Nunca será como siempre

Arantxa Comes · Capítulo 9 de 51

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Nunca será como siempre

25.01

Desde hace año y medio, Beck solo existe para un número de personas muy reducido. Su familia, Eva y un puñado de criaturas más en las que debe incluir a Cerebro y Nyapoleón, porque, si no añadiera a los animales, ni siquiera le harían falta las dos manos para contar quiénes saben que sigue viva. Sin embargo, la exhibición de gimnasia rítmica cambió drásticamente el curso de su capacidad para ser invisible.

Ahora es real para unos cuantos más, aunque no unos cualesquiera.

Beck le había prometido a su madre que dedicaría el viernes a buscar los programas académicos que más le llamaran la atención, pero lleva dos horas metida en Instagram, eso sí, sin reabrirse su cuenta. Se ha paseado por el perfil de Eva, una cuadrícula de negros y grises en la que destaca

Nyapoleón, superficies rayadas con su bolígrafo inextinguible y algunos instantes borrosos por su falta de pulso. Un claro antagonista del feed de Florence: Nueva York desde todos los ángulos, ella desde todos los ángulos en Nueva York o conduciendo el Hummer que sus padres le regalaron a los dieciocho. También tiene publicados muchos vídeos cantando en estudios de grabación, azoteas y pisos sacados de un catálogo. Nina tiene fotografías de fotografías y algunas escaneadas porque, cuando su madre le enseñó a utilizar una cámara analógica, lo digital dejó de tener sentido para ella. Por desgracia, se le ocurre echar un vistazo a la cuenta de Ángela, pero hacerlo le recuerda su desprecio y el de sus amigas, una de las grandes razones por las que se quitó las redes sociales, así que termina en la de Zan.

Desactualizada, fotografías dispersas en el tiempo de alguien a quien no le interesa tanta exposición. Aun así, Beck se detiene en algunas, ampliándolas y concentrándose en los detalles que siempre le han atraído de él, con las pulsaciones agitadas amenazando con dispararle al pecho.

Suena una alarma. 16:50h. El perfil de Mara sigue en privado, así que deja de lado su improductiva investigación, se calza las Vans azules y baja por las escaleras al son de los ladridos de Cerebro. Diego acaba de llegar a casa, sudado y con el raquetero a la espalda.

—¿Cómo ha ido el entreno?

Diego asiente con insistencia mientras bebe directamente de la botella de agua.

—Asqueroso —añade Beck.

—¿Adónde vas?

—A casa de Eva.

—¿Vais a hablar sobre Zan? —Él mueve las cejas una y otra vez—. Shui

—hermana mediana de Nina, prima de Zan y amiga de Diego— me dijo en

clase que el domingo pasado fuisteis juntitos al polideportivo. Por fin has pasado página, Ángela me cae fatal. Y sus amigas, pfff, ni te cuento…

—Sois unos cotillas.

—Como no tienes redes.

—Y unos adictos.

Punto para Roy. La primogénita, claro.

—Hazme un favor —dice Beck, que se dirige de espaldas hacia la puerta con una sonrisilla—, no opinéis de las relaciones ajenas si lo que ocurre es que estáis ansiosos por enrollaros de una santa vez.

—¿Enrollarnos? ¿Quiénes? ¿Shui y yo? —responde Diego con un gallo, la tez oscura enrojecida por un motivo distinto al entrenamiento.

—Me refería a Cerebro y a ti. ¡Adiós!

Punto, set y partido.

La puerta cerrada, una frontera entre quien es dentro de casa y fuera de ella, vuelve a salvarla. No es cierto que haya pasado página, eso significaría que hay nuevas más adelante y la de Ángela todavía tiene los bordes afilados. No debió declararse por segunda vez en Nochevieja y comprobar que es cierto que la chica y sus amigas —Carmen e Irene— pueden ser más crueles en persona que en redes. Al menos a Beck le sirvió para darse cuenta de que Ángela tampoco le gustaba tanto y solo se había aferrado a aquello que consideraba seguro porque lo conocía.

A sus amigos también los conoce… Más bien los recuerda, por eso renquea en un despeñadero cuyo final promete lo inexplorado. Ni pistas ni garantías. Porque durante la exhibición le dio la espalda a Mara, y no saludó a Florence, y solo le pidió a Nina una conversación, y se quedó en silencio junto a Zan hasta que se separaron después de que Eva se marchara. Caída libre y sin frenos, un desastre de sesos y emociones.

