedy se habría dado cuenta de que Phillips acababa de encender un potente foco que exponía en toda su falsedad las muchas misiones relámpago de alto nivel que el presidente llevaba enviando a Vietnam desde 1961.
Kennedy preguntó entonces a Phillips por la guerra:
—Siento tener que decirle esto, señor presidente, pero no vamos ganando. Especialmente en el Delta.
El Vietcong acababa de destruir sesenta aldeas estratégicas en la provincia situada al sur de Saigón: había cortado las alambradas de espino, se había llevado las techumbres metálicas y había enviado a los campesinos de vuelta a sus pueblos de origen, mientras las tropas sudvietnamitas responsables de su defensa quedaban confinadas en los cuarteles porque Diem temía que intentasen dar un golpe de Estado. Era casi inconcebible confesar un error en un programa propio cara a cara con el presidente, pero Phillips acababa de hacerlo.
—Usted no tiene ni idea de cómo funciona el ejército —dijo el general Krulak—. Esto es una guerra.
—Esto es una guerra política, y estamos perdiéndola —replicó Phillips. Krulak echaba humo por las orejas, McNamara negaba con la cabeza y Kennedy tomaba notas—. La mayoría de los vietnamitas querrían a Diem en el gobierno, pero todos mantienen una férrea oposición a los Nhu —continuó Phillips—. Lo que hace falta es una campaña para aislar a este y sacarlo del país. Y esa campaña necesita a un director. Y ese director debe ser el general Lansdale.
—Quiero darle las gracias por sus comentarios —dijo Kennedy cuando Phillips hubo terminado—. En particular, por su recomendación acerca del general Lansdale.
Sin embargo, separar a los hermanos Nhu estaba más allá del poder, incluso del de Lansdale. Diem había perdido el contacto con su pueblo y quizá Lansdale había perdido también su toque mágico de antaño. Y quizá Phillips estaba recreándose en ilusiones y buenas intenciones.
Lansdale no fue enviado de vuelta a Saigón: McNamara seguía siendo un obstáculo. En su lugar, Kennedy ordenó a este y a Taylor partir en una nueva misión para recabar información, como si la luz emitida por Rufus Phillips quedase de inmediato atenuada por la presión burocrática derivada de la reticencia de Kennedy a dejarse iluminar el camino.
Phillips regresó a Saigón y allí se topó con hostilidades abiertas entre el
régimen de Diem y los estadounidenses[59]. Lodge canceló los programas de cooperación económica y militar. El precio del dólar en el mercado negro paso de 90 a 140 piastras en una sola semana. El periódico del régimen, Times of Viet Nam, acusaba a Phillips de ser el número dos de la CIA en Saigón. A finales de octubre, Diem convocó a Phillips a su palacio y le pidió disculpas por aquella publicación.
—¿Crees que habrá un golpe de Estado? —preguntó Diem en voz baja, mirando a Phillips a los ojos y sacando un cigarrillo de una cajetilla de tabaco.
—Me temo que lo habrá, señor presidente —contestó Phillips. A través de su hombre de contacto y mensajero, un tipo francés llamado Lucien Conein, Lodge había dado a entender muy claramente a los generales disidentes que había llegado el momento, y los estadounidenses se subían al barco.
El viernes, 1 de noviembre, Holbrooke debía haber volado a Saigón en el vuelo que salía por la tarde desde Sóc Trăng para pasar allí el fin de
semana[60]. Pero después del almuerzo, salió de la ciudad acompañado de George McDowell para conocer el solar donde querían construir el Centro de Demostración de la Vida Rural, una escuela donde los agricultores de las aldeas más remotas tomarían clases de agricultura y cría de animales. La construiría el ejército sudvietnamita, que hasta entonces no había participado en ningún proyecto civil en Ba Xuyên porque los oficiales no habían querido y los asesores militares estadounidenses tampoco le veían sentido. Su fin: contrarrestar la propaganda del Vietcong, según la cual el gobierno no se preocupaba de la gente. Holbrooke ideó el siguiente eslogan: «El ejército y los campesinos trabajan juntos por el bien común y contra el enemigo común:
el Vietcong»[61]. El proyecto le ilusionaba, pues estaba dirigido a las mentes y los corazones. Lansdale en estado puro.
