Nunca será como siempre

Arantxa Comes · Capítulo 41 de 51

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Nunca será como siempre

31.07

Aunque la noche anterior Beck soñó con el 24 de junio de hace dos años, no lo hizo como Mara. En algún momento, Aconte se transformaba en un lugar extraño y hacía frío y no reconocía ningún rostro. El comienzo sí se parecía mucho a lo que sucedió: despertar con resaca, su madre llorando e intentando decirle que Andre y Nina habían tenido un accidente de coche y que Mara había desaparecido, ir al hospital leyendo la carta idéntica que su mejor amiga dejó en los buzones explicando su marcha…

Recuerda el primer estallido de los nombres cuando le comunicaron que Andre había fallecido. Se recuerda febril, escuchando el buzón de voz de Mara con ira, soportando el sufrimiento que germina de las emociones desconocidas.

Desde entonces, Beck ha ido arrastrando el duelo, la duda, el arrepentimiento. Gestionar la ansiedad, aceptar que Mara tuvo que escapar así y que no se comunicara después, recuperar a sus amigos, comprender que Andre se ha quedado enganchado entre la vida y la muerte, superarlo.

Pensaba que todo eso era sólido, que cabía dentro de sus manos y por eso estaba segura.

Sin embargo, un solo secreto más la ha dislocado y todavía no ha conseguido que sus sentimientos vuelvan al sitio. Han pasado más de dos semanas desde que discutió con Eva y Zan, desde que envió un mensaje al grupo antes de desinstalarse el WhatsApp para que supieran que, de momento, no quería hablar con nadie.

El tiempo lejos de ellos está reconstruyendo los pedazos, pero Beck todavía no puede quitarse de la cabeza que todos callaran algo tan importante, que solo ella creyera que ya habían superado el pasado y podían mirar al futuro sin ninguna lacra.

Aún le avergüenza que lo primero que pensó, en cuanto Eva se lo contó, fue que nada les habría ocurrido a Andre y Nina de no ser por la huida de Mara. Beck podría haber estado en ese coche si no se hubieran distanciado.

No, seguro que habría estado. La habría acompañado al aeropuerto y ahora mismo se encontraría en la posición de Nina, de Andre u otra diferente.

—¿Están ricas? —le pregunta Felisa tomando asiento en el sillón, junto a ella.

—Mucho. —Beck le da otro pequeño mordisco a la galleta de avena casera.

—Es la quinta vez que vienes en semana y media. ¿Seguro que estás mejor? —Cruza los dedos nudosos sobre su regazo—. Me preocupa que una joven tan vivaz como tú malgaste su tiempo visitando a una anciana.

—Me encanta visitarla, y no solo porque Andre lo hiciera. Me gusta estar aquí, con usted…

Sabía que la primera en volver sería Roy.

—¿Y no te gustaría más quedar con tus amigos?

—Sí, bueno… Sí. —Otro pinchazo de culpabilidad.

—Sé que no es cabezonería, Rebeca. Te sientes dolida y traicionada y está bien darte el espacio que necesites para recobrarte.

Los silencios en casa de Felisa Herrero calman como si sus muros, al vivir la guerra, comprendieran qué vale la pena atesorar. El sol sobre los azulejos, las flores en los alféizares, las fotografías de tiempos mejores y peores, incluso las humedades y algunas motas de polvo sobre los muebles antiguos.

—¿Echa de menos a Federico?

—Ya no tengo más familia que yo misma, así que echo de menos a mucha gente. Pero si lo dices porque el abuelo de Andre era muy amigo mío y estás pensando en los tuyos, entonces me repito: sí, muchísimo.

—A veces pienso que si pudiera olvidarme de algunas cosas sería más fácil. —Beck encoge un hombro—. Sandra, mi psicóloga, siempre me repite que «fácil» no es sinónimo de «mejor», pero… ¿cómo de importante es la memoria?

—Es lo más importante. Gracias a ella, revisitamos, repetimos y evitamos repetir. Aprendemos, recordamos a otros y nos recordamos a nosotras mismas. Por la memoria vive lo que está muerto y puede morir lo que es mejor no revivir. Rebeca, la memoria es el verdadero poder de muchos seres vivos, entre ellos, los humanos.

—Aunque a veces somos unos irresponsables con ese poder.

—Sí.

—Y… —se estruja las manos— cuando se sienta con fuerzas, ¿me hablará de aquella época?

La mirada de Felisa vuelve a la chimenea y Beck no acierta el porqué, si en sus cenizas puede percibir las que tiñeron Aconte mientras resonaban los pasos, las balas, los ruegos. Espera a que le responda, pues allí también se atesoran los segundos lentos, sin prisas. La existencia al son del propio corazón y no de las manecillas que otros colocan.

—Mi padre fue el último alcalde republicano de Aconte. Durante la dictadura, lo persiguieron, pero se escondió para que no lo encontraran.

—¿Dónde se escondió?

—Aquí. Ahí.

Con un vistazo, Beck repasa el salón de techos altos, la mesa camilla y, al final, el lugar que Felisa siempre contempla al recordar. La chimenea.

—¿En la chimenea?

—Detrás. Hay un fondo falso que da a un hueco entre las paredes.

—¿Su padre sobrevivió así…?

—Durante dieciséis años. La vecina lo ayudó a subsistir. Yo tenía ocho por aquel entonces y me llevaron a un colegio de monjas porque era huérfana de madre. Nunca volví a verlo. Lo descubrieron y lo fusilaron en estas calles.

