Nunca será como siempre

Arantxa Comes · Capítulo 37 de 51

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Nunca será como siempre

05.07

Ir a una tienda de segunda mano con estos, vender e intentar no comprar nada.

Objetos huérfanos. Como sus propietarios los han dado para que tengan una segunda, cuarta o enésima vida, no pertenecen a nadie y, por tanto, no tienen nombres. Beck estaba temiendo entrar y ser incapaz de mirar sin marearse. Pero las prendas en las perchas y los libros sobre las estanterías están libres de su habilidad especial.

Una que ni Mara, ni Eva, ni Nina, ni ella han podido dejar atrás. San Juan no funcionó, nada se acabó —los dones— o se liberó —Andre—, aunque era la respuesta más obvia: se cumplían dos años del accidente y del

despertar de los nombres, los sueños, las fotografías y la tinta. Dos años de que su amistad se fracturara y de que sus huecos parecieran tan irreparables que daba miedo llenarlos de nuevo. Dos años de un final que no lo fue.

Pero se equivocaron.

Os perdono. Ah, sí, hola, ya estoy más calmado. Moraleja: nunca sobrepaséis los límites de un sagitario. Y mucho menos si es un fantasma.

—Rebeca, Rebeca, Rebeca.

Eso sí, su nombre siempre estará en la boca insistente de Eva.

—Estoy seguro de que si no me compro esto —se ha puesto un sombrero de cowboy marrón oscuro—, Andre nos lo hará pagar lanzándonos una maldición espectral.

Meterse con los muertos está feo, tío.

—Pareces el de Pasión de gavilanes.

—Los tres estaban buenísimos, así que no veo el problema. —Eva apoya los brazos encima del perchero en el que Beck está inspeccionando unas chaquetas—. Aunque yo me veo un rollo más Brokeback Mountain. Pero siendo el Heath Ledger de pelo largo y, por supuesto, pelirrojo.

Un aire tiene.

—Por supuesto —responde Beck con una carcajada cosquilleándole en la garganta—. Tienes los estándares bajísimos. Una humildad de acero. Un gusto exquisito.

—Joder, sabes cómo sonrojar a cualquiera. —Mete la mano entre las chaquetas y saca una beisbolera negra y amarilla con pinta de pertenecer a algún equipo estadounidense—. Pruébatela.

—Vender. No comprar. Eso dice el regalo de Andre.

—Si de verdad Andre está aquí, que lo impida.

¿Me está retando el muy creído?

Por un instante, Beck quiere negarse por esa misma razón. Porque si Andre estuviera allí, en carne y hueso, se lo habría impedido solo por fastidiar a Eva. Y, si está como fantasma y pudo mover el fuego y coger la mano de Nina, también debería. De no hacerlo, podría significar que no está de ninguna manera. Que lo que están viviendo es una invención o algo peor.

Pero lo cierto es que a Beck ya le ha llamado la atención esa chaqueta, por eso estaba toqueteando otras, por si así se le pasaban las ganas. Le quita la percha y se la prueba a pesar del calor veraniego. Se gira hacia el espejo de cuerpo entero que tiene detrás y el flechazo es instantáneo. Le viene bastante grande, como la bomber que no jubila ni aunque su madre se lo suplique.

—Estás guapa.

Una mirada a través del espejo. Dos sonrisas. Beck vuelve a contemplarse. Su nombre podría estar bordado en el espacio vital de esa chaqueta, pero entonces el regalo de Andre no se cumpliría.

Roy, por Dios bendito, ¡cómpratela!

—A la próxima —murmura ella quitándosela para devolverla a su sitio.

—Escucha —Eva apoya la barbilla sobre sus brazos—, el sábado que viene hay una cena importante en el Club Náutico. Algo de empresarios o no sé qué mierdas. Hasta los padres de Florence están invitados. Y ya sabes…

—Tu padre te obliga a ir.

—Mi madre también estará.

—¿Tu madre?

Eva jamás demostró padecer con el divorcio de sus padres. A Beck siempre le ha costado creerlo porque ella lloró todos los mares del mundo cuando sus padres lo hicieron. La diferencia es que los de ella se llevan bien y los de él no.

