Nunca será como siempre

Arantxa Comes · Capítulo 13 de 51

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Nunca será como siempre

09.02

Las sonrisas son un vocabulario intrincado. No tienen una única acepción y, desde luego, la primera no es la felicidad. Por eso, aunque aprendieron a entenderse en silencio antes que con palabras, Eva le frunce el ceño a Beck cuando esta le sonríe tras algunos rizos desteñidos. Están acostados en la cama de él, bocarriba, un AirPod en cada oreja y Baltimore’s Fireflies de Woodkid sonando muy bajito pero muy adentro.

— What is the price, am I supposed to pay? For all the things I try to hide? —susurra ella, apenas cantando.

— What is my fate, am I supposed to pray? That trouble’s gone with the sunlight? —responde el chico llevándose un puño al pecho, su sonrisa

afilada con cierta sorna—. ¿Estás intentando decirme algo? No estaría mal, ya sabes, las canciones solo funcionan entre nosotros.

Por las comisuras extendidas de Beck se escapa una mezcla de risa y resoplido. Nada más. Continúa con el rostro un tanto volteado hacia su amigo, los ojos entornados para leer su expresión al contraluz de una mañana que no logra vencer al frío.

Precioso. Ahora daos cuenta de que Nyapoleón no me deja en paz.

—Estamos bien, ¿no, Beck?

—Claro. —Se coloca de lado y Eva hunde más las cejas hasta ser una—.

No creo que las cosas no te importen.

—Fuimos bastante imbéciles, pero, como siempre, yo gané.

En serio, Nyapoleón me ve. O lo que sea que puedan hacer los gatos negros de la brujería más sonada.

Nyapoleón está sentado en el alféizar, serpenteando la cola en un movimiento casi calculado, orientando sus orejas picudas hacia el espacio entre el escritorio y una estantería, llena de discos mezclados con casetes.

Hay mucho más en ese dormitorio, Ikea parece haberlo vomitado directamente. Por eso, si se fijaran, se darían cuenta de que el animal lleva bastantes minutos concentrado en un único punto, en principio, vacío.

Suenan unos golpes en la puerta y ambos se yerguen. Nyapoleón deja de ser una pantera para transformarse en una bola de pelo con las pupilas dilatadas, a la espera de que le den un premio solo por existir. Evaristo se asoma por el resquicio a los pocos segundos y entonces se produce una paradoja, como si alguien hubiera viajado al pasado e interactuado consigo mismo, pues padre e hijo se asemejan hasta en la esclerótica. Pero ahí terminan las similitudes. El progenitor con mocasines y sus jerséis de cachemir atados sobre los hombros. El heredero con el armario a rebosar de ropa negra, algún granate, algún gris oscuro, y las Dr. Martens o las

zapatillas pintarrajeadas de siempre. El primero impoluto, el segundo recién salido de una pelea callejera.

—Necesito a mi hijo un momento. En nada te lo devuelvo, Rebeca —

bromea. Incluso su empeño por ser gracioso sucumbe a la extrema cortesía, despertando en la chica un leve gesto que intenta duplicar las dosis exactas de diversión y elegancia.

Por desgracia, estos dos son más Sustancia X que azúcar, especias y muchas cosas bonitas.

Así que a Beck se le congela un rictus y no puede deshacerse de él, aunque Evaristo le caiga bien. Simplemente, el hombre se ha acostumbrado a tratar a todo el mundo con esa distancia que pretende ser cercana después de años agasajando a los clientes del Club Náutico.

La música se detiene y Eva se detiene también a pesar de que se incorpora, como si fuera un autómata que por fuera obedece y por dentro se queda petrificado ante sus ganas de chillar que no, que no quiere moverse al son de nadie. Sin embargo, sale con la espalda un poco encorvada. No abatido, todo lo contrario, en guardia.

El resbalón de la cerradura emite un chasquido al no cerrarse del todo y, cuando Beck está a punto de levantarse para terminar de empujar la puerta, le llegan sus voces y cambia de idea. Nerviosa, acaricia el lomo de Nyapoleón, que ha ocupado el lugar de su amigo.

