Nunca será como siempre

Arantxa Comes · Capítulo 40 de 51

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Nunca será como siempre

14.07

Han pedido los deseos de San Juan. Andre no sabe si Mara habrá deseado que el futuro tenga un color diferente a su presente, que Londres sea amable o que nunca más existan las cárceles con aspecto humano. El caso es que Mara, con sus dieciocho años y graduada, ha planeado durante meses cómo y cuándo marcharse de Aconte sin que sus padres se enteren. Empezar una segunda vida que, en realidad, sería la primera después de tanto sufrimiento.

Andre se pasa una mano por los rizos castaños, nervioso. Aún recuerda el momento en que su amiga les confesó sus planes a Nina y a él. Solo a ellos; Eva, Zan, Florence e

incluso Beck completamente ignorantes de que San Juan sería la última oportunidad que tendrían de estar con ella. Entiende su recelo, el miedo, las ganas de desaparecer hasta que nadie sepa dónde está.

Le da una calada al cigarro que Eva le ha dado, escrito en su papel: «Siempre a fuego».

Odia fumar, no necesita una segunda vez para corroborarlo.

—¿Cuándo os vais? —pregunta Eva entonces. Inquieto, triste, es complicado descifrar su ceño fruncido.

—Ahora. Su vuelo sale en unas horas. —Andre apaga el cigarro contra la arena, a pesar de que todavía le queda la mitad.

—Dame. —El chico se lo quita y lo engancha en los cordones de sus zapatillas—.

Truquito de fumador para no cabrear a Greenpeace.

—Y para ser una persona decente.

—Sí, tampoco estaría mal. Escucha…

—No. No puedes contárselo a Roy. Ni a nadie. Yo lo haré, ¿de acuerdo? Pero mañana.

Mara no quiere estropear esta noche y… Sé que está jodido respetar la manera en que quiere hacer esto, pero es lo que hay.

—Claro —responde Eva, no muy convencido—. ¿Y qué excusa vais a ponerle a Beck?

—Que Nina quiere irse a casa ya y que Mara me acompaña para no volver solo. Se lo está pasando genial, no sospechará. —Ambos miran a su amiga, que ahora está bailando con Ángela y algunos compañeros más de clase—. Siento mucho todo este secretismo.

—Ey, más siento yo que Mara tenga unos padres de mierda. Si esto es lo que quiere, me parece bien, pero tened cuidado.

—¿Eva Lahoz en el rol de padre preocupado?

Sin embargo, Eva solo da un paso y lo abraza. Andre respira hondo, necesitaba que alguien lo sostuviera aunque fuera un segundo. Tiene miedo de que no salga bien, de involucrarse demasiado, de que esa no sea la mejor solución para Mara.

—Ánimo. No tardéis —susurra Eva cuando se separan.

—No tendrás tiempo de echarme de menos.

Andre le guiña un ojo, recuperando un poco más de esa valentía que siempre lo ha guiado. Después se acerca a Beck, la coge de la mano para separarla del grupo y le da una vuelta entre risas antes de abrazarla con fuerza.

—Amigoooo —dice ella contra su oído—. ¿Ya te has puesto en modo exaltación de la amistad?

—¡Eres la mejooor! —Andre finge que su lengua se entorpece. No ha bebido ni una gota de alcohol—. Mara y yo desaparecemos un momento. Nina quiere irse a casa y vamos a acompañarla.

—Vale, vale, vale. Te quiero muchísimo, Andre.

—Y yo a ti, Roy. Sé buena mientras yo no esté.

—Sé muy malo mientras yo no esté.

—Prometido.

Y le da la espalda. Luego avanza hacia Mara y Nina, que se han alejado de la hoguera.

Esperan a que Mara se tome su tiempo en dejar de mirar a Eva y Beck. Sonríe sin ganas, como si sus comisuras pesaran toneladas, y empieza a andar.

Salen de la playa y se suben al coche de los padres de Andre, en cuyo maletero ya han cargado el escaso equipaje de Mara. El chico espera que no descubran que les ha quitado las llaves, no se le ocurría ninguna excusa convincente para cogerlo justo esa noche. La radio rellena el silencio con canciones animadas y así llegan al aeropuerto.

Frente al control, se paran.

—¿Avisarás cuando llegues?

—A Lupe —musita Mara.

—Podemos ayudarte, podemos…

—Nina, ya lo hemos hablado.

La tensión siembra el tiempo. Cuando queda media hora para embarcar, a Andre le parece que todo ha pasado demasiado rápido, que ahora es demasiado real. Va a insistir como ha hecho Nina, pero Mara lo frena con un abrazo.

—No, Andre. Ya está, ¿vale? Ya está.

—No quiero que te pase nada.

—Lo único que pasará es que estaré mejor.

—Cuídate. Mucho.

—Y tú. Gracias por todo.