—Hola.

El pie de Beck se queda a un peldaño de entrar en el porche de la casa de Eva. Ha reconocido la voz, aun así, se gira hacia el inicio de las escaleras, pues le descuadra su presencia allí en un viernes por la tarde de un año sin más. Pero Zan Wu no es como los nombres etéreos de los que a veces puede deshacerse cerrando los ojos, o centrándose en lo que importa y no en lo que asfixia. Él no se esculpe en el aire, es tangible y está en Aconte definitivamente.

—Hola. No sabía que vendrías.

—Eva no te lo ha contado. —Zan sube un escalón.

—¿El qué?

—Habéis quedado para hablar con mi prima, ¿no? —Dos más arriba.

—Una respuesta que no responde. Prueba otra vez. —Ella no se mueve, es la mejor contención para que su desbocado corazón no se le salga como carne picada por cada poro.

—Ahí dentro te espera una sorpresa. —Zan se mete las manos en los bolsillos de los pantalones ceñidos mientras recorta el cuarto escalón, a uno de alcanzarla.

A Beck le resulta increíble que Zan siga despertando algo tan físico en ella. Algo que zanjaría bajando ese mísero escalón y pulverizando el último año y medio con todos los besos que una vez sintieron deberse. Lo desea, pero despedaza sus ganas y masculla:

—Las odio.

—Lo sé.

En el mismo peldaño, al fin, comparten aliento. Aunque, si respiraran a la vez la misma porción de ínfimo oxígeno que queda entre ambos, entonces uno se ahogaría. Sin embargo, son la excepción que confirma la regla: sobreviven en la corta distancia. El pecho de Zan asciende y desciende con la respiración cohibida para no rozar el de la chica, un poco encorvado para

mirarla bien. Así Beck, con la barbilla levantada, puede advertir a la perfección cómo hace una inapreciable tentativa de morderse el labio inferior. A ese paso acabará destrozándole los nervios.

—Pues has sido muy puntual —dice Beck subiendo del todo para que Zan, por una vez en su vida, sea el que deba alzar la cabeza hacia ella.

—Qué va. —Y él lo hace, casi con placer, con el flequillo sobre los ojos en un vano intento por ocultar las cejas arqueadas, su breve sonrisa a la intemperie. Luego la persigue en esa extraña carrera, donde se premian los movimientos más lentos—. Llegamos tarde —murmura, un tono profundo que se cuela tortuosamente entre los labios de Beck—, somos los últimos.

—¿Por qué hablas tan en plural?

Zan se encoge de hombros, dilatando esa sonrisa que ya debería haberse apagado, y camina hacia la puerta, aunque Beck se adelanta y llama al timbre antes de poner los brazos en jarras. Que Eva abra y se apoye en la jamba con aires de insolencia solo la tensa más.

—Eres un mentiroso.

—Ese era el plan.

—Una estupidez de plan.

—No será tan estúpido si has caído. Bienvenida a tu interbeckción, Rebeca.

—Un día de estos te mataré.

Y entran, Eva alzando las manos y fingiendo que lo ha ofendido la brusquedad de su amiga, quien se detiene en medio del salón. Desde el sofá, tres cabezas se vuelven: Florence, Mara y Nina. Los nombres en los objetos se hinchan como heridas infectadas, y entonces Beck repara en que ahora le haría falta el aire que, al final, Zan sí le ha robado en las escaleras. No puede hacerlo, no así, menos cuando Mara hace ademán de incorporarse y ser la que dé el primer paso.

Soy el único con tacto en la sala, pero también el único con manos incapaces de mover una servilleta. ¿Dónde están los poderes fantasmagóricos que me prometieron?

—Sé lo que estás pensando.

—No, no lo sabes —le espeta Beck a Eva, deslizando los talones sobre el mármol para encararlo.

Una anomalía es que ambos no se entiendan porque, desde que se conocen, se han movido en la misma dirección incluso cuando tomaban caminos diferentes. Eva repitió segundo de ESO y, hasta entonces, Beck solo sabía que era su vecino, el hijo del dueño del Club Náutico y el mejor amigo de Zan, pues el curso que los había separado, algo peor que A y B, los distanciaba irremediablemente. Sabía quién era, no quién era. Por eso, ya en el mismo curso, Beck descubrió que era el tipo de persona que te empuja a ser auténtico y preguntar más tarde por los pormenores. Ni perdón ni permiso ni nada. Fue una simple notita, después de que el chico no resolviera una ecuación en la pizarra, la que originó su amistad: «Y a mí que me caías bien por tu cerebro». Ante lo que Eva creyó un insulto, Beck le señaló la camiseta de zombis que vestía y, al pillar el chiste, encajaron y no hubo retorno.

