Nuestro hombre

George Packer · Capítulo 5 de 41

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Nuestro hombre

Capítulo III

 

A lo largo de aquel verano, varios monjes más se prendieron fuego y Diem y Nhu sofocaron las protestas estudiantiles con antidisturbios. La hermosa y malvada madame Nhu, la cuñada de Diem, pedía más «barbacoas humanas». La crisis budista demostró en el frente político lo que Ấp Bắc había demostrado en el militar: el gobierno sudvietnamita estaba hueco por dentro y empezaba a derrumbarse. En el Delta, el Vietcong se hacía fuerte y reunía tropas y armamento, operando por primera vez con batallones completos. En aquel ambiente asfixiante, marcado por los suicidios rituales y el tenis, la tensión podía cortarse como el aire saturado de humedad tras la tormenta.

La noche del 20 de agosto, Holbrooke se saltó su habitual cena con Halberstam para visitar a Toni Ella en el hospital. A las seis de la mañana del día siguiente, se despertó en su apartamento de dos habitaciones del número 498 de la calle Phan Ðình Phương, con aire acondicionado y una asistenta que también le preparaba de comer. Encendió la radio y escuchó el himno nacional vietnamita. Cuando terminó, dieron un anuncio: entraba en vigor la ley marcial.

Holbrooke salió a la calle y cogió un taxi. Llegó al barrio donde se encontraba el despacho sobre las seis y media de la mañana. Las calles estaban atestadas de tropas vietnamitas y hubo de recorrer las últimas manzanas con la identificación en la mano.

Poco después de medianoche, varios camiones de las Fuerzas Especiales

de Nhu habían aparcado frente a la pagoda de Xá L [37] ợ i. Decenas de soldados uniformados habían echado abajo la puerta, disparado con fuego real y lanzado granadas de humo. Se llevaron a cientos de monjes y monjas ensangrentados y robaron el corazón quemado de Thích Quảng Ðức. El régimen de Diem arrestó a casi mil quinientos monjes budistas en todo el país, una manera espeluznante de sofocar las protestas. Para tener coartadas, las tropas de Nhu se habían encargado de esconder armas en las pagodas. Durante el asalto, dos monjes escaparon de Xá Lợi con una urna que contenía algunas cenizas de Thích Quảng Ðức y escalaron la tapia del jardín de la USOM, donde pidieron refugio y se les hizo pasar a la sala de los marines que hacían guardia, junto al despacho de Holbrooke, mientras las tropas vietnamitas esperaban fuera sin dejar de tocar el timbre de la embajada. Sheehan y Halberstam, que habían recibido un chivatazo, se habían presentado en la pagoda poco después de medianoche, y tras abrirse paso entre los camiones y los soldados pudieron presenciar el espectáculo desde la azotea de la USOM. En cambio, ni un solo funcionario estadounidense supo nada hasta que ocurrió, ni siquiera los agentes de la CIA, que financiaba las Fuerzas Especiales.

Holbrooke salió de la USOM de nuevo sobre las siete y cuarto de aquella mañana. Fue el último de todos. Inmediatamente después, las tropas colocaron una alambrada de espino alrededor del edificio y bloquearon la entrada y la salida durante las siguientes siete horas.

En teoría, Holbrooke debía viajar hacia el norte para comprobar la situación en varias aldeas que habían sido duramente golpeadas por los comunistas, pero no podía salir de Saigón en avión, pues todos los vuelos desde Tan Son Nhut habían sido cancelados. Condujo a través de la ciudad, por la que desfilaba ahora un enjambre de paracaidistas y varias comitivas de todoterrenos con ametralladoras de calibre 30. Una vez en la embajada, pudo leer varios cables, que no obstante suministraban poca información oficial. A las nueve de la noche, sonó el toque de queda y la ciudad quedó clausurada. Las calles se vaciaron y un silencio totalmente desconocido se cernió sobre Saigón.

De vuelta en su apartamento, Holbrooke experimentó la misma sensación que se apoderaba de él en los momentos dramáticos: se sentía feliz de estar viviendo aquella experiencia. Si hubiera ido a cenar con Halberstam en lugar de visitar a Toni Ella, habría sido testigo del asalto a Xá Lợi; si se hubiera quedado en la USOM, habría vivido el asedio de siete horas.

