Nuestro hombre
Capítulo III
Holbrooke regresó de Sarajevo con una opinión sobre la guerra similar a la de John Burns. Estaban cometiéndose crímenes terribles en el corazón de Europa y Estados Unidos no podía desentenderse. Lo que ocurría en Bosnia le despertaba todo el rechazo que siempre había sentido por el racismo y avivaba su empatía ante las desgracias de la gente inocente, estimulando a la vez su convencimiento de que Estados Unidos debía liderar el asunto. Aquel era un potente cóctel emocional, y Holbrooke se había implicado como no solían implicarse los más altos cargos gubernamentales, aquellos a quienes debía convencer con propuestas claras durante las sesiones informativas de la Casa Blanca. Cualquier otro se habría vuelto de Sarajevo sumido en la rabia y la impotencia, rebosante de autocomplacencia, pero también de repugnancia por sí mismo. Habría escrito a sus líderes políticos, aburrido a sus amigos con peroratas, enviado cien dólares al Comité Internacional de Rescate y dado vueltas en la cama acordándose de aquel panadero de Prijedor. Pero Holbrooke era un diplomático en busca de empleo. A estas alturas de su biografía, lo conocemos lo suficiente para entender por qué ese trabajo no estaba, en su escala de valores, ni un centímetro por debajo de la guerra. Egoísmo e idealismo, paradójicamente aliados en un antagonismo diríase irreconciliable. Para actuar en Bosnia, Holbrooke necesitaba poder.
Dos noches después de volver, acudió al programa televisivo de Charlie Rose y presentó las opciones que tenía el gobierno estadounidense: desde no hacer nada a intervenir militarmente. En cualquier caso, fue cuidadoso y aclaró: «Esta última opción supondría para nuestro país el riesgo de verse involucrado en una guerra del estilo de la de Vietnam, pero en los Balcanes. Nadie quiere algo así y no estoy abogando por ello». Al final de su intervención mostró la pareja de figuras de madera que había tallado el panadero. «Espero que los espectadores puedan verlas bien desde sus
casas[33]».
Holbrooke redactó un informe y se lo envió a Lake y a Warren Christopher el 13 de enero, a una semana de la investidura de Clinton. En él, describía los horrores testimoniados en el asedio de Sarajevo. «Es como si uno negociara con sus propios ejecutores sobre si la propia muerte será rápida
o lenta[34]». Sin embargo, la mayor parte del informe no era tanto un grito emocional desde el epicentro de la masacre como un análisis estratégico redactado en un idioma comprensible para los políticos, ese idioma que hiciera que Stefanie Frease pensara que a Holbrooke le faltaba empatía por las víctimas. El informe proponía cuatro objetivos: salvar vidas, contener la guerra, castigar a los serbios y fortalecer las Naciones Unidas. Cada uno de esos objetivos requería acciones específicas, así que era necesaria una política agresiva por parte de Clinton: bombardear a los serbobosnios —e incluso algunos objetivos dentro de Serbia—, aun sin la aprobación de las Naciones Unidas; introducir armas en Bosnia secretamente pese al embargo de la ONU (el informe hacía hincapié en que desde otros países musulmanes entraban combatientes y armamento ligero, lo que podría provocar una yihad en Europa); y, por fin, perseguir a los criminales de guerra. Holbrooke urgió a que se estudiase y aceptase el nuevo plan Vance-Owen —la propuesta de Vance y el otro mediador en Ginebra, David Owen, consistente en dividir Bosnia en diez cantones federados según etnias—, aunque solo como referencia. Holbrooke no creía que la diplomacia fuese a terminar por el momento con la guerra. Estados Unidos tendría que cortar todo vínculo diplomático con Belgrado y abrir embajada en Sarajevo. Bosnia necesitaba el liderazgo estadounidense: ese era el mensaje central del informe.
