Nunca será como siempre
16.04
Despertar en una cama diferente es raro, porque ni siquiera entiendes dónde estás durante los primeros segundos. Por suerte, cinco dedos entrelazados con los suyos conducen a Mara hasta un cuerpo que reconoce enseguida.
Florence duerme a su lado, el colchón viscoelástico creando un molde perfecto de su figura bajo la colcha. La tranquilidad se despereza plácidamente con el sol, muy diferente al enfado y la pena que tensaron la
noche anterior. Y es que la situación con Jim, aquel que Florence creía un amigo que la ayudaría a producir su disco, ya ha cruzado más de una línea.
A Mara se le atascaron las preguntas y los consejos al leer los mensajes y escuchar los audios de Jim. Se le estremeció la piel de una manera desagradable al pensar que todo lo que le ha recriminado y hecho sentir a Florence por móvil también ha sucedido en persona. Como cuando acudió a esa misma casa aquella medianoche, con el viento aullando a través de las ventanas abiertas y su amiga hecha pedazos. Cansada y avergonzada como jamás debería estarlo.
«Déjale claro que no necesitas su ayuda, que los amigos no se tratan así», le dijo Mara. Pero conoce perfectamente lo mucho que puede apretar la dependencia en algunas relaciones, lo que duele darse cuenta de que te ha engañado una fachada en la que confiabas.
Las palabras siempre son complejas. Ambas lo saben pues han jugado durante mucho tiempo a que tienen un significado diferente al aprendido.
Pueden estar afiladas, ser certeras, herir físicamente. Culpabilidad, inferioridad, egoísmo. Jim no ha parado hasta que Florence ha creído que no podría hacer música sin su ayuda, sin sus contactos, sin intervenir en cada letra y nota.
—Buenos días —susurra Florence acurrucándose de perfil hasta casi encajar el rostro en el cuello de la chica. Huele al jazmín de su perfume.
Mara se quedó a dormir porque no quería dejarla sola, pero ahora no se levanta porque quiere besarla.
—¿Has descansado?
—Sí, por fin. Gracias a ti. —Florence desenreda los dedos para posarlos en la cadera de Mara, que aprieta los dientes para que no vea cómo traga saliva, inquieta, sedienta. De ella—. Respira.
—¿Cómo?
No hay respuesta, tampoco es la razón por la que se miran. Rota la regla de los cinco segundos, ahora deben averiguar cómo son cuando se tocan más allá de una leve caricia, de un abrazo, de unas manos cogidas.
Florence se estira, como si se pusiera de puntillas pese a estar acostadas, pues alcanzar a Mara nunca ha sido sencillo. Sus labios se rozan un instante y Mara jadea, las ansias y los nervios. No mejora cuando Florence sonríe de lado, los ojos negros clavados en sus pupilas para entenderse en un mismo color, en silencio.
De pronto, como siempre entre ellas, la electricidad crepita y Mara debe contener otro jadeo al sentir las yemas de la chica colándose bajo su camiseta, arrastrándose por sus curvas hasta hundir las manos para aferrarla, estirar y ponerla a su altura. Aun así, no en igualdad de condiciones. Mara siente que Florence podrá derruir años de dudas y distancia con un solo beso. Le suplicará que se detenga, porque no se lo creerá. Le suplicará que siga, porque está agotada de imaginársela así: en la misma cama, vestida con un camisón de tirantes, su boca pidiendo la suya con idéntica urgencia.
Pero el beso no llega, todavía queda piel que recorrer. Florence desliza la mano por la espalda de Mara, vira hacia el vientre y mete la punta de los dedos bajo la banda del sujetador. Entonces frunce el ceño al decir:
—¿Has dormido con esto puesto? Menuda tortura.
—Anoche se me olvidó —protesta Mara más bajito, aunque se le cuela un leve gemido por culpa de Florence y sus dedos ardiendo—. O quizá te estoy poniendo a prueba.
—Soy experta en quitarlos.
Mara no comprende cómo sobrevive a que Florence le responda eso mirándola a los ojos. A su sonrisa partida avisándola de que no parará. A que rompa el contacto para besarle el hombro desnudo por la camiseta
desbocada, mientras pellizca los ganchos y los corchetes. Enseguida se sueltan y los tirantes le resbalan por los brazos. Y Florence, cumpliendo su palabra, no para: tira del cuello de la camiseta y del centro del sujetador para apartarlos sin quitarlos del todo. Recorre uno de sus pechos, primero con la lengua, luego con la mano, antes de ascender y morder la barbilla alzada de Mara, que esta vez jadea mucho más alto.
