Nunca será como siempre
20.10
Durante mucho tiempo, Mara odió los espejos. No por superstición, sino por verse reflejada. Sus padres le habían repetido tanto lo desagradable que era por fuera que, al menos, intentaba consolarse con que no existían espejos que reflejasen el interior de las personas. Porque entonces en su casa se habrían roto todos.
Hacía mucho tiempo que no se sentía insegura frente a uno, pero tal vez es porque hace mucho más que no se pone un maillot. Por encima de la tela elástica, se pasa los dedos por el pecho voluptuoso y los pliegues del vientre, hasta detenerse en la cinturilla del tutú que ha terminado de coser.
Se siente orgullosa de esa pieza que ha confeccionado a partir de sus tutús antiguos, esos que sus padres metieron a presión en varias cajas y tiraron a la basura. Pese a los diferentes colores y adornos, las capas de tul combinan y Mara sonríe porque así es ella: una mezcla de diferentes instantes y emociones que empiezan a convivir en armonía.
Sus viejas puntas, colgadas sobre el busto de costura que le regaló su abuelo, ya no le vienen. Su psicóloga le dijo que le sentaría bien practicar algún deporte, y pensar en el ballet, aunque quizá ya no sea capaz de hacer ni un plié, le agita las ganas de retomarlo.
Lucha por que sus padres no regresen en ese momento a su mente para cortarle las alas. Ya tienen una colección de ellas. De aficiones, sueños, futuros. Y Mara se resiste a que le arrebaten algo más. No le está siendo sencillo cicatrizar sus voces, todo lo que le hicieron dar por sentado sobre ella misma. Pero avanza, y el reflejo adquiere una forma más amable.
Se ve bien.
Aun así, empieza a bajarse las medias que se ha puesto sobre el maillot solo para probar. Entonces Florence entra sin llamar.
—Está en su habitación, ¿no? —escuchan a Lupe desde el piso inferior.
—¡Sí! —responde Florence con un brillo en los ojos al darle un descarado repaso de arriba abajo. Relucen más al cerrar la puerta.
—Ni se te ocurra —susurra Mara, viendo tan claras las intenciones de su novia que se le retuercen algunos músculos. No da más de un paso porque se enreda con las medias enganchadas a sus tobillos.
—No va a subir.
—Florence. —Cojea y mueve los pies para quitárselas con varias sacudidas.
—¿Ese es el tutú que has hecho a partir de los otros? —pregunta la chica, de pronto quieta al reparar en él—. ¡Es una pasada!
Por un instante, a Mara le arden las terminaciones nerviosas porque, en realidad, esperaba que Florence no le hiciera el menor caso y se lanzara contra su boca. Suspira para deshacer sus fantasías, atusándose la falda para que la rugosidad del tul barra el hormigueo en sus manos.
—Estoy pensando en retomar el ballet, pero…
—¡Hazlo! Nunca debiste dejarlo. Aprovecha que vuelve a apetecerte.
—¿Sí?
—Desde luego que sí.
Florence se cruza de brazos con una sonrisa orgullosa y Mara está a punto de descruzárselos, pues sigue sintiéndola demasiado lejos.
—No te esperaba —opta por decir—. ¿Qué pasa?
— Hambre está listo.
—¿En serio? —Mara se emociona—. ¿Me has traído una copia?
—¿Trato preferencial? —Florence se lleva las manos a la espalda y se pasea remolonamente sin apartar la mirada de ella—. Lo verás a la vez que el resto el día de la presentación. Será en un garito de Valencia, muy íntimo.
Quiero que todo siga en la línea que planteamos.
—¿Cuándo?
—31 de octubre.
—¿En Halloween no estará todo muy petado?
—La intención es limitar el aforo. Así también podemos celebrar el cumple de Eva y Zan.
—Bien pensado. Entonces —Mara se acerca—, ¿ni siquiera un pequeño adelanto?
A Florence le vuelven a brillar los ojos cuando su novia se detiene a medio metro, pero, impaciente, no aguanta, la coge por la cadera para retenerla contra el armario y le quita el tutú tan poco a poco que ya se escucha la súplica en la respiración desacompasada de Mara.
—¿Ahora sí que quieres? —Florence planea sobre su boca con una media sonrisa antes de besarle la barbilla y el cuello.
—Mientras no hagamos ruido…
Mara se tiene que aplicar su propia restricción, mordiéndose los labios para callar, cuando la acaricia entera sobre el maillot de una manera muy diferente a como ella lo ha hecho frente al espejo. Ningún reflejo podría convencerla de que su cuerpo está mal pegado al de Florence, menos aún cuando le baja los tirantes del maillot y le besa los hombros, el aliento inquieto y las manos deslizándose desde sus muslos desnudos hacia dentro.
Y, cuando su cuerpo amenaza con no sostenerla más si Florence termina el recorrido, esta se aleja, retrocede hasta sentarse en la cama y, taimada, cruza una pierna sobre otra. Mara protesta con una especie de gemido, imaginando cientos de formas de desenredárselas, aunque sus manos le imploran separarle las rodillas de una y dejarse de juegos.
—Ven —dice Florence.
Mara no sabe si ha sido una petición o una orden, pero le aviva el apetito igualmente. Va, se sienta a horcajadas sobre su regazo y le permite ser quien la desnude del todo, midiendo cómo y cuándo volverá a devorar cada centímetro de su piel.
Irá todas las veces que quiera, porque ya nada la detendrá jamás.
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