Nunca será como siempre
09.09
Las primeras veces en todo están ahí para fastidiar. Habrá un pequeño porcentaje que sea emocionante, pero, en general, te convierten en un atajo de nervios. Paradójicamente, la primera vez de algo en concreto se puede repetir.
Como ahora, que Beck sale de la facultad después de su primer día de clase, pese a ser su tercer intento de sacarse una carrera. Tres primeras veces, por suerte, esta es la que mejor ha ido. Aun así, deberá acostumbrarse a la cantidad de nombres que distingue sobre los portátiles, las libretas, las mochilas, los bolsos, la ropa… Todos culpables de su actual dolor de cabeza.
En mitad de las escaleras exteriores, guiña los ojos porque la intensidad del sol le taladra las sienes un poco más. Entonces nota unos dedos sobre sus orejas y está a punto de girarse de sopetón para defenderse, cuando esos dedos le enganchan dos auriculares y le dan un walkman que reconoce enseguida.
Suenan The Smiths: « Good times for a change. See, the luck I’ve had.
Can make a good man turn bad», mientras frente a ella, un escalón más abajo, se coloca Eva. Él se mete las manos dentro de los bolsillos de su vaquero negro y sonríe. Beck también lo hace, más en calma, los nombres tenues y esa templada sensación de que todo irá mejor porque se ha reconciliado con sus amigos.
Eva habla, pero no lo escucha del todo bien, algo similar a:
«Enhorabuena por tu tercera primera carrera». Si es que comparten la misma neurona. Y Beck le susurra, pues la canción sigue sonando alta y no quiere llamar la atención del resto:
—Enhorabuena por tu primer tercer año de carrera.
Se miran unos segundos más antes de que Eva alce los brazos, le quite los auriculares y diga:
—Aún no he terminado de disculparme.
—Ya lo hablamos el otro día. Todo está bien.
—Prefiero asegurarme. No quería hacerte daño, Rebeca.
—Ninguno quisimos.
—Supongo que estudiar Psicología no me enseña a dejar de cagarla constantemente.
—Tampoco la cagas tanto. Lo mismo que yo.
—Sale una buena media. —Eva le coge la punta de los dedos y tira de ella para que termine de bajar las escaleras—. Pero ¿hay algo más que pueda hacer? ¿Tatuarme tu cara sobre el corazón…?
—Por favor, no.
—Hmm… ¿Tienes hambre?
—Nivel perder la cabeza.
—Cojonudo. —Eva tira más de ella hacia la calzada de la avenida—.
Aunque quiero que sepas que me tatuaba tu cara si hacía falta.
A estas alturas no tengo que convenceros de que, efectivamente, sería capaz.
—Eso sí que es amistad —ríe Beck, que enseguida ve el Hummer de Florence aparcado en doble fila.
No le da tiempo a preguntar, porque su amigo le abre la puerta y ella se aúpa para entrar en los asientos traseros. Desde los delanteros, Florence y Zan se giran, sonrientes.
—¿Qué hacéis aquí?
—Ha sido vuestro primer día de clase —empieza a decir Zan.
—Y eso merece una recompensa.
—No creo que funcione así —vuelve a reír Beck poniéndose el cinturón de seguridad.
Con el walkman guardado en la mochila, ahora todos escuchan la música que Florence ha escogido. No es Hambre. Ha llegado ese punto en la posproducción del que la chica no quiere revelar nada más. Que el resultado final sea una sorpresa.
Solo cuando han bajado del coche y entran en el Jardín del Turia, al fondo la Ciudad de las Artes y las Ciencias, Beck adivina a dónde están conduciéndola. De lejos, ya se escuchan las ruedas surcar la piedra, las caídas, las risas… Es el skatepark al que solían ir Andre y Nina, cuando el puñado de rampitas y barras que Aconte instaló en uno de sus pequeños parques no bastaban.
A un lado de las instalaciones y bajo algunos árboles, Mara y Nina los esperan con una manta extendida sobre el césped y varias cestas.
—¿Pícnic? —pregunta Beck.
—¿Te parece bien? —se preocupa Florence, sabiendo que detesta las sorpresas.
—Me parece genial.
Los seis se reúnen entre abrazos y sus estómagos rugen al unísono cuando sacan toda la comida y la bebida. Empanadillas, tortilla de patata, sándwiches, croquetas, quesos, aceitunas, papas, frutos secos, refrescos, cervezas…
—Más muertos hoy —dice Mara levantando un vaso para brindar.
—¡Pero más vivos que mañana!
El mediodía despierta una brisa tibia que no llega a sofocar y, en cuanto Beck se termina la última croqueta, se tumba sobre la manta. No cierra los ojos, sabe que se dormirá. A punto de echarse a reír, atiende a la discusión sobre cuál es la mejor película navideña de la historia. Por supuesto, al final Nina pone los ojos en blanco y se abstiene de opinar, tumbándose junto a ella.
—He guardado un táper de jiaozis que mis padres han cocinado para ti.
—¿Solo para mí?
Nina asiente con una sonrisa y se aparta unos cuantos mechones, aunque no todos se quedan recogidos tras su oreja, antes de aplastarse los más cortos de la nuca, nerviosa.
—¿En son de paz?
—¿Qué os pasa? —La mirada de Beck se entristece—. Ya le he dicho a Eva que está todo bien. Está hablado, perdonado y zanjado. —Busca la mano de su amiga para cogérsela y apretar.
—Mara nos pidió que no contáramos nada. Y entre mi pierna, Andre, que no supe gestionar nada, que nos íbamos alejando…
—Me lo explicaste y te entiendo. Todos os encontrabais en una posición complicada y estaba claro que yo tampoco era capaz de gestionar nada.
