Nunca será como siempre

Arantxa Comes · Capítulo 39 de 51

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Nunca será como siempre

13.07

Se puede tocar una vida. Beck no se había dado cuenta de que ella misma ha tocado muchas veces la suya hasta que se ha visto ante la de Mara.

Porque los objetos en la esquina de la habitación de Florence podrían ser solo objetos si su propietaria así lo hubiera decidido. Pero no es el caso, y Beck nota en sus yemas que no solo está acariciando unos tutús, el marco de un espejo, unas fotografías antiguas.

Es Mara. La niña que conoció en tercero de primaria con los mofletes sonrosados y los ojos azules más despiertos del universo. Recuerda aquel recital de ballet, la noche en que pusieron mal el DVD de Shrek y rompieron el reproductor, las meriendas indigestas en el suelo de su habitación mientras hacían los deberes.

Los padres de Mara lo han vuelto a hacer. Intentar destrozarla hasta que no queden ni los huesos. Beck se acerca a la cama gigante, donde su amiga descansa con las pestañas húmedas y los dientes apretados.

—Mara…

—¿Te vas? —No abre los ojos.

—¿Necesitas que me quede? Puedo enviarle un mensaje a Eva y decirle que…

—No, no. —Los ojos azules más despiertos del universo se abren turbios

—. Ve. Florence se queda conmigo.

—Vale. Pero si necesitas algo, ya sabes que estamos en el Club Náutico.

—Sí.

—Descansa.

—¿Rebeca? —la llama Mara cuando ya se ha alejado—. Eres mi mejor amiga.

—Y tú la mía. Te quiero mucho.

La sonrisa de Beck inunda su cara sin vacilaciones porque es cierto: quiere mucho a Mara. Por eso nada ha conseguido dividirlas del todo.

Levanta una mano, retrocediendo unos pasos, y sale de la habitación. Baja al piso inferior, donde Florence está a punto de subir con una bandeja en la que ha preparado una infusión y un plato con algunas ensaimadas.

—¿Tus padres saben que no vas a la fiesta?

—Sí, sí. —Florence asiente—. Les he contado por encima lo de Mara y lo entienden.

—Genial. En fin, para lo que sea…

—Lo sé. Tranquila.

El verano valenciano siempre permite un día de lluvia intempestiva y ha escogido ese sábado, como si supiera que dentro de varias personas ya está lloviendo. Beck espera que las nubes aguanten hasta que termine la cena del

Club Náutico para dormir, no enterarse de la tormenta y despertar con la tristeza un poco menos azul que el cielo despejado.

Al entrar en casa, Cerebro la recibe con sus saltitos animados. Su madre y Sofía, sentadas en el sofá, tienen puesto el ventilador a toda potencia y están viendo una reposición de Sí, quiero ese vestido.

—¿Es que os vais a casar? —ríe Beck mientras deja las llaves dentro de un cuenco.

—¡No digas tonterías! —responde Julia—. ¿Cómo está Mara?

—Está. Se ha quedado en el piso de Florence. Y bueno… —Encoge un hombro.

—En el pueblo ya están hablando de ello —dice Sofía, apenada—.

¿Sinceramente? Ojalá vendan la casa pronto y dejen que Mara rehaga su vida.

—Me alegro de que estéis a su lado, cariño —añade Julia.

—Sí. —Beck piensa que no es suficiente, que ahora mismo le gustaría quemar aquellas cuatro paredes hasta los cimientos, que esas personas que se hacen llamar padres deberían ser los únicos señalados por su crueldad—.

Voy a cambiarme, ¿vale? Eva no tardará en pasar y no quiero hacerlo esperar.

La ducha arrastra algún miedo y el desagüe se lleva todos sus nombres.

Varios Maras. Algún Eva, algún Zan. Muchos Rebecas. Frente al espejo de su habitación, se ve diferente a aquel 1 de enero que ahora parece muy lejano.

Aquel 1 de enero reflejaba sus inseguridades, el tiempo enquistado, los fantasmas que todavía no conocía, el vestido que no conquistó a la chica que nunca le gustó realmente, el maquillaje deshecho como su corazón.

Este 13 de julio refleja sus fortalezas, el tiempo sanado, los fantasmas que conoce demasiado bien, el vestido vaporoso y floreado con el que

ayudará a su mejor amigo, el maquillaje sutil que ojalá la lluvia no deshaga.