Holbrooke no recibió noticias de vuelta. El presidente entrante quería centrarse en la economía. Su equipo de política exterior estaba ya sometido a muchas tensiones internas. En lugar de los Celtics de Bill Russell, Clinton había reunido a los Knicks de Patrick Ewing, una escuadra de jugadores que no encajaban entre sí y provenían de equipos muy distintos. Colin Powell, jefe del Estado Mayor y el único con una reputación conocida, quería mantener la pólvora seca hasta la siguiente guerra convencional, algo del estilo de la Operación Tormenta del Desierto: no deseaba embarcarse en la típica guerra que podía complicarse de forma interminable, como ocurrió en Vietnam. Aspin desempeñaba un papel brillante en Defensa, pero era muy desorganizado; lo abrumaban sin remedio tanto Powell como la burocracia descomunal. Albright hacía las veces de halcón humanitario en las Naciones Unidas, papel que también representaba el vicepresidente, Al Gore. James Woolsey, al frente de la CIA, era un conservador del ala dura. Christopher, por su parte, no tenía opiniones demasiado sólidas sobre casi ningún asunto.
Lake, por su lado, había entablado cierta relación con Clinton, a quien apenas conocía. El presidente no estaba interesado en la política exterior ni quería oír hablar de Bosnia, menos aún en los términos moralistas y agresivos que él mismo había usado a lo largo de la campaña para criticar la pasividad del presidente Bush. En efecto, había prometido actuar si ganaba con frases acuñadas por el propio Tony Lake. Aquellos discursos, sin embargo, habían quedado en papel mojado.
Unas semanas después de enviar el informe, Holbrooke telefoneó a Lake a
la Casa Blanca[35]. Sí, Lake había recibido el informe y sí, le había resultado útil. Se habían presentado, no obstante, diversas dificultades con las Naciones Unidas y los aliados de la OTAN. Holbrooke se ofreció como enviado especial del presidente Clinton en Bosnia. Lake no contestó, lo que equivalía a un no. Holbrooke no iba a conseguir ningún trabajo, al menos no de manos de Lake y —dada su tendencia a la acción— tampoco en Bosnia, probablemente.
El despacho del asesor de Seguridad Nacional se encontraba en el rincón noroccidental del ala oeste de la Casa Blanca, en diagonal con el Despacho Oval. El día de la investidura, el 20 de enero, Lake se sentó ante su nuevo escritorio y encendió un puro para solazarse en aquel momento de tranquila satisfacción: había conseguido el sillón antaño ocupado por su jefe, Kissinger. El humo se extendió por los pasillos y el olor alcanzó el Despacho Oval, a raíz de lo cual Hillary Clinton prohibiría poco después fumar en la Casa
Blanca[36]. La visión que Lake tenía del cargo estaba en las antípodas de la de Kissinger. Aquel aspiraba a ser un asesor confiable y un mediador sincero y sin afición por las candilejas —como Brent Scowcroft— y no quería sentirse el dueño del mundo, como Kissinger o Brzezinski, quienes persiguieron el poder y la notoriedad de manera ostensible. Lake decoró el despacho no con las habituales fotografías junto a personajes célebres, sino con un viejo cuadro enorme de un toro pintado por un artista estadounidense. Kissinger le decía a
todo el mundo que a Lake el puesto le venía grande y que fracasaría[37].
Un día de febrero, Holbrooke se autoinvitó a almorzar en el despacho de
Lake[38]. A lo largo de su vida habían comido cientos de veces juntos: en Saigón, en el delta del Mekong, en Angkor Vat, en Huế, en Princeton, en Washington, en el Departamento de Estado… Y ahora comían en la Casa Blanca, atendidos por un mayordomo de la Marina.
Holbrooke presionó mucho a Lake. Los serbobosnios rechazaban el plan Vance-Owen y en Sarajevo la gente se moría de frío e inanición. Los refugiados musulmanes se hacinaban en un pequeño pueblo llamado Srebrenica, a pocos kilómetros de la frontera serbia, donde se vivía una situación aún más desesperada, sin cámaras extranjeras que llamaran la
atención de otros países[39]. Los refugiados dormían a la intemperie, ateridos, y se veían obligados a comer raíces de árboles y paja, pues los serbios habían
bloqueado toda ayuda humanitaria[40]. Los titubeos de Clinton habían permitido esta primera catástrofe.