En cambio, Mara decide empezar por debajo, surcando los muslos de Florence con las palmas bien abiertas, llevándose consigo la tela de ese condenado camisón hasta que encuentra sus bragas. Engancha un pulgar en la goma, dispuesta a todo, cuando sus bocas se abren para besarse al fin.
Entonces la alarma de un móvil las sobresalta y Mara cae de bruces contra el suelo.
Estaba complicado caerse de una cama de 200x200, pero ella demuestra que todo es posible y que el sentido del ridículo es para cobardes, porque ahí está: despatarrada sobre una alfombra de trescientos euros, el pijama a medio quitar, el pelo deshecho, la respiración alterada y Baby Shark a todo trapo.
—Despertarse con esa canción también es tortura —dice Florence clavando el codo en el colchón para poder apoyar la cabeza en un puño.
—Tuvo que cambiármela Mei cuando comimos en casa de Nina. Está obsesionada. —Mara coge su móvil y apaga la alarma. Luego se pone las gafas e intenta fingir que ver bien ese camisón que ella misma ha arrugado ya no la excita.
—¿No es un poco mayor? ¿Qué tiene? ¿Doce?
—Entre que se ha viralizado y que Mei apunta a maestra del mal, no sabría decirte —ríe Mara levantándose—. Oye, tengo turno y no puedo saltármelo. ¿Estarás bien?
—¿Vendrás después?
—¿Quieres?
—Prefiero otras cosas ahora mismo, pero sí. —Florence se recuesta y sus dedos juguetean con el lado que ha dejado vacío. Las sábanas aún deben estar calientes.
Mara niega con una sonrisa que no se aclara en expresar todo lo que siente, mientras coge su mochila y entra en el baño. No se observa enseguida en el espejo. Se lava los dientes y la cara con agua fría, aunque de su piel no desaparece el rastro de Florence, los puntos exactos que todavía exigen más.
Podría olvidarse de toda responsabilidad, regresar a la habitación, tumbarse sobre Florence y demostrarle del todo que eso es lo que quiere.
Que ha querido mucho de ella desde que tiene doce años y la vio por primera vez en aquella parada de autobús, vistiendo el uniforme perfectamente, pero con el gesto aborrecido de quien desea huir.
Una necesidad que solo se refuerza cuando Mara se quita la camiseta del pijama y se abrocha de nuevo el sujetador. O tal vez sea Florence la que olvide toda responsabilidad, irrumpa en el baño, la arrincone en la ducha y…Vuelve a lavarse la cara con agua fría.
Con el conjunto negro de la tasca puesto, el rostro al fin pálido y la melena rubia peinada, Mara sale y se encuentra a Florence sentada en la cama, contemplando el horizonte azul que los amplios ventanales dejan ver.
—Le diré que se vaya. En cuanto llegue, le diré que se vaya —repite Florence sin girar la cabeza.
En ese momento, Mara piensa que es mejor que no haya sucedido nada entre ambas. Siempre ha querido a su amiga, pero bien, con su historia siendo un círculo cerrado y no la pescadilla que se muerde la cola, al final devorándose a sí misma por pura desesperación.
—Si necesitas cualquier cosa, llámame, ¿vale?
—Solo quiero que se acabe y descansar.
De pronto, miradas y sonrisas escuetas, casi cohibidas. Mara se sube un poco en la cama para besar la frente de Florence, quien le roza el antebrazo.
Un toque tibio que se distingue del resto pues ahora no pide una cercanía que encienda, sino que simplemente proteja.
—Voy sola a la puerta.
—No me hagas esperar mucho.
Mara retrocede de espaldas, Florence será lo último que vea al girar la esquina. Cinco segundos mirándose, reinterpretados en un idioma que perfeccionarán a besos la próxima vez. Baja las escaleras, recorre el salón y sale por la puerta principal.
09:50h. Entra en diez minutos. Suerte que el dúplex está a unos metros de Mar en Tasca. Cuando ya ha descendido el primer tramo de escaleras, el ascensor se abre en el último piso y Mara se detiene en el descansillo, un tanto escondida.
