Nuestro hombre
Sueños muy lejanos
¿Les importa si pasamos por los primeros años con cierta premura? El jardín de infancia no encierra las claves de ninguno de los misterios que se abordan en este libro. Por qué Holbrooke fue Holbrooke no es tampoco la pregunta que hemos de contestar. Me pregunto si existe una respuesta a dicha cuestión que satisfaga a todo el mundo y, más aún, a él mismo. En realidad, de esa época solo nos interesa saber una cosa, que tiene que ver con el padre de Holbrooke.
Se llamaba Abraham Dan Golbraich [1]. Había nacido en 1912 en Varsovia, donde en una ocasión presenció cómo una multitud de jóvenes
polacos rasuraba a cuchillo a unos judíos jasídicos[2]. Durante la Primera Guerra Mundial, Abraham y su madre, Agnes, enfermera originaria de Vítebsk, trataron de huir del ejército alemán viajando hacia el este y refugiándose en la ciudad rusa. Tras la revolución de 1917, Agnes fue acusada de simpatizar con el régimen zarista, de manera que se marchó de nuevo al oeste con su hijo recorriendo media Europa hasta recalar en Francia. Abraham Golbraich creció y se convirtió en un joven alto y apuesto —ojos de un gris verdoso y rubio cabello ondulado—, tan pobre como serio: una especie de Paul Henreid judío. Estudió en la Sorbona de París y luego se graduó como médico en Bolonia. En la primavera de 1939, en vísperas de la guerra, decidió viajar en solitario desde Roma a Nueva York. Ese verano, instalado ya en la Gran Manzana, abrió la guía telefónica de Manhattan y se topó con un apellido que sonaba parecido al suyo: Holbrook. Le añadió una e, se presentó ante el juez y el 6 de julio de 1939 se convirtió en el doctor Dan A. Holbrooke. ¡Qué gran país aquel!
Gertrud Moss era una mujer de pelo y ojos oscuros, enérgica y vital. Había nacido en la década de 1920 en Alemania, en el seno de una familia de clase alta dedicada al comercio de pieles. Su padre, llamado Samuel, luchó en las filas del káiser en la Primera Guerra Mundial, y ganó la Cruz de Hierro, con la que aparece posando en una fotografía familiar tocado con casco prusiano. Estuvo destacado en Polonia, en Serbia y en el frente occidental francés, donde en 1916 escribió las siguientes líneas a su cuñado: «Tras la guerra, los estadounidenses descubrirán que han perdido la simpatía de los alemanes; quizá se arrepientan, pues en la Europa del futuro, la poderosa y vital Alemania, que es invencible, tendrá un enorme peso, mucho más que
antaño»[3]. Así opinaban los judíos alemanes culturalmente integrados en la Alemania prehitleriana. Más tarde, Sami (el padre de Gertrud) Moos tuvo la
premonición de leer [4] Mi lucha. Cuando los nazis se hicieron con el poder, informó a sus hijos de que, siendo ellos judíos, deberían abandonar Hamburgo y Alemania para siempre. Zarparon rumbo a Buenos Aires, donde la empresa de pieles de Moos tenía una oficina de exportaciones. En enero de 1939, Gertrud Moss —a la que cariñosamente llamaban Trudi— cambió su pasaporte alemán, tachonado de esvásticas, por otro argentino y emigró a Nueva York.
Dan y Trudi se conocieron el año siguiente, durante una cena celebrada en la International House, un paraíso para los estudiantes extranjeros situado en el Upper West Side de Manhattan. Se enamoraron, y la noche del 24 de abril de 1941 Trudi dio a luz a un bebé varón. Lo llamaron Richard Charles Albert Holbrooke, como si amontonando nombres de pila sobre los cimientos de un apellido inventado pudieran enterrar de una vez por todas los pogromos, a los bolcheviques, a los nazis y a los Golbraich de los que la joven pareja había escapado. Dan y Trudi jamás hablaron en casa los diversos idiomas europeos que conocían. No dijeron una palabra sobre su ancestral religión a Dick ni a Andy, el hermano que nacería en 1946. Más tarde, la pareja mandó a sus hijos a una escuela dominical cuáquera (por el ambiente cultural elevado que se respiraba en ella, no por lo teológico; el hogar de los Holbrooke era oficialmente ateo). Trudi no llegó a revelarles el secreto de su pasado hasta la adolescencia y Dick no conoció el auténtico apellido de su padre hasta la edad adulta. El Viejo Mundo no había dado más que problemas a ambas ramas de la familia. Los Holbrooke ya no eran judíos. Eran estadounidenses.