Lake contraatacó argumentando que trabajaba durante jornadas de dieciocho horas, siete días a la semana, y había pasado más tiempo en Bosnia que en el resto de países del mundo juntos, aun viéndose obligado a bregar con un sinfín de crisis a lo largo y ancho del planeta: Corea del Norte, los refugiados que huían de Haití, una intervención humanitaria en Somalia, heredada del gobierno anterior, que empezaba a ir mal… Holbrooke no era consciente de todo lo que el gobierno recién inaugurado estaba haciendo en Bosnia. El Consejo de Seguridad Nacional trabajaba en una directiva presidencial para el análisis sobre las políticas de Bosnia, la primera del gobierno. Los cargueros militares C-130 se preparaban para arrojar víveres en enclaves musulmanes asediados y se endurecieron las sanciones contra Serbia. «No te haces una idea de cuántos muertos más habría, de no ser por nuestros esfuerzos».
Holbrooke replicó que no había por qué ufanarse de hacerlo un poco mejor que Bush. Le recordó a Lake los categóricos discursos que durante la campaña había escrito para Clinton y cuán orgulloso estaba de ellos. Holbrooke insistió en que aquella inacción era inmoral. Como conocía muy bien la sensibilidad de Lake, se mostró dispuesto a meter el dedo en la llaga y removerlo dentro, en venganza por todas las puertas que este le había cerrado.
Lake, de hecho, trató también de meter el dedo en la llaga, dando a entender a Holbrooke que no estaba al tanto de las opiniones que los peces gordos vertían en la Sala de Crisis ni de los complejos escenarios bélicos planteados por los militares ni de los argumentos dados por los aliados europeos. Según Lake, Holbrooke se permitía el lujo de adoptar una postura contundente porque no debía responder por las consecuencias: seguía siendo un banquero que necesitaba una tarjeta de visitante para entrar en la Casa Blanca.
Lake zanjó la discusión diciendo que lo hacía lo mejor que podía.
Durante ese almuerzo en la Casa Blanca, los dos hombres rondaron también —más que en las últimas dos décadas— el núcleo incandescente de sus problemas personales. Tal vez porque el problema que habían tratado durante ese almuerzo (Estados Unidos, su papel en el mundo, el poder, la moral y la ambición) en realidad era bastante personal. Lake se despidió de Holbrooke enojado; uno de sus asistentes vio el enfado en la palidez de su rostro y sus facciones en tensión.
El caso es que Lake opinaba lo mismo que Holbrooke sobre Bosnia. Bosnia planteaba el tipo de problema al que Lake le gustaba enfrentarse: una cuestión de política exterior que participaba de un intenso sufrimiento humano y tenía, además, consecuencias estratégicas. Se trataba de un genocidio en el sudeste de Europa, no de una guerra civil en el Sudeste Asiático. Lake pensaba que Estados Unidos debía intervenir. Sin embargo, una vez embarcado en ese empeño, cuanto tenía que ver con Bosnia daba la impresión de enrarecerse. Todas las propuestas chocaban con algún problema y las soluciones ideadas en Washington parecían ineficaces, a tenor de las noticias negativas que llegaban desde los Balcanes. Cuanto más se estudiaba la guerra, más complicada resultaba. Yugoslavia se había convertido en el único país poscomunista que no quería comportarse como era debido y sin la guerra fría como principio rector nadie era capaz de averiguar dónde se hallaban realmente los intereses estadounidenses y por cuáles valía la pena arriesgar vidas de soldados. Los estadounidenses querían tomarse un descanso de la historia.
Lake presidía reuniones de cuatro o cinco horas en la Sala de Crisis, a la vuelta de la esquina del lugar donde antaño se sentaba para buscar una salida al laberinto de Vietnam. A veces, Clinton y Gore llegaban al final de dichas reuniones; Gore para pontificar, Clinton para hacer preguntas y mostrar su preocupación, y luego reiterar la necesidad del liderazgo estadounidense. Christopher y Aspin hacían lo que podían para que Bosnia no apareciera en las primeras planas. Powell los advirtió de que cualquier participación estadounidense —para abrir, por ejemplo, un corredor humanitario desde el mar Adriático o imponer un acuerdo de paz— exigiría el envío de doscientos mil soldados y preguntaba si contaban ya con alguna estrategia para salir del
teatro de operaciones[41]. Cada vez que los debates pinchaban en hueso, Powell lanzaba miradas al techo, exasperado: para él, esas reuniones eran
poco más que seminarios teóricos o, peor aún, sesiones de terapia grupal[42]. Lo peor era cuando Clinton llegaba tarde y no había silla para él y se quedaba de pie, como si el presidente fuera otro.