El jeep derrapó en la estrecha pista de tierra que discurría junto al solar y cayó a un canal. La situación parecía no tener arreglo, pero Holbrooke reclutó a una decena de agricultores que observaban el pequeño atolladero en que se habían metido los estadounidenses y accedieron a bajar al canal y echar una mano para sacar el jeep. Gracias a su ayuda, llegarían al avión… salvo que no había avión. En el aeródromo de Sóc Trăng se informó por megafonía de que todos los estadounidenses debían quedarse en sus domicilios debido a los disturbios.
Holbrooke telefoneó a Lake a su casa, quien le informó con toda tranquilidad de que Toni y él no podían salir porque por todo alrededor oían disparos de arma corta. En Saigón estaba ocurriendo algo gordo. Había opción de tomar el vuelo desde el aeródromo de Cần Thơ, un pueblo grande situado a orillas del brazo más meridional del Mekong, a unos sesenta kilómetros al norte del aeródromo de Sóc Trăng. Holbrooke condujo de vuelta al GAAM y los asesores militares le explicaron que la carretera que llevaba a Cần Thơ se hallaba en muy mal estado y que un comando del Vietcong operaba en las inmediaciones. Pero él tenía claro que debía llegar a Saigón o se volvería loco encerrado en Sóc Trăng, así que saltó a su jeep inundado, sacó su pistola calibre 45, la colocó en el asiento del copiloto y se lanzó en soledad a la carretera rumbo a Cần Thơ. Pasó por varios lugares de emboscada bastante obvios, entre las altas hierbas que flanqueaban los canales y, cuando llevaba más o menos un cuarto del recorrido, se dio cuenta de que era una locura seguir adelante. Cuando estaba a punto de darse la vuelta, lo adelantó a toda velocidad un camión del ejército sudvietnamita, así que en el último instante decidió continuar hasta Cần Thơ, pegándose al camión, que le haría las veces de parapeto.
Al llegar, quiso sacar el cargador de la pistola y quitarle las balas. Apuntó hacia el suelo, como había aprendido, pero el arma se había encasquillado y terminó disparándosele. La bala atravesó el suelo del vehículo, entre el embrague y la palanca cuatro por cuatro. El estruendo fue terrible y también el retroceso. Fue ese tipo de cosas que, para más inri, ocurren en un momento crítico y una de las que le hicieron pasar más vergüenza durante toda su estancia en Vietnam. Desde ese momento, decidió que se enfrentaría a los problemas desarmado.
El caso es que tampoco salía ningún avión desde Cần Thơ. Holbrooke trató de ponerse en contacto de nuevo con Lake, que se limitó a decirle: «No puedo hablar contigo ahora», y colgó.
Los Lake acababan de almorzar en su mansión. Tony estaba preparándose para regresar a la embajada cuando, de repente, empezó el tiroteo. Desde su propio jardín una ametralladora disparaba contra los barracones de la guardia presidencial que se alzaban al otro lado de la calle. Lake cubrió la ventana con un colchón, sintiéndose como un estúpido. Aquel era el largamente esperado golpe y ellos estaban en el meollo. Tony Él, Toni Ella, su caniche Kim Chi, su sirvienta Tiba y sus vecinos de arriba, los Kinney, se refugiaron en una despensa atiborrada de latas de zumo de piña PX, y se quedaron allí dentro las siguientes trece horas. Toni estaba embarazada de cinco meses y Ann Kinney saldría de cuentas al cabo de una semana. Los casquillos atravesaban el follaje de los árboles y la metralla salpicaba con violencia las paredes exteriores. La artillería rebelde había calculado ya la posición de los barracones. Lake se asomaba de cuando en cuando para contestar al teléfono, echar un vistazo entre las contraventanas e informar acerca de la situación al agregado militar de la embajada. Cuando los barracones cayeron, los tanques rebeldes se dieron la vuelta y emprendieron su camino hacia el palacio presidencial, a varias manzanas de distancia.
Después, ocurrieron muchas cosas. En cuanto terminó de almorzar, Lodge subió a la azotea de la residencia para observar con desafecto interés los
tiroteos y cañonazos en plena calle[62]. Diem, asediado en su propio palacio desde última hora de la tarde, telefoneó a Lodge y preguntó qué opinaba el gobierno de Estados Unidos acerca de aquello (pues por fin se mostraba dispuesto a comportarse como un buen títere, aunque fuese ya demasiado tarde), y Lodge (quien solo cuatro días antes había pasado unos días junto con su esposa en la mansión presidencial, en las montañas de Dalat, aun sabiendo lo que estaba a punto de ocurrir) contestó al presidente sudvietnamita que en Washington era todavía de madrugada y que Kennedy no sabría nada aún, no obstante le ofreció un exilio seguro en Estados Unidos, que Diem declinó («Me gustaría recordarle que está usted hablando con el presidente de un país
independiente y soberano[63]»). Diem y Nhu escaparon del palacio por una red de túneles secretos. En las inmediaciones del Cercle Sportif les esperaba un coche, que los condujo a la casa de un comerciante chino de Cholon, donde pasaron el resto de aquella larga noche. Al final, a la mañana siguiente los hermanos fueron descubiertos y arrestados por soldados junto a una iglesia católica; los esposaron, los metieron en un vehículo acorazado de transporte de tropas y los fusilaron y bayonetearon hasta la muerte por orden del cabecilla del golpe, el general Dương văn Minh, alias el Gran Minh, que se autoproclamó presidente de la junta militar. Lodge, convertido en héroe de los saigoneses, recibió la noticia con una sangre fría que pasmaba y, acto seguido, preguntó a Halberstam: «¿Qué habríamos hecho con ellos si no los hubieran matado?». Después de todos estos sucesos, Rufus Phillips se sumió en un profundo estado de melancolía.
Él conocía a Diem desde hacía un decenio. Había sido testigo de lo mejor de su mandato, aquella época en que el líder era capaz de mantener unido al país cuando nadie daba un céntimo por él. Había asistido al deterioro de Diem, presionado por la guerra, por las insidias de su hermano y por el carácter autocrático de los estadounidenses. Phillips siempre lo había considerado un amigo. El asesinato en que desembocó su derrocamiento proyectaba una larga sombra sobre todo aquel asunto, su pasado y su futuro. Los estadounidenses tenían las manos manchadas de la sangre del líder.
Phillips, además, perdió en ese tiempo a su padre. Nadie más podía ocuparse de la empresa familiar, así que tuvo que dejar Asuntos Rurales. Antes de que terminase el mes había abandonado su puesto.
Kennedy tenía también un mal presagio. Cuando todo hubo terminado, grabó el siguiente mensaje en una grabadora personal en el mismo Despacho Oval: «Tengo la impresión de que gran parte de la responsabilidad es nuestra, empezando por aquel cable […] en el cual sugeríamos un golpe de Estado. Jamás debimos enviarlo un sábado. No debería haber dado mi autorización
sin celebrar antes un debate al respecto»[64].
El pequeño John-John entró en el despacho y por un momento distrajo la atención de su padre. «¡Papá malo! ¡Papá malo!».
«Me parece escandaloso que Diem y Nhu hayan muerto —continúa Kennedy en la grabación—. Me parece especialmente repugnante cómo ha sucedido. La cuestión es ahora si los generales podrán mantenerse unidos y formar un gobierno estable». Kennedy moriría asesinado menos de tres semanas más tarde.
Cuando Holbrooke llegó a Saigón, el día después del golpe, todo había terminado. El toque de queda de las siete de la tarde lo sorprendió en casa de los Lake dos días seguidos, así que pasó dos noches con ellos, escuchando sus relatos y admirando la colección de casquillos y metralla que habían reunido. Terminó durmiendo en el suelo de baldosas. El barrio era un amasijo de árboles caídos y casas quemadas. La tensión, que hasta entonces podía cortarse con cuchillo, se había atenuado en toda la ciudad y los vecinos se mostraban de mejor ánimo. Las calles pronto fueron una fiesta: los civiles subían a los tanques para llevar comida a los soldados, monjes y estudiantes fueron liberados y los estadounidenses eran objeto del agradecimiento y los vítores de los saigoneses. En el club nocturno de la calle Tu Do, unos obreros colocaban de nuevo la tarima. Lodge y los periodistas —que lo creían mucho más eficaz que su predecesor— consideraron que el final de Diem era la
solución al problema[65].