Por eso es devastador que ahora uno no comprenda a la otra, quien deseaba que ese reencuentro sucediera, aunque no así. El grupo estaba dañado de fábrica. Si no funcionaron juntos al creerse amigos, ¿cómo va a funcionar de repente? ¿Por simple costumbre?

—Ha sido una encerrona —admite Eva.

—Desde luego.

—Sé que molesto. Me iré después de pediros perdón —dice Mara—. Fue una mala idea lo de las canciones, ya sabéis cómo soy. Bueno, supongo…

Beck quiere contestarle que pretende mirarla a la cara y no huir, que desea una explicación y también disculparse porque intentó ayudarla y no supo, que no quiere que vuelvan a ser las de antes, sino las del futuro, sin secretos ni desapariciones ni muertes, pero que está muy perdida en ella, aunque exista una salida.

—Está bien —suspira Beck en cambio—. No necesito una disculpa. —

Sus ojos hallan un hueco en los de Mara, uno antiguo que se ha mantenido aun abandonado, pues su amistad, pese a todo, es a prueba de tiempo—.

Cogí mi canción.

Desvían la mirada, más tímidas que incómodas, pero que Beck deje el pedazo de papel sobre la amplia mesa del salón aligera la gravedad, y los nombres en los objetos se desinflaman, y todos se acercan un poco más.

—Ya te lo dije el domingo pasado: me pareció una idea brutal, Mara —

interviene Eva poniendo su canción junto a Loser.

—Así que desapareciste para irte con ellas —refunfuña Beck.

—Intenté por enésima vez dejaros espacio a Zan y a ti para que os liarais.

No hubo suerte.

—Normal, porque Zan y yo hace tiempo que nos liamos.

¿Qué?

Otro «¿qué?» general barre por un instante los meses y meses que los han transformado y separado de una manera que pocos creen reconciliable. La confesión abre más de una boca, porque era de dominio público que ambos se han gustado toda la vida, con más o menos intensidad según las épocas.

Todos los de ese descoyuntado grupo han intentado juntarlos en más de una ocasión, como si fueran la personificación del destino y estuvieran indignados por su rebeldía, siempre indecisos y lentos.

—¿Y por qué cojones ninguno me lo ha contado nunca? —Eva mira al resto—. ¿Alguien más lo sabía?

Niegan con los ojos clavados en Beck, la barbilla en alto, y en Zan, completamente sonrojado.

—Os ibais a poner en este plan y…

—¡No te jode, Rebeca! Al menos tendríais que habérmelo contado a mí, soy vuestro mejor amigo. ¿De qué vais?

—¿En serio vamos a discutir por esta tontería? —vuelve a protestar Beck.

Tontería. La chica aprieta los dientes porque besarlo no lo fue, todo lo contrario, pero está segura de que a él se lo pareció y se lo sigue pareciendo.

Zan está un poco más serio, aunque la contempla igual que siempre: directo, hasta lo más hondo, casi seguro de que llegará allí sin arrepentirse de lo que averigüe.

Por suerte, Nina y su impaciencia entran en acción. Quizá no al rescate de su primo y su antigua amiga, pero sí de ese sinsentido:

—¿Para qué querías hablar? Que conste: yo también creía que solo seríamos Eva, tú y yo.

—Quería preguntarte —carraspea Beck con un último vistazo a cada uno, más detenida en Mara, que aún la observa tras esas gafas que más de una vez se le rompieron y nunca pudo cambiar— si habías cogido la canción, si pensabas quedar con Mara.

—Sí y no. ¿Hemos acabado?

—Nina.

—Nos separamos y ya está, ¿de acuerdo?

—Eso no es verdad —le reprocha Beck.

—Pero nos separamos y ahora vuelves —Nina se dirige a Mara— y piensas que es sencillo recuperar lo que dejaste atrás. ¡Nada es como antes!

—Me he enterado de lo de Andre y lo tuyo…

—¿Ahora te has enterado? ¿Ni siquiera le preguntaste a Lupe por nosotros? —La rabia rezuma un sonido sordo y Zan da un paso con la intención de tranquilizar a su prima.

