Nunca será como siempre

Arantxa Comes · Capítulo 38 de 51

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Nunca será como siempre

10.07

La felicidad es esa clase de riesgo que suele salir bien, aunque a veces se atraviese por una cuerda floja y sin paracaídas. Mara se ha lanzado al vacío y sonríe. No es la más limpia de las caídas, pero se siente bien. Aún no puede creerse que esté saliendo con Florence Russo, la chica que ha admirado durante toda su adolescencia, la sirena que en realidad es muy humana, la flor que ha permanecido a su lado estación tras estación.

Mientras asea varias mesas de la tasca, escucha las maquetas de Hambre.

¿Es posible que no pueda escoger una favorita? La voz de su novia se arrastra, rasga, se eleva, cae en picado y susurra a voluntad. No están ordenadas, así que de pronto suena De ti, y Mara inspira hondo porque es su canción. Florence la compuso pensando en ella y, a pesar del calor asfixiante del verano, se le eriza la piel. ¿Se la cantará durante algún concierto mirándola a los ojos? ¿Al final dirá su nombre en alto y todo el mundo sabrá que tiene la mejor de las suertes?

Que le venda sus cursiladas a Netflix, por favor.

Con un resoplido, estampa el trapo contra la mesa, agachando la cabeza para que nadie descubra en sus mejillas ardiendo las ganas que tiene de quitarse el delantal, correr a donde esté Florence y besarla hasta desgastarle los sentidos.

—¿Calor? ¿Envidia? —escucha decir a Zan de fondo.

Mara se arranca los auriculares, esperando que estar lejos de la voz de Florence le devuelva un mínimo de cordura y le entibie las ansías que ya le estaban descendiendo por el vientre.

—¿Qué?

—¿Calor? —Zan mueve un índice en el aire—. ¿Envidia? —Con el mismo dedo, señala la playa, donde la gente está bañándose, aprovechando las últimas horas de sol.

—No, qué va.

Aunque un poco sí. Preferiría estar tirada sobre una toalla, escuchando Hambre sin interrupciones y que, de repente, Florence apareciera mojada por el mar, oliendo a sal y…

—Ya veo. —Zan sonríe—. Florence.

Como no ha pausado la canción, su rumor se cuela entre ambos y Mara se apresura a sacar el móvil y detenerla. Eso quería evitar, que medio

Aconte leyera en su rostro lo colada que está por ella. Entonces ve que le ha llegado una marabunta de audios de Beck, pero los escuchará al salir de su turno en media hora.

—Oye… —dice el chico apoyando el hombro en una de las columnas de la terraza—. ¿No notas a Beck un poco rara? —Baja la mirada un instante, luego vuelve a alzarla. Duda.

—Me ha mandado unos treinta y cinco audios. Creo que está bien. —

Mara se echa el trapo sobre el hombro y se cruza de brazos—. ¿Es por Eva?

—¿Qué? —Zan frunce el ceño y sacude la cabeza—. No. ¿Por qué lo dices?

—Habré malinterpretado señales.

—Hmm. —Enarca una ceja, pero se le destensa la espalda al suspirar—: Desde la tienda de segunda mano está más distante, ¿más apagada? Quizá es la ansiedad o los nombres. Ninguno hemos hablado de San Juan y… ¿Tú estás bien con los sueños? ¿Ha cambiado algo?

No. Y tal vez ese sea el problema: todo se ha vuelto inamovible por temor. Engañarse es mucho más fácil de lo que parece.

—Bueno, hay algo que todavía no le he contado —murmura Mara—. En Francia, le dije que hablaríamos a la vuelta, pero hemos estado tan bien que…

Injusta. Egoísta. Esa es la cara de la moneda que ahora mismo está ocultándole a Beck para eludir cualquier discusión.

—¿Es sobