Nunca será como siempre
23.03
Ir a un concierto de M83 con todos.
El primer regalo de Andre apesta a alcohol barato, tabaco y algo similar al vómito. O a pis. No tienen muy claro si un concierto de M83 sería así, al fin y al cabo, tampoco van a escuchar exactamente a M83. A las puertas del Black Note, una sala de Valencia, algunos esperan a que Mars Girls empiecen a tocar.
—Pase lo que pase, tenemos que estar juntos a medianoche para escuchar Midnight City —dice Eva, la cerveza que sostiene en alto con un punto menos de estabilidad porque ha extendido un amenazante índice hacia sus amigos—. O no tendrá puto sentido.
Mars Girls no se parecen ni en una nota a M83, pero tienen una versión de Midnight City y a Florence se le ocurrió que, quizá, esa podía ser su reinterpretación de uno de los regalos que Andre escribió en su lista.
Aunque no vendría mal un poquito de honestidad: no tenían opción de asistir al concierto de uno de los grupos de música preferidos de Andre y les ha tocado improvisar.
Bien traído.
—Voy a saludar a las chicas, ¿vale? —dice Florence, colega de la banda que esa noche pretende quemar la capital con su rock y post-grunge—. A cambio de chivarme su setlist, me han pedido conocer a Mara.
—Las ventajas de liarse con Florence Russo, chavales —bromea Nina.
—Que no nos hemos liado —gruñe Mara con una sonrisa inevitable.
—Aún —canturrea Beck.
—Toda la razón. —Es lo último que dice Florence mientras coge la mano de Mara y la conduce hacia el bar, coreada por los gritos y los silbidos del resto.
Echar de menos a esta gente es una droga.
Cuando las pierden de vista, Nina se acomoda en el bordillo junto a Beck, que está recogiendo el pelo de Eva, sentado entre sus piernas, en una coleta desgreñada. Es algo que hacen a menudo, aunque al final él gane más que ella —cosquillas, masaje, un peinado nuevo—. Frente al chico, Zan también está sentado en el suelo, con las piernas dobladas y el exterior de sus zapatillas tocando el interior de las botas de su amigo.
—Sed.
—A sus órdenes, mi capitana —responde Eva, que levanta un botellín sin mirar hacia dónde lo dirige mientras Beck trata de amorrarlo entre risas—.
¿Ya? ¿Y ahora? ¿Ya? Avisa, ¿eh? No quiero equivocarme de agujero…
—¿Eres tonto o qué? —sigue riendo la chica—. Si te suelto el pelo, se deshará todo y no pienso volver a empezar.
—Vale, vale. Espera.
Eva inclina la cabeza hacia atrás, una sonrisa que no esconde su malicia, y Beck se encorva más hacia él:
—Ni se te ocurra.
Pero sucede: un lengüetazo en plena nariz, eso se gana ella al caer por enésima vez en la misma trampa de siempre.
—Toma nota, Zan. Así se consigue que Rebeca Roy te meta mano.
—Para destriparte —rezonga esta, intentando golpearlo con los codos.
Mientras forcejean, Beck no puede evitar mirar a Zan, directa a los ojos como no se ha atrevido desde que han subido al coche de Nina. Si le echaba vistazos, su nombre estallaba sobre la ropa, pero también el emoticono del payaso y los mensajes que eliminó. Él ya la está contemplando, los dientes cerca del labio inferior, la mirada tan oscura que Beck podría reescribir con tiza en su superficie los motivos por los que actuó así. No han vuelto a hablar desde aquella noche y eso le está retorciendo los temores con saña.
—Anda, trae. —Nina le quita la cerveza a Eva y le da de beber a su amiga.
—¿Ves? No es tan difícil. —Beck le ata la coleta y estira de la goma para que chasquee en su última vuelta.
Un latigazo inútil contra el demonio.
—Me gusta lo difícil —gimotea Eva.
—Uf, no vuelvas a poner esa voz, me ha dado repelús y todo —dice Nina fingiendo un escalofrío—. Pero ya que te gusta tanto complicarte la vida, ven. —Tira de la chaqueta del chico mientras se incorpora—. Ayúdame a esquivar borrachos y pedir agua en la barra.
—Y a ti te gustan los sablazos, tía. A la próxima te regalaré una petaquita para que te la llenes de agua y no pagues cinco euros por una botella.
—Agua bendita es lo que necesito para aguantarte.
Unos cuantos aspavientos más por parte de Eva que llaman la atención de la calle entera y desaparecen. Quedan tres. Quedan dos. Beck hace ademán de incorporarse, pero Zan cae entre sus piernas antes de que despegue el culo del bordillo.
—¿Ha terminado el servicio de peluquería? —Esta vez él no la mira, aunque en su perfil se advertirte una comisura elevada, efímera.
