Nuestro hombre

George Packer · Capítulo 37 de 41

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Nuestro hombre

Capítulo VIII

 

La otra parte de la estrategia política pasaba por los talibanes. Hablar con el enemigo se consideraba una idea incómoda en casi todo el gobierno estadounidense. La Casa Blanca veía con inquietud cualquier contacto con un grupo que no había renunciado a sus vínculos con Al Qaeda. La CIA estaba convencida de que los líderes talibanes no querían un acuerdo porque creían que iban ganando, y los analistas estadounidenses en Kabul le decían a Barney Rubin que los de arriba eliminaban cualquier mención al interés de los talibanes por entablar conversaciones. Los militares, y por encima de todo Petraeus, creían que era demasiado pronto para negociar en 2009, o incluso en 2010: el incremento de tropas necesitaba tiempo para castigar al enemigo primero. En Irán, Petraeus había sobornado a los insurgentes suníes por completo, y en Afganistán quería seguir la misma estrategia. Hillary Clinton compartía la postura del ejército, pero le preocupaba también su reputación mundial como defensora de los derechos de las mujeres.

A lo largo de todo 2009, Holbrooke nunca sacó el tema de las conversaciones de paz en las reuniones de la Casa Blanca, ni siquiera con su equipo, más allá de Rubin y un par más. El eufemismo que utilizaban era «reconciliación», que Holbrooke neutralizaba aún más con su «reducción de la amenaza». Ocultaba los memorandos de Rubin a casi todos sus colegas. «Recuerda —le dijo a este, que era tan ingenuo en el hacer del gobierno estadounidense como ducho en la política afgana—: tu problema principal no

son los talibanes, sino la CIA y Denis McDonough[68]». En la campaña de 2008, Rubin había tenido que dimitir como asesor de Obama después de que el New York Times relatara sus esfuerzos por tender puentes hacia los talibanes. En todo el primer año de gobierno, no puso un pie en la Casa Blanca.

Holbrooke también era escéptico. Él —nosotros— no sabía nada de los talibanes. ¿Quiénes eran? ¿Qué querían? ¿Seguían una cadena de mando, se habían convertido en una serie de grupos locales semiautónomos: unos, islamistas radicales; algunos, nacionalistas pastunes, y otros, simples criminales? ¿Eran aquellos mismos bárbaros que habían tiranizado Afganistán en la década de los noventa y permitido que el país se convirtiera en una base de operaciones para el terrorismo global? Seguían demostrando la misma crueldad; la inmensa mayoría de bajas civiles eran víctimas de bombardeos talibanes. Holbrooke insistió en escuchar la opinión de Rina Amiri, que le habló de los millones de afganos —mujeres, minorías étnicas y religiosas, urbanitas instruidos— que estaban en contra de cualquier pacto que otorgara a los talibanes una cuota de poder. Pero al mismo tiempo, en secreto, mandó a Rubin a calibrar las posibilidades.

A principios de 2009, Qayum Karzai, hermano del presidente, presentó a Rubin a un abogado saudí llamado Mansur bin Saleh, un antiguo muyahidín que había estado en Afganistán en los años ochenta y en los Balcanes en los noventa y que ahora mantenía una estrecha relación con el ministro de Inteligencia saudí. Mansur y Qayum habían ido a Kandahar y se habían reunido con un talibán que tenía contacto directo al otro lado de la frontera con la Quetta Shura, el alto Consejo talibán, a las órdenes del mulá Omar. La Quetta Shura acababa de crear una comisión política. Resultó que unos cuantos talibanes veteranos querían hablar con los estadounidenses lejos de las miradas de sus amos de la ISI.

Rubin supo todo esto de boca de Mansur en un viaje a Arabia Saudí en la primavera de 2009. Cuando regresó a Washington, redactó un informe para Holbrooke:

RCH debería visitar Riad lo antes posible […]. Hay que crear una «sede» pública para los

talibanes que facilite las conversaciones. Los saudíes pueden hacerlo en Riad o La Meca. Una sede,

libre de presiones paquistaníes o amenazas de Al Qaeda, que hará posible disociar a los talibanes de

Al Qaeda […].La sede para los talibanes solo puede crearse con pleno apoyo de Estados Unidos

[…]. Estados Unidos debería dar prueba de su apoyo poniendo a afganos en libertad [69].