Con un suspiro y recolocándose una de las mangas abullonadas bajo el hombro, Beck sale al balcón. La noche está a punto de caer y se sorprende cuando no encuentra a Eva sentado en la ventana, sino en la calle, bajo su casa.

Se miran sonriendo. Ninguno habla. Beck va a saludarlo con una peineta, como siempre, pero él levanta dos dedos y los sacude una vez. Extraño.

Todo lo está siendo desde hace unos días, como si el espacio-tiempo estuviera quebrándose y eso alterara su dimensión.

Beck retrocede unos pasos sin dejar de mirar a Eva hasta que lo pierde de vista. Coge el bolso diminuto en el que ha logrado meter el móvil, la cartera y el pintalabios rosado. Luego baja, acaricia la cabeza de un Cerebro que jamás dejará de postularse al ser vivo más feliz del planeta, encaja las llaves como bien puede dentro del bolso-Tetris y se despide de su madre y Sofía.

Fuera, Eva fuma, cabizbajo. Cómo no, va vestido completamente de negro —camisa arremangada hasta los codos, unos pantalones de pinza informales, Converse nuevas— y se ha peinado de manera diferente. En vez de la raya en medio, se la ha hecho a la izquierda y lleva gran parte de las ondas pelirrojas tiradas hacia un lado, mientras que el resto se lo ha remetido detrás de la oreja. A pesar de cierta formalidad, su esencia sigue ahí: en los tatuajes que muestra su brazo derecho, en el cigarrillo, en la cadena enganchada a las trabillas, en las gafas de sol colgadas entre los botones.

—Te van a confundir con los camareros —ríe Beck.

—Pero, como sé que te ponen —responde Eva exhalando el humo de ese cigarro adornado en tinta con un: «Veneno»—, te haré más agradable la velada.

Este tío resucitaría a los muertos si fuera posible. Lo digo con conocimiento de causa.

—Qué altruista. —Beck le aplana una arruga de la camisa—. Estás muy guapo.

—No te ha costado tanto decirlo, ¿eh? —Sonríe, se coloca el cigarro en los labios y le arregla las dos mangas—. Ahora sí. Perfectamente simétrica.

—¿Y perfectamente guapa?

—Eso siempre.

Aunque Eva es un adulador, Beck necesitaba oírlo porque no se siente muy segura con el vestido que Florence le ha prestado. Su amiga es una línea recta, mientras que ella siempre ha sido un triángulo. Ambas formas muy bonitas, pero incompatibles en lo que a ropa se refiere. Aun así, el vestido es vaporoso a partir de la cintura, así que no está sufriendo por sus caderas. Le gusta el cuello de barca, sin embargo, es de color crudo, salpicado de pequeñas flores rosas de hojas verdes, y tiene ese corte romántico que cree que no le pega en absoluto.

—¿Preparada? —Eva se pone las gafas de sol y luego le pasa un brazo por los hombros.

—¿Supongo?

—Respuesta correcta.

Porque él jamás lo está. Además, la presencia de su madre es otro cantar.

Siempre distante, siempre crítica. Y, de camino al Club Náutico, se mantienen en silencio mientras unos truenos resuenan a lo lejos.

Ya en el paseo marítimo, como si el aliento del mar les otorgara una tregua a sus pulmones, recuperan el habla.

—¿Cómo está Mara?

—Hecha polvo.

—Con toda la razón —suspira Eva—. Supongo que Florence no vendrá.

—No. Esto es lo último que sus padres podían hacerle…

Se estrechan, un abrazo breve, antes de entrar en el Club Náutico.

Aunque el edificio no es grande ni lujoso, más bien con ese aspecto playero de muros blancos y puertas de rejillas azules, Beck se queda boquiabierta, pues toda la decoración le da ese toque de exclusividad que en realidad sí tiene.

Decenas de bombillas y farolillos derraman su luz tanto hacia el mar como hacia la dársena. Han cubierto una parte de la terraza con una gran pérgola de madera por si llueve. De ella, caen finas cortinas que se mecen con el viento. El interior del restaurante imita el exterior, y los camareros se pasean con bandejas repletas de canapés y bebidas entre los invitados que justifican toda esa pomposidad: atuendos elegantes y distinción en cada saludo, sonrisa o gesto. Todo medido, no sea que otros piensen que son humanos.