—Así de «importante» es —susurra Eva—. Fingir que somos la familia perfecta si es con mi padre me jode, pero al final me la suda. Fingirlo estando mi madre solo me jode. Y mucho.

—¿Cuánto hace que no la ves?

—Los dos siglos que no tengo.

—¿Y me lo cuentas porque…?

—Porque me gustaría que me acompañaras. Si puedes, claro. Florence también estará allí. Nos reímos de los pijos, nos hinchamos a comida y bebida, y a las doce en punto prometo llevarte a casa como buena nieta de abuelos católicos que eres.

—Uf, Eva —el chico frunce el ceño, pensando que se negará—, las doce ya es hora de maleantes. —Beck le da un golpecito a la visera del sombrero para levantárselo un poco antes de añadir—: Acepto, vaquero. Y ahora vende las trescientas cajas que has traído. ¡Y deja el sombrero donde estaba!

—¡A sus órdenes, mi capitana!

Y es que Mara no supo lo que estaba haciendo cuando escogió ese regalo en la lista de Andre. Porque, de hecho, su novia y ella están en la zona de instrumentos, Florence cantando por lo bajo una canción de Hambre y tocando un piano eléctrico desconectado.

Nina está sola frente a unos skates, sonriendo como si Andre siguiera a su lado y le estuviera contando un chiste graciosísimo. Quizá lo esté haciendo y la chica solo esté callándose su presencia porque todavía duele pensar en San Juan.

Esto es un caracol y derrapa. A ver, es que somos una generación más de memes y TikToks.

La tienda de segunda mano es más grande de lo que Beck había pensado en un primer momento, por eso le cuesta encontrar a Zan, escondido en

medio de un laberinto de estanterías, leyendo un ejemplar de El libro de las tierras vírgenes, cuyas páginas están casi desprendidas. Lo contempla desde lejos antes de perderse con él entre esas baldas que huelen a polvo y vida.

Cabizbajo, frunce el ceño y luego se muerde el labio inferior, y Beck se pregunta si ahora no para de hacerlo porque al fin se han besado, porque al fin no hay secretos que silenciar tras los dientes.

—¿Ya has vendido algo?

Está tan concentrado que da un ligero respingo al escucharla. Beck suelta una risita y se gira hacia los libros que tiene a la derecha. El ensayo no le interesa lo más mínimo, pero lee sus lomos como si le resultaran apasionantes.

—Mara ha tenido demasiada fe pensando que pasaríamos más rato vendiendo nuestras cosas que sintiéndonos tentados de comprar toda la tienda.

—¿Por qué crees que Andre pediría un regalo así? —pregunta Beck poniéndose de puntillas para alcanzar la última balda, donde un manoseadísimo Olvidado Rey Gudú le está haciendo ojitos.

—¿Porque quería que toda su vida cupiera en una mochila para viajar con ella a todas partes?

Beck se vuelve de golpe cuando nota el cuerpo de Zan pegado a su espalda. El chico ni siquiera debe extender las puntas de los dedos para coger el libro y luego tendérselo con una sonrisa ladeada.

—Bien visto. —No le sale la voz, tal vez porque siempre están compitiendo por el oxígeno que apenas queda entre ambos cuando están tan cerca.

—Siento que no nos estemos viendo mucho. —Zan apoya las manos en una balda, sus brazos a ambos lados de Beck, y se inclina—. Al ampliarme el horario… En fin, la hostelería es la muerte en verano.

—Prefiero que descanses.

—¿Hmm? ¿De verdad?

El beso llega despacio, dos bocas que se rozan antes de cerrarse con fuerza la una en la otra. Zan pone una mano sobre la cadera de Beck y después engancha el índice en una de las trabillas de su pantalón corto. Ella le echa los brazos al cuello, de puntillas otra vez, y hunde los dedos de la mano libre en su melena oscura. Quieren estar a solas, que el tiempo pierda la noción a la vez que ellos.

Cuando Zan acuna su rostro con las manos, Beck se aleja lo justo para poder mirarlo a los ojos, no sin antes soltar un leve gruñido que la sonroja, pues se ha olvidado de que siguen en medio de la tienda. Aun así, preferiría que las manos de él estuvieran enterradas bajo su ropa. Que no parara.