 

Holbrooke leyó este memorando en el puente aéreo a Nueva York —le consiguió a Rubin un asiento a su lado en primera clase—, y dijo: «Si funciona, es la única manera que tenemos de salir de esta».

Rubin organizó un encuentro entre Holbrooke y Mansur en la sala VIP del aeropuerto de Dubái. Holbrooke, que volvía de Abu Dabi, disponía solo de treinta minutos, parte de los cuales los pasó al teléfono y en el cuarto el baño.

—Excelencia, no se fíe de los paquistaníes —le dijo Mansur a Holbrooke —. Deberían manejarlo todo ustedes mismos. Escúchelos, pero no se fíe. Quítese las gafas de sol y obsérvelo todo con claridad. Si se ocupan ustedes mismos del proceso de paz, todo mundo en la región lo agradecerá. Eso revertirá el caos que hay en el mundo islámico. Ahora los odia todo el mundo.

A Holbrooke le costaba entender a Mansur, con su marcado acento y su balbuceo nervioso.

—Entonces, ¿afirma tener contacto con los talibanes? —lo interrumpió.

—Sí.

—Bien, si habla con ellos, haga algo en lo referente a David Rohde. — Escribió el nombre del periodista en un pedazo de papel de periódico y se lo tendió a Mansur, para poner a prueba su buena fe—. Es un buen amigo mío y los talibanes lo tienen prisionero. Tiene familia. ¿Puede hacer algo?

Mansur contestó que lo intentaría.

En el avión de vuelta a Estados Unidos, Holbrooke, con su pijama color carne, y Rubin se pusieron a hablar en la cocina que había entre la clase business y la primera.

—No entendía ni una palabra de lo que decía —confesó Holbrooke—. ¿Es uno de esos tipos con quienes tienes que sentarte a tomar el té durante horas?

—Me temo que sí.

—Bueno, yo no hago esas cosas. Hazlo tú.

Mansur conocía a un corrupto hombre de negocios afgano que había pasado diez años en una cárcel de Nueva York por tráfico de heroína y que poseía contactos en todos los bandos de la guerra afgana. El hombre se puso en comunicación con los secuestradores, que poco después hicieron público un vídeo en que aparecía Rohde tratando de tranquilizar a su familia. Aquello dio a Mansur cierta credibilidad. Los secuestradores exigían un rescate de quince millones de dólares por un amigo de Richard Holbrooke. El hombre de negocios y los saudíes intentaron rebajar la cifra a cinco. Pero una noche de junio de 2009, tras siete meses de horrible cautividad, Rohde y su intérprete escaparon trepando el muro del piso franco con un tramo de cuerda robado y se presentaron en una base paquistaní cercana. De allí los llevaron en avión a la base estadounidense de Bagram, a las afueras de Kabul, donde la primera llamada que recibió Rohde fue la de Holbrooke.

—Lo siento —dijo Rohde de inmediato, preparándose para el fulminante desdén de Holbrooke.

—Dios mío, cómo me alegro de oír tu voz —respondió este.

Rubin continuó trabajando en la vía saudí con los talibanes. En agosto, Mansur lo convocó de nuevo en Dubái, donde le comunicó que había recibido

hacía poco una carta y dos llamadas de representantes talibanes[70]. El mulá Omar acababa de nombrar un nuevo delegado político para representar la Quetta Shura en las negociaciones. Se llamaba Tayyab Agha. Estaba emparentado con Omar por matrimonio, y había servido como secretario personal del comandante de los fieles en Kandahar durante los años de

declive del gobierno talibán[71]. Ahora tenía treinta y tantos largos, era moreno y esbelto, con un aire melancólico. Cuando Mansur lo conoció, le dijo que los estadounidenses se quedarían veinte años en Afganistán si era necesario, lo que hacía inevitables las conversaciones: «Estados Unidos no quiere perder, y los talibanes no quieren perder. Los dos quieren una solución en la que no pierdan».