Mira cómo me puse…
—Vale —suspira Nina, más tranquila—. ¿Sabes? Tenía muchas ganas de contarte esto: voy a competir en atletismo adaptado. A final de mes me iré a un Centro de Alto Rendimiento en Madrid.
—¡Enhorabuena! —Beck se lanza sobre ella y la abraza. Ni siquiera le pregunta desde cuándo lo sabe o si el resto está al corriente, solo quiere celebrarlo—. Estoy muy orgullosa.
—Por eso… ¿patinarías conmigo?
Beck se separa y la mira con el ceño fruncido.
—¿Ahora?
—He traído dos pares de patines. Quiero despedirme de este skatepark en condiciones y no tengo a Andre para hacer el cafre conmigo.
¡Ey, estoy aquí! Y, como fantasma, tengo la gran habilidad de deslizarme por donde quiera.
—Sí, claro que sí.
Sentadas en un banco, se los ponen. Nina respira hondo al atarse los cordones y verse con sus antiguos patines amarillos de cuatro ruedas, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Recuerda cuando fueron a la pista de hielo y lo mucho que le costó mantenerse en pie o impulsarse con la prótesis. Pero no está allí para patinar de la manera en que lo hacía con Andre, está allí para divertirse y demostrarse que no hay límites.
—Ponte el casco, Beck, no quiero tener que llamar al 112 —ríe Mara aplastándole los rizos con uno.
—¡Oye, que me acuerdo de patinar!
Beck se incorpora y, aunque hace unos cuantos aspavientos para no perder el equilibrio, le resulta mucho más fácil que sobre el hielo. Prueba a recorrer unos cuantos metros y no se cae. Vuelve a por Nina y, cogidas de la mano, se deslizan por las zonas llanas.
Sus amigos se unen para ayudarlas a subir y bajar algunas rampas poco empinadas, y las caídas llegan aparatosas, pero siempre entre risas.
Mientras, Mara los fotografía con la Polaroid de Nina hasta que Beck le pide sustituirla porque tiene el trasero dolorido. Suerte que los patines en línea son de una talla intermedia que les viene a todas menos a los chicos.
Sentada en lo alto de una de las rampas más inclinadas, Beck saca algunas cuantas fotografías más. A su mente acuden todas esas que Nina tiene de Andre allí, subido al skate, hablando con otros patinadores, posando con las rodilleras arañadas, descansando en el mismo lugar desde el que ahora ella observa a sus amigos.
—Este sitio te pegaba mucho, Andre —dice Beck al aire, sin esperar que su fantasma responda.
Lo sé.
—Mira todos esos grafitis —no lo ha escuchado, pero continúa—, y la piedra desgastada, y el color desconchado… Has dejado huella.
Comprobado: los fantasmas pueden llorar.
Sobre los hombros de Beck, alguien coloca la chaqueta beisbolera de la que se enamoró en la tienda de segunda mano, pero que no compró.
Entreabre los labios, pasmada, al tiempo que Zan se sienta a su lado.
—Es un regalo de todos por tu cumpleaños. Habríamos preferido dártela aquel día, claro.
—Bueno, hoy hace un mes justo, así que… Gracias. —A pesar del calor que aún hace, Beck hunde los brazos dentro de las mangas negras y se
arrebuja dentro—. ¡Gracias! —le grita al resto, que le responden con varias carcajadas controladas para no perder el equilibrio sobre los patines.
—¿Qué tal tus compañeros de clase?
—Solo les saco dos años, pero ellos me sacan mucho de entusiasmo universitario.
Ríe antes de volverse hacia Zan, quien le mira la sonrisa con una intención muy diferente a imitarla. Al darse cuenta de su falta de sutileza, aparta la cara, un tanto avergonzado, pero Beck pone una mano sobre su mejilla y se la gira con delicadeza para darle un beso. Los labios juntos, la presión justa, se aleja. Entonces es Zan el que se inclina, una mano cerrada en torno a la muñeca de la chica que todavía le roza la barbilla, enterrando la otra bajo la chaqueta, sobre la línea de piel desnuda entre el top y los vaqueros de Beck.
Al instante, olvidan dónde están. Más pegados. La pierna de ella sobre la de él, las manos de él abarcando la cintura de ella. Un sonoro silbido los separa, pero no como siempre: sus bocas desprendiéndose lentamente, sin timidez.
—¡Un poquito de castidad, por favor! —les dice Eva.
—¡Hay niñas delante! —añade Florence, refiriéndose a Mara, pese a que enseguida aprovecha que su novia va con los patines para deslizarla hasta ella y abrazarla.
—Están fatal —ríe Beck de nuevo.
El atardecer cercena el cielo, una calidez que ralla el púrpura de la noche.
Beck lo fotografía y contempla sus colores, pensando que están vivos de una forma muy distinta a cómo los percibe su ojo.
—Zan, ¿recuerdas lo que me dijo Felisa la última vez que la visité, cuando me buscaste antes de que me fuera a Barcelona? —musita, sumida en sus pensamientos—. «Por la memoria de Andre también vive lo que está
muerto. Él. Esa es la clave». Por muchas vueltas que le he dado, no lo he entendido.
—Ni tú, ni nadie.
—Aunque… Espera. —Beck respira hondo, observando la imagen de ese cielo que existe, pese a cambiar según se mire—. Esta es la clave de que Andre aún sea un fantasma y nosotros todavía tengamos estas habilidades.
—Una idea cruza por su cabeza—. Creo que ya lo entiendo. Creo que he dado con la solución.
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