—Esta noche podrías…

—Vale.

—No he acabado.

—Me da igual. Vale.

Otro beso, este hace cosquillas por la risa que sueltan ambos.

—Oye, el sábado que viene sí que libro por la tarde-noche y…

—Ah, pues…

—¿Tienes planes? —Zan se aparta del todo—. No importa.

—Espera, Zan.

—No pasa nada.

—¡Eh, dejad de comeros la puta boca y venid a vender vuestros bienes más preciados!

El grito de Eva desde la otra punta los hace sonreír, pero breve, una fugacidad que Zan había desaprendido por fin. Beck entreabre los labios para insistir, aunque el chico asiente una vez, sin mirarla, y se marcha.

Páralo, Roy, páralo.

Pero ella se queda sola entre los libros.

—¿Vamos a tomar algo? —propone Florence bajando de su Hummer y dirigiéndose también hacia los que bajan del coche de Nina.

—Zan y yo tenemos turno infernal en la tasca hasta medianoche. Pray for us —se lamenta Mara.

—Bueno, podemos ir allí y animaros desde una mesa —comenta Nina.

—Por favor, necesito un descanso de Hambre —suplica Florence.

—Ayudo a Eva a dejar en su casa todo lo que no ha vendido y nos unimos —responde Beck.

El grupo decide quedar en Mar en Tasca dentro de diez minutos, pero Beck no tiene tiempo de acercarse a Zan y pedirle una explicación a su silencio. Algún nombre estalla aquí y allá. Cierra los ojos e inspira hondo varias veces como su psicóloga siempre le pide que haga.

—¿Beck? —Mara le pone una mano en la espalda—. ¿Te encuentras mal?

—Me he mareado.

—Estás un poco pálida…

—Ahora se me pasa. —Se gira hacia Eva, que ya carga dos cajas de cartón—. ¿Vamos?

Unas cuantas despedidas parcas. Beck puede notar la mirada de sus amigas clavada en la nuca, pero, como Zan, no se explica. Calla. Traga.

En casa del chico, suben a su habitación y, mientras él se encarga de vaciar la caja llena de objetos aleatorios que seguro no necesita, Beck se dedica a doblar bien la ropa para meterla en los cajones y dejar dos pares de zapatos dentro del armario.

Eva. Eva. Eva. Un Evaristo sobre un jersey anchísimo de color granate.

Interesante. Eva. Eva. Eva. Zan en una camiseta que, es cierto, huele a él.

Beck sonríe, leyendo nombre tras nombre en las prendas. Entonces uno diferente al fondo del armario le escuece en los ojos como si estuviera demasiado cerca del fuego.

Andre. No sobre esas zapatillas que Eva jamás se ha vuelto a poner y que, de hecho, Beck pensaba que había tirado, porque son las que se puso el día de la graduación y no se atrevió a usar de nuevo ya que le recordaban al accidente. El nombre está sobre una colilla enredada entre los cordones.

Imposible. Andre tenía un Zippo guardado en la mochila de senderismo, pese a que no fumaba. Eva aseguró que no lo hacía y, sin embargo, ahí está.

Un cigarro que Andre apagó a mitad, pero que le dio otra persona porque, en el papel medio consumido, destaca parte de la reconocible caligrafía de Eva: «a fuego».

Pudo fumárselo en aquel San Juan, o pudo hacerlo antes y, por alguna extraña razón, Eva lo tuvo enganchado en los cordones hasta que abandonó esas zapatillas. Luego no fue capaz de tirar nada. Es lógico, aunque, por otra extraña razón, a Beck le vuelve a faltar el aire.

—¿Has acabado?

Arrodillada en el suelo, mira a Eva. Él sacude la cabeza a modo de pregunta; sin embargo, Beck es incapaz de hablar. Su lengua se esmera en diluir las preguntas y un nuevo miedo. El de los secretos que faltan. Mara le debe uno desde Francia. Y quizá no sea la única porque Eva mintió.

El problema es que si escarba y no le gusta lo que halla, regresará al mismo pozo del que tanto le ha costado salir. Ahora están bien. No le importa el pasado.

A pesar de que, si no le importara, no le respondería a Eva con una falsa sonrisa que sepulta las peores emociones.

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