Holbrooke escribió: «Creo que las cosas van a empezar a ir mejor en
Vietnam»[66].
La estación de las lluvias tocaba a su fin. De vuelta en Sóc Trăng, el coronel Chiêu empezó a mostrarse de repente muy colaborador, aunque había sido una personalidad muy cercana a los Nhu debido a su esposa y la afición de esta al tenis, razón por la cual tras el golpe no duró en su cargo más de dos semanas. Hubo cambios en los puestos de mando en todo Vietnam del Sur: salieron los leales a Diem y entraron los amigos de la junta. El caos resultante paralizó el ejército. El golpe traía consigo un nuevo régimen, nada más y nada menos. El Gran Minh resultó ser un líder bastante pasivo; Lodge, por su parte, no sabía susurrar al oído de los poderosos como hiciera Lansdale: había cumplido con su misión y enseguida perdió el poco interés que había mostrado por la política vietnamita. La guerra se libraba lejos de las ciudades, y los campesinos amaban a los generales entrenados por los franceses tan poco como a los gerifaltes católicos.
Richard Holbrooke y David Halberstam en el delta del Mekong. Holbrooke Papers.
Tras el golpe dio comienzo la mayor de las ofensivas del Vietcong. En el Delta, todo fue arrasado. La guerrilla se había hecho con armas antiaéreas, fusiles de calibre 75 sin retroceso y morteros chinos. Las carreteras que atravesaban la provincia de Ba Xuyên se volvieron demasiado peligrosas. Toda la provincia estaba condenada a caer, salvo quizá la capital. Las aldeas estratégicas habían quedado indefensas, así que o fueron arrasadas o los vecinos las abandonaron, y el programa quedó en nada.
El periodo de servicio de Halberstam terminaba en diciembre [67]. El periodista quería pasar unos días con Holbrooke en el Delta antes de volver a Estados Unidos. Holbrooke temía la visita, pues tenía miedo de quedar en mal lugar ante los funcionarios de Saigón y sabía que Halberstam quería comprobar por última vez si había hecho bien las cosas (así era, en cualquier caso). Holbrooke accedió a recibirlo —no podía resistirse a disfrutar de la compañía de un periodista tan brillante y reconocido como Halberstam—, así que volaron juntos a Sóc Trăng desde Tan Son Nhut. Holbrooke trató de despertar el interés de Halberstam hablándole de sus proyectos civiles, como el Centro de Demostración de la Vida Rural, pero el periodista no prestó atención y empezó a preguntar dónde estaban produciéndose los enfrentamientos reales. Sabía que el Vietcong los rodeaba por todos lados; Holbrooke no podía negarlo.
Años más tarde, Holbrooke describiría la casi inevitable secuencia de dudas y desilusiones que se desarrolló en la mente de ciertos estadounidenses
en Vietnam[68]. Llegado aquel momento, Holbrooke había dejado atrás ya esa primera etapa en que se cuestionaban todas las evaluaciones de la situación. ¿Había realmente 324 aldeas estratégicas en la provincia de Ba Xuyên? Quizá sobre el papel; sobre el terreno, lo cierto es que la mayoría de ellas eran una trampa, endeble pero mortal. Sin embargo, los vietnamitas decían a los estadounidenses y a sus superiores en Saigón lo que estos querían oír, sobre todo en el ámbito militar. Y lo mismo hacían los oficiales vietnamitas de Saigón con sus homólogos estadounidenses. Cuando las noticias llegaban a oídos del presidente, carecían ya de todo valor. Las mentiras y los autoengaños dificultaban enormemente adoptar políticas adecuadas. Holbrooke estaba asombrado e indignado.