Los civiles que se sentaban a aquella mesa sentían cierto respeto por Powell, el héroe de la guerra del Golfo, de porte erguido y con el pecho forrado de medallas. Aspin, el superior civil de Powell, ampuloso intelectual que siempre llevaba trajes demasiado grandes, no tenía ningunas ganas de desafiar al general respecto a Bosnia. En una ocasión Albright reunió el coraje para preguntar: «¿De qué sirve tener este magnífico ejército del que siempre hablas si no podemos servirnos de él?». Powell casi estalla, y Lake tuvo que calmarlo.
Incluso el presidente se sentía intimidado por Powell. Clinton anhelaba que todo el mundo lo amase, así que dedicó un tiempo desmesurado a ganarse al escéptico general, pero fue en vano. Clinton tenía graves problemas con el ejército: algunos militares lo odiaban por haberse librado de ir a Vietnam; a otros no les gustó que abriera las puertas del ejército a los homosexuales. El presidente hacía el saludo militar con tan poco ímpetu que el profesor Tony Lake —lo más parecido que tenía en su círculo íntimo a un veterano de guerra por el tiempo que este pasara en Vietnam— hubo de darle una clase rápida. Ni la guerra fría ni las secuelas de Vietnam acortaron el ya largo distanciamiento entre demócratas y militares, lo que casi incapacitó a Clinton —política y también psicológicamente— para ordenar al ejército que fuera a Bosnia a combatir.
Mientras en Washington se conversaba, el asedio a Sarajevo entraba en su segundo año. Los serbios cercaban Srebrenica; 56 civiles murieron durante un bombardeo de artillería, entre ellos varios niños que jugaban al fútbol. En Mostar estalló el enfrentamiento entre musulmanes y croatas, y los representantes de Tuđman siguieron los pasos de los serbios en la limpieza étnica y la creación de campos de concentración. Los soldados musulmanes tenían tal ansia de echar mano a las armas que se las turnaban entre ellos y pagaban a los críos para que recogieran casquillos de la calle para recargarlos con pólvora en una fábrica de munición a las afueras de Sarajevo.
Tras tres meses de debates, los responsables políticos llegaron a un acuerdo que quedó formulado en los términos «levantamiento y bombardeo»: primero, el levantamiento del embargo de armas —unilateralmente, si fuera necesario—, para que los musulmanes pudieran armarse y defenderse. Segundo, el bombardeo de los serbobosnios desde el aire, a fin de impedir que masacraran a los musulmanes antes de que las armas empezaran a llegar a Bosnia. El propósito principal de estas medidas era evitar que Estados Unidos se viera arrastrado a una situación realmente compleja. El problema radicaba en que, al parecer, nadie creía en el plan. Los asesores especializados en estadística y sondeos explicaron a Clinton que los estadounidenses estaban contra la acción unilateral en Bosnia, pero que la opinión pública se mostraba
maleable al respecto[43]. Clinton siguió posponiendo la decisión final y Lake, percibiendo la aversión del presidente por todo aquel embrollo, no quiso presionarlo. El 1 de mayo, Clinton envió por fin a Christopher a Europa para sondear a los aliados, que tenían miles de soldados destinados a las fuerzas de paz de la ONU en Bosnia, y que se mostraban oficialmente neutrales.
El viaje fue un desastre. Christopher leyó las diversas propuestas que llevaba apuntadas con la cabeza gacha, como quien lee un manual de instrucciones, sin mirar a nadie a la cara, igual que un abogado que presentara los argumentos jurídicos de un caso perdido. Para cuando se puso a explicar el concepto de «levantamiento y bombardeo», los británicos apenas seguían ya el hilo. Lo mismo ocurrió en París, Bruselas y Roma. «Estoy aquí para escuchar», anunciaba Christopher, palabras que jamás se oyó pronunciar a Dean Acheson, por ejemplo, y que los europeos ni esperaban ni querían oír del secretario de Estado estadounidense, dados los ánimos lúgubres que imperaban en Europa. Christopher, en cualquier caso, invitó a los europeos a responder como hicieron: «Tenemos tropas en Bosnia y ustedes no. Manden a sus hombres a donde quieran aplicar su política y, si no, propongan otra. El levantamiento del embargo de armas y los bombardeos supondrán también más muertes entre las fuerzas de paz». Clinton había prometido no enviar tropas al conflicto, y la misión de la ONU se convirtió en su principal argumento para no hacer nada y quedarse de brazos cruzados. Mientras, las matanzas arreciaban.