La jet set del pueblo.

—Nos ha quedado claro, Rebeca —le dice Eva, quitándose las gafas de sol antes de poner un índice bajo su barbilla y cerrarle la boca.

—¿Es siempre así?

—No. Se nota que a esta cena viene gente importante de fuera. Aunque, bueno —el chico coge una tostadita de foie sobre manzana a la miel y se la come antes de continuar—, el catering y la bebida —se hace con dos copas de champán— sí.

—Solo por todo esto ya vendría.

—Créeme. No renta.

—¡Eva! ¡Rebeca! ¡Por fin!

Evaristo se abre paso con una enorme y calculada sonrisa. Primero abraza a su hijo y luego a ella tras darle dos besos. Apenas es un roce, el

decoro dicta que el contacto no dure demasiado. Una vez más, a Beck le parece que Evaristo quiere mandar las imposiciones a tomar viento.

—¿Y mamá? —pregunta Eva secamente.

—Junto a la barra. —El hombre sonríe como si su divorcio no hubiera sido un infierno y la comidilla de Aconte durante una larga época—. Está espléndida.

Con un resoplido, el chico contiene la rabia, pues le gustaría que su padre fuera honesto consigo mismo. Debieron dolerle las veces que le insistió para que acudiera a esa fiesta, casi parte del castigo por haberse peleado con Juanjo García. También debe dolerle que su exmujer esté allí, con su nueva pareja, aparentando que son la familia estructurada que jamás han sido a pesar de la separación.

—No entiendo cómo no se cansa —musita Eva cuando su padre se aleja para recibir a otros invitados—. Se piensa que la gente dejará de venir al club si no demuestra que nada ha cambiado realmente. Ni mi madre, ni él, ni yo. Es absurdo, lleva cinco años así…

—Tendrá que darse cuenta él solo, ¿no? Es más mayorcito que nosotros.

—Ya. —Eva se gira hacia ella con una sonrisa triste aunque genuina.

Enreda sus brazos y carraspea—. Hora de la peor parte.

¿Listos para comprender por qué es Satanás?

Se dirigen hacia la barra, donde Claudia, la madre de Eva, está charlando con un hombre tan apuesto y refinado como ella. Cuando se detienen delante de ambos, la mujer se gira con una comisura partida por una emoción que ninguno logra definir:

—Eva, cariño, qué alegría verte. —Casi monocorde, esbozando una mueca que desde lejos todos confundirán con una sonrisa y el buen hacer de una madre severa pero afectuosa.

Mentira. Hace meses que no hablan. La última llamada apenas duró dos minutos. Eva no conoce las razones por las que su madre lo detesta tanto como a su padre, aunque tampoco las ha exigido nunca. Aceptó que incluso la persona que supuestamente más debe amarte no tiene por qué hacerlo, pues solo es eso: una suposición que se da por sentada. Por eso comprende a Mara en cierta manera.

—Y… ¿Rebeca Roy? Qué mayor.

Claudia le pone una mano sobre el brazo sujeto al de Eva y Beck siente el fogonazo de los nombres como metralla. Parpadea para controlar las lágrimas, para ordenar su reacción y obligarse a componer un gesto afable:

—Me alegro de volver a verte. Ha pasado mucho tiempo.

—Este es Ricardo —presenta la mujer a su pareja, obviando corresponderla con una respuesta similar.

—Me han hablado mucho de ti —miente Eva, que extiende una mano que el otro estrecha enseguida.

—Y a mí de ti. Eres un chico hecho y derecho. Cómo se nota que te ha criado tu madre…

Beck traga saliva, las ganas de gritar. De pronto, entiende lo que implica que Evaristo le pida a su amigo que asista a los eventos del Club Náutico.

Claudia es una máscara que se adapta a los rostros y asfixia, por la que ahora todos pensarán que están en buenos términos: unos padres exitosos y un hijo en camino de demostrar que también lo será. Nota la tensión en los músculos de Eva, la urgencia por que alguien rompa toda esa excelencia que cuenta los billetes de diez en diez y se vanagloria de su propia falsedad.

—Un placer —añade Eva hacia Ricardo—. Vamos a saludar al resto de invitados, ¿vale?