La segunda etapa de ese proceso consistía en cuestionar las tácticas. Finalizado el año de 1963, Holbrooke se encontraba aún inmerso en esa etapa y en ella se quedaría estancado la mayor parte del tiempo que pasó en Vietnam. Sabía que los helicópteros Huey y la artillería pesada desperdiciaban munición y mataban más civiles que guerrilleros (y los que sobrevivían, se convertían en simpatizantes del Vietcong). Con independencia del aspecto moral de las tácticas, Holbrooke pensaba que eran ineficaces y contraproducentes. Sabía que en una guerra en que se lucha por un pueblo las tácticas útiles eran muy distintas. Matar era necesario, pero también lo eran los Centros de Demostración de la Vida Rural. Su labor como civil resultaba fundamental para el desarrollo de la guerra.
A setenta kilómetros al sur de Sóc Trăng, en el rincón más remoto del Delta, se encuentra la localidad de Bạc Liêu, donde se hallaba destacada entonces la 21.ª División del ejército sudvietnamita y el grupo de asesores del ejército estadounidense, dirigido por el coronel Jack Cushman y el teniente coronel Bob Montague, el cual terminaría convirtiéndose en el mejor amigo de Holbrooke en el seno del ejército, quizá por ser uno de sus más acérrimos
críticos[69]. Holbrooke empezó a pasar tiempo con los asesores militares de Bạc Liêu. El Programa de Aldeas Estratégicas había fracasado y estaban buscando otra forma de plantear la contrainsurgencia.
En la división había un oficial vietnamita entrado en años, el comandante Yi, que hablaba bien el francés y chapurreaba el inglés. Yi, que había luchado en las filas francesas en el Delta, había explicado a los estadounidenses cómo entendían los franceses el concepto de pacificación durante la primera guerra de Indochina. La idea databa de principios de siglo y se debía al mariscal Hubert Lyautey, el oficial francés que colonizó Marruecos, quien para explicarla utilizaba la metáfora de la tache d’huile (la «mancha de aceite»). Había que dejar de lado los desplazamientos masivos y el grandioso fracaso de las aldeas estratégicas y empezar por los lugares en que vivía gente, utilizando unidades regulares y fuerzas de autodefensa para garantizar la seguridad de la población en una serie de áreas limitadas, poniendo en marcha gobiernos locales, dotando a la comunidad de servicios y extendiendo poco a poco la zona bajo control hacia las áreas en poder del Vietcong. Como una mancha de aceite que fuese expandiéndose.
Holbrooke y los asesores pusieron en marcha un centro de instrucción en Bạc Liêu. Se redactaron los contenidos del plan de estudios en inglés y en vietnamita y se enseñó la táctica de la mancha de aceite a los oficiales de la 21.ª División. El cometido de Holbrooke era obtener el apoyo de los civiles estadounidenses de Saigón.
Había, además, otras cosas de las que preocuparse. Los conspiradores que derrocaron a Diem se mostraban indecisos y proclives a enfrentarse entre ellos. A principios de 1964, la guerra iba tan mal encaminada que el Gran Minh habló abiertamente sobre una posible negociación con Hanói. La negociación había sido la línea roja que el nuevo presidente, Lyndon Johnson, había prometido no cruzar jamás, como tampoco lo hiciera Kennedy. El 30 de enero, el Gran Minh fue apartado del poder en un golpe incruento dirigido por otro general, Nguyễn Khánh. Tras reunirse con el nuevo cabecilla, Lodge regresó a la embajada emocionado: «¡Va a empezar a repartir tortas ya mismo!», anunció a Lake. Sin embargo, a partir de ese momento los golpes y contragolpes se convirtieron en algo rutinario en Saigón. El Estado se desmoronaba por momentos.
El optimismo de que había hecho gala Holbrooke en noviembre se había esfumado por completo. «Diem tenía que marcharse, de todas todas, pero con su salida del poder nos dimos cuenta de que la mayoría de los problemas y las dificultades de este régimen van mucho más allá: están enraizados en la coyuntura, la tradición y la historia de ese trágico país —escribió en una carta enviada a Estados Unidos—. En segundo lugar, hemos visto aún más claramente que antes (cuando echábamos la culpa de todo a Ngo Dinh Diem) la muy restringida capacidad que tenemos para asesorar e intentar que un país
(no podemos hablar de “nación”) logre salvarse a sí mismo[70]».