Con las incursiones en las pagodas, el régimen terminó de aislarse del pueblo sudvietnamita. Los miembros de la misión estadounidense comenzaban a darse cuenta de que la prensa había tenido razón desde el primer momento. Halberstam confesó a Holbrooke que Diem estaba acabado y la guerra, perdida. «Dave está en la cresta de una ola emocional tan alta que cuando habla sobre la embajada se pone furioso y no se le entiende», escribió

Holbrooke en una carta a su casa[38]. Se sentía un poco molesto porque los periodistas no habían informado a ninguno de los miembros de la embajada de los asaltos.

A mí me cae bien Dave, pero hemos tenido otro de nuestros buenos enfrentamientos a costa de

la situación del mundo. En este caso, no obstante, ha contado con un poderoso aliado: a saber, los

acontecimientos. Tiene razón en una cosa: sus fuentes de información son mejores que las del

gobierno, la CIA incluida. De hecho, estuvo en lo de la pagoda. Nosotros hemos metido la pata con

nuestros informes demasiado optimistas. Podríamos acabar perdiendo la guerra… No lo sé. Es

posible, además, que estemos dando una imagen errónea; hay pruebas que lo avalan. Sin embargo,

el problema está en que Dave aborda todo este asunto de un modo que hace imposible el diálogo

constructivo.

 

El embajador Nolting, partidario acérrimo de Diem, había sido llamado a consultas a Washington tras unas largas vacaciones en el Mediterráneo. Diem y Nhu habían elegido aquel vacío de liderazgo estadounidense para actuar y presentar al sucesor de Nolting como un nombramiento consumado. La mañana del 23 de agosto, Holbrooke iba de camino a la embajada cuando vio a una limusina aproximarse a la USOM: supuso que en ella viajaba el nuevo embajador.

Henry Cabot Lodge Jr. había llegado la noche anterior y se dirigía a visitar a dos monjes fugitivos. Tenía orden de que se les proporcionara una dieta vegetariana y de hacer saber a Diem que las viejas reglas de juego ya no

servían y que los estadounidenses no le brindarían apoyo incondicional[39].

Más tarde, estaba Holbrooke leyendo un cable en la segunda planta de la embajada cuando apareció Lodge seguido de un cámara. Lodge era alto, esbelto y de mirada fría, con un labio superior que desaparecía cuando sonreía y una mandíbula inferior que parecía chascar con cada consonante. Era un político republicano procedente de una ilustre familia de Massachusetts, y había perdido en dos ocasiones frente al presidente Kennedy, a quien odiaba por haberlo mandado lo más lejos que pudo de Estados Unidos justo antes de las elecciones de 1964. «Ahora vamos a actuar un poco», murmuró Lodge al cámara, sonriendo y alargando el brazo para estrechar la mano de las

secretarias de la embajada[40]. Holbrooke aguardó mientras el nuevo embajador se le aproximaba, pero este se detuvo en seco de repente y se dio la vuelta. Holbrooke tendría que esperar para presentarse al nuevo capitán del barco.

Fue uno de esos momentos en que nadie sabe qué diablos está ocurriendo realmente. Así va hilándose el acontecer histórico muchas más veces de lo que creemos. Es reconfortante creer que un grupo de personas poderosas se reúne en secreto en torno a una mesa y dispone las opciones, valora los datos y decide un curso de acción, que se desarrollará según sus designios. ¡Ojalá la historia fuese, en efecto, producto de una conspiración siniestra! En la mayoría de las ocasiones, sin embargo, no podemos saber por qué se dan los acontecimientos de consecuencias más perentorias. «La política exterior no tiene sentido», solía afirmar Les Gelb, el amigo de Holbrooke (al que aún le quedan algunos años para aparecer en esta historia). Las personas que están al cargo toman decisiones basándose en la situación política del momento, o inspirándose en una ideología que guarda escasa relación con la realidad humana, o dejándose guiar por una ignorancia supina exacerbada por el pensamiento positivo, o por cualquier otra cosa que se aparte de las pruebas y datos más palmarios. Puede ocurrir esto, o que no tomen ninguna decisión en absoluto: en este caso, los acontecimientos echan a galopar y los responsables políticos tratan a duras penas de mantener el ritmo tras ellos, trastabillando. A continuación, se disponen a vivir el resto de sus vidas fingiendo que sabían lo que estaban haciendo en todo momento y justificando algo que jamás tuvo sentido.