Así que hicieron lo que los estadounidenses hacían. Trudi compró un cuaderno con cubierta forrada de nailon rosa en la que se leía Life Begins («La vida empieza»), ilustrado con pajaritos azules y un bebé WASP con mofletes de querubín, donde documentaría el veloz crecimiento de Dickie: su primera sonrisa cuando tenía veintitrés días; su peso, que se dobló en cuatro meses; cuando empezó a ponerse de pie sin ayuda, a los ocho meses; cuando aprendió a andar, a los catorce. Con toda franqueza, no soy capaz de imaginarme a un pequeño Holbrooke con pañales. Seguro que a los tres años estaría ya diciendo: «¿No has leído ese libro? Tienes que leerlo, de verdad».
Tras la guerra, los Holbrooke, como otros estadounidenses, se mudaron a un barrio residencial de las afueras de Nueva York: Scarsdale. Dan y Trudi se hicieron demócratas. Empezó a interesarles el arte. El escultor Jacques Lipchitz y el pintor Willem De Kooning fueron pacientes del doctor Holbrooke, como también lo fueron decenas de refugiados pobres que a veces le pagaban con botellas de vino o salamis. Los sábados, los coches aparcaban ante la casa de dos pisos con la fachada de estuco amarillo situada en el número de 2 de Obry Drive —en absoluto la casa más bonita de aquella calle sin salida—, donde Dan pasaba consulta. En el barrio, todo el mundo lo admiraba.
El doctor animaba a su hijo a estudiar mucho: «¿Por qué ir a un partido de béisbol cuando puedes leer un libro?». Anhelaba que Dick ganase el Nobel de Física y quiso llamar su atención sobre la importancia de conocer la historia del ser humano. En 1949, cuando Dick tenía ocho años, su padre lo llevó al East River para ver las obras de la futura sede de la ONU. Le habló —con esa voz de personaje de Hollywood oriundo de algún lugar de Europa; acento eslavo sobre prosodia latina— acerca de aquel nuevo organismo que impediría que estallaran otras guerras como la que Dan y Trudi vivieron en su juventud.
El verano de 1956, cuando tenía quince años, Dick viajó solo a Europa para visitar a unos parientes de su familia materna. Mantuvo a su padre informado en todo momento mediante impresionantes cartas que podrían leerse como tempranos cablegramas diplomáticos. Acababa de estallar la crisis de Suez. «¿Es Nasser un nuevo Hitler? La prensa británica se lo pregunta. Si lo es, hay que actuar de inmediato. El Reino Unido se ha levantado en armas para defender el canal, que es un cabo de seguridad para el país. Durante ochenta años ha constituido uno de sus principales activos y le ha permitido estar a la cabeza del mundo. Los británicos están listos para
actuar. Los franceses también. Pero Eisenhower duda.»[5] En el resto de ámbitos —música, cine, arquitectura, ciencia—, al joven Holbrooke le parecía que Estados Unidos había adelantado a Europa. Salvo en lo referido a hombres de Estado. Dick quería que Estados Unidos liderase el mundo. «Pienso en Truman, quien con decisiones perentorias detuvo el avance de Rusia sobre Corea. Ahora, Eisenhower debe, como líder de Occidente, actuar sin titubeos. El mundo aguarda.»
La correspondencia con su madre, sin embargo, fue tan escasa y poco natural como la de un niño de primaria: «Voy a enviar a Andy unos bombones. Llegarán dentro de unos días. Hoy está lloviendo. He conocido a
una chica aquí que estaba en mi clase en Scarsdale.»[6] El hijo se mostraba retraído y la madre, preocupada, pues Trudi llevaba desde 1950 cuidando de un hombre enfermo.
Ese año, Dan había recibido una carta de su buen amigo el escultor Isamu Noguchi, quien se encontraba en Asia: «Soñé que caías gravemente enfermo. Te habría escrito para preguntar cómo estabas, pero me pareció una tontería, teniendo en cuenta tu vitalidad y tu profesión. Los sueños no pueden ser
telepáticos: estoy en Bali, al otro lado del mundo. Así que deseché la idea»[7].
