Nunca será como siempre

Arantxa Comes · Capítulo 26 de 51

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Nunca será como siempre

29.04

Dejar atrás la frontera. Respirar un mismo aire que, a su vez, no se siente igual. Como si entrar en un país diferente significara cruzar a otra dimensión, donde el tiempo es elástico y se puede cambiar, borrar. Donde los pequeños pueblos parecen más encantadores, más naturales entre la vegetación salvaje que quizá oculta hombres de barba azul, muchachas con caperuzas rojas y bestias encerradas en castillos imponentes.

Mara creía que ya había experimentado esa sensación cuando fue a Londres. Libre de sus padres, le parecía que el cielo nublado siempre descargaría una lluvia deseada, que las callejuelas se abrirían en mercadillos difíciles de ver en una sola vez. Al principio fue así, hasta que la soledad se enraizó en ella, extraña, y la lluvia empezó a ensombrecerle el humor, y las callejuelas emitían un eco desagradable. Era culpa de su dolor, claro, no del lugar. Ahora Francia anida en su corazón, pues está rodeada de una familia que nunca más le soltará la mano.

Suena Sweet Home Alabama porque, en algún momento de la madrugada, alguien ha dicho que es una canción imprescindible, cabeza de cartel, de cualquier road trip. El alba despunta más allá de las montañas nevadas y Florence pone el intermitente para detenerse en un área de servicio.

—¿Por qué en Francia huele tan bien? Como a… flores —susurra Mara para no despertar a los que se han dormido.

—Muchas gracias por el piropo. —Florence sonríe.

—He dicho «flores» —ríe un poco más alto, y un gruñido a sus espaldas hace que se gire hacia los asientos traseros.

En la última fila, Nina duerme con dos cámaras colgadas al cuello: una analógica y la Polaroid. A su lado, Beck entreabre los ojos con la frente apoyada en la ventanilla. En la segunda fila, Zan sigue dormido con los brazos cruzados y la cabeza inclinada hacia delante. En cambio, Eva, quien ha gruñido, se aleja del hombro de su amigo con cara de malas pulgas.

—Lo siento —le dice Mara—. Pago los cafés.

—Y tanto —responde él, un tono grave sacado del infierno.

Y sexi, seamos sinceros.

Cuando Mara sale de la cafetería con cinco cafés y un té encajados en una bandeja más similar a una huevera, encuentra a sus amigos sacándose

fotos y jugando en unos columpios delimitados por varios neumáticos.

—¡Los espresso doble para los escorpios de la casa! —Eva y Zan—.

Americano. —Florence. Irónico—. Café con leche sin mucha leche. —Beck le guiña un ojo—. Un té verde. —Nina, deportista responsable—. Y cortado para mí, por favor y gracias.

—Quedas absuelta de todos los cargos. En nombre de blablablá o no sé qué. —Eva le da un sorbo a su café hirviendo y suspira una bocanada de vaho que contemplan como si el mismísimo Satanás se hubiera personado ante ellos.

¿Qué os digo siempre?

Mara se coloca detrás de Beck, que se ha sentado de nuevo en el columpio y se balancea con el móvil en una mano y el vasito de papel en la otra. Escrudiña la pantalla por encima de su hombro y se sorprende al descubrir un perfil de Instagram totalmente vacío.

— Baby_loser —lee el nombre de usuario de Beck—. ¿Te has reabierto Insta?

—Es una cuenta nueva. No sé, me apetece compartir algunos recuerdos y que mi madre no crea que me he fugado a Marte.

—¿Y las otras redes? ¿Volverás a hablar de escritura?

—Poco a poco. Eso sí, bloquearé a quien me moleste.

Comparten una sonrisa y, en cuanto se terminan las bebidas, regresan a la furgoneta Volkswagen amarilla. Queda hora y media para llegar a la casa de campo, pero al menos el grupo ya se ha despejado después de pasar toda la noche en carretera.

—¿En serio no habéis visto Pequeña Miss Sunshine? ¡Si es chulísima! —

comenta Mara, que en cuanto descubrió que Florence había alquilado ese vehículo para el viaje se acordó enseguida de la película.

—Es antigua —replica Eva.

—¡Es de 2006!

—Podemos hacer maratón un día de estos —propone Zan.

—Me pido A 47 metros.

—Oh, no, Beck sigue obsesionada con las pelis de tiburones asesinos —

se burla Nina.

