Nunca será como siempre
10.06
Una última conversación con Felisa antes de hacer el Interrail. Si es con ellos, mejor.
La magia no es pronosticable. ¿Cómo podría serlo una energía capaz de alterar el estado natural de las cosas? Por eso Mara debería estar inquieta frente a la casa de Felisa Herrero, la bruixa, pero no lo está. No ve peligro en los arbustos retorcidos, en las flores que ya parecen crecer secas, en el
caminito de piedra que se inclina hacia arriba para conducir a una puerta que apenas se aprecia. Al fin y al cabo, están allí por Andre. Y Andre jamás sería la brújula que guía a la catástrofe.
Ni caso. Siempre han tenido demasiada fe en mí.
—Mi madre me contó que Felisa no tiene muy buena fama —dice Nina.
—No nos hace falta para que nos hable de Andre —apunta Florence.
—Es una señora que no sale de su casa ni para ir al puto Alcampo. Me da malas vibras. —Eva se frota los brazos tapados con una chaqueta de algodón. Llega el verano, el frío para él. Su eterna contradicción.
—Odias que tu padre te haga ir al Club Náutico vistiendo mocasines, ¿y ahora te centras en las apariencias?
—Rebeca, me centro en que ves nombres sobre las cosas, en que Mara sueña recuerdos de Andre, en que Nina lo ve de espaldas en fotografías donde claramente sale de cara, en que tengo un boli mágico a lo Doraemon, en que decís que Andre es un fantasma atascado en este mundo por nuestra culpa y en que a esa mujer la han llamado bruja tooooda la vida. Y bruja de sombrero puntiagudo, verruga y gato negro.
Vuelve a arrastrarse ese peso que solo dejan las pesadillas, como si estuvieran dentro de una. Se sueña con lo extraordinario, no se vive. Pero
¿cuándo se vive? Se acepta o te devora.
—Es mi regalo —insiste Beck—. Andre quería hablar con Felisa antes del Interrail. El viaje no lo podemos hacer, pero sí reunirnos con ella.
Aunque hay espacio suficiente para que avancen por parejas, llegan hasta la puerta en fila de uno. Una puerta normal, sin telarañas ni aldabas terroríficas. Miran atrás, como si toda la vegetación de esa casa rojiza fuera a entretejerse para obstruir la salida. Desde allí se distingue la dársena y la proa de algún barco. Luego se miran entre ellos, buscando al tributo que se
presente voluntario para llamar. Es Florence, que pulsa el timbre con un resoplido y los ojos en blanco.
El silencio. Unos pasos. La puerta se abre y una anciana alta, con el ojo derecho más claro que el izquierdo, los contempla unos segundos antes de preguntar:
—¿Sí?
Ni un: «Os estaba esperando», o «ah, sois vosotros».
—¿Felisa Herrero?
—Sí.
—Somos amigos de… Andrés Rojas. ¿Se acuerda de él?
Ese es el problema de los rumores. Para ellos, Felisa los ha recibido con una expresión malhumorada, suspicaz, de bruja de cuentos, casi con un reproche en los labios por molestarla. Pero toda esa impresión es fruto de los cotilleos, pues en cuanto Mara nombra a Andre, lo único que hunde aún más sus arrugas es un profundo pesar.
—¿Queréis pasar? —Felisa se hace a un lado.
—Muchas gracias.
La casa huele a vainilla y miel. A café recién hecho y a libros antiguos.
Los listones de madera que sostienen el techo se sienten rugosos en los dedos con solo verlos. En el aire, se esparce el frescor de la cerámica que decora algunas paredes y se resiste al calor de un prematuro verano. Cuando llegan al salón, la mujer les indica que tomen asiento donde les apetezca, mientras prepara más café.
Lo echaba de menos.
Beck se sienta en uno de los sillones y Zan en el reposabrazos. Al otro lado de una mesita y la chimenea, Mara, Florence y Nina se acomodan en el sofá. Eva escoge la mecedora, no quiere que de repente empiece a moverse sola si el ambiente se pone muy místico.
Más silencio, uno que roza la incomodidad hasta que Felisa reaparece con una bandeja repleta de tazas, una cafetera, una azucarera, una jarra de leche y un plato de galletas. La deja sobre la mesita y sirve los cafés al gusto antes de repartirlos y sentarse en el otro sillón.
—Las galletas son caseras. Están muy ricas. Probadlas.
Las brujas se comen a los niños y remueven pócimas espesas en sus enormes calderos, no hornean galletas con pepitas de chocolate y hacen café de aroma intenso. Hasta Nina le da un sorbo.
—Sentimos mucho molestarla —empieza Beck—. Se preguntará por qué estamos aquí.
—Supongo que por Andre, ¿no, jovencita?
Andre. No Andrés. Esa es la muestra de afecto, diminuta en apariencia, que necesitaban para respirar con más calma, para comprender que sus nervios se deben a que hay algo de su amigo que desconocen, que quizá están a punto de descubrir gracias a una mujer de la que nunca han escuchado hablar.