El Reino Unido y Francia interpretaban la guerra en clave histórica europea: «Nosotros conocemos a esta gente, ustedes no», solían argumentar. Los serbios disfrutaban de antiguas simpatías residuales por sus sacrificios en la lucha contra los nazis. Especial afecto les tenía el presidente francés, François Mitterrand, quien en una ocasión espetó al embajador de Bosnia en París, de etnia serbia: «Es usted un traidor al pueblo serbio». Otra vez, dijo a Alija Izetbegovic: «No todos los pueblos de Europa pueden tener un Estado
propio» (con lo que se refería a un «Estado musulmán»[44]). Ese fue también el mensaje de los funcionarios británicos, que explicaron a Clinton que aquella guerra quería restaurar la «Europa cristiana», lo cual no era plato de gusto de nadie, pero no podía evitarse. «No, no, despierten del sueño de que Occidente va a acudir para resolver este problema —advirtió lord Owen a los bosnios durante una visita a Sarajevo—. Dejen de soñar».
No es de extrañar que los bosnios no esperasen nada de Europa, el continente donde se producía un genocidio cada una o dos generaciones. ¿Por qué iban a creerse especiales ellos? Con Estados Unidos, sin embargo, las cosas eran distintas. Haris Silajdzic, el primer ministro bosnio (también profesor universitario), seguía confiando en la decencia del pueblo estadounidense —«nuestra inocencia», habría dicho Graham Greene— e hizo innumerables viajes a Washington para aparecer en el programa de entrevistas de Larry King y presentar su testimonio en el Capitolio. Denunció el embargo de armas, declarando ante una comisión del Congreso que tanto él como su familia merecían la oportunidad de decidir cómo morir. Hubo entrevistas y testimonios suficientes para que Silajdzic se marchara convencido de que los estadounidenses harían lo correcto.
Clinton leyó un libro que le había regalado Hillary: Fantasmas balcánicos, del periodista Robert Kaplan, donde este cuenta que empapaba aquellas tierras la sangre derramada por antiguos odios entre pueblos que se hacían la guerra desde siempre. Kaplan había viajado por los Balcanes y leído con pasión el gran clásico Cordero negro, halcón gris, en que la periodista británica Rebecca West relata un viaje a través de Yugoslavia, justo antes de la Segunda Guerra Mundial, con un fuerte sesgo proserbio y antimusulmán. Donde los europeos veían un conflicto entre civilizaciones, los estadounidenses se llevaban las manos a la cabeza pues ese tipo de problemas del Viejo Mundo se les hacían incomprensibles. No entendemos el nacionalismo de los demás —aunque tenemos nuestro propio tipo de nacionalismo racial— porque aquí se construyó una república sobre ideas universales y muy optimistas. Las ideas de sangre y suelo son para los perdedores de la historia.
Esto lo comprendemos mejor ahora que nuestro siglo ha terminado y algunos compatriotas estadounidenses empiezan a parecerse cada vez más a los serbios. Sin embargo, en 1993 acabábamos de ganar la guerra fría y montábamos el mundo como si fuese un caballo. Lake inventó una expresión sustitutiva del término «contención» para describir la política exterior en la nueva era: «ampliación democrática». La gran estrategia estadounidense sería ampliar el círculo de las democracias con economía de mercado a lo largo y ancho del mundo, apoyando la liberalización económica, ampliando la OTAN hacia el este y colaborando con otros estados mediante instituciones multilaterales. Fue el nacimiento de la política exterior de la era de la globalización. ¿Qué tuvo que ver con ese cambio aquella maldita guerra tribal?
El 6 de mayo, en el Despacho Oval, Clinton les dijo a Powell y a Aspin
que [45] Fantasmas balcánicos le había dejado huella. Aspin regresó al Pentágono y llamó a Lake y a Peter Tarnoff: «Está perdiendo el norte con esta política. No tiene el corazón puesto en ella». Christopher recibió la noticia en Europa y regresó de inmediato. En manos del joven presidente había caído un libro de viajes —basado en otro libro de viajes— que le había hecho cambiar de opinión sobre Bosnia. (¿He dicho ya en este libro que la política exterior tiene a veces cosas inexplicables?).