Más risas y más películas. Mara aprovecha para sacar la cámara réflex de su mochila y grabar. Al fin y al cabo, forma parte de la idea que se le ocurrió para Hambre: una especie de minidocumental sobre cómo empezó a producirse el disco. Luego Florence pensó en el resto, en que sus amigos la ayudaran, el viaje de una semana a Francia, pasar tiempo juntos y seguir sanando lejos de todo lo que les ha hecho daño.

Sorprendentemente, ha sido sencillo programarlo en un tiempo tan escaso. Convencer a sus padres dependió de grandes promesas: aprobar los exámenes, cubrir futuros turnos en Mar en Tasca, escoger por fin una carrera, escoger por fin una disciplina deportiva… La solución a los problemas de casi dos años gracias a siete días de arte y libertad.

Sus padres, Lupe y Javi el Filántropo son unos benditos, porque está claro que no se han creído semejante oferta.

Trazados más sinuosos, montañas nevadas que parecen gigantes petrificados, árboles que hacen techo… Si ahora los asaltara un leñador con un hacha ensangrentada después de haber asesinado a Stacy, la animadora, y Mike, el quarterback, ninguno se extrañaría. Quizá Nina lo fotografiaría antes de huir, pero tampoco dudaría en que así comienza cualquier historia de terror: un grupo de adolescentes incapaces de ver el peligro en una casa de campo alejada de toda civilización.

Sin embargo, la casa de campo no está rodeada de niebla, ni devorada por enredaderas marchitas. Una elegante entrada enrejada da paso a un camino de tierra flanqueado por un jardín de prímulas, jacintos y tulipanes. Al

fondo, hay un edificio de dos plantas, de piedra limpia y pálida coronada por un tejado a dos aguas. Las ventanas con parteluces comparten el color celeste de los postigos. Frente a la puerta principal, enorme y de madera robusta, los espera un hombre con boina, piel curtida y oscura, gafas ovaladas y una sonrisa que engancha una pipa.

—Es el hermano mayor de mi madre, mi tío Remy.

—Por favor, no lo digas —murmura Beck cerrando los ojos en una súplica.

— Ratatouille —ríe Eva por lo bajo.

—Es que eres tonto.

—En mi familia —continúa Florence, aunque divertida por el comentario de su amigo— se alternan el cuidado de la casa. Durante la primavera, les toca a mis tíos Remy y Jérôme. Claudine, una amiga de toda la vida, nos ayuda a mantenerla todo el año. Ojalá esté, hace mucho que no la veo.

—Me la esperaba más… ¿grande? —dice Nina asomando la cabeza entre los asientos.

—Espera a verla por detrás, donde están los viñedos. Ya sabéis que mi madre dirige la empresa familiar de vinos.

—Tu padre es productor y tu madre, CEO. Es que no me extraña la pasta que manejáis.

—Tampoco que apenas estén en Aconte. Y desde que soy mayor de edad, menos. —Florence aparca junto a un olivo con la furgoneta en absoluto silencio—. Eh, relajaos. Ya sabéis que nunca ha sido un problema.

—¡Cero dramas quiero en este viaje! —los amenaza Mara con un dedo acusador y una risa contagiosa.

Mientras Florence se reúne con su tío hablando en francés a una velocidad imposible, el resto descarga las maletas y las mochilas. Luego

Florence los presenta uno a uno y Remy vuelve a sonreír de esa manera tan acogedora al decir:

— Bonjour! Soy el hermano mayor de Marjorie, ¡encantado! —El acento le da un toque cantarín a su castellano—. ¿Quién es tu novia, chérie?

El grupo da un ligero paso hacia fuera para separarse de Mara, pero ni ella ni Florence tienen tiempo de aclararle a Remy que no son pareja, porque el hombre enseguida lo celebra y anuncia a viva voz que han llegado.

Entrando con el equipaje, intentan que la mandíbula no se les caiga hasta el suelo al descubrir que la casa por dentro es incluso más grande de lo que aparenta. Mezcla un estilo tradicional de vigas de madera, paredes desnudas y azulejos con el estilo más moderno de algunos muebles y lámparas. Hay rincones llenos de plantas, espejos que les devuelven la mirada, decoración de cerámica y ventanas o puertas abiertas por las que entra la luz natural.

— Salut, mon amour! —Aparece un hombre que debe de ser Jérôme, el marido de Remy, por cómo Florence lo abraza. Espigado, el pelo canoso con algún matiz rubio echado hacia un lado y nariz aguileña.

Otra tanda de presentaciones con la que no dejan de reírse, porque solo Remy y Florence entienden ambos idiomas. Después los hombres se despiden, deben seguir trabajando, y el grupo se queda solo en el zaguán.

—Claudine tiene el día libre. Os la presentaré mañana —dice Florence

—. Mis tíos duermen en esta planta, así que la de arriba es toda nuestra.