—Mañana vendrás al club, Eva. Cumples y ya está. Será un visto y no visto.

—Están enteradísimos de que llevas cinco años divorciado y que tu hijo ha resultado ser la oveja negra, no hace falta que me pasees más.

—A la gente le gusta ver que somos una familia unida.

—Pero ¿a quiénes vas a atender, a la Santa Madre Iglesia o qué? —Una pausa. Beck imagina que sigue sonando la música en su auricular—.

¿Vendrá mamá?

Un latido de más bombea unos cuantos nombres aquí y allá. Beck agacha la cabeza hasta que le duele el cuello y el gato le devuelve una mirada que, por primera vez en toda su vida, no juzga, sino que la cobija en esos abismos negros que han eclipsado sus iris verdes.

—Menuda familia unida, papá.

—La gente…

—La gente con pasta, ajá. —Un suspiro. Tal vez ahora Eva sí esté un poco encorvado por el cansancio—. Vivimos en un pueblo. Las apariencias son una gilipollez si ya lo saben todo.

—Esa boca —advierte Evaristo antes de añadir—: Y te equivocas. Justo porque lo saben todo debemos…

—Aparentar. Muy bien. Vale. Iré.

—Gracias.

Cuando Eva regresa al dormitorio, el rostro hundido por un enfado que prepara una nueva arremetida, Beck baja de la cama y se cruza de brazos.

Él inspira, espira, inspira, más lento, espira, hasta que se agota. Entonces se miran otra vez y Baltimore’s Fireflies no debe sonar por segunda vez, ya tienen respuesta al precio que se paga por ocultar las cosas, a los problemas que no se han ido con la luz del sol.

—¿Quieres que mañana te acompañe?

—¿Y que me toque explicarle a ese atajo de capullos que no te he pedido salir al fin porque soy arromántico? «No siento atracción romántica ni pretendo tener pareja, señores. Muchas gracias por asistir a mi TED Talk».

Antes me saco los ojos y se los sirvo en bandeja. —Saca un cigarro, en él ha escrito: «Mátame, camión», pero se lo coloca sobre la oreja—. Qué manía con emparejarnos sin tener ni puta idea.

Coge el bolígrafo sobre el que se contrae el nombre de Andre y raya su escritorio. De no ser porque siempre lo reviste con vinilos que luego guarda plagados de firmas, letras de canciones y dibujos como dignas obras de arte, Beck lo regañaría.

—Venga —suspira el chico—, ve a casa de Nina antes de que se arrepienta.

—Puedo quedarme…

—No necesito un canguro emocional. Por mucho que a mi padre le pese que no sea el lobo de Wall Street, estudio Psicología, sé cómo funciona la movida.

Como si eso bastara…

—Además —Eva abre y cierra el Zippo, abre y cierra el Zippo—, quiero helado y la heladería está en dirección contraria.

—Hoy hace un frío de muerte.

—Ideal.

Camisetas sin mangas y helados en invierno. Botas altas y sopas ardiendo en verano. Una constante en Eva: hacerlo todo difícil y al revés. Quizá porque en su casa no lo pasa mal y puede permitirse el caos, o porque en su casa lo pasa tan mal que no sabe hacerlo de otra manera si no es absurdamente complicado. Igual con sus problemas, bien adentro cuanto más fuera necesitan estar.

Y es que Eva viene de evasión.

A Beck le resulta imposible acertar cuándo está mejor o peor si no se comunica. Si el problema es que oculta lo mucho que quiere a su padre y la creencia de que su padre a él no por falta de entendimiento.

¿Veis? No basta.

—A lo mejor tienes razón, Rebeca, y todo me importa una mierda.

Me dejan con Nyapoleón al salir y no puedo gritarle a Eva lo mal mentiroso que es.

Cuando Nina abre la puerta, los gritos de Shui y Mei, un revoltijo ininteligible de mandarín y castellano, reciben a Beck, quien aprieta los labios en una sonrisa torcida porque, pese a que el mensaje que Nina le envió tres días después de patinar sobre hielo no inducía al error («Ven a mi casa el sábado por la mañana»), lo último que quiere es molestar.