Lake no estaba preparado aún para renunciar a la búsqueda de respuestas. Entendía los viejos odios, pero se emocionaba si veía a un niño morir en brazos de su madre. No quería terminar sintiéndose anestesiado ante el terrible sufrimiento que retransmitía la CNN. Por esa razón había escrito «The Human Reality of Realpolitik», veinte años antes, acerca de Vietnam, y por esa razón también había renunciado a su puesto en el equipo de Kissinger que trabajaba sobre Camboya. Los funcionarios del Servicio Diplomático estaban dimitiendo en protesta por Bosnia —cuatro en un solo año— y Lake sentía
cierta complicidad con ellos[46]. Por otro lado, él ocupaba un puesto de responsabilidad y no podía dejar que sus emociones le desvirtuaran el juicio. No perdía los nervios cuando se ponían sobre el tapete las atrocidades de los serbios, como en ocasiones le ocurría a Clinton. Tenía que meditar con gran detenimiento sobre todos los riesgos de actuar y también sobre los de no
actuar. Tildaba su filosofía de «pragmatismo neowilsoniano»[47]. Sonaba a paradoja, cuando no a oxímoron. Holbrooke creía que el carácter de Lake
llevaría siempre dentro el conflicto, de manera inextricable[48].
Vietnam era el tigre que espera agazapado en la jungla, un fantasma que deambulaba por la Sala de Crisis. Ese fantasma atormentaba a Clinton, que se había manifestado en contra de la guerra y había evitado participar de ella, y también a Aspin, que había vivido las locuras del Pentágono de McNamara cuando era un niño prodigio del ejército, y además había sido elegido al Congreso en 1970 por posicionarse contra la guerra. Ese fantasma quitaba el sueño asimismo a Powell, que había prestado servicio dos veces en Vietnam y dedicó el resto de su carrera militar a desarrollar una doctrina para garantizar que los soldados estadounidenses no tuvieran que enfrentarse de nuevo a un desastre de tal magnitud. Y ese fantasma asustaba también a Lake.
A Lake, Bosnia lo angustiaba. Si Estados Unidos decidía hacer uso de la fuerza, mucha gente moriría sin que ninguno de los políticos que se sentaban en la Sala de Crisis pudieran evitarlo. En cualquier caso, ya moría gente mientras los estadounidenses miraban la televisión de brazos cruzados. Las lecciones aprendidas en Vietnam eran complejas, pero quizá podrían aplicarse en Bosnia. Quizá, al igual que entrar en Vietnam había sido el error fundamental de la guerra fría, sería el error fundamental de la posguerra fría mantenerse al margen de Bosnia. Así opinaban los corresponsales de Sarajevo, y sus crónicas y fotografías transmitían un mensaje opuesto al que se daba en Vietnam: Bosnia era Vietnam entendido al revés. Quizá aquella matanza inacabable en aquel remoto rincón de Europa podría, en este caso sí, perjudicar los intereses estadounidenses. Quizá Estados Unidos debía esforzarse en aprender a usar la fuerza con mesura y a reconstruir países rotos. Quizá lo realmente pragmático fuera eso.
La sombra de Vietnam no alcanzaba a Holbrooke. Él adoraba la historia, pero no solía mirar atrás con angustia. No iba con su carácter alimentar conflictos interiores, y tampoco ocurrió así en Bosnia. Las veinticuatro horas vividas en Sarajevo le habían vacunado contra las incertezas que albergaban sus antiguos colegas. Vietnam había desarrollado en él, como en Lake, cierta sensibilidad para la realidad de otros países y de los pueblos atrapados en las tragedias de la historia. «Hay que meterse en el ajo en Europa —escribió en un trozo de papel—. Necesitan y desean la participación estadounidense
(1947, no 1919[49])».
Era más fácil escribir eso cuando no tenía uno que tomar las decisiones. Pasaban los meses y Holbrooke seguía sin empleo.