Nos repartimos las habitaciones, recogemos las maletas y descansamos un rato, ¿vale? ¡Estoy muerta!

—Anda que me habéis echado un cable cuando Remy le ha preguntado por su novia —se queja Mara mientras suben las escaleras.

—¡Como si lo fueras! Estoy segura de que ya os habéis liado —ríe Nina.

—Sí que nos hemos tocado un poco, la verdad —confiesa Florence llegando a la planta superior.

—Espera, ¿¡qué!? —Beck salta varios peldaños para alcanzar a Mara y corroborarlo.

—Aquí hay un fantasma fijo, tío —le dice Eva a Zan, los últimos en la fila—. Yo haría una ouija.

Vaya, qué idóneo.

El aspecto de la segunda planta sigue en sintonía con el resto de la casa.

Dos baños, tres habitaciones —una con cama individual y dos con camas dobles—, una sala de estar con varios sillones y un piano, y otra más pequeña cubierta por estanterías repletas de libros que embelesan a Beck, mientras los demás discuten el reparto de habitaciones.

—Rebeca, te toca dormir en el sofá del salón. Abajo.

Nina en la individual, los dos chicos en una doble y Florence y Mara en la otra.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Haber estado más atenta —le dice Mara arqueando las cejas.

—¿Esta es tu venganza por lo de antes?

—Podemos apretarnos en mi cama —plantea Nina.

—O podemos turnarnos —propone Zan.

—¿Es que no quieres acurrucarte conmigo, tío? —Eva finge que se ofende. Luego una idea le parte una sonrisa gamberra, pero nadie puede frenarlo a tiempo—: ¿O podríamos hacer un trío? Por mí…

—Da igual —los interrumpe ella antes de sonrojarse más—. El sofá no tiene mala pinta y, además, soy la que se duerme a las tantas. Así no molestaré.

—¿Segura?

—¿Ahora te preocupas? —Beck le da un empujoncito amistoso a Mara.

De reír no se cansarán jamás.

Son las 16:05h. Florence y Eva, que han sido los conductores, se han vuelto a quedar dormidos en las camas. En el salón, Mara y Nina están sentadas en el sofá, revisando las fotografías y los vídeos que han hecho durante el trayecto. Zan y Beck se han acomodado sobre la alfombra frente a la chimenea, ella escribiendo en una libreta y él disimulando que contempla lo que escribe y no a su amiga.

—¿Hay algún plano chulo? —pregunta Nina.

—El momento exacto en el que amanece y Florence conduciendo a contraluz. —Mara le acerca la pantalla para que vea el vídeo.

—Ostras, ¡qué pasada! Fíjate en esta Polaroid que le he sacado en los columpios de la carretera. Creo que tienen las mismas vibes.

Hambre es algo que, a medida que han pasado los días, más ha calado en ellos, sobre todo porque Florence no mintió: cada uno tiene una tarea que se le da bien y el disco puede quedar con ese toque casero y personal que busca. Mara grabará el minidocumental; Nina fotografiará en diferentes formatos; Beck ayudará a componer las letras; y la manía de Eva por pintarrajearlo todo por fin tendrá una utilidad: dibujar sobre las fotografías y pasar a limpio las canciones, pues, es cierto, tiene una caligrafía preciosa.

Zan es el único que no puede aportar nada artístico, aunque Florence le pidió que lo mantuviera todo organizado e intentara que no se pelearan.

Y parece una gilipollez, pero es lo más importante.

—Hace frío —musita Beck.

—Si estás al lado de la chimenea —le dice Mara.

—Eva te diría que es porque esta casa atrae a los espíritus.

¡Sí, claro, observad cómo muevo el fuego con mi energía espectral!

Las llamas se sacuden como si un soplo de aire las hubiera intentado apagar. Pero no corre ni una pizca de viento y los cuatro se quedan paralizados por la misma sensación.

No puede ser.

—¿Estáis de broma? —se asusta Nina.

—No hemos hecho nada. —Zan levanta las manos.

—Eh, va, que me sugestiono rápido —insiste Mara.

—¿Qué hemos hecho? ¿Abanicar la chimenea? —se defiende Beck, incrédula.

—A lo mejor… —susurra Nina.

La miran. Su primo confundido, las chicas temerosas porque enseguida entienden que está refiriéndose a los sueños de Mara. Sin embargo, Mara nunca ha experimentado nada más extraño que eso. Y puede que tengan una explicación lógica y consecuente, también el movimiento del fuego. Solo son coincidencias. Solo es…

—¿Andre?

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