—Déjame adivinar: no están tus padres.

—¿Qué te hace pensarlo? —responde Nina con ironía, harta de vigilar a sus hermanas pequeñas.

—¿Los dos siguen trabajando en la empresa de tu abuelo?

—Sí. Intenta ahorrarte el túnel del terror. Directas a mi cuarto.

Mientras Beck se quita las zapatillas en la entrada, la nostalgia ralentiza sus movimientos, alegre de reconocer el aroma de esa casa que no pisa desde hace tiempo, o el cuadro de flores que la abuela paterna de Nina bordó junto a una frase en mandarín de la que no recuerda su traducción.

Tampoco se ahorra el túnel del terror: en el salón, Shui y Mei pelean por apagar y encender el televisor, sus deberes esparcidos sobre la mesa.

—¡Hola, Beck! —la saludan al unísono.

—¿Diego aún está en el torneo? No me contesta a los mensajes —indaga Shui.

—¿Es que habíais quedado? —Beck alza las cejas, una expresión traviesa

—. ¿A solas?

—¡¿Qué?! —La mediana de las Wu se sonroja hasta la raíz—. ¡No!

—Haced los deberes de una vez —les gruñe su hermana mayor. Una veloz reaparición que le arranca unas carcajadas a Beck mientras la arrastra

pasillo arriba, entre la decoración que aúna la cultura española de su madre y la china de su padre.

Los recuerdos burbujean un poco más, como aquel día en que Beck se enteró de que Nina también era mestiza y las preguntas, que hasta ese instante ni siquiera se había atrevido a formular en casa, estallaron emocionadas a la par que inquietas. Los orígenes, el sentimiento de pertenencia… La abrumó tanto que Nina cerró la boca con un candado que tardó en reabrir.

Ni siquiera eran amigas. Roy la arrolló como un buldócer.

El dormitorio de Nina es una instantánea que parece sencilla de memorizar por la sobriedad de sus muebles y cierta neutralidad en los colores, pero los detalles abundan. Una pared está repleta de medallas, mientras que varias guirnaldas de fotografías Polaroid surcan el espacio sobre el cabecero metálico de la cama. Un puñado de libros acerca de gestión empresarial y sistemas de producción están perfectamente colocados en un estante, porque Nina estudia ADE en la UNED. Y, encima de la alta cómoda, hay algún trofeo y dos cámaras, una más vieja que la otra.

Cuando Beck se acerca para verlas mejor, intentando no tropezarse con los patines amarillos de cuatro ruedas que aparentan más una antigüedad que una vieja afición, sonríe al descubrir otras fotografías sujetas con pinzas a los trofeos o apoyadas en las cámaras: en la más actual, Nina y Zan posan con sus abuelos paternos. No parecen ni felices ni tristes, esa ambigüedad por la que nunca se pregunta descaradamente.

—Es del viaje que hicimos a China hace dos meses. Para el funeral de mi tía.

—Lo siento mucho —responde Beck volviéndose hacia la chica, todavía de pie y con los brazos cruzados—. Y siento no haberos enviado más

mensajes mientras estabais allí, es que no sabía si…

—No hubieras molestado —la interrumpe Nina con una ligera sonrisa.

En ella, es mucho—. Tampoco tenía demasiado sentido que nos hablaras más porque mi tía —respira hondo, aún cuesta— falleciera. Ya habíamos perdido el contacto.

—Jamás debimos perderlo.

¿Qué están viendo mis ojos? Espera, ¿tengo ojos? En fin, están avanzando a zancadas y casi me entran ganas de llorar de felicidad.

Experimento fantasmagórico: si lloro, tengo ojos.

Ambas se miran de manera fugaz, no sea que un comando de la Generación Z irrumpa por la puerta y las multe por tomarse su tiempo. Otra sonrisa, por fin compartida, y Nina gesticula hacia la cama para que su amiga tome asiento. Beck apoya el trasero en una esquinita, descubriendo nuevos ángulos desde los que contemplar el armario a medio cerrar, o la ropa deportiva colgada, o el escritorio ordenado, o una mochila de senderismo camuflada en un rincón.