El enero anterior, Holbrooke había dicho a Tarnoff que estaba interesado en el cargo de embajador en Japón. Tarnoff le hizo llegar la propuesta a Christopher y no halló demasiadas resistencias. Entonces, Walter Mondale, que había aceptado la embajada de Rusia, cambió de parecer y prefirió la de Japón (Joan Mondale, que era ceramista, prefería la escena artística de Tokio a la de Moscú, y el exvicepresidente no quería trabajar a las órdenes de un experiodista, Strobe Talbott, a quien Clinton había elegido como embajador
extraordinario para la antigua Unión Soviética[50]). Para entonces, Holbrooke había difundido rumores sobre su inminente nombramiento y sus amigos le escribían para felicitarle. Holbrooke y Mondale habían sido aliados durante los años Carter, pero ahora competían por el mismo puesto. Pasaron otros cuatro meses, pero nada más ocurrió.
A principios de junio, Holbrooke estuvo en Manhattan en una cena a la que también asistió el escritor y periodista del New Yorker David Remnick. «¿Sabes si hay un quiosco de prensa aquí cerca?», le preguntó Holbrooke. Salieron a la calle y Remnick lo guio hasta un puesto de periódicos. Holbrooke pidió el New York Times y no tardó en encontrar lo que buscaba: una noticia en primera plana que él había filtrado, sobre el affaire Tokio. No se nombraba al nuevo embajador, pero leyendo entre líneas supo, sin ápice de
duda, que había perdido contra Mondale[51].
A primera hora del 8 de junio, Christopher telefoneó a Holbrooke: «Tengo una mala noticia: el presidente manda a Tokio a Fritz Mondale. La buena
noticia es que quiere que vayas tú a Alemania»[52]. Christopher se apresuró a colgar. Él no se había interpuesto en el camino de Holbrooke y tampoco lo había hecho Lake, que acompañó a Clinton en el Despacho Oval cuando se debatió el asunto. Si quería un empleo, Holbrooke lo tendría.
Holbrooke no sabía si deseaba ir a Alemania. No era un mal destino, pero no se ajustaba a su trayectoria y llamó por teléfono a Tarnoff para comentárselo.
—Una cosa que tienes que saber si vas a Alemania es que la gente te preguntará si eres judío —le dijo Tarnoff—. ¿Lo eres?
—¿Qué importancia tiene eso?
Tarnoff le explicó la relevancia de ser judío en Alemania.
—Pues sí, soy judío.
Aquel día tuvieron varias charlas, hasta que por fin Holbrooke aceptó.
Le organizaron reuniones con dirigentes judíos estadounidenses y una visita guiada a puerta cerrada al nuevo museo del Holocausto de Washington. Ese septiembre juró el cargo en el octavo piso del Departamento de Estado y aprovechó para presentar a todo el mundo a su madre, a quien ya casi no veía. Su padre, contó Holbrooke a los invitados, había llevado prendida una cruz de hierro en la solapa durante la Primera Guerra Mundial, pero con la llegada de Hitler vio claro que en aquella Alemania no quedaba sitio para los judíos.
Los amigos de Holbrooke se miraron asombrados. En ese preciso instante Holbrooke se convirtió en judío. Fue un acontecimiento público por derecho propio.
No hay mucho que contar sobre el año que pasó en Bonn. En ciudades como esa a los embajadores se les trata muy bien. Vivía en una hermosa mansión de otra época a orillas del Rin, con piscina y cancha de tenis, y disponía de un amplio y solícito equipo de personal, nueve escoltas, un Cadillac blindado, guardia de honor, cenas elegantes y visitas del máximo nivel (Nixon, por ejemplo, un mes antes de morir). Holbrooke pudo incluso llevar a su propio asesor, el historiador Fritz Stern, que enseñaba en la Universidad de Columbia y que se tomó un semestre sabático para asesorar a Holbrooke en todo lo concerniente a la cultura alemana. En el salón de su residencia de embajador, Holbrooke mostraba a todo el mundo el retrato de su abuelo tocado de casco prusiano y con la cruz de hierro en el pecho. A las visitas alemanas no les hacía demasiada gracia.
De cualquier modo, los alemanes querían a Holbrooke. Este estaba familiarizado con la historia del país, valoraba la Alianza Atlántica y no hablaba en jerga protocolaria. «Explíquenme qué defectos ven en la relación entre nuestros países —pedía a los funcionarios alemanes durante las cenas
que celebraba en su casa— y qué querrían mejorar[53]». Hasta tuteaba al canciller Kohl, llamándolo por su nombre de pila. Holbrooke no había deseado esa embajada, pero se empleó a fondo en ella. Ignoro si leyó alguna vez la Biblia, pero al parecer se propuso vivir según este versículo del Eclesiastés: «Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo con todas tus fuerzas; porque en el sepulcro, adonde tú vas, no hay obra, ni industria, ni ciencia, ni sabiduría».