Lodge no tenía ni idea de qué estaba sucediendo: acababa de aterrizar y llegaba pertrechado de ambiguas instrucciones encaminadas a mejorar las relaciones con la prensa estadounidense y a conseguir que Diem se plegara a las demandas del gobierno norteamericano. Los altos funcionarios de Washington tampoco tenían idea de qué estaba sucediendo: no hacían más que tirarse los trastos a la cabeza mientras esperaban noticias de Lodge. Diem tampoco sabía que sus generales empezaban a tramar contra él, y seguía creyéndose el único hombre que podía salvar el país. Quizá fuera una marioneta norteamericana, de lo que lo acusaban los comunistas, pero en palabras de un estadounidense en Saigón era «una marioneta que tiraba de sus

propios hilos»[41]. Los generales vietnamitas no sabían lo que estaba sucediendo: se agrupaban en facciones sin líderes claros, a la espera de que algún otro diera el primer paso. Los periodistas tampoco lo sabían; estaban tan cerca que siempre tenían pistas sobre lo próximo que ocurriría, pero eso les impedía ver las cosas con la perspectiva que luego sí plasmarían en sus libros. Dick Holbrooke, que llevaba dos meses en el país y era de los más jóvenes de la legación estadounidense, no tenía ni idea. Pero trató de averiguar.

Tres días después de los asaltos a las pagodas, el sábado 24 de agosto Holbrooke jugó un partido de tenis contra su jefe, Rufus Phillips, al que ganó

6-2 («Es el mejor partido que he jugado en varios años»[42]). Después del encuentro estuvieron charlando. Phillips le dijo a Holbrooke que los había requerido un funcionario de la embajada, el teniente coronel Mike Dunn, a quien Lodge había llevado a Saigón como asistente personal y para que hiciera trabajos sucios. Dunn le dijo a Phillips: «Lodge quiere enterarse de

qué carajo está pasando»[43]. Así que Phillips investigó muy de cerca a los generales vietnamitas con quienes mantenía relación de amistad y descubrió que todos, iracundos, volvían la espalda a Nhu. Este había engañado al ejército, y los militares en última instancia habían pagado el pato de los asaltos a las pagodas, ordenados por el líder. Phillips opinaba que se debería dejar que Diem conservara el poder si accedía a librarse de Nhu y madame Nhu. Holbrooke no estaba de acuerdo con su jefe; a sus ojos, Diem era irredimible y debía ser depuesto al igual que su hermano y su cuñada (Halberstam y Sheehan también pensaban así). Sin Diem, Holbrooke creía que tendrían la oportunidad de ganar la guerra. Ni se planteaba la no injerencia. «Estamos metidos en esto hasta donde lo están los vietnamitas»,

escribió[44].

Algo crucial estaba ocurriendo en Washington y Holbrooke no lo supo hasta años más tarde, cuando su amigo Daniel Ellsberg filtró los documentos. Cuando suceden este tipo de cosas, la política exterior deja verdaderamente de tener sentido: esa misma noche, la del sábado 24 de agosto, Kennedy velaba a su hijo, muerto al poco de nacer, y trataba de recuperarse de su

dolencia de espalda en Hyannis Port[45]. Rusk, por su lado, estaba en un partido de los Yankees en Nueva York. McNamara, escalando el Grand Teton. A finales de verano, en efecto, Washington se hallaba casi vacío. En la capital, un grupo de diez personas del Departamento de Estado, encabezados por el subsecretario de Asuntos Políticos, W. Averell Harriman, y el sucesor de este como secretario adjunto para Extremo Oriente, Roger Hilsman, redactaron un cable de alto secreto para la embajada en Saigón. El nombre en código de aquella comunicación fue deptel 243. El cable daba la siguiente instrucción a Lodge: «El gobierno de EE.UU. no puede tolerar que el poder resida en manos de Nhu. A Diem debe dársele la opción de librarse de Nhu y su séquito, y que este sea reemplazado por las mejores figuras políticas y militares disponibles. Si, pese a todos sus esfuerzos, Diem no da su brazo a

torcer, deberemos plantear la posibilidad de dejarlo de lado también a él»[46].