Rubin escribió a Holbrooke para comunicarle que ahora tenían a un interlocutor con nombre y apellidos. Por desgracia, Tayyab Agha se dedicaba también a recaudar fondos para los talibanes; en ese preciso momento, estaba en Yeda haciendo la ronda de fuentes saudíes privadas. Los estadounidenses tendrían que eliminarlo de su lista de sanciones antes de poder hablar con él. Liberar a sus prisioneros y quitar de la lista a sus dirigentes fueron los requisitos de los talibanes de cara a cualquier negociación.

Holbrooke quería guardarse para sí el nuevo canal en lugar de dejar que la CIA tomase el mando. Les dijo a sus colegas que negociar con Afganistán, con tantos bandos y turbias relaciones, sería «más duro que con Vietnam o

Bosnia»[72]. Rubin comentó una vez bromeando que deberían olvidarse de ganar el Premio Nobel de la Paz y conformarse con no acabar convertidos en personajes de un documental como The Fog of War, el análisis minucioso de Robert McNamara dirigido por Errol Morris. Holbrooke tenía suficiente sentido del humor para reírse.

Tayyab Agha rechazó la exigencia saudí de que los talibanes rompiesen con Al Qaeda y se reuniesen con Karzai: «No nos sentaremos jamás con Karzai mientras no jure lealtad al mulá Omar», declaró Tayyab Agha. Lo echaron sin contemplaciones del reino y aterrizó en Doha, Catar, donde los talibanes instalaron su primera sede política.

Pero el resto de 2009 no ocurrió nada. Primero llegaron las desastrosas elecciones afganas, y luego la revisión interminable de la petición de soldados de McChrystal, y después el incremento de tropas. La estrategia política no estaba sobre la mesa de la Sala de Crisis, y Holbrooke no se encargó de ponerla. «Estoy muy, muy decepcionado con este gobierno», le dijo Rubin una noche. Obama y sus asesores no estaban dispuestos a considerar otro enfoque que no fuese el militar, aunque claramente dudaban de que pudiera funcionar; como si hablar con el enemigo pudiera costarle el presidente una parte demasiado alta de su limitado capital.

 

Holbrooke sabía, por Vietnam y Bosnia, que las negociaciones debían sincronizarse con la realidad del terreno de batalla. En Vietnam, Nixon había postergado conversaciones importantes mientras retiraba de manera unilateral cientos de miles de soldados, lo que había debilitado la posición de Kissinger ante los norvietnamitas en París (Lake había advertido a Kissinger de ello). «Para cuando alcanzaron el pacto definitivo a finales de 197[2], los dos hombres parecían los perdedores de una partida de strip póquer, desnudos», escribió Holbrooke a principios de 2010 en un memorando para Hillary

Clinton[73]. En Bosnia, Holbrooke permitió que avanzara la ofensiva croata-musulmana hasta que el mapa le otorgó la máxima ventaja frente a los serbios en Dayton. Si Obama esperaba para hablar a cuando los soldados empezaran a

retirarse a mediados de 2011, repetiría el error de Nixon y Kissinger[74].

En la primavera de 2010, Holbrooke y Lute se convirtieron en socios insospechados. Sus sendas oficinas, el SRAP y el CSN, querían entablar negociaciones con el incremento de tropas en marcha. En abril, Obama les dio por fin el visto bueno, y Lute pasó a presidir lo que se llamaría la Célula de Resolución de Conflictos: el grupo de funcionarios de diferentes agencias que se reunían todas las semanas en una pequeña sala segura justo al lado de la Sala de Crisis. Este grupo se deshizo de la orden del gobierno Bush por la que los dirigentes talibanes permanecerían en la lista negra hasta que se rindieran, y convirtió los tres requisitos previos para entablar conversaciones en los tres objetivos de dichas conversaciones: los talibanes debían abandonar la lucha armada, renunciar a Al Qaeda y aceptar la Constitución afgana.