Nina se une al abrazo y se estrechan con cariño. Mara se separa con otra de esas sonrisas frágiles y se dirige al control. A punto de cruzar los detectores, recupera su posición en el recuerdo, pero esa Mara sabe lo que ocurrirá después e intenta por tercera vez romper las reglas de los sueños. Lucha por retroceder, por detener a Andre y Nina, por pedirles que esperen, pues si cogen el coche tendrán un accidente mortal. No lo consigue y los ve irse como ya hizo en aquella ocasión.

Sin embargo, y como nunca ha sucedido, regresa de pronto al cuerpo de Andre en el instante exacto en que unos faros lo ciegan en la carretera y ambos coches colisionan.

Las canciones animadas de la radio suenan distorsionadas.

Él está al revés, atrapado entre el volante y el asiento.

La boca le sabe a sangre.

Escucha a Nina resollar.

Le pitan los oídos.

Suda.

Llora.

Grita sin garganta.

Se muere.

—¡Andre! ¡Andre! —Mara despierta con la lengua hinchada porque se la ha mordido, las lágrimas empapándole el rostro, el móvil en la mano con el chat de Beck abierto sin que uno solo de sus mensajes le haya llegado.

Mara, joder, estoy aquí. Mara.

Siente un escalofrío y alza los brazos hacia la nada esperando que el helor sea Andre, como Beck y Nina ya sintieron una vez.

Soy yo. Soy yo.

Sin embargo, Lupe entra corriendo en la habitación e inmediatamente se sienta en la cama para atraerla hacia ella y acunarla. Su calidez disuelve al buen fantasma y Mara solloza en alto. Le duele el corazón, todo el cuerpo, existir.

Son las cinco de la mañana y no lo soporta más. Que la casa de al lado ya no sea suya, que la mitad de sus cosas las recogiera el camión de la basura, que Beck se haya enterado de lo que sucedió aquel San Juan y se lo haya tenido que contar Zan, pues su amiga se ha encerrado en su casa y no quiere hablar con nadie.

En algún momento, Mara vuelve a dormirse en los brazos de su vecina, pero no sueña ni un recuerdo. Es una nada profunda, en calma. Dos horas después se despierta con los ojos hinchados y la sensación de que necesita huir, aunque sabe que, en esta ocasión, no hay razones para ello. Solo el miedo a enfrentarse a los errores. A la culpa.

Cuando baja al piso inferior arrastrando los pies con la boca seca, se encuentra a Lupe sentada en la mesa del salón, entre sus manos una taza que humea a pesar del tórrido verano.

—¿Cómo estás?

Es una pregunta estúpida, pero Mara la agradece. Solo asiente, como si fuera una respuesta clara y lógica. Lupe no le pide más explicaciones, se levanta y, como una madre comprensiva, vuelve a rodearla con un brazo para conducirla hasta el sofá. Se esfuma un instante para regresar con una infusión ardiendo.

—Toma. ¿Quieres contarme lo que está pasando?

Mara asiente de nuevo, aunque primero le gustaría pedirle perdón por el hecho de que deba rescatarla una vez más. Lupe fue su contacto con la realidad tras marcharse a Londres. La acogió cuando todavía podía entrar en su casa. La animó a encontrar trabajo y no ha dejado de cuidarla ni un solo día. Y ahora tiene que recoger unos pedazos que solo se mantenían encajados a presión.

—Voy a llamar a Javi para decirle que hoy no puedes trabajar.

Cuando Lupe regresa después de hacer la llamada y se sienta a su lado, pasan horas mientras Mara se sincera con la mirada clavada en su móvil, donde solo destacan los

mensajes de Florence. Nadie más ha respondido a sus preguntas, a sus disculpas.

—No es tu culpa —susurra Lupe apartándole las greñas—. Pero sé que, solo porque yo te lo diga, no lo vas a creer. Y es que… Mara, necesitas ayuda.

—Lo sé. No sabía cómo pedirla.

—Si es por el dinero, yo puedo ayudarte.

—Lo siento mucho. Eres una buena persona y yo soy…

—Y tú tienes que recuperarte y ser feliz.

—Me odian. Rebeca me odia.

—No es cierto. Tal vez necesita un poco más de tiempo para asimilarlo. Tú necesitaste el tuyo en su momento y tus amigos nunca te lo han reprochado, ¿verdad? Han podido enfadarse, pero siempre te han entendido.

—Sí.

Mara se esfuerza por no aceptar el pensamiento de que ha pasado tanto tiempo sola que, quizá, se ha olvidado de cómo estar acompañada y por eso ha fallado. Sin embargo, como Mara se esfuerza, se aferra a la cuerda salvavidas que Lupe le tiende para escalar lejos de su oscuridad. Porque, si la redención realmente existe, quiere recibirla con la mente limpia. Sana.

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