Sin embargo, el sueño de Noguchi tenía visos de realidad: Dan sufría cáncer de colon, dolencia que en un primer momento no le habían diagnosticado bien. Dan Holbrooke estuvo siete largos años, los de la primera juventud de Dick, entrando y saliendo de quirófanos y hospitales.
Un día de enero de 1957, cuando Dick llegó a casa desde el instituto en Scarsdale se encontró a su hermano Andy en la cocina.
—Papá ha muerto —le informó este.
—Lo sé —respondió Dick. No dijo más. Andy jamás volvió a oírle hablar de su padre. La verdad es que casi nadie hablaba sobre él.
Cuarenta y un años más tarde, en 1998, en la ceremonia celebrada en la Rosaleda de la Casa Blanca durante la cual se anunció su nombramiento como embajador de Estados Unidos ante la ONU por parte del presidente Bill Clinton, Holbrooke recordó la visita a aquel solar a orillas del East River: «Estos edificios, decía mi padre, serán los más importantes del mundo. Aquí
se evitarán guerras futuras»[8]. Tragó saliva. Algo se removía en su interior. «Mi padre no vivió para ver cómo ese sueño de la ONU se disipaba ante la cruda realidad de la guerra fría —dijo con voz temblorosa; hizo una pausa y se rascó la nariz, luego añadió—: y las deficiencias de la propia ONU.» Volvió a tragar. Respiró hondo. «Sin embargo, jamás olvidaré aquella primera visita y el noble y excesivamente idealista sueño de mi padre.» Entonces se le quebró la voz y volvió a rascarse la nariz. Holbrooke se volvió hacia Clinton, que estaba a su lado, y murmuró: «Disculpe, señor presidente. Lo siento. No suelo hablar sobre mi padre en público». Clinton sonrió y le dio una palmada en la espalda.
En el informativo de televisión de aquella noche pudimos vislumbrar toda una vida de represión. Holbrooke había invocado a su padre y aquello casi le desarmó. Si esas pocas palabras bastaron para hacer mella en su formidable autocontrol en público, imaginen qué otras cosas dolorosas habitarían las profundidades de su alma. La persona cuya aprobación más necesitó a lo largo de su vida no estaba ya para manifestar orgullo por los logros de su hijo. Este es el mejor análisis que puedo hacer desde estas páginas. Holbrooke vivió en el centro de la acción y es ahí donde mejor puede conocérsele. Hubo acción en las ruinas silenciosas que cubren sus años primeros y en la tragedia familiar. Hubo acción en la creación del propio yo, la cual comienza con la destrucción de un yo anterior, una aniquilación más radical que el mero abrir una guía telefónica para elegir un nuevo apellido. Holbrooke se convirtió en el hijo de nadie, oriundo de ningún lugar. Se convirtió en el hijo de sí mismo, y de Estados Unidos.
Tras la muerte de su padre, Holbrooke fue adoptado oficiosamente por la familia de un compañero de clase llamado David Rusk. David se convirtió en su mejor amigo de la escuela secundaria. Juntos editaban el periódico de la escuela y jugaban al tenis en unas canchas en Scarsdale. Pasaron aquel verano dando raquetazos con la radio sintonizada en las noticias sobre la intervención militar estadounidense en el Líbano. Holbrooke empezó a estar más tiempo en casa de los Rusk que en la propia, y a menudo se quedaba a dormir. Sustituyó a Trudi, quien muy pronto conoció a otro hombre, por la amable y desaliñada Virginia Rusk. El lugar de su difunto padre lo ocupó Dean Rusk, un hombre calvo, de cara rechoncha y bolsas debajo de los ojos. Holbrooke había oído que el señor Rusk presidía la Fundación Rockefeller, pero no le dio demasiada importancia. No tenía ni idea de que había sido secretario de Estado adjunto para Extremo Oriente a las órdenes de Dean Acheson, el secretario de Estado de Truman. Tampoco conocía el papel que había desempeñado Rusk a favor de la postura dura contra Corea del Norte tras invadir esta Corea del Sur en 1950.
Dean Rusk había crecido en una familia pobre del condado de Cherokee, en el estado de Georgia. Fue un niño retraído y distante, improbable candidato a padre sustituto. En la primavera de 1958, acudió a un desayuno en la escuela secundaria de Scarsdale, durante el cual se dirigió al alumnado de último curso con las siguientes palabras: «Cuando penséis en vuestra futura
profesión, pensad en el Servicio Diplomático»[9]. Holbrooke jamás había oído hablar de aquello, pero tomó buena nota.