—No.
—Pues estoy en tus manos.
Unas muy sudadas, para tormento de Beck.
—¿Puedo? —tantea, con los dedos muy cerca de las puntas del chico.
Siempre preguntan para que Zan no se encoja y después se sienta culpable, como si pedir permiso para tocar a alguien fuera ilógico.
—Digo yo que será preciso que me toques.
—Y era yo la que estaba salida.
Beck no le da la oportunidad de contestar, hunde los dedos en su melena azabache y se la peina con varios hormigueos trazándole la piel. Un estremecimiento aterriza en su boca y se la muerde como él nunca llega a hacerlo. Zan tiene el pelo suave, muy diferente al áspero de Eva, como si la textura de unos mechones pudiera describirlos. Zan, en calma, quizá demasiado para su quietud interior, el aliento sutil que calienta donde se posa. Eva, arrollador, quizá demasiado para su caos interior, tan vivo al vivir con intensidad que su energía se transmite sola.
—Perdona por lo del WhatsApp. —Beck empieza a trenzar un lado, también esa disculpa que ha callado hasta que lo ha tenido delante.
—¿Porque a una pregunta seria me respondiste con el emoji del payaso?
—No me vas a creer, pero…
—Claro que te voy a creer, Rebeca.
Zan gira la cara ligeramente y se miran. Vuelven a habitar ese instante que originaron con diez años, donde el resto del mundo queda en otro plano y nadie ni nada logra acceder a ellos. Beck podría agacharse un poquito más, pero aun así Zan debería romperse el cuello para alcanzarla y ella no cree que su boca merezca tanto la pena. Sigue pensando que a él no le importó aquel beso que supo a alcohol, a refresco burbujeante, a noche cerrada, a caramelos de Halloween, a ellos.
—Se me cayó el móvil en la cara y te lo envié sin querer. Con la nariz.
—¿Y los mensajes que borraste?
—No, ahí entré en pánico.
Es absurdo lo que puede llegar a hacer una simple risa. Por la de Zan, Beck se agacharía del todo a riesgo de ser ella quien se rompa el cuello, porque ya tiene comprobado cómo suena, pero no cómo se nota contra los labios. Otro estremecimiento le desciende más allá del vientre, la idea de que Zan la agarre por las piernas y la siente en su regazo. ¿Cómo será tenerlo pegado al cuerpo más de diez segundos, cuánto pesará sobre el suyo? Sin embargo, Beck permanece en el sitio, haciendo una segunda trenza con la firme intención de que sus nudillos no rocen la oreja del chico, quien vuelve a girar la cara hacia el suelo.
—¿Estás bien?
Las pestañas nunca caen de la misma forma al cerrar los párpados y Beck se ha pasado mucho tiempo interpretando los gestos de los demás. Por eso reconoce cómo caen las de Zan, el velo que cubre a los muertos más queridos.
—Hoy no me apetecía venir —suspira Zan. A veces es complejo escoger las palabras adecuadas—. Si no llega a ser porque Eva ha estado dos horas
esperando delante de mi casa…
—¿Qué te hace sentir mal?
—Todo.
Su madre. Andre. Que le hagan caso. Que no se lo hagan. Que la vida sea una eterna pregunta. Que tampoco pida respuestas. Zan se encorva y Beck tiene que estirar los brazos para que el final de la trenza no se le escape. La ata rápidamente y se levanta para sentarse frente a su amigo, ahora ella metida entre sus piernas, sin importarle que los adoquines estén húmedos y pegajosos.
—Puedes irte. No es ninguna obligación.
—Pero hay algo… Siento que debemos hacer esto por Andre.
Vuelven a ser tres.
Error. ¿Una ouija para que pueda explicarme?
—Te entiendo —musita Beck aproximándose unos centímetros más—.
Hay… algo que no le he contado a nadie. —Los nombres rezuman fuego y ansiedad—. Ahora sí que no vas a creerme.
Cuéntaselo, Roy. Debéis contaros qué os ata a mí.
De repente, las risas y los gritos regresan con tal fuerza que ambos alzan la cabeza a la vez. Están tan cerca como aquella noche en Aconte, sus bocas incluso más. Zan se la mira. Beck se la mira. Se miran a los ojos de nuevo.
Él frunce el ceño y ella suelta un sonoro suspiro por el que se ruboriza hasta que le arden las orejas. Por fin Zan se atreve a cogerle la mano con un pequeño tirón que los deja a una pequeña distancia, pese a que el mundo sigue chillando a su alrededor.
—Te quedan muy bien las trenzas. —Y Beck tiene razón: con un lateral recogido y el resto del pelo echado hacia el lado contrario, Zan tiene ese aire que pide ser descifrado.