Kennedy tenía sus reservas respecto al contenido del mensaje, pero lo aprobó porque contaba con el beneplácito de Rusk. Y este dio luz verde porque pensó que Kennedy lo había aprobado. McNamara jamás oyó hablar de aquel cable, al que su asistente había dado el visto bueno porque contaba con la aprobación de Rusk y de Kennedy. Los adjuntos del Estado Mayor y de la CIA también dieron su aprobación sin consultar a sus superiores. Así pues, deptel 243 llegó a Saigón desde el Departamento de Estado a las 21.36 de aquel sábado, sin haber sido sometido a debate y sin haberse alcanzado ningún consenso. Falló lo que hoy día se conoce en la política estadounidense como interagency process, el proceso de coordinación entre distintas agencias gubernamentales para generar las directrices, lo que años después frustraría a Holbrooke en momentos cruciales cuando estaba entre quienes se sentaban a la mesa en la Sala de Crisis.

Al día siguiente, Lodge escribió de vuelta: «Creo que las opciones de que Diem acepte nuestras exigencias son casi nulas. Al mismo tiempo, al presentar estas exigencias, damos a Nhu la oportunidad de anticiparse a las acciones del ejército o sofocarlas. Se trata de un riesgo que no merece la pena correr mientras Nhu controle las tropas en Saigón. Así pues, proponemos acudir directamente a los generales y presentarles nuestras demandas, sin informar a Diem. Les diremos que estamos preparados para que Diem gobierne sin su hermano y su cuñada, si bien depende de ellos que siga al

frente del país»[47].

El lunes 26 de agosto, por la mañana, con miles de agentes de policía y soldados en las calles de Washington debido a la celebración, que tendría lugar dos días después, de la Marcha por el Empleo y la Libertad, los miembros principales del gobierno de Kennedy se reunieron en medio del clamor en torno a la alargada mesa de la Sala del Gabinete. Los más altos cargos —sobre todo, McNamara y el general Maxwell Taylor, jefe del Estado Mayor— afirmaron que ninguno de ellos había dado su aprobación a deptel 243. Hilsman insistía en lo contrario. «¡Dios mío! ¡Mi gobierno está

desmoronándose!», exclamó el presidente[48]. Sus subordinados seguían discutiendo, así que al final gritó: «¡Basta ya, joder!». Pero era demasiado tarde. Cuando Kennedy se levantó y dio la vuelta a la mesa, nadie se mostraba ya dispuesto a anular las órdenes dadas en el cable. «Es muy difícil decirle a un presidente a la cara que algo que ha aprobado es un error —declararía más tarde William Colby, de la CIA—. Sobre todo si no tienes nada que ofrecer en

su lugar[49]».

Así fue como Estados Unidos dejó atrás ocho años de una política que se retrotraía a Lansdale y que había consistido en encumbrar a Ngo Dinh Diem como el líder vietnamita que podría derrotar al comunismo. Diem ya no era útil, así que Estados Unidos iba a adentrarse más aún en la guerra, sin tener la mínima idea de qué se encontrarían, como si la política sudvietnamita pudieran controlarla un grupo de estadounidenses (políticos, juristas, profesores universitarios, militares y fabricantes de coches) que se sentaban en una sala a once husos horarios de distancia. Kennedy, Hilsman y Rusk habían prestado servicio militar en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial; Hilsman había pasado diez días en Vietnam para comprobar el estado de la cuestión a principios de año, y McNamara y Taylor habían hecho visitas aún más cortas, de las que regresaron con noticias optimistas. Esa era toda la experiencia y todos los conocimientos acerca de esa parte del mundo que reunían quienes se sentaban a aquella mesa. Lodge, por su parte, llevaba

en el país menos de siete días y admitía que apenas lo conocía[50]. Durante un almuerzo en la residencia del embajador, explicó a Phillips que las supersticiones primitivas de los vietnamitas eran muy difíciles de entender y que su forma de política era muy poco seria e indigna del mínimo respeto, un juego de niños en comparación con la política norteamericana de alto nivel, la cual había sido el pan de cada día durante su larga y notable carrera como senador estadounidense, embajador ante las Naciones Unidas, candidato a la vicepresidencia en 1960 y candidato potencial a la presidencia en 1964. Pues bien, el individuo que así hablaba era ahora el máximo responsable de la nueva política en Vietnam. El 28 de agosto Logde envió un cable a Washington que rezaba: «Hemos tomado decididamente un rumbo del que, con todos los respetos, no podemos ya desviarnos: el derrocamiento de Diem

y su gobierno»[51].

