Nunca será como siempre
16.03
Todo está en el cerebro, no hay nada en el corazón. Bueno, sí, la posibilidad palpitante de seguir vivo. Pero ya está, ni sentimientos, ni el ímpetu del destino, ni nada de lo que las historias aseguran que hay. Es un órgano más que impulsa la sangre y nos mantiene en el mundo. No es la emoción misma la que apretuja sus paredes, sino la química.
Andre tiene catorce años y hace dos horas que ha dado una clase de Biología, donde le han repetido cómo funciona por dentro y cómo la magia se rompe por fuera. Tampoco es que desee convertirse en un niño elegido, ya ha visto la primera temporada de Digimon y le parece demasiado trabajo, responsabilidad, sufrimiento. Y él no quiere sentir que se va
hasta un punto de no retorno, sino viajar lo justo para vivir aventuras y luego descansar tranquilo. Aunque ahora mismo no sabe expresarlo con palabras.
Por eso siempre acude a la Alquería de los Gatos, la calle donde estos se reúnen y sus maullidos hablan de una vida que no necesita explicación. Andre se ha sentado en el muro que separa la calle de un tramo de arbustos y tiene la mochila a los pies, cuya cremallera se ha roto por guardar tanto libro de texto. El único gato completamente blanco que ronda la zona, bautizado como Cojín por lo suave y mullido que es, está hecho un ovillo sobre su regazo.
—¡Eh, Andre!
Eva ha girado la esquina, todavía lleva puesto el chándal del colegio. Por alguna razón que desconocen, solo en Educación Física deben vestir igual: camiseta blanca y pantalones azul marino con dos rayas rojas y blancas a los lados. Su amigo se ha doblado las mangas cortas hasta los hombros y se ha apartado las ondas cobrizas con una diadema.
—¡Y estás con Cojón! —Eva acaricia el lomo del animal.
—Cojín.
—Cojón. En fin. Te has ido antes de la última hora, ¿te encontrabas mal?
—Algo así. —Andre se encoge de hombros y observa la ligereza con la que Eva se sienta a su lado, un gato más que mira al ser humano con los ojos entornados y mucha indiferencia. O hastío—. ¿Te han dejado salir con el chándal?
—No, pero me apetecía cabrearlos.
La rebeldía y Eva Lahoz nacieron a la par, pero algo está cambiando en ese equilibrio pactado. Su rebeldía a veces está tan hambrienta que deja poco del chaval risueño y paciente que suele ser. Andre no cree que sea por el divorcio de sus padres, sino por eso que llaman la vida misma: que modifica sin avisar, que pide comprensión sin instrucciones.
Un acertijo sin solución. Una putada existencial.
Al fin y al cabo, eso le está ocurriendo ahora a Andre. No entiende su cuerpo ni sus sentimientos, rodeado de adultos empeñados en señalarle mil y una causas cuando la respuesta nunca es tan sencilla. Ni única.
—¿Entonces?
—¿Entonces qué?
—¿Que qué te pasa?
Andre contempla a Eva antes de responder. Ese cigarro intacto sobre su oreja, que solo utiliza para escandalizar a Aconte y que, más tarde, quizá sea el primero de muchos que fume. Ese gesto perpetuamente socarrón de haber roto demasiados platos. Esos ojos azules que por fin lo miran elevando las cejas.
—A ti te gustan los chicos —murmura Andre.
—También. ¿Y a ti?
—Creo. ¿Pasa algo?
—¿Con qué?
—Si no lo sé.
—¿Te jode no saberlo? —pregunta Eva entrelazando los dedos y estirando los brazos entre sus piernas abiertas.
—Aún no. O siempre será no. Eso tampoco lo sé.
—¿Alguien de clase te ha dicho algo? El mierda de Juanjo García, fijo. Voy a partirle la…
—No ha sido él. Ni nadie. Es… todo. En general. Que no entiendo. No sé.
—Tío, es raro verte así.
Desubicado. Confuso. Y tiene razón. Del grupo, Andrés Rojas fue el que nació riendo, como si estuviera a gusto con las reglas del mundo porque jamás osarían arrinconarlo. El que une a las personas con naturalidad y a nadie le molesta que no pida permiso. El que deshace los problemas, seguro de que ninguno va con él. El que tiende una mano, no te coge del hombro y después abraza. El que destroza la monotonía y ni siquiera espera un agradecimiento.
—Dame tu brazo —le pide Andre.
Cojín se despereza y se interna entre los arbustos cuando Andre se gira sobre el muro, cruza las piernas y saca un bolígrafo de tinta negra. Eva solo cede cuando le insiste entre aspavientos, extendiendo el brazo derecho en su dirección. Con la mirada de un cirujano, Andre le pasa los pulgares por el antebrazo y destapa el bolígrafo con los dientes. Se inclinan a la vez, sus frentes se rozan un instante, varios rizos castaños enganchados a los pelirrojos, y sonríen sin mirarse, aunque lo notan.
Andre traza en la piel de Eva. Nunca se le ha dado especialmente bien dibujar o escribir, pero todo lo que conlleve tinta que permanece en el tiempo ha sido siempre un punto de anclaje para él. Ahora se amarra a su amigo a través de un sencillo dibujo, encontrando la paz que ni siquiera le han podido ofrecer los gatos.
Antes de apartarse, alzan los ojos y Eva acribilla los nervios de Andre con otra de sus descaradas sonrisas. Sí, a Andre también le gustan los chicos, aunque no sabe si Eva es prueba suficiente, porque solo Rebeca Roy es capaz de contemplarlo sin pestañear ni sonrojarse.
—¿Esto es una… polla? —pregunta Eva con el brazo alzado hacia el sol para verlo bien.