—Gracias a ti, pero no quiero hablar de ellas.
—¿Y si no hablamos?
—Me parece bien.
—Vale.
Sube la temperatura cuando sus alientos chocan.
—Vale.
Tan encima el uno del otro, ya no ven nada. Solo se guían por el tacto, y Beck está a punto de suplicarle que no se detenga tras ese beso que ni siquiera se han dado aún.
—Vale.
Un grito inconfundible de Eva los interrumpe. Beck y Zan se separan lo suficiente para que nada se malinterprete. Por supuesto, Eva no sospecha, pero Nina lo intuye enseguida y dibuja esa sonrisa hábil de quien ha estado toda la vida observando en vez de destacar.
—¡Veinte minutos para la medianoche! Vamos, vamos —insiste el chico estirando de Zan hacia el Black Note.
Ya no hay más miradas entre Beck y Zan, como si esa intimidad que han creado entre los dos se hubiera disipado con la facilidad que no han sentido al construirla. Sin embargo, ella no le da importancia y, mientras se levanta cogiendo los botellines de cerveza, le dice a Nina:
—Tu primo no se encuentra bien. Después de la canción, creo que debería irse a casa.
—¿Y tú? Tampoco te veo muy bien.
—La ansiedad.
—Os llevaré con coche. Eva puede volver con Florence y Mara.
—Genial.
El local donde Mars Girls está a punto de empezar a tocar es neón rojo y azul. Es mucha gente entre las barras y las mesas altas. Es un techo surcado por tuberías negras y unas paredes diseccionadas por letreros luminosos,
carteles y fotografías. Es un espacio amplio que finaliza en una tarima.
Sobre ella, la banda —una cantante, una guitarrista, una bajista y una batería— observa a su público con avidez de reventarles los tímpanos y no dejar ni una voz en pie.
En primera fila, los amigos se reúnen, sonriendo en nombre de alguien que no está allí. La cantante finge que se enciende un cigarro: el sonido de un mechero, expira humo invisible, carraspea. Y, sin presentación, canta los primeros versos de Alguien en mi cabeza junto a los acordes de una guitarra eléctrica.
La batería golpea varias veces y la guitarra se torna tan sucia como la voz. Bajo la tarima, todos cantan a la vez, una marea enloquecida porque la música de Mars Girls es peligrosa en su contagio. Las notas retumban en los pechos cuando abren la boca para desgañitarse, enfermos de algo que recordarán durante los próximos días incluso en el más profundo silencio.
Tras Alguien en mi cabeza, se presentan como grupo. Tras la sexta canción, Ciudad salvaje, están a un minuto de la medianoche. La expectación se arrastra entre los cuerpos que todavía vibran como las cuerdas hasta hace un momento. Aguardan a que Aida, la cantante, vuelva a hablar, pero quien agarra el micrófono con los dedos enredados en una de las baquetas es Myriam, la batería:
—Las ciudades salvajes se reconstruyen solas después de quemarlas.
Esta va por quienes también lo hacen a medianoche.
Y se cumple el primer regalo de la lista de Andrés Rojas.
Al unísono, la banda empieza a tararear el famoso primer arpegio de Midnight City. Luego la batería vuelve a romper los esquemas de la voz y el resto de instrumentos arrancan lo que muchos piensan un himno. Pero la sala no se espera que Aida permanezca callada, ni tampoco que sean seis amigos los que canten el principio al ritmo de unas notas dilatadas:
— Waiting in the car. Waiting for the ride in the dark. At night the city grows. —Y a los seis se une todo el público y la banda entera para gritar—: Look at the horizon glow!
Beck y Mara se cogen de la mano mientras saltan, sacudiéndose las emociones pesadas y chillando algo más que una letra. Todo el miedo, las inseguridades, el futuro. Beck cambia de pareja, Eva la abraza y la eleva del suelo. Se gritan con las narices casi pegadas antes de que ella dé varias vueltas sobre sí misma junto a Florence. Salta más, ahora al lado de Zan y Nina, que se han desprendido de su seriedad y timidez para hacerse escuchar.
Por un momento, olvidan a Andre, disfrutando los minutos que crecen y crecen como la ciudad de la que M83 escribió una vez. Después alguien piensa que ese debería ser el instante de Andre, que debería estar allí y no callado en un nicho mientras ellos se lo pasan bien. Y la tristeza se esparce, paralizando los movimientos hasta que se apocan en un balanceo. Despega en Mara, planea en Nina, aterriza en Beck.
Mierda.
El mismo arpegio del inicio cierra y el público irrumpe en aplausos. El grupo de amigos también lo hace, torpes cuando se vuelven a mirar sin la pasión de la música en los ojos, sin la alegría de Andre. Solo sonríen para ocultar sus emociones al tiempo que Mars Girls anuncia un descanso de diez minutos.