Y se presentan uno a uno. Le hablan de su vínculo con Andre, de la lista de regalos de cumpleaños. Se la tienden a Felisa y esta coge el folio con una leve sonrisa que convierte sus arrugas en refugios, las lágrimas empañando esos ojos dispares al leer el regalo que incluye su nombre.
—Tan único y curioso —susurra—. Siempre hablaba de vosotros.
¿A que son los mejores, Felisa?
—Entonces, ¿desde el principio ha sabido quiénes somos?
—Intuición —Felisa le devuelve la lista a Beck—, pero jamás hay que dar las cosas por sentado. Juzgar es un gran enemigo.
Como la han juzgado a ella durante tantísimo tiempo.
—Que no le sepa mal, pero… Andre nunca nos habló de usted —dice Nina.
—Porque yo le pedí que no hablara de mí. Leal como su abuelo.
Algo de bruja tiene. Hay sabiduría y misterio en sus palabras, también un mensaje a medias que huele a pasado, a profecía, y que tiene al grupo sin pestañear.
—¿Conocía a su abuelo?
—Realmente no sabéis nada, ¿verdad? —La sonrisa de Felisa tiene una comisura que transmite calidez y otra temblorosa, la de la pena—. Su abuelo Federico y yo fuimos amigos desde pequeños. Nos separó la guerra, nos vimos una sola vez durante la dictadura y me volví a reencontrar con él cuando Andre llamó a la puerta de esta misma casa.
—¿Cómo que…? —Mara no termina la frase al comprenderlo.
Federico murió durante el franquismo. Y, para Felisa, Andre fue su viva imagen. Una fortuita reencarnación que estaba allí para despedirse como siempre merecieron.
—Vino por un trabajo de Historia. Estabais dando la posguerra y, como ya no le quedaban abuelos, su madre le dijo que podía preguntarme a mí.
No es fácil hablar de aquella época, no…
Solo entonces, cuando la anciana mira en dirección a la chimenea apagada, se dan cuenta de que su ojo más claro está ciego, de que todo su cuerpo cuenta una historia que, quizá, solo pudo desempolvar junto a Andre. Porque Andre tenía ese don con los secretos, los guardaba sin dañarlos.
—Los topos de la posguerra —recuerda Nina de pronto—. Andre sacó un diez. Expusieron su trabajo en los pasillos del colegio cuando estábamos en cuarto de la ESO.
—¿Topos? —pregunta Eva frunciendo el ceño.
—Personas que se escondieron durante la época franquista por miedo a las represalias del régimen —explica Felisa, la mirada todavía perdida, el
café ya tibio entre sus manos manchadas por el sol y el tiempo.
Esa es la historia de Felisa Herrero. La de cientos de españoles enterrados en vida durante meses e incluso años para huir del odio injustificado y desmedido de aquellos que vencieron. Más que las ideas políticas grabadas en las balas que terminaron fusilando a muchos de los que persiguieron y encontraron.
—No tiene que hablarnos de ello si no quiere —musita Zan.
—Hoy hay… demasiados fantasmas aquí.
El frío se encrudece y Mara busca la mano de Florence para apretar sus dedos y, de paso, la tristeza. Quizá todos los rumores que hablan mal de Felisa provengan del pasado, de los bandos que se formaron y de lo imposible que es para algunos comprender que la memoria no solo pertenece a unos cuantos. Quizá Andre fue una bengala en la oscuridad, alguien con los rasgos de un antiguo amigo que sufrió lo mismo que ella, que regresaba para pedirle que viviera y despedirse por fin.
—¿Andre la visitó más veces?
—Sí. Venía una vez a la semana. Siempre llevando detrás esa endiablada tabla con ruedas.
Skate. Os juro que se lo repetí mil veces.
Cuando Beck suelta una risa, se le desprenden las primeras lágrimas y luego no puede parar. Como un chaparrón, el resto también llora. Sanan en un hogar que superó el horror y sembró paz con las conversaciones entre una anciana herida y un joven soñador.
—A Andre le gustaría estar aquí —dice Eva, cabizbajo, los mechones ondulados tapándole la cara.
—Andre está aquí —responde Mara.
—Y lo seguirá estando hasta que descubráis la verdad. —Felisa se incorpora y recoge las tazas.
—¿Eso qué significa? —pregunta Nina—. ¿Usted… lo percibe?
—Es por San Juan, ¿verdad? —insiste Mara, un poco inclinada hacia delante porque el corazón le late tan fuerte que la empuja.
—Andre falleció aquella noche —la mujer asiente, erguida y sujetando la bandeja—, pero su vida no terminó ahí. Él me lo hizo entender. Espero que vosotros lo entendáis ahora. Pronto.
—Explícanoslo, por favor.
—La vida y la muerte no se resuelven así, Rebeca. Es algo del corazón.
La magia no es pronosticable. Ni sencilla de obtener. Si lo fuera, la naturaleza se descompensaría y entonces los seres humanos no serían seres humanos. Y, sin serlo, nada de lo que está sucediendo tendría sentido.
OceanofPDF.com