Holbrooke no sabía nada de todo esto. Seguía operando con la premisa de que el gobierno estadounidense sabía lo que hacía y que tenía más información, sin duda, de la que tenía él (aunque este supuesto quedaría desmentido poco después). A Holbrooke le parecía, en cualquier caso, que el régimen de Diem estaba acabado. Todos sus conocidos vietnamitas se pronunciaban abiertamente contra él por primera vez y Holbrooke se mostraba entusiasmado, desde luego:

Estamos llegando a un momento crítico en la historia del país. Cuán decisivo, no lo sabemos

aún. Debemos comenzar la tarea de mostrar a las claras que nuestra postura y la de Diem son

irreconciliables. A este respecto, la presencia de los monjes en la USOM es una verdadera suerte,

pues nos permite dejar claro dónde nos situamos. Sin esas dos personas, que viven la situación con

enorme desconcierto, nuestra postura sería mucho más ambigua. […] Ojalá conociéramos mejor los

acontecimientos actuales[52].

 

En Saigón, todo el mundo esperaba un golpe de Estado. Sin embargo, agosto tocó a su fin y el golpe no llegaba. Los generales no estaban lo bastante unidos para volver las armas contra el régimen. Los relámpagos iluminaban el cielo, pero no llovía. El aire de Saigón siguió espesándose.

 

El final de agosto llegó para dar respuesta a la ferviente esperanza de Holbrooke: iban a enviarlo a una remota comarca del Delta infestada de miembros del Vietcong.

El representante de Asuntos Rurales en Ba Xuyên, un tipo llamado Bob Friedman, estaba teniendo muchos problemas con el cabecilla local, el coronel Chiêu. A través de su esposa, Chiêu mantenía cierto vínculo con la familia Ngo, y se creía que traficaba con carbón entre el Delta y Saigón. Según se decía, los beneficios obtenidos iban a parar a manos de la organización política secreta de Nhu. Cuando Phillips viajó a la capital provincial, Sóc Trăng, para hablar con el coronel Chiêu, este lo desairó. Phillips dio rienda suelta a su enojo ordenando a Friedman que abandonase Ba Xuyên.

Holbrooke vio entonces su oportunidad.

—Me gustaría trabajar en provincias —le dijo a Phillips, quien le

respondió con una carcajada, porque Holbrooke tenía veintidós años—.[53] Mándame a Sóc Trăng. Ahora no hay nadie allí.

—No voy a mandar a un chaval como tú a un sitio como ese —dijo Phillips con su leve acento virginiano.

—Quiero ir. Soy tan bueno como cualquier otro.

La desfachatez de Holbrooke llamó la atención de Phillips. Se le ocurrió que designar a aquel joven descarado como su representante provincial — sería el civil estadounidense de mayor autoridad, con la prerrogativa de asignar fondos de la norteamericana AID— supondría un insulto para Chiêu. Aquella era una maniobra escandalosa, inimaginable en el cuerpo diplomático. Pero en Asuntos Rurales se trabajaba en mangas de camisa y Phillips dio instrucciones a Friedman de que informase en todo lo necesario al hombre que iba a reemplazarlo.

No obstante, había un problema: el viejo George Melvin dijo a Holbrooke que lo quería como asistente. Holbrooke, lejos de ceder, replicó que justo iba a tener una reunión informativa al día siguiente con vistas a preparar su futuro trabajo en Ba Xuyên. Era una manera de no decir claramente que no quería ser asistente de Melvin, poniéndole además trabas en el camino. Esto enfadó a Melvin, que ordenó a Holbrooke acompañarlo al despacho de Phillips. «¿Qué eliges? —preguntó Melvin—. ¿Trabajar conmigo o ir a Ba Xuyên?».

¿Cuántos chicos de veintidós años habrían sido capaces de responder a su jefe delante del jefe de su jefe «ir a Ba Xuyên»? Pues eso es lo que ocurría cuando algo se interponía entre Holbrooke y sus deseos.