Cushman, según el programa de rotaciones, debía marcharse del país en abril. Antes de irse, quiso vender la idea de la mancha de aceite al general William Westmoreland, que había llegado como mano derecha de Harkins, a quien terminaría sustituyendo (Harkins seguía creyendo que la victoria estaba
muy cerca[71]). Westmoreland concedió a Cushman los quince minutos del trayecto entre el cuartel general del Comando de Asistencia Militar y el aeródromo de Tan Son Nhut, donde el general daría la bienvenida a un grupo de estudiantes del National War College estadounidense. De camino, Cushman explicó a Westmoreland que para lograr el éxito no bastarían las operaciones militares, sino que era necesario pacificar pueblos y aldeas, y le relató la experiencia de Bạc Liêu. Con la ayuda de una decena de asesores estadounidenses que compartían esa idea, podrían ganar las zonas rurales, siempre que se prorrogase el trabajo de campo de dichos asesores un segundo año. Cushman no tenía claro qué responder si Westmoreland le pedía que se quedase otro año más (pero no lo se lo pidió). De hecho, no hizo ningún comentario ni reaccionó en modo alguno. Tenía la cabeza en otro lugar. Tres semanas más tarde, Cushman se había marchado de Vietnam.
Cuando, un año después, llegaron las primeras divisiones de combate al mando de Westmoreland, la mancha de aceite estaba cogiendo polvo en una estantería del cuartel del Comando de Asistencia Militar. Westmoreland solo necesitaba una palabra para describir su estrategia de victoria: desgaste.
Como había predicho Holbrooke, Lake fue el primero es ascender. Un alto cargo del Departamento de Estado, U. Alexis Johnson (el que había propuesto que los diplomáticos solteros fueran a trabajar sobre el terreno en las peligrosas provincias vietnamitas), estudió la ficha de Lake y dijo: «De los
funcionarios del Servicio Diplomático de su edad, este es el mejor»[72]. Tras el golpe de Estado, Lake fue nombrado asistente de personal de Lodge y cayó de inmediato bajo el embrujo de este: los dos habían ido a la misma escuela secundaria de las afueras de Boston y pertenecían a clanes emparentados de Nueva Inglaterra. Lodge expresaba su ingenio a través de su dialecto nativo, que compartía con Lake. Sin embargo, sentarse a la derecha del poder podía resultar humillante. Lake respondía las montañas de correspondencia del embajador (el final de Diem había dado cierto lustre al nombre de Lodge en Washington e incluso se le propuso como candidato a las primarias republicanas de 1964), lo llamaban desde el hotel Majestic para recoger la ropa de la lavandería Joe Alsop y tenía que recorrer el borde de la piscina del Cercle Sportif, bolígrafo y cuadernillo en mano, trajeado y sudando a mares, mientras Lodge hacía largos y ladraba de cuando en cuando alguna instrucción, hasta que su mujer, Emily, le gritaba: «¡Cabot, por favor! ¡Deja
que el chico se vaya a su casa ya!»[73].
En la Navidad de 1963, los Lake y los Holbrooke viajaron a Camboya para visitar Angkor Vat. De camino al templo, divisaron desde una pasarela que salvaba un arroyo una hermosa aldea camboyana rodeada de un foso. Era una réplica construida por el equipo de rodaje de la película Lord Jim, basada en la novela de Conrad. Unas semanas más tarde, Lake voló hasta Sóc Trăng para ver a qué se dedicaba Holbrooke. Pasaron unos días visitando juntos las aldeas de la provincia de Ba Xuyên. Aquello era contrainsurgencia de verdad, la que habían enseñado a Lake durante su formación en el Servicio Diplomático. Regresó a Saigón muy impresionado por la entrega de Holbrooke.