En mayo, Vikram Singh, un civil del Pentágono que Holbrooke había reclutado para el SRAP, y Chris Kolenda, coronel del ejército, trasladaron estas ideas a McChrystal. Los militares se habían opuesto a hablar con los talibanes en pleno incremento de tropas, pero una sesión informativa de tres horas en el subsuelo del Pentágono había convencido al general de que una estrategia política tenía más posibilidades de éxito en el momento de máxima presencia de tropas, momento en que la presión militar podía recompensar a los elementos cooperadores de los talibanes y castigar a los irreconciliables. El respaldo de McChrystal ayudaría a convencer al presidente y a sus asesores. «Si Stan está a favor, entonces no seremos los diplomáticos que arruinaron la guerra», le dijo Holbrooke a Singh.

En la Célula de Resolución de Conflictos buscaban pistas que los condujesen a homólogos talibanes. Reunieron una lista de quince nombres, y el de Tayyab Agha la encabezaba. Mantenía una relación estrecha con el mulá Omar, estaba fuera de Pakistán y, según había descubierto hacía poco Holbrooke, los alemanes, convencidos de su credibilidad, estaban ya en conversaciones con él. Holbrooke consideró que la identidad de Tayyab Agha era tan delicada que necesitaba un nombre en clave. Propuso «A-Rod», por el tercera base de los Yankees. Esto a Lute le pareció una chorrada más de Holbrooke, pero le dijo: «Si no hay más remedio…».

Holbrooke daba por hecho que sería él, al final, quien se sentaría a negociar. A veces decía que no habría un Dayton para Afganistán, pero ¿no creen los lectores que en los momentos de calma se permitía imaginar una mesa redonda en una sala dorada de un principado árabe, a Karzai con su capa bordada, a Kayani con el uniforme color caqui, a un mulá barbudo con un turbante negro y a él mismo vestido de traje? Aspiraba todavía a ser el diplomático que acabara con la guerra más larga de Estados Unidos. Aquello le garantizaría un puesto entre los prohombres.

Lute tenía una idea distinta. Todo el mundo estaba de acuerdo en que el gobierno afgano tomaría la iniciativa sobre el papel, pero Holbrooke había quemado sus puentes con Karzai. Y dado que los estadounidenses estaban combatiendo en Afganistán, ¿no debería un no estadounidense dirigir las negociaciones? Lute propuso al anciano diplomático argelino Lajdar Brahimi, que había presidido la conferencia de la ONU en Bonn en 2001. Hillary Clinton tumbó de inmediato la propuesta: «Nosotros no externalizamos nuestra diplomacia». Estaría al frente un estadounidense.

Pero cuando Holbrooke le dijo que necesitaría ayuda diplomática una vez que comenzaran las negociaciones, ella le respondió con frialdad que aún no estaba en absoluto claro quién iba a encargarse. Holbrooke se quedó perplejo. Lo que Clinton se hallaba dispuesta a hacer por él tenía sus límites.

 

En junio, la revista Rolling Stone publicó «The Runaway General», un artículo de Michael Hastings en que citaba a McChrystal y a su círculo próximo refiriéndose a algunos dirigentes civiles —Biden, Jones, Eikenberry, incluso a Obama— con arrogante burla. Holbrooke recibía un trato brutal: «El jefe dice que es como un animal herido —afirmaba alguien del equipo de McChrystal—. Holbrooke no deja de oír rumores de que van a despedirlo, y

eso lo vuelve peligroso»[75]. La imagen era vívida y certera. «Es un tipo brillante, pero entra y tira de una palanca, de lo primero que pille». A McChrystal lo habían visto refunfuñando por enésima vez a causa de otro correo electrónico de Holbrooke y embutiéndose la BlackBerry de nuevo en el bolsillo: «No quiero ni abrirlo».