Enseguida reconoce al joven que se planta frente a la casa de Florence con un juego de llaves en la mano. No parece contento, ni siquiera serio. Es un rostro impertérrito, un cuerpo carente de corazón, una boca augurando palabras vacías que pesan como miles.
Jim entra en el piso y Mara se coge de la barandilla. Saltarse su turno por enrollarse con la chica que le ha gustado toda la vida le resultaba una razón atrayente, pero saltarse su turno para ayudar a una amiga le parece una razón necesaria.
Mara, sube. No te lo pienses más.
Y siente como si unas manos se hundieran en su espalda y la empujaran hacia arriba. Llama al timbre con insistencia y espera. Espera. Espera.
Llama de nuevo, los brazos cruzados para sofocar sus latidos.
Se escuchan unas voces.
Unos pasos.
La cerradura.
Cara a cara, él y ella. A Mara le parece que Jim es un ser humano cualquiera, con los ojos claros, los lados de la cabeza rapados y los labios gruesos. Pero no hay que fiarse de las apariencias, por eso las personas se distinguen por dentro, por lo que dicen y hacen.
—¿Qué coño quieres? ¿Quién eres? —le espeta Jim en inglés.
Mara preferiría no entenderlo, tampoco lo necesita para apoyar a Florence. Y, aunque por desgracia lo hace a la perfección, entra sin responder, zancada tras zancada. Su amiga está en medio del salón, ocultando su camisón tras una enorme chaqueta de lana.
—¿Mara?
Se detiene junto a ella. Es su lucha, pero no la enfrentará sola. Pase lo que pase ahora y después, Mara no se moverá hasta que ese tipo se marche de allí.
—Estábamos teniendo una conversación privada —gruñe Jim, sus rasgos impasibles deformándose por fin en una mueca irritada.
—Mara se queda —responde Florence—. El que se va eres tú.
—¿Qué?
—Estoy harta de ti. Me has tratado fatal desde que llegamos a España y te recuerdo que el proyecto del disco es mío. No tuyo.
—Hasta ahora no te habían molestado mis consejos. No seas exagerada.
—Jim da un paso al frente y ambas no pueden evitar retroceder uno.
—Exagero, me pongo histérica, lloro demasiado, te agobio, soy estúpida si no te hago caso, soy ingenua si me encargo de mi propio trabajo… Todo eso me has dicho y más. —Florence lo señala, adelanta un paso y esta vez es él quien retrocede dos—. Eres un amigo nefasto y me duele haberme dado cuenta tan tarde. Por mí, claro, tú puedes irte a la mierda.
—¡No sabes qué cojones estás diciendo! —chilla Jim, y Mara coge la mano de la chica en un acto reflejo que pronto se vuelve protector.
—¡Por supuesto! Soy demasiado joven y ambiciosa, ¿no? ¡Vete o llamo a mis padres!
—Menuda rabieta —rechista él mirando hacia el techo.
—No es lo que buscas, te lo aseguro —le espeta Florence, más contundente, apretando los dedos de Mara con la fuerza que destila su tono
—. Lárgate pensando lo que te dé la gana. O mejor, corre a salvar tu carrera, porque mi padre te la hundirá en cuanto se entere de esto.
Jim mide la amenaza sin moverse y, al final, suspira antes de murmurar:
—¿Si me voy te callarás de una puta vez?
—Claro que no.
Aferradas todavía, Florence y Mara se juntan mucho más mientras observan cómo el joven se dirige a la habitación de invitados con los puños rígidos. Escuchan una cremallera abrirse, el tintineo de unas perchas, el rumor de la ropa, los insultos tras unos dientes apretados.
—Volverás arrastrándote —gruñe sin mirarlas al salir del dormitorio.
Miserable y cobarde—. Puta loca.
Florence se abalanza hacia delante con la intención de replicar, pero ahora Mara sí se interpone para detenerla. Merece más que una contestación, que el karma exista y la justicia funcione. Sin embargo, es mejor no darle motivos para retenerlo, para que la situación empeore.
Con un ademán brusco, Jim tira las llaves dentro de un cuenco sobre el aparador y cierra de un portazo. Solo entonces Florence se deshincha, las piernas tan temblorosas que se dobla hasta arrodillarse en el suelo. Mara acompaña su movimiento y la recoge entre sus brazos.
Juntas son capaces de cambiar el final.
El mundo.
Todo.
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