La visión le arde al instante. El nombre de Andre refulge con tanta viveza sobre la mochila que, si pudieran ver a través de sus ojos malditos, nadie diría que está muerto. Gira la cabeza hacia las fotografías colgadas en la pared y las lágrimas acuden cuando se reconoce en algunas. También al resto de sus amigos, a las compañeras de gimnasia rítmica de Nina, el skatepark y girasoles y atardeceres y una hoguera que puede pertenecer a un campamento o a un San Juan.

A aquel San Juan de su graduación.

Ninguna de Andre. Sí de su skate o de sus zapatillas entre otras. No de esas sonrisas partidas que alardeaban saber mucho de la vida, ni de sus párpados entornados porque el sol siempre embestía contra la claridad de sus iris.

—¿Beck?

—Es la alergia.

—Estamos en invierno. Y, que yo recuerde, nunca has sido alérgica a nada. —Nina se ha detenido frente a ella. Sobre la mochila de senderismo, que ahora sujeta, el nombre de Andre está inscrito en el aire con tanta violencia que parecen los cuchillazos de un asesino en serie—. ¿Estás bien?

—Sí. Es que —media verdad no es mentira en ese caso— me he emocionado. —Un vistazo al muro de la fama, y no por ser los mejores amigos.

—Ah…

Aunque establecieron la norma de no hablar sobre Andre, como si el silencio pudiera engañar a la realidad, Nina va a romperla. No porque Beck le pregunte sobre la ausencia de fotografías de su mejor amigo, sino porque al fin compartirá lo que los padres del chico le dieron para que el grupo entero tuviera un recuerdo de él. Uno que ella ocultó.

—Esta mochila es de…

—Andre.

—¿Cómo lo sabes?

Ahora Beck decide mentir del todo. No es el momento de confesar que ve nombres en todas partes, pese a que tampoco es muy convincente:

—Era sagitario. —Era, era, era—. Y los sagitarios son muy aventureros.

Vamos, todos sabíamos que Andre quería ver mundo.

—Ya. —Nina aprieta los labios cuando desengancha las hebillas, aparta el bolsillo superior y destensa el cierre—. Rocío y Fernando me trajeron esta mochila cuando… me recuperé del accidente. Está llena de cosas de Andre. Querían que todos nos quedásemos algo para recordarlo.

—¿Qué? —Por mucho que quiera reaccionar enfadada, Beck solo consigue vocalizar—: Ha pasado más de año y medio…

Sí suena un poco a reproche, a incredulidad absoluta, pues Andre pudo ser el mejor amigo de Nina, pero el resto también merecía conocer la existencia de esa especie de herencia. Aun así, Beck solo se acerca la mochila hasta que choca con sus rodillas. Unas lágrimas impactan contra los primeros objetos: una camisa de flores y unas gafas redondas con los cristales morados.

Tenía un gusto exquisito, no me lo negaréis.

—Lo siento mucho, Beck. Como tú, me sobrepasó. Entonces nos distanciamos y… no sé. Pero no he mirado dentro. No lo haría sin vosotros.

Te lo juro.

Quizá es la segunda vez que Beck ve llorar a Nina. Durante la primera, había perdido un campeonato nacional de gimnasia rítmica que, además, le costó una lesión en la pierna derecha que padeció hasta que se la amputaron.

La mochila queda olvidada a un lado cuando una se incorpora para abrazar a la otra y apretujan sus cuerpos heridos. Pese al consuelo, no recuerdan aquellos momentos en los que Andre vivía con ímpetu, como si la muerte siempre hubiera estado lejos y fuera imposible alcanzarla con diecinueve años, demasiado joven. Andre permanece en sus memorias con la forma de ese dolor posterior al accidente de coche, no con la de un amigo cuya corta vida sigue valiendo el peso de un siglo.

Vivir poco puede ser una mierda, pero más que solo te recuerden muerto.

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