Cuando apareció el artículo, Holbrooke y McChrystal estaban en Kabul. Holbrooke había llegado esa misma noche de Helmand, donde su V-22 Osprey había recibido disparos mientras aterrizaba en la base marine de Marja, y luego dos terroristas suicidas habían detonado sendas bombas a unos centenares de metros de su vehículo mientras lo llevaban a reunirse con el jefe de una aldea. Holbrooke, con su gorra de los Yankees, lo encajó con toda tranquilidad, lo que debió dejar impresionados hasta a los hombres de McChrystal.

En plena noche, el teléfono de la habitación de Holbrooke en la residencia de la embajada lo despertó. Era McChrystal. Holbrooke pensó de inmediato que, o bien habían asesinado a Karzai, o bien la Zona Verde estaba sufriendo un ataque.

—Señor, quería disculparme —empezó a decir McChrystal [76].

—¿Por qué?

—Ha salido un artículo publicado en la Rolling Stone sobre mí que dice algunas cosas malas de usted.

—¿Y qué?

—Bueno, esto va a generar una tormenta, y quería decírselo. Es culpa mía y le debo una disculpa. He presentado a la secretaria de Defensa mi dimisión.

—Bueno, a todos nos caen palos de la prensa. —Holbrooke empezaba a plantearse cómo de malas serían esas cosas—. No te preocupes por mí, Stan. Diga lo que diga, las he visto peores. Y no afectará a mi respeto y amistad hacia ti.

Después de colgar, Holbrooke le mandó a McChrystal un correo electrónico, que el general debió de estar encantado de abrir:

 

Estoy aquí tumbado a apenas unos centenares de metros de ti a las tres de la mañana, pensando

en la llamada que acabas de hacerme. Y esto es lo que quiero decir, antes de ver el artículo: diga lo

que diga sobre ti, sobre tu equipo, sobre mí o cualquier otro, ese artículo no afectará de ningún

modo a la misión en la que estamos embarcados juntos. Y tampoco al afecto que te tengo […]. Doy

por hecho y espero, por supuesto, que tu ofrecimiento a la SecDef fuese rechazado en el acto.

Tu amigo, Richard[77].

 

Gates, junto con Mullen y Clinton, quería que McChrystal siguiera en su cargo; pero el presidente, con Biden mascullándole al oído, lo despidió por conducta insubordinada, lo que acabó con su carrera. Obama sustituyó a McChrystal por Petraeus, al que Holbrooke escribió enseguida: «Me siento fatal por Stan, con quien pasé sus dos últimos días en Kandahar y Kabul. Pero

me parece lo correcto»[78].

Petraeus impuso su voluntad de hierro en la guerra, y desplegó una contrainsurgencia de amplio espectro y carácter letal. Dejaban a los civiles fuera y luego los acusaban de no cumplir su parte. Sin McChrystal, el mando militar en Afganistán perdió interés en hablar con el enemigo. Cuando Holbrooke sacó el tema, Petraeus lo despachó: «Eso es una conversación de quince segundos». En cierto momento, el general intentó tomar el control de las negociaciones para sofocarlas: reveló a los periodistas que la OTAN había proporcionado salvoconducto y uno de sus aviones para que un dirigente talibán viajara desde Quetta a fin de reunirse con Karzai en el Arg. Holbrooke estaba indignado: si un civil filtrara tal cosa lo despedirían.

Luego llegaron algunas noticias inesperadas. Holbrooke estaba dando una rueda de prensa en la embajada de Kabul cuando divisó a Dexter Filkins, del New York Times, que había deducido que el talibán en cuestión era el mulá Akhtar Mansur, número dos de la Quetta Shura. A lo largo de toda la rueda de prensa, Holbrooke pasó por alto deliberadamente la mano alzada de Filkins. Hacia el final, un asistente le entregó una nota de parte de Holbrooke: «¿Tendría un minuto para hablar en privado?».

Cuando Filkins abandonaba la sala con el resto de periodistas, el asistente lo agarró del brazo y lo metió en unos baños cercanos.