—No vamos a hablar de Andre —interviene Beck, dolida.

Ese no es el problema, ni siquiera deberían pensar en mí. O, al menos, no como lo hacen.

—Te sienta tan bien evitarlo. —Eva se cruza de brazos.

—¿Hoy te has propuesto fastidiarme el día?

—Sabía que no llegaríamos a ninguna parte —rezonga Nina, que los evita en dirección a la puerta—. Siempre igual: juntos, pero cada uno por su lado. Y habría estado bien si nos hubiéramos importado. Nunca fue así.

—No es cierto —susurra Mara.

—Tú también te alejaste, Nina.

—Por algo sería.

Cuando el portazo levanta una ligera brisa de invierno, Zan no tarda en despedirse y correr tras su prima. Las canciones alzan el vuelo y planean con delicadeza hasta aterrizar sobre las baldosas. Beck y Mara se arrodillan para recogerlas, hilando sutiles sensaciones entre ellas.

—Ha sido un error. Tu error, Eva.

—Perdón por querer solucionarlo.

—Ni siquiera lo sientes de verdad —masculla Beck al reincorporarse—, porque todo a tu alrededor te parece una broma o no te importa nada. ¿Ha sido lo suficientemente divertido? Enhorabuena.

La desgracia de haber estudiado la anatomía del otro es que conocen dónde pueden atacar para hacer daño. A Beck le arde en la garganta haber reaccionado así, pero tampoco se disculpa ni mira a su amigo al salir de su casa.

Un nombre. Dos nombres. Tres nombres. Solo un llanto entrecortado la sienta en unas escaleras de piedra ocultas entre varios matorrales. De alguna manera, todos han tenido razón, aunque no en las formas, y eso le duele más que nada. Beck se encorva, los dientes contra el vaquero y las ganas de desaparecer enganchadas en los pulmones como una garrapata.

—¿Estás bien? —Al igual que ha reconocido la voz de Zan, reconoce las manos de Mara sobre sus brazos.

Sí, siguen ahí, más lejos de los recuerdos, más presentes. ¿Es ingenuidad desear una reconciliación? ¿Es tan absoluta la muerte que incluso consigue estrangular lo que ha escapado a su toque?

—Mara —suspira Beck mirándola con las pestañas húmedas—. ¿Y

Florence?

—Se ha quedado con Eva.

—He sido una idiota.

—Todos lo hemos sido, es una costumbre.

—Nina te diría que ese es el problema.

—Quizá —Mara se sienta en el suelo y se abraza las piernas—, o quizá perdonarnos nuestra imbecilidad sea justamente lo que nos convierte en amigos.

—Siempre tan positiva —resopla Beck, una sonrisa tibia. Luego, con los dedos entre algunos rizos, añade—: Ha sido demasiado.

—¿Que Zan y tú os liarais? Ya te digo. —Una carcajada débil, al menos, la comparten.

Si Beck descubrió con Eva otro significado de amistad, con Mara aprendió cómo ser una misma sin miedo, lo fácil que resultaba junto a la persona adecuada. Ambas eran polos opuestos con escasas probabilidades de encontrarse, de convertirse en la uña y la carne que terminaron siendo.

—¿Podemos quedar un día de estos? —pregunta Mara entonces—. No tenemos que forzarlo, solo estar… tú y yo.

—No me parece muy sano fingir que nada ha pasado.

—Quiero hablar de ello, de todo, pero creo que deberíamos empezar más despacio.

—¿Y si acabamos discutiendo como antes?

—¿Rebeca Roy temiendo enzarzarse en una discusión? Sí que has cambiado.

—Tú también.

Mara parpadea con lentitud, una, dos, tres veces. Beck las cuenta y tuerce un poco la cabeza sin entender qué ha podido sorprenderla. Todavía lleva esas gafas redondas y la melena rubia corta, pero, más allá de su aspecto, solo reconoce algunos puntos: el optimismo, la viveza, la humildad y una pizca de oscuridad que no ha podido eliminar del todo en su viaje. Y, de pronto, siente unas ganas tremendas de conocerla otra vez, de que la cautive como ya lo hizo de pequeña.

Entonces se da cuenta de que fue ella quien arrancó todas las hojas en blanco de su vida que creía no tener tras la de Ángela. Tal vez aún no pueda crear historias, pero la suya no tiene que inventársela. Solo vivirla incluso sin estar escrita.

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