Ba Xuyên estaba en el fin del mundo. No muy lejos de Cà Mau, el punto donde terminaba el continente asiático, «la provincia más meridional de Vietnam del Norte», como Halberstam la había llamado alguna vez, porque

Cà Mau y la parte más baja del Delta eran el bastión del Vietcong[54]. Sus miembros pululaban desde hacía años entre las aldeas, esteros y arrozales de la zona. La provincia de Ba Xuyên contaba entonces más de medio millón de habitantes. Estaba a unas ocho o nueve horas en coche desde Saigón por la ruta 4, a través de la interminable planicie inundada del Delta: kilómetros de arrozales que se extendían hasta el horizonte. A mediados de septiembre, cuando Holbrooke llegó a Sóc Trăng, los brotes de arroz presentaban aún un tono dorado, no el verde esmeralda propio de la época de cosecha. No obstante, la mayoría de las veces viajó hasta allí en avión, pues había un Caribou de Air America que cubría a diario la ruta entre el aeropuerto de Tan Son Nhut y los diversos aeródromos del Delta. Las carreteras eran peligrosas de día y conducir de noche era una locura.

Vista desde el balcón de Richard Holbrooke en Sóc Trăng. Holbrooke Papers.

 

Su habitación se hallaba en una casa de huéspedes colonial, del color de la arcilla, con un balcón que se asomaba a la plaza del pueblo, justo enfrente del edificio de la autoridad provincial y su cancha de tenis. Junto a la casa de huéspedes había una discoteca llamada The Bungalow, pero como madame Nhu había prohibido el baile para proteger el honor de las mujeres vietnamitas, ahora solo era un bar donde acudían los soldados locales a beber y a ligar. Holbrooke tenía unos vecinos también recién llegados, George y Renee McDowell, un matrimonio de Rhode Island. George era ingeniero agrónomo y trabajaba con los Servicios de Voluntarios Internacionales (IVS, por sus siglas en inglés); estaba enseñando a los agricultores locales a cultivar una variedad de sandías gigantescas procedente de Georgia. Holbrooke le hizo saber que aquello no le interesaba. En una ocasión él y McDowell acudieron al aeródromo de Sóc Trăng para recibir a unos oficiales que llegaban de visita a Saigón y Holbrooke hizo las presentaciones: «Soy Richard Holbrooke, el representante de AID en Ba Xuyên. —Luego hizo un gesto señalando hacia McDowell, que tenía tres años más que él—. Y este es George McDowell, el chico de IVS».

El interés de Holbrooke eran las aldeas estratégicas; en Ba Xuyên había

324, o al menos eso le dijeron cuando llegó[55]. Cuando pidió visitar unas pocas de las más remotas, le contestaron que era demasiado peligroso. Él fue de todos modos, con su camisa blanca de manga corta y la funda de las gafas de sol prendida al bolsillo de la pechera, y descubrió que las aldeas «estratégicas» no eran más que un puñado de estacas punji clavadas en torno a un foso y unos pocos milicianos al otro lado, pobremente armados. El Vietcong los arrasaba a voluntad. Según los informes de inteligencia había tres mil guerrilleros del Vietcong en la provincia. Saigón había entregado ya la mitad del territorio provincial a la guerrilla, la cual contaba con sus propios jefes de distrito, recaudadores de impuestos y escuelas. Por las noches, solo las localidades de mayor tamaño pertenecían en verdad al gobierno. No obstante, esas 324 aldeas «estratégicas» que según Saigón y Washington había en Ba Xuyên permitían afirmar que, en teoría, se controlaba a un 61 por ciento de la población de la provincia.

La guerra se libraba casi a las puertas de Sóc Trăng. El aeródromo era alcanzado casi a diario por fuego de morteros.

Holbrooke perdió cinco kilos a causa del calor. Su habitación no disponía de aire acondicionado ni de ventilador, no había ducha ni retrete y no había manera de librarse de los mosquitos, así que se pasaba los días en el complejo del Grupo de Asesoría y Asistencia Militar (GAAM), a una manzana en dirección al canal. Los asesores militares estadounidenses tenían un pequeño proyector y ponían películas como Siete novias para siete hermanos o Satán

nunca duerme [56] , por las cuales Holbrooke mostraba un gusto insaciable. Los fines de semana trataba de regresar a Saigón para ver a los Lake y a los periodistas, y para mantenerse al corriente de la política bélica a gran escala.

Holbrooke era un buen redactor y jamás lo fue mejor que en su juventud. Dejaré que se exprese por sí mismo.