—Nina —le dice Beck—, voy a por agua y nos vamos antes de la segunda parte, ¿vale?
—Vale —le susurra esta, una respuesta que apenas se escucha entre el alboroto.
Sin detenerse a pesar de que Florence y los demás están dándole la enhorabuena a la banda, Beck continúa hasta llegar a la barra. El pulso le
aprieta en las muñecas y se centra en algo más que no sean los nombres. En las risas, las luces, el alcohol expuesto en la pared-espejo. En su voz un tanto afónica al pedirle una botella de agua al camarero. Cuando está sacando la cartera para pagar, su nombre no brilla, suena:
—¡Rebeca!
A sus lados, se parapetan Carmen e Irene, las mejores amigas de Ángela Miralles, la chica que le dio calabazas dos veces. Ellas no tienen reparo en recordarle la última vez:
—Qué pena lo que pasó en Nochevieja, ¿eh?
Ángela le hizo una cobra a Beck y entonces esta decidió que buscar algo más con la que había sido su compañera de clase era inútil. Pero Ángela esconde algo peor que Eva nunca dejó de mencionarle.
—No te pudimos etiquetar en las fotos, ¿te has desinstalado todas las redes sociales?
Y ya no puede rehuir más el motivo por el que se las borró. En gran parte, por culpa de ellas. Desde que Carmen e Irene supieron que a Beck le gustaba su amiga, la acribillaron en cada red social, dejándole indirectas en comentarios, dándole «me gustas» para luego quitárselos y, más tarde, volvérselos a dar. Una persecución que casi rozó la paranoia, si no fuera porque esas dos jamás han disimulado sus formas de acosar a los demás.
—¿Qué haces aquí sola? ¿O estás con Mara? Hemos oído que ha vuelto.
¿Es cierto que se fugó a Budapest por un tío?
Lo que saben lo tergiversan para convertirlo en un mal rumor. Lo que no saben, se lo inventan.
—Pero ¿no es bollera?
Irónicas, intolerantes.
—Estoy con mis amigos —las interrumpe Beck dejando las monedas justas en la barra y cogiendo la botella de agua como si fuera una pelota
antiestrés.
—¿No quieres ver a Ángela? —Carmen le corta el paso.
—¡Mira, ahí está! —Irene sacude la mano en su dirección.
A Ángela le cambia la expresión en cuanto repara en Beck, aun así, la saluda:
—Hola, Rebeca.
—Hola. —Sus miradas se cruzan, y en Ángela apenas hay algo de lo que se puede encontrar en sus mejores amigas. ¿El problema? Que gira la cara ante todo lo que hacen, siempre la ha girado. Y ponerse de perfil ante situaciones injustas la vuelve culpable también—: Ya me iba, así que…
—Nooooo —finge lloriquear Carmen—, tengo ganas de ver a estos, sobre todo a… Ostras, no, lo siento.
Será imbécil.
Iba a nombrar a Andre. Beck inspira hondo, sin embargo, los nombres que centellean no regresan a sus pulmones. Suplicante, le lanza una mirada a Ángela que pide ayuda. Esta, una vez más, no se la ofrece, y Beck debe pensar con detenimiento en las razones por las que alguien así llegó a gustarle. Quizá su físico, el pelo largo y negro, los ojos azules. Quizá porque nunca se portó mal con ella directamente y no sabía ver que tampoco se portaba bien al callar. Y, vulnerable, sin sus amigos cerca y Andre muerto, se aferró a lo conocido.
Pero querer a alguien, sea como sea, no debería doler.
—Largo.
Un gruñido, el de Eva, que se interpone entre Beck y las otras tres. Ella lo coge de la manga, pensando en la innumerable cantidad de veces que le aconsejó alejarse de Ángela, mirar a alguien mejor, a quien la mereciera de verdad.
En un visto y no visto, Beck está detrás de todos sus amigos, llorando como no ha querido mientras escuchaba Midnight City. La música de Mars Girls suena de nuevo, pero solo puede sentir los dedos de Mara entre sus dedos. La mano de Nina al final de su espalda. Cómo Florence abre un camino entre los sonidos y los cuerpos que empujan y las luces que parpadean.
De pronto, están fuera. Aire fresco. Los nombres borrosos, cada vez más tenues.
De pronto, están dentro del coche de Nina, siguiendo al de Florence. La cabeza de Beck sobre el hombro de Zan, el pulgar de él trazando círculos en su dorso, viajes de ida y vuelta. Su otra mano todavía cogida a la de Mara, fuerte. En el copiloto, Eva despotrica hasta que se le acaba la voz.
Hasta que sienten que han convertido el primer regalo de Andre en un error más.
OceanofPDF.com