En diciembre de 1960, el presidente electo Kennedy nombró a Rusk (si bien no era su primera opción) secretario de Estado, después de que Dean Acheson y Robert Lovett, titanes políticos de la generación anterior, le dieran su palabra de que Rusk era leal y discreto. Tras su trabajo en Asia, había salido indemne de la pérdida de China a manos de los comunistas y del punto muerto en Corea y fue un soldado muy fiable durante la guerra fría. Kennedy se llevaba al secretario de Estado más leal que pudiera imaginar.
Dick Holbrooke tenía diecinueve años y estaba emocionado. Jamás había conocido a nadie famoso y, de repente, su reticente padre putativo era alguien de importancia internacional, que caminaba apenas un paso por detrás del joven presidente del gobierno. Holbrooke estudiaba segundo de carrera en la Universidad Brown y era el nuevo redactor jefe del Brown Daily Herald. El mes de mayo anterior se las había arreglado para que el periódico lo enviase a París a cubrir la cumbre a cuatro celebrada tras la crisis de Berlín. Una vez allí, consiguió a base de labia un trabajo con un sueldo de diez dólares diarios como recadero para la corresponsalía del New York Times, guardándoles el sitio a los corresponsales en las ruedas de prensa del palacio de Chaillot o yendo a buscar botellines de Carlsberg, hasta que saltó la noticia de que un avión espía U-2 de la CIA había sido derribado sobre la Unión Soviética. Jrúschev se lanzó a una diatriba de dos horas y media ante toda la prensa, lo
que dio al traste abruptamente con la cumbre parisina[10].
Richard Holbrooke de joven. Holbrooke Papers.
Holbrooke trabajó con el New York Times el tiempo suficiente para impresionar en cierta manera a Clifton Daniel, redactor ejecutivo adjunto y yerno del presidente Truman. Gracias a ello pudo hacer unas prácticas en Nueva York en el verano de 1961. Se instaló en un edificio sin ascensor del Greenwich Village y solía coger el metro en la Octava Avenida para acudir al New York Times, donde pasaba textos a máquina en la sección de Nacional y aprovechaba cualquier oportunidad para redactar piezas breves sin firmar, así como para trabar amistad con periodistas célebres como Gay Talese. De vuelta en la Universidad Brown, empezaron a llamarlo «the Dick Holbrooke». Contaba a sus amigos —y estos no sabían si tomárselo en serio— que su ambición era convertirse, bien en redactor ejecutivo del New York Times, bien en secretario de Estado.
Periodismo y diplomacia: uno operaba extramuros del poder, la otra, intramuros, pero ambos nos sitúan en el epicentro del devenir histórico. Durante el resto de su vida, Holbrooke trató de estrechar al máximo la brecha entre ambos. Los diplomáticos lo envidiaban y desconfiaban de él por preferir la compañía de los periodistas; los periodistas sospechaban de él y lo perseguían por ser diplomático.
Cuando viajaba a Washington se alojaba en la casa familiar de los Rusk. En una ocasión, cuando aún estudiaba en la universidad, se presentó en el despacho del secretario de Estado para entrevistarlo con motivo de un trabajo
universitario en que comparaba a Dean Rusk con Woodrow Wilson[11]. La Primera Guerra Mundial obsesionó a Holbrooke a lo largo de toda su vida. A los diecinueve años, cruzó toda Europa a dedo para llegar a Sarajevo, y visitar las huellas grabadas en el hormigón —destruidas más tarde por los musulmanes, al principio de la guerra de Bosnia en 1992— que marcan el lugar a orillas del río Miljacka donde, el 28 de junio de 1914, el nacionalista serbobosnio Gavrilo Princip había disparado y hecho estallar la Primera Guerra Mundial. Holbrooke leyó con interés los diarios de Harold Nicholson, el joven diplomático que el verano de aquel año fatídico había entregado la declaración de guerra al embajador alemán en Londres. Tras la contienda, Nicolson formó parte de la delegación británica en la Conferencia de Paz de París, en que las cuatro potencias vencedoras trazaron el mapa del mundo moderno e inventaron Yugoslavia, y donde un asistente de cocina del hotel Ritz llamado Ho Chi Minh envió al presidente Wilson un manifiesto a favor de la autodeterminación vietnamita al que nadie hizo caso. Todo aquello, desde el destino de sus padres hasta las guerras en que trabajó Holbrooke durante su vida profesional, se derivó de la Gran Guerra, la cual Fritz Stern, historiador y amigo de Holbrooke, llamó «la primera catástrofe» del siglo xx,
«madre de otras catástrofes»[12].
