Nunca será como siempre
24.11
Celebrar mi cumpleaños y apagar las velas de una sin que nadie más sople.
Y ahí están, unos amigos que siguen madurando a trompicones en medio de una fiesta que celebra la vida de un fantasma. De milagro, han conseguido que parezca un cumpleaños y no una sesión de ouija, decorando el salón de la casa de Zan con globos y banderines de colores dispares. Nina
ha llevado unas cuantas fotografías de Andre y las han pegado en una de las paredes más despejadas.
Hoy cumpliría veintiún años.
—Si todo sale bien esta noche, le veré la cara otra vez —musita Nina con una sonrisa.
—Seguro que sí —responde Mara contemplando el mural, al Andre de once años embadurnado de arena, al Andre de trece sobre su primer skate, al Andre de diecinueve, el último, mirando a cámara como si el objetivo no existiera.
—¿Has soñado más?
—Sí. —Mara suspira, haciendo memoria—. Con un día en que Andre estaba leyendo, sentado en un autobús, y justo a su lado alguien leía el mismo libro. Con una noche en la que estabais patinando y él te preguntó si alguna vez te has arrepentido de dar tanto por la gimnasia rítmica. He soñado mucho. Hasta hoy, espero.
—¡Esto está listo! —escuchan decir a Beck.
Ya han recogido los restos de la cena y la chica ha terminado de adornar la silla que preside la mesa y ha estado vacía durante toda la noche. En el respaldo, ha colgado la camisa floreada que Andre metió en la mochila de senderismo. Sobre la mesa, al lado de una tarta de tres chocolates con veintiuna velas apagadas, ha dejado la lista de regalos que una vez escribió.
—¿No dijimos que nos ahorraríamos la movida lúgubre? —bromea Eva
—. Parece un puto altar. Y ya cuando encendamos las velas, ni te cuento.
—Eres el sacrificio de este ritual, no te preocupes —contraataca Beck enseñándole el dedo corazón.
—Déjate de rituales —Zan apoya un codo en el hombro de su amigo—, con un Satanás tenemos suficiente.
Estoy de acuerdo.
—En fin —los interrumpe Nina—. ¿Cómo lo veis?
El final. Seis miradas que buscan en otras la respuesta correcta. Porque tienen clara la teoría: superar la muerte de Andre recordándolo en vida, añorándolo de una manera sana, atesorándolo sin culpa ni arrepentimientos.
Estará bien ser felices por él. Estará bien llorar por él. Crecer y romperse.
Pero que siga muy vivo en sus memorias.
El silencio no resuelve las dudas, así que van sentándose sin decidir exactamente cómo continuar. Después de dos años, se han reencontrado, han fulminado los secretos, se han destrozado y perdonado, han convivido con un fantasma, visto nombres donde no los hay, soñado recuerdos ajenos, desfigurado fotografías, escrito sin apenas tinta.
¿El siguiente paso será más sencillo? ¿Soplar las velas y dejarlo ir? Sus corazones todavía tiemblan, pero así es existir: mientras se vive, nunca nada deja de vibrar ante las emociones.
—Vale, encendamos las velas —determina Florence, a quien Eva le pasa su mechero con esa solemnidad de la que casi siempre se burla.
Enciende dieciséis velas y le tiende el mechero a su novia. Mara prende otra, luego Beck, Eva y Zan, hasta que es Nina quien sostiene el fuego cerca de la última mecha. Titubea, mira las fotografías de su mejor amigo en la pared y susurra:
—Apagad las luces.
Solo cuando las velas son el único punto de luz en el salón, Nina enciende la última vela. Sentados, observan la silla vacía, las llamas que Andre habría soplado de una, intentando que ninguno de ellos se metiera de por medio tras pedir un deseo con los ojos cerrados.
—Feliz cumpleaños, Andre —musita Nina—. Gracias por vivir en nosotros.
—Feliz cumpleaños —repite el resto con la voz queda.
Entonces el fuego de las velas se sacude una vez y alumbra unos rasgos traslúcidos, una sonrisa gigantesca, unos ojos verdes y despiertos que jamás dejaron de contemplar la vida como una gran aventura.
Se quedan petrificados, a excepción de Eva, que extiende unos dedos hacia el fantasma, y de Nina, que está a punto de nombrar a Andre cuando este la interrumpe:
—Deseo que sigáis así. Nina, Mara, Eva, Zan, Florence…, Rebeca.
Y las velas se apagan de golpe sin que nadie sople. No se escucha nada más, el frío que se ha intensificado por un instante remite y cierto peso en sus pechos se desvanece. La quietud se rompe cuando Florence aprieta el interruptor y el salón vuelve a iluminarse. La silla está vacía. Desde las mechas, siguen serpenteando hacia el techo veintiún hilos de humo.
—Imposible —murmura Zan—. ¿Habéis…?
Sin embargo, no termina la frase porque Beck lo coge de la mano, contemplando las pulseras de su muñeca con los ojos anegados de lágrimas.
—No hay ni un solo nombre.
—Ni tinta —añade Eva, que ha rayado una servilleta con el bolígrafo que Andre le dio, sin dejar rastro. El tubo, de pronto, completamente vacío como la silla.
—Su cara. Ya no está de espaldas —solloza Nina frente al mural de fotografías—. Te veo, Andre.
Una noche que tardarán días en asimilar. Una en la que, por primera vez, los recuerdos no persiguen a Mara al dormir, son solo sueños. Caóticos, imposibles de describir con detalle a la mañana siguiente, suyos.
Érase una vez en este cumpleaños que, como excepción a la regla, ha celebrado la vida de un muerto. Menudo remix. De no estar a punto de irme al otro barrio por fin, habría sido un buen negocio. Este, desde luego, ha sido un buen viaje. El mío. A ellos les queda tanto camino que, en parte, me da pena perdérmelo. Pero esas ya no son mis reglas. Las de la vida.
Confieso que aparecerme de repente, desearles lo mejor y soplar las velas ha sido una concesión del Más Allá que solo puedo agradecerles a ellos. Me conformo con esos pocos segundos que los han dejado boquiabiertos. Espero que ahora no se obsesionen con resucitarme, no me veo como zombi.
Marcharme así no es tan complicado. ¿Cómo dicen…? Ah, sí. No es un adiós, es un hasta luego.
He sido un vivo excelente, un fantasma mediocre y estoy a punto de averiguar qué tipo de muerto soy. Ojalá sea del que me recuerden por sonreír demasiado, por patinar las rampas más empinadas, por nadar hasta la boya sin miedo a las medusas, por soñar con recorrer el mundo y por ser un amigo y un hijo de los que duele perder, pero más alegra haber tenido al lado.
Porque, ahora sí que sí, ya me conocéis y… O todo.
O todo.
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