—Por supuesto, cariño. Nos vemos luego. —Y Claudia le da un beso en la mejilla más semejante al beso de la muerte.

Casi corren cuando se alejan y ni siquiera brindan al beberse la copa de champán de un trago. Continúan en silencio, escondidos en un rincón del restaurante, hasta que cada uno devora varios huevos de codorniz rellenos de caviar, algunas tartaletas de salmón y queso y una mousse de atún y tomate. Con el estómago un poco más lleno, los nervios se templan.

—Es cierto. No renta.

—Es una tortura. —Eva le da un trago a su tercer champán—. Mi padre te aprecia muchísimo, pero mi madre… En fin, ya la has visto.

—¿Por qué los ricos lo hacen tan complicado si tienen todo lo que necesitan y más?

—Porque la avaricia es un pecado capital.

—Amén.

Y se ríen quedamente. Luego salen al exterior para tomar el aire y la cuarta copa. Intentando alejarse del área de acción de Evaristo y Claudia, ambos se topan con un señor corpulento que descarga todo su peso en un bastón de madera de roble.

—¿Eres el hijo de Evaristo? ¡Sois dos gotas de agua! Soy Eduardo, el de las motos. ¿Me recuerdas?

—Por supuesto. —El chico le estrecha la mano, pero, si el hombre lo conociera un mínimo, descubriría que no se acuerda de él ni un poco—.

¿Está disfrutando de la noche?

Intercambian unas cuantas frases más, naturales, y Beck se queda boquiabierta al comprobar lo bien que su amigo se maneja en ese entorno.

Hasta el momento, nadie se ha fijado en los detalles de Eva que desentonan allí: los tatuajes, la cadena, las Converse. Al fin y al cabo, es un imán que sabe cómo redirigir su magnetismo.

—¿Y esta chavalilla quién es? ¿Tu novia?

Menuda cagada.

«Menuda cagada», piensa Beck también. Sin embargo, Eva se echa a reír con ese tono ronco que lo caracteriza:

—Error. ¡Dios nos libre! Rebeca pronto será novicia.

—¿En serio?

Le cuesta un instante comprender que está tomándole el pelo, pero Beck se suma al teatrillo sin que se note su confusión:

—Ave María Purísima.

—Amén —responde Eva justo lo que ella ha dicho unos minutos antes.

Qué tío.

Y se pasan un buen rato convenciendo a Eduardo El De Las Motos de los motivos por los que una jovencita como ella querría meterse en un convento. Beck ni siquiera piensa en las mil y una formas de devolvérsela a Eva por haberla convertido en una futura monja, lo cierto es que está divirtiéndose muchísimo.

—Hermana —se despide el hombre después de lanzarse a darle dos besos, arrepentirse, y luego extender una mano, y arrepentirse otra vez.

Deben ocultarse entre las cortinas de la gran pérgola, que ahora se sacuden con más fuerza por culpa del viento nocturno, antes de echarse a reír a carcajadas.

—Don Eva. —Beck se persigna.

—Hermana Rebeca —se mofa él santiguándola con exageración.

—Reírse de los ricos es una fantasía —le da un trago a su copa, las mejillas ardiendo por la diversión y el alcohol—, pero no entiendo cómo tu padre soporta… —Sin palabras que puedan describirlo, mueve una mano en dirección al club—. Toda esta gente se cree que está en el Upper East Side cuando sigue en medio de un pueblo.

—Las apariencias.

—Lo siento mucho —suspira Beck apoyando la cabeza en el hombro de su amigo—. Ojalá no tengas que volver a una fiesta así. Ojalá nunca hagas nada que no quieras hacer.

—Es que… ¡Arg! —Se separa para poder rascarse la nuca—. Al final, lo hago por mi padre. Sé que en el fondo no es así. Sé que pelea consigo mismo para ahorrarme todo este mal trago. Sé que me quiere. Y yo no estoy a la altura.

—La has sobrepasado.

—Pero soy un capullo.

—Tu padre también sabe que en el fondo no lo eres y está muy orgulloso de ti.

Eva resopla con una sonrisa tímida. Y ha resoplado tanto durante toda la noche que a Beck le sorprende que aún le quede aire. O quizá necesita eso: soltar lo oscuro que esas personas han ido enquistando en él.

—Gracias por venir, Rebeca.

—No hay de qué.