El final de la contienda fue el primer momento de la historia en que Estados Unidos ocupó el centro del mundo. En el trabajo redactado por Holbrooke, Wilson es retratado como una gran figura trágica. Wilson tenía «un hermoso sueño» de paz y libertad universales, «el cual resplandecía en los cielos de todo el planeta para que sus pobladores lo contemplasen y
creyesen en él, al menos por un tiempo»[13]. Ese sueño era semejante al de Holbrooke. Sin embargo, Wilson se mostraba mucho más moralista y rígido a la hora de hacerlo realidad. El fracaso de los planteamientos de Wilson terminó destruyéndolo, pero se redimiría cuarenta años más tarde gracias a un nuevo presidente y su secretario de Estado. Kennedy y Rusk eran más duros, más sofisticados y pragmáticos que sus predecesores, debido a los acontecimientos que se habían producido entre ambas generaciones. Sin embargo, actuaban dejándose guiar por la misma fe demócrata que Wilson, que puso a Estados Unidos en el lado correcto, y sin la cual solo sería otro país grande. Todo dependía de eso.
Holbrooke hizo el examen del Servicio Diplomático, lo aprobó y obtuvo una plaza en el curso de 1962, al tiempo que su otra vía profesional se cerraba inesperadamente: James Reston, columnista del New York Times y director de la oficina del periódico en Washington no le ofreció un puesto en el organigrama. En su opinión, los periodistas jóvenes debían pasar unos años aprendiendo el oficio en un periódico menor. No era ese el plan de Holbrooke. Así pues, se convertiría en el protagonista, en lugar de en el cronista.
Prestó juramento en el Instituto del Servicio Diplomático en julio de 1962, justo tres meses antes de la crisis de los misiles cubanos, ante el secretario de Estado Rusk, quien, para delicia de Holbrooke, le dedicó un ejemplar de la Satow’s Guide to Diplomatic Practice, que iba por la cuarta edición: «A mi amigo Dick Holbrooke, con mi más afectuosa enhorabuena, en el día de su
acceso a esta profesión, la mejor de todas»[14]. Holbrooke consiguió que la Secretaría de Estado lo invitara a él, junto con todos sus compañeros de promoción, a hacer una visita a las oficinas. Rusk los conminó a informar siempre contando la verdad, por muy impopular que esta resultase entre sus superiores. Y refiriéndose a aquella visita, dijo para finalizar: «Esto es probablemente lo más cerca que jamás estén ustedes de un secretario de Estado».
Holbrooke pensaba de distinta manera. Con veintiún años, era el más joven de su quinta. Hoy día en Estados Unidos nadie concibe que un joven de su edad lleno de ambición elija dedicarse a la diplomacia. Entonces las cosas eran distintas: ser emprendedor no era algo heroico y las empresas eran lugares rígidos y aburridos. Si uno no tenía lo que había que tener para ser escritor, deportista, estrella del cine o presidente de Estados Unidos, el único camino para alcanzar la grandeza era el de convertirse en estadista. En años posteriores, después de gozar de cierta celebridad, Holbrooke atribuiría esa elección a la llamada al servicio que Kennedy había hecho a toda su generación: «No preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país». Una anécdota atractiva, pero apócrifa: si algo lo inspiró realmente fue la historia.
Me lo imagino muy bien: tan joven y tan viejo ya, alto y desgarbado. Traje de corte antiguo y corbata estrecha de principios de los sesenta, gafas gruesas de pasta y una sonrisa incipiente que traslucía una ironía traviesa y todo el optimismo del estadounidense que salía a ese mundo en el que los estadounidenses podían hacer lo que quisieran. Se había comprometido con una chica de la Universidad Brown, o quizá no: en realidad no importaba. Iba a desempeñar su papel en una gran lucha, una auténtica guerra. Su primer destino fue Vietnam del Sur. Dos años. Estaba pletórico.