Hay una viñeta de Snoopy de aquella época que circulaba entre Holbrooke y sus amigos en Vietnam. El equipo de béisbol de Charlie Brown acaba de recibir una paliza: 184 a 0. «No lo entiendo —dice Charlie Brown—. ¿Cómo
podemos perder, con lo sinceros que somos?»[74].
¿Por qué los estadounidenses seguían enamorados de la contrainsurgencia? Lo pregunto porque, evidentemente, no se nos da bien. Salvo por el trabajo de Lansdale en Filipinas, no se me ocurre ninguna otra verdadera victoria de nuestra contrainsurgencia, y sí demasiados fracasos que nunca olvidaremos. Aunque ninguno fue tan grande y tan total como el de Vietnam, Holbrooke presenció en vida otros parecidos: el de Irak, escenario del que intentó mantenerse apartado, y el de Afganistán, conflicto que lo atrapó de tal modo que en sus ojos azules como el hielo ártico empezaron a bailar de nuevo los fantasmas de la lejana guerra de su juventud.
No se nos da bien la contrainsurgencia porque no tenemos ni los conocimientos ni la paciencia necesarios. Pocos compatriotas se muestran dispuestos a conocer la historia y el idioma de cada lugar ni a pasar años sobre el terreno para entender la naturaleza del conflicto. Siempre se dan excepciones, como Frank Scotton, amigo de Holbrooke. Scotton era un oficial del Servicio de Información que había pasado casi trece años en Vietnam. Llegó a conocerse al dedillo los senderos de la selva, hablaba fluidamente el idioma y organizó comandos vietnamitas que convirtió en unidades de propaganda armadas que imitaban al Vietcong hasta en los uniformes negros. Se dio cuenta de que la guerra no se libraba en los pueblos grandes y las ciudades, y menos aún en las capitales de provincia como Saigón, sino en las aldeas, la unidad poblacional básica de la sociedad vietnamita. Scotton decía lo que pensaba, pero los altos mandos no se fiaban de él. Fue incapaz de influir en sus políticas y nunca ascendió. Holbrooke mostraba un gran respeto por Scotton, y este consideraba a aquel uno de los pocos estadounidenses que entendía las aldeas. Pero ni siquiera Holbrooke, quien dedicaría el resto de aquella década a la guerra, aprendió a hablar bien el idioma ni hizo amigos vietnamitas.
Richard Holbrooke con soldados de la 21.ª División del Ejército de la República de
Vietnam. Holbrooke Papers.
Los estadounidenses preferimos guerras rápidas y decisivas, que se zanjen con una ceremonia de rendición. Y nos gusta la potencia de fuego más de lo que querríamos reconocer. El arte de la contrainsurgencia, sin embargo, exige una máxima contención (sus adalides en Vietnam decían: «La mejor arma para matar es un cuchillo. Si no puedes usar un cuchillo, usa una pistola. La
peor arma es un avión»[75]). La contrainsurgencia es, según los expertos, un 80 por ciento política. Nos pasamos el tiempo inclinados sobre cuadros, mapas y estadillos creados en Estados Unidos, como si la solución a los conflictos internos de otro país radicase en el buen funcionamiento de nuestra burocracia. Y, posiblemente, no nos tomamos la política de otros países en serio. Esto tiene que ver con la inocencia que tanto rechazo producía a Graham Greene: la convicción de Lansdale de que todos somos hermanos y hermanas, y de que queremos las mismas cosas. Sin embargo, esa misma convicción explica por qué seguimos librando este tipo de guerras. Todo se reduce a la fuerza de nuestra confianza en nosotros mismos. Si somos buenos —¿y acaso no lo somos?—, no necesitaremos obligar a otras personas a hacer lo que queremos que hagan. Por nuestros hechos nos conocerán y querrán para sí lo mismo que nosotros.
Así pues, Holbrooke, Cushman y Montague no se pararon un momento a reflexionar sobre el hecho de que la idea de la mancha de aceite, la tache d’huile, nació durante una campaña de la Francia colonial para subyugar a Marruecos, justo tras una desastrosa derrota en Vietnam. Esto al menos debería haber llevado a valorar su utilidad a la hora de combatir el mismo movimiento revolucionario que derrotara a los franceses. Pero no: los estadounidenses vimos la oportunidad de transformar todo lo que de bueno tenemos en una técnica que enseñar a otros.