—Es la órbita de la luna alrededor de la Tierra. —Andre lo coge de la muñeca, saca el móvil y enfoca el dibujo—. Te paso la foto. Un recuerdo.
—Para qué, no me voy a duchar jamás.
—No seas guarro.
—Tengo muchas formas de serlo.
—Idiota.
Mientras Andre le envía la fotografía, un silencio que se vuelve cómodo, Eva le pregunta:
—¿Por qué la órbita de la luna?
—Porque su recorrido es en sentido antihorario.
Contrario a las agujas del reloj. Rebelde. Otra mirada. Dos sonrisas a destiempo que, sin embargo, se ensanchan al entenderse.
—No me porto así por el divorcio.
—Lo sé —responde Andre, convencido.
—Este será mi primer tatuaje.
—¿Para fastidiar?
—Claro. —Eva intenta arrebatarle el bolígrafo, pero Andre lo esquiva—. Tienes trescientos Bics, ¿qué te importa? —Un puchero mal fingido.
—Este no. Más adelante. El que yo quiera, aunque siempre será mío.
—Y estará bien. Lo que tú quieras, digo.
Cuando se vuelven a mirar, Mara parpadea y, de repente, solo está ella en la Alquería de los Gatos. Un nuevo parpadeo y…
El estallido de un cohete. Pasan unos pocos segundos hasta que resuena el siguiente y Mara se ubica. Otro de esos sueños demasiado reales, como extirpados de Andre. Tal vez debería hablarlo con alguien, confesar que se siente extraña al despertar después de meterse en el cuerpo de su amigo, porque las situaciones no tienen nada de onírico y se quedan en su interior con el toque de un recuerdo propio. Además, cada vez se incrustan más, más nítidos y contundentes.
Mara se pone las gafas de vista y desbloquea el móvil. En la pantalla, saltan unos cuantos mensajes: diez del Consejo de Guerra, dos de su jefe y uno de Florence. Va directo al chat de la chica, sintiendo un brote descontrolado de mariposas en el estómago porque no existen correas para ese tipo de insectos.
Florence
¿Qué haré sin ti estos días?
06:30h
Se han visto poco y han estado hablando mucho por WhatsApp.
Mara
Rescátame si me aplasta una falla o cientos de
borrachos
06:32h
Florence
Tienes a Zan
06:32h
Mara
A Zan no le quedaría bien una armadura
06:33h
Florence
¿Me toca el rol de caballera y a ti el de princesa? Podría cumplir con los dos
06:34h
Mara
Estoy segura
06:34h
No añade un: «Demuéstramelo». Se le hunde un suspiro en el pecho, el móvil y las manos pegados a él para que las mariposas, carnívoras de las emociones, no hagan trizas su firmeza. El supuesto recuerdo de Andre se desvanece abatido por otro: aquella tarde en que estaba tumbada en la
playa, Siren de Young Summer en sus oídos y las olas más allá, creando una sinfonía singular contra los insultos que su madre le había gritado antes de salir de casa. Recién salida del agua, Florence se recostó a su lado, la piel oscura que el bikini no tapaba contra la arena, diciendo algo que Mara no escuchó porque, cuando se quitó los auriculares, enmudeció; pero se acercó mucho más a su cuerpo, siendo mechones fríos y aliento salado por el mar.
La sirena que siempre vio en ella.
Florence
Puedo rescatarte de la tasca o de la habitación
del misionero cuando no trabajes. Si te
apetece…
06:36h
Mara
Aviso que estaré reventada
06:36h
Florence
No haremos nada que te canse más
06:37h
Mara
Rendiría
06:38h
Traga saliva y su pulgar sobrevuela el mensaje, dispuesta a eliminarlo a pesar de que su amiga ya lo ha visto. ¿Era tan obvia hace años? No recuerda
que sus palabras fueran tan lanzadas. Nunca se recuerda bien, en realidad.
Florence
Demuéstramelo
06:39h
Las mariposas vibran en los labios de Mara cuando escapan al exhalar por fin ese suspiro contenido. No es que Florence se haya atrevido a más, es que ha pensado exactamente lo mismo.
Florence
Practiquemos. Asómate al balcón, princesa
06:41h
La colcha cae al suelo cuando Mara se destapa. Sin importarle las legañas, la cara paliducha y desmaquillada, los mechones despeinados o la sudadera de London a medio remeter en la cinturilla de unos pantalones de pijama desgastados, abre las contraventanas y saca medio cuerpo fuera, intentando que el ímpetu no le dé el empujón de gracia.
En medio de la calle, Florence espera con los auriculares puestos. Una leve brisa ondea los bajos de su largo vestido, las botas militares alzándola como un junco de tallo oscuro. Sujeta una bolsa de papel llena de ensaimadas. Tiene una mejilla manchada de azúcar glas y sonríe con unas ganas ilegales para la hora que es. Debe de hacerlo a propósito, ser irresistible, y Mara hace un esfuerzo colosal por sobrevivir al microinfarto, por sobrevivir al susurrar:
—Me gustas. —La boca pequeñita, la osadía gigantesca.
Los segundos vuelan. La princesa arriba, recién despertada de un sueño sin sabor a maldición. La caballera abajo, tan aguerrida que no se quita los auriculares ni finge que no toma aire para decir algo en alto. Bien alto.
Sin embargo, otro cohete silencia la voz de Florence. ¿Pregunta, responde, coincide? Mara no consiguió interpretar el movimiento de su boca aquella vez en la playa, tampoco lo hace ahora, pero las mariposas se le disuelven en el estómago al considerar, de repente, que quizá Florence sí sepa interpretar el movimiento de la suya.
Que haya entendido ese «me gustas» como si se lo hubiera susurrado a centímetros.
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