Holbrooke estaba de pie en un urinario, de espaldas a la puerta.

—¿Estamos solos?

—Eso creo.

—Echa un vistazo a las cabinas.

Filkins miró por debajo de las puertas.

—Richard, creo que estamos solos.

—¿Te acuerdas de ese talibán sobre el que has escrito? El tipo con quien estamos hablando no es él.

—¿A qué te refieres?

—El nuestro es un fraude absoluto. —Holbrooke seguía originando—. Es dueño de una tienda en Quetta. Y le dimos un montón de dinero. —

Doscientos cincuenta mil dólares en metálico[79].

—¿No comprobasteis su identidad?

—Lo hicimos. Creíamos que estaba verificado. —Nadie sabía, al parecer, qué aspecto tenía el mulá Mansur, salvo un afgano de la frontera que señaló al impostor—. Es todo una farsa total. —Holbrooke se subió la cremallera de los pantalones y tiró de la cadena—. No sacaremos nada de esto. —Abrió la puerta del servicio y empujó a Filkins al pasillo—. Y si le dices a alguien dónde te has enterado de esto, no volveré a hablar contigo.

 

«Los insurgentes ganan en una guerra de guerrillas si no pierden —escribió Holbrooke en un memorando para Hillary Clinton en septiembre—. No podemos convencer a Pakistán para que haga converger sus intereses estratégicos con los nuestros debido a su obsesión con la India y el control militar sobre sus políticas estratégicas. Por estos motivos, deberíamos analizar si hay base para un pacto político con los talibanes que quede dentro de nuestras líneas rojas. No hay nada menos apetecible que la idea de tratar con

los talibanes, pero sería irresponsable seguir ignorando este terreno[80]».

Clinton estaba lista para apoyar la idea. Con la aprobación de Obama, Frank Ruggiero, segundo de Holbrooke, mantendría un primer encuentro en Munich con Tayyab Agha y el diplomático alemán Michael Steiner, que había estado con Holbrooke en Dayton. La vía talibán empezaba a abrirse. Pero Holbrooke había comenzado a pensar que no llevaría de manera directa al fin de la guerra. La lucha proseguiría a menos que algo cambiara fuera de Afganistán, en la región. Estados Unidos necesitaba una estrategia regional.

El cubo de Rubik era complejísimo. Karzai estaba poniendo a Estados Unidos y Pakistán uno contra el otro, hablando con ambos, sin confiar en ninguno. Los norteños que había en su gobierno estaban inquietos ante cualquier concesión, ya fuera a los talibanes o a la ISI. La India solo hablaría con Pakistán sin una tercera parte, y nunca de Cachemira, pero Pakistán quería que Estados Unidos mediara en ese punto muerto con su odiado vecino. China, aliada de Pakistán, se inhibía políticamente mientras buscaba ventaja económica en Afganistán y Pakistán. Irán era un aliado de Karzai que también financiaba a los talibanes. Los saudíes ofrecían toda su colaboración para la paz en Afganistán, pero no querían contrariar a Pakistán. Cualquier solución tenía que implicar todos estos factores en una alineación correcta de intereses.

Holbrooke creía que la India y Pakistán podían entablar un diálogo si quedaba limitado a Afganistán. Indicios sutiles de cambio llegaban desde Pakistán. Kayani había escrito un libro blanco de quince páginas, el tercero en un año, y se lo había hecho llegar a Obama y a unos cuantos

estadounidenses[81]. En él daba a entender que Pakistán veía ahora a los talibanes como parte de un problema regional: «La paz en Pakistán solo será posible con un Afganistán pacífico. Un pronto fin al conflicto en Afganistán es uno de los intereses estratégicos clave de Pakistán […]. Estados Unidos y Pakistán desean ver a Afganistán libre de fuerzas extremistas y radicales».