La contrainsurgencia no es para cualquiera: hay que ser sofisticado. En Vietnam atraía a los idealistas, pero no fue esa atracción lo que nos metió en la guerra. Tropezamos con Vietnam y empezamos a hundirnos, creyendo por error que la política de contención de Kennan nos exigía apuntalar nuestra seguridad y credibilidad no entregando ni un solo kilómetro cuadrado de suelo asiático al comunismo, aun cuando los ideales del enemigo eran nacionalistas. La contrainsurgencia, en cualquier caso, formaba parte del cebo. Eso fue lo que hizo que Holbrooke y otros estadounidenses como él no quisieran irse de allí.
Los padres de Lake tenían una colección de viñetas del New Yorker de la que formaba parte un chiste gráfico de James Thurber de 1938. En él, aparece una niña sentada en el salón de su casa mirando con fijeza al frente, mientras una mujer habla al oído a otra: «Dice que arde con una llama dura,
diamantina. Es algo que aprenden en la escuela, creo»[76]. Así es como Lake veía a Holbrooke, con ironía y admiración.
En ocasiones, creo que el mejor año en toda la carrera de Richard Holbrooke fue el primero que pasó en Vietnam. Me he detenido lo suficiente en el relato de ese tiempo para que los lectores se hagan una idea clara de él (si es que podemos hacernos una idea de alguien con tal distancia), pues el Delta explica muchas cosas que llegaron luego. Se zambulló sin pensarlo y muy hondo en la contienda y, aun así, supo mantener la cabeza fría de principio a fin de la acción. Llegado 1964, se convenció de que no estaban planteando la guerra correctamente: jamás estaría tan seguro de algo como lo estuvo entonces de aquello. Supo que los clichés imposibilitaban pensar o aplicar un enfoque mejor. Creyó que sabía más que cualquier otro oficial estadounidense destacado en Vietnam, o más que cualquier otro funcionario, incluidos sus superiores, y posiblemente tenía razón. Sin embargo, era demasiado nuevo para dejar que se convirtiera en un personaje público que irritara a medio mundo. Holbrooke caía bien a casi todos, salvo algunos desairados mortales menores como George McDowell, que jamás olvidaría aquella vez en que lo llamó «el chico de IVS».
Su ambición aún olía a limpio, y su juventud actuaba en su favor: el arrojo físico, la vehemencia moral, la energía incontenible, el entusiasmo, la genuina voluntad de divertirse, el escepticismo, la disposición a hablar claro a embajadores y generales. Lodge se entrevistó con él a solas durante cuarenta y cinco minutos y quedó tan impresionado por el relato que Holbrooke hizo sobre la situación en Ba Xuyên que lo emplazó a otra reunión, un almuerzo que se extendería durante dos horas. Lodge se mostraba frío y cruel con cualquiera que exhalase siquiera una vaharada de miedo o debilidad, pero le gustaba explayarse tomando martinis rodeado de jóvenes brillantes. Holbrooke deseaba desesperadamente la atención de alguien como Lodge. Se ganaba a quienes tenía por encima combinando la alabanza personal con la sinceridad en lo referido a las medidas políticas. Fue un hombre excepcional desde el principio, no solo por brillante, curioso y leído, sino porque no tenía miedo a enfrentarse a la verdad, actuaba para cambiarla y estaba dispuesto a asumir las consecuencias.
No cuestionaba la guerra en sí, aún no. Ni mucho menos. Eso sería casi imposible desde el punto de vista psicológico para alguien que estaba prestando servicio en Vietnam y vivía la contienda cada segundo del día. En cuanto ese cuestionamiento empezase a germinar, habría llegado el momento de zarpar calladamente hacia algún otro puerto. No tendría sentido continuar allí. En su lugar, volcó todo su esfuerzo en hacer mejor la guerra. Esa era la consigna de Holbrooke, de Lake y de sus amigos. Hacer una guerra mejor.