Los Clinton estuvieron en Bonn una vez. Era julio de 1994 y la Brigada de Berlín —las últimas tropas estadounidenses destacadas en la que había sido y volvería a ser capital alemana— estaba a punto de retirarse. Clinton tenía previsto pronunciar un importante discurso en el lado oriental de la Puerta de Brandeburgo. Este tipo de viajes presidenciales suelen estar organizados al minuto y al milímetro: «22.15. Tras aterrizar el Air Force One, el embajador se situará al principio de la alfombra roja que conduce a la aeronave y esperará al pie de la escalerilla junto el resto del grupo para saludar al
presidente»[54]. Los numerosos asistentes de los Clinton, que arramblaban con todo y se comportaban como típicos estadounidenses avasalladores, desconcertaron al embajador. Clinton apenas conocía a Holbrooke y este
anhelaba entablar una relación de cercanía con el presidente[55].
El embajador monopolizó la atención de la prensa al pie de la escalerilla del Air Force One, se quedaba haciendo cualquier cosa ante la puerta de la suite de los Clinton, se coló en reuniones de alto nivel y telefoneó a los funcionarios de la Casa Blanca para informar sobre los cambios de última hora en el menú de la cena de Estado con Kohl. Él y Lake se enfrentaron alto y fuerte en público sobre quién de los dos era el funcionario de mayor rango, el que debía viajar en el llamado «asiento del asesinato» —el asiento trasero derecho— de la limusina señuelo, donde no viajaba el presidente. Lake esgrimió sus argumentos, pero después su buena educación se impuso a su competitividad y permitió a Holbrooke ocupar esa plaza. El personal de la Casa Blanca se había quedado estupefacto. Aquella era la peor cara de Holbrooke. Otro presidente le habría parado los pies (lo cual terminaría ocurriendo, en efecto), pero a Clinton le gustaban los personajes grandilocuentes como Holbrooke. El día de la retirada de la Brigada de Berlín, Holbrooke asistió a una conferencia en la Universidad Humboldt. Durante la cena posterior, pidió a un pequeño grupo de empresarios alemanes y estadounidenses que se reunieran con él en una estancia aneja al salón de conferencias. Sentó a todo el mundo en sillas plegables y anunció: «Tenemos que hacer algo. Estados Unidos siempre ha mantenido una relación especial con Berlín y no podemos dejar que languidezca». Se le había ocurrido crear una institución que encarnase lo mejor de Estados Unidos, un espacio dinámico no solo en el ámbito de las artes y las humanidades, sino en el de las políticas públicas. Los empresarios asintieron en silencio. «¿Puedo contar con ustedes para formar parte del consejo de administración?».
Antes de que terminara su año en Alemania, Holbrooke sentó las bases para la creación de American Academy de Berlín, que sigue funcionando hoy día, con sede en una gran mansión a orillas del lago Wann, al oeste de la ciudad, en la misma carretera junto a la cual se planeó la Solución Final. La casa había pertenecido a una rica familia judía hasta que los nazis la expropiaron; tras la guerra había alojado a oficiales estadounidenses y, por fin, la familia propietaria la donó para la American Academy. A lo largo del año pasaban por ella artistas e intelectuales estadounidenses y alemanes. Holbrooke demostró un gran sentido de la historia al intuir que algo de Estados Unidos debía quedar en la ciudad cuyo asedio ellos habían combatido, la capital del «Ich bin ein Berliner» de Kennedy y el «Derribe este muro» de Reagan. Aquella era la mejor cara de Holbrooke. Podemos intentar separar la mejor versión de la peor, pero es imposible.
Holbrooke hizo otras muchas cosas como embajador, pero no tienen cabida en este relato. Lo importante era que la guerra continuaba, con temporadas de tranquilidad intercaladas de orgías de muerte y asesinatos. Sarajevo estaba a solo dos horas en avión, pero en Bonn Holbrooke dejó de pensar en Bosnia.