Beck no se da cuenta enseguida de que está llorando. ¿Cómo es posible que esas calles de las que habla Felisa sean las mismas que ella ha recorrido jugando al escondite, charlando, cogiendo la mano de un ser querido? ¿Que fueran testigos de las represalias, el horror, la muerte?

—¿Solo Andre conocía su historia? —pregunta sin apenas voz.

—Sí. Pocos quieren rememorar lo que ocurrió. No es sencillo.

Por eso la llaman bruixa. Por quién fue su padre, por la etiqueta que le impuso la guerra, por juzgar en qué tipo de persona se convirtió después.

Solitaria, reservada y triste. Aunque solo hace falta conocerla para atisbar su amabilidad y compasión.

¿Ahora entendéis por qué no podía dejar de visitarla?

—¿Y por este recuerdo vive lo que está muerto o muere lo que es mejor no revivir?

Contra todo pronóstico, Felisa compone una sonrisa escueta que a Beck le recuerda inmediatamente a Zan. Se lo quita de la cabeza para concentrarse en la anciana, que ha decidido exponer una vez más sus cicatrices.

—Reconozco que, aparte de una joven muy enérgica, eres muy astuta.

Me recuerdas bastante a Andre. Se nota por qué erais amigos. Este recuerdo, Rebeca, jamás debería olvidarse. Jamás.

—¿Me lo ha contado por eso?

—También.

Otro enigma que Felisa no esclarece, pero Beck no insiste, agradecida por la confianza que ha depositado en ella. El corazón todavía le retumba con el peso de una historia que debería estudiarse más y mejor. De esa chimenea compuesta por algo más que ladrillos y cenizas.

Se acaba el resto de café con un trago largo. Son las seis de la tarde y tiene que volver a casa para terminar de hacer la maleta. Desde el divorcio, Diego y ella siempre pasan el agosto con su padre en Barcelona y, al día siguiente, su tren sale a primera hora de la mañana.

—Rebeca. —Felisa nunca recorta la distancia que las separa, por muy cerca que estén. Sin embargo, esta vez alarga una mano para posarla sobre las de Beck—. Por la memoria de Andre también vive lo que está muerto.

Él. Esa es la clave.

Hala, menuda pista. Eso es hacer trampas, Felisa.

Felisa sonríe.

—No… creo entenderla.

—Tranquila, tómate tu tiempo. Aunque mi padre te diría que los años ahí fuera corren más que aquí dentro. Que aproveches.

—Gracias.

Beck la abraza y, al percatarse de su impulso, intenta separarse; pero la anciana la retiene un poco más. Después la acompaña hasta la entrada y la chica promete volver a visitarla en cuanto regrese de Barcelona.

Cuando la puerta se cierra tras ella, Beck saca el móvil dispuesta a enviarle un mensaje a sus amigos, pero entonces recuerda que se desinstaló el WhatsApp. Mientras baja por el caminito de piedra, hacia la frontera entre una y la Otra Parte, atravesando los arbustos y las flores salvajes, teclea para volver a descargarse la aplicación. Quiere contarles que ha estado visitando a Felisa, que le ha hablado del pasado y le ha dado una pista sobre Andre.

De repente, choca contra un cuerpo y el móvil se le resbala de la mano.

La otra persona lo atrapa al vuelo y, cuando levanta la cabeza, Beck se topa con los ojos oscuros de Zan. Lleva parte del pelo recogido en un moño alto y el resto suelto, con el flequillo bien apartado a un lado, por lo que puede atisbar su expresión sin problemas. Ni sorpresa ni duda, solo alivio y una pizca de pena.

—Hola.

—Hola.

Como si hubieran retrocedido al inicio del año e hiciera meses que no se ven. También sienten a la vez y exactamente lo mismo, como si sus emociones fueran primerizas, aprendiendo desde cero.

—Por fin —suspira Zan, más cerca de ella, atrevida la sonrisa que esboza porque no quiere equivocarse en ninguno de sus gestos.

—Hola —repite Beck, un hormigueo en la boca porque necesita besarlo.

No lo hace.

—¿Te vas a Barcelona?

—Mañana.

—Sé que aún no quieres hablar con nadie, pero… —Las yemas de él le acarician el interior de la muñeca. La chica agacha la cabeza, la frente casi rozando el pecho de Zan—. ¿Podríamos hacer un intento?

Lo sorprendente es que, para que los sentimientos se vuelvan cálidos, primero la cabeza debe llegar a una conclusión de manera muy fría. Y Beck la ha buscado durante esas semanas con el corazón helado, tan racional que no se ha reconocido. Tal vez no esté lista del todo, pero no quiere que los años corran demasiado entre ellos y que, cuando esté preparada, resulte que lo estaba desde hace mucho y ya no haya vuelta atrás.

—¿Puedes acompañarme a casa?

—Me encantaría.

Zan sonríe más ampliamente, se inclina y le besa la mejilla. Luego, poco a poco, reclinan las cabezas hacia el mismo lado, apoyándolas en el otro, y respiran hondo sobre sus cuellos. Él huele a algo fresco, y Beck se da cuenta de que nunca se ha parado a averiguar si tiene un olor específico. Si, al contrario que ella, Zan ha memorizado el suyo y conoce algo más que el sabor de su piel.

Cuando se separan, se roban el aliento sin que sus labios lleguen a juntarse, a pesar de que el deseo rezuma en ellos como una colmena rabiosa. Zan suspira y Beck lo mira con una disculpa, pues van a tener que esperar de nuevo. Una última vez.

Y atraviesan una Aconte que se resiste a olvidar el pasado, que los mantiene en un presente que siempre es futuro porque el tiempo nunca se detiene.

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