Beck alza dos dedos para imitar el saludo que Eva ha hecho bajo su casa.

Entonces él se los coge, aprieta y se encorva para abrazarla, envueltos por las cortinas. Todavía sonríen cuando se alejan, las manos cogidas.

—Venga, te acompaño a casa.

—Pero queda una hora y algo para las doce.

—Así seguiré demostrando que soy el amigo perfecto para una nieta de abuelos católicos.

—¿No te despides de tus padres?

—Ya han tenido suficiente de mí.

De vuelta a las calles de Aconte, todavía escuchan el rumor de la fiesta y el bullicio del paseo marítimo. Ni siquiera ha lloviznado y Beck piensa que, tal vez, es porque la vida de Eva se ha enderezado un poquito.

Pero cuando un rayo parte el cielo en dos y descubren a Zan sentado en las escaleras que conducen a la casa de Eva, Beck se da cuenta de que el dolor permanece intacto. Lo que estaba roto se agrieta más y no hay nada mejor en una noche que ya ha augurado lo peor.

—Increíble —gruñe Zan.

—Espera. —Se adelanta Eva para detenerlo—. ¿Qué pasa?

—¿Qué ha pasado? —insiste Beck llegando a su lado.

—Que Eva es un mentiroso.

—Eh, eh. —Beck coge a Zan por el brazo, pero lo suelta al ver cómo frunce mucho más su expresión herida—. Explícate.

—Te dije que quería invitar hoy a Beck porque libraba. Que era algo importante —le espeta a Eva—. Pero, desde luego, tenías que anteponerte.

—No me dijiste que era importante.

—Ni a mí —añade ella—. En la tienda de segunda mano cortaste la conversación de cuajo.

—Ahora os defendéis entre vosotros.

—Estás dolido. Lo entendemos, pero…

—Justo dentro de tres meses es el primer aniversario de la muerte de mi madre, no solo estoy dolido.

—Tío, no tenía ni idea de que fuera algo relacionado con tu madre, si no…

—¡Daría igual! Siempre consigues que todo salga como te conviene.

—Zan, no es el momento. —Afectado, Eva extiende una mano para tocar el hombro de su amigo, pero este se aparta—. Zan.

—No. Todos se lo hemos ocultado a Beck y estoy harto. Porque mi madre está muerta, Andre está muerto y nuestra amistad también lo está desde hace años.

Mierda.

—¿Qué os habéis callado? —musita la chica retrocediendo un paso.

Los nombres estallan como bombas atómicas y Beck debe cerrar los ojos porque ahora los escucha gritar. Gritan lo que sus amigos sienten, engullendo sus propios latidos. Por alguna razón, le viene a la mente lo que Mara todavía no le ha contado y el cigarro de Andre enredado en los cordones de las zapatillas de Eva.

Indicios que no tendrían por qué pertenecerle al mismo secreto lacerante.

Pero lo hacen.

—Rebeca, escucha… —Eva se acerca tan cabizbajo como la ha esperado por la tarde. Ella sí permite que le coja la mano—. Creíamos que Mara te lo contaría antes, pero… Perdóname, ¿vale? Perdónanos porque pensábamos que, si nos callábamos, sería más fácil de superar.

—Dímelo.

Durante un instante, Beck mira a Zan, a quien le cae una lágrima y ya no parece tan enfadado. Los tres empiezan a convertirse en los escombros que estaban destinados a ser.

—Aquel San Juan, Andre me avisó de que Nina y él estaban a punto de irse. Insistí tantísimo en que se quedara porque era nuestra fiesta de graduación que al final tuvo que contármelo: iban a llevar a Mara al aeropuerto porque se marchaba a Londres.

El secreto se desgañita y los nombres se apagan de golpe. Beck siente que pierde pie, pero se desase de la mano de Eva con un tirón. Llora antes de acuclillarse, porque no entiende cómo callar algo tan relevante puede haberles servido de algo. Por desgracia, otra certeza termina de desgarrar su ansiedad: si Andre y Nina no hubieran llevado a Mara hasta el aeropuerto, no habrían sufrido el accidente de coche.

Eso no se sabe.

Nina seguiría conservando su pierna y compitiendo en gimnasia rítmica.

Eso no se sabe.

Y Andre seguiría vivo.

Eso no se sabe.

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