Holbrooke creía en si la India y Pakistán terminaban por comprender que su problema común —esas «fuerzas extremistas y radicales»— era más grave que lo que los separaba, podrían cortar el oxígeno que alimentaba la guerra aplicando presión desde ambos lados. Expuso sus pensamientos en un memorando para Hillary. El público que más ansiaba seguía fuera de su alcance.

Había estado a solas con Obama una vez, en Chicago, y nunca más. Sabía que el presidente no le tenía simpatía ni confianza, pero creía que quince minutos, sin interrupciones ajenas, bastarían para mostrarle lo útil que podía ser. Quería que Obama escuchase al menos estas ideas. Tarde o temprano — esto nunca dejó de creerlo— el presidente debería acudir a él. Siguió intentando ver a Valerie Jarrett, asesora e íntima amiga de Obama, pero ella siempre le cambiaba la hora y no llegaban a encontrarse. Intentó también conseguir una cita con el presidente a través de Axelrod, pero este había dejado de devolverle las llamadas, de modo que probó por medio del joven asistente de Axelrod, aunque no consiguió que contestara siquiera Eric Lesser, que parecía un estudiante de segundo de carrera.

Un día Lesser estaba en el servicio de caballeros del subsuelo del ala oeste, en la esquina de la Sala de Crisis, cuando al echar un vistazo a su derecha vio a Hoolbroke en el urinario de al lado.

—Eric, estoy muy, muy decepcionado.

Lesser no dijo nada; siguieron plantados uno al lado del otro.

—Estoy muy, pero que muy decepcionado. Te he llamado, he contactado para organizar un encuentro, pero no he recibido ninguna respuesta.

El tono traslucía un dolor personal, como si Lesser hubiese traicionado su amistad.

—Lo siento, embajador Holbrooke. Le mandaré un correo electrónico, hablaré con Davis y tan pronto podamos organizar algo le informaré.

Lesser se marchó volando.

Los amigos que vieron a Holbrooke ese otoño se dieron cuenta de que algo iba mal. No comía bien, no hacía ejercicio, no dormía lo suficiente. Tenía el vientre hinchado y la cara encarnada desde la mandíbula hasta el pelo. Una noche, en la residencia de la embajada en Kabul, puso los pies en alto y Eikenberry notó que tenía los tobillos tremendamente inflados:

—Dick, los pies —le dijo—, los tienes rojos e hinchados.

—Es un problema que tengo.

—Eso es peligroso. Voy a pedir que venga a verte el médico de la embajada.

Subir el corto tramo de escaleras hasta su dormitorio en la Calle N lo dejaba resollando. Wisner reparó en ello una noche en que Holbrooke le pidió que fuese con él a casa porque no quería estar solo. Wisner mostró su preocupación, y Holbrooke le dijo que iría a su médico, pero en noviembre se olvidó de la revisión semestral de su aneurisma de la aorta. Poco después, Holbrooke y Wisner celebraron su tradicional cena anual en el club de este en Washington, el Metropolitan, donde pedían siempre la sopa de alubias del Congreso, dos docenas de almejas mercenarias, ensalada verde y pudin de arroz, y donde siempre pagaba Wisner. Holbrooke engullía con voracidad, y de camino a la boca, el borde de una concha de almeja le arañó la punta de la nariz. Empezó a brotar un chorro de sangre, tanta que Holbrooke necesitó dos servilletas de tela para absorber el raudal. Seguía tomando warfarina, un anticoagulante. Wisner estaba horrorizado.

—¿Para qué haces todo eso? —le dijo Wisner—. Lárgate de una puta vez.

—Me iré, me iré.

Wisner le hizo prometer que se marcharía antes de que acabara el año. Ambos sabían que Holbrooke no tenía ninguna intención de cumplir su promesa. Y lo mismo pasó con Gelb. Holbrooke y él hablaban por teléfono varias veces al día —siempre era Holbrooke el que llamaba para comentar el drama del momento—, y cuando Gelb le insistía para que lo dejara, dado que no había nada por lo que quedarse salvo más dolor y humillación, Holbrooke le decía que empezaría a pensar en un plan de salida al cabo de seis meses, pero que aún no podía irse, que aún tenía que acabar cosas, que al menos tenía que durar más que Jones.

Irrumpía en reuniones en el despacho de Clinton a las que no lo habían invitado, y los jóvenes asistentes de Hillary tenían que hacerlo salir. Le pidió al ministro de Asuntos Exteriores paquistaní que le contase a Clinton el buen trabajo que él estaba realizando. Desprendía un aire frenético; nunca sabía qué iba a hacer a continuación. Le confió a Vincent Mai, su amigo de los tiempos de Lehman, que no volverían a contratarlo en Perseus. Esta vez, nadie en Wall Street ficharía a Holbrooke por su nombre y sus contactos. «Estoy seguro de que alguien te querrá en su plantel», le dijo Mai, y se ofreció a reclutarlo en su firma de inversión, el gesto de un amigo.

Podía escribir un libro, siempre andaba pensando en escribirlo. Pero no había un camino que subiera más allá. Los años con Obama bien podían ser el final de su escalada. No podía soportar que terminara de esa manera.

Tras la aventura de Kati con el húngaro en 2004, Holbrooke había empezado a verse con una mujer en Alemania. Era de mediana edad, divorciada, rica, cariñosa. Sus viajes a Alemania se multiplicaron año tras año. En sus visitas a Afganistán, el C-20 del SRAP paraba a descansar y repostar en Munich, único destino en que pedía a sus asistentes que se alojaran en otra planta o en un hotel distinto. Esa ciudad conocida por sus cervecerías y su equipo de fútbol siempre se llevaba un emocionante signo de exclamación en su diario, y en su Nokia deslizable color magenta —que sus asistentes llamaban el «teléfono Candy», porque imaginaban que tenía una aventura con una chica de ese nombre— guardaba una foto de la mujer en albornoz. Ella lo hacía feliz, pero no era una alternativa a su matrimonio.

Cuando lo dejara, Kati y él volverían a vivir juntos en Nueva York. No sería sencillo. El equilibrio de poder caería del lado de ella. Seguía sin haber nadie con quien les gustara más hablar que con el otro, pero Kati se enfadaba a menudo con Holbrooke. «De vacaciones con K, pero, ay, cada día hay al menos una discusión —escribió sobre un viaje por el valle del Po—. Ojalá K fuese más feliz conmigo, pero supongo que reconozco que en parte es culpa

mía[82]».

David le preguntó una vez a su padre por qué no lo había dejado tras la aventura de Kati: «No quiero volver a empezar —respondió Holbrooke—. Me he casado tres veces. La quiero y quiero que funcione». Pero aquel otoño les dijo a varios amigos que no sabía si el matrimonio sobreviviría. Sin embargo, seguía amándola, necesitándola; más de lo que ella lo necesitaba a él.

Hacia finales de 2010, cada vez regresaba más y más al pasado. Se pasó varios días trabajando en un discurso para un evento del Departamento de Estado a propósito de la apertura de los archivos de la guerra de Vietnam. Asistió a una cena con Rufus Phillips y otros veteranos de Saigón por el noventa aniversario de uno de ellos. Cuando la Foreign Policy celebró su cuarenta aniversario, estuvo allí para recibir un premio y dar un discurso recordando sus años de editor. Esas ocasiones eran mucho más que una obligación: despertaban sus sentimientos más profundos.

Quiero que oigan su voz una vez más. Siempre es la misma, porque él nunca cambia. La misma claridad cristalina, la misma oclusión interna, el punto ciego haciéndose más y más grande con la presión de esos últimos meses. Y cada vez es distinta a causa de la historia, la suya y la del país. El tono es más grave que en el pasado, las palabras salen de su garganta más que de la nariz, no deja de toser, como si hablar resultara un esfuerzo, como si la corriente submarina hubiese invertido su rumbo y ahora la presión implacable de esa voz arremetiera contra él, y lo camelara, lo acosara, lo acuciara, diciéndole: «No te detengas ahora. ¿Por qué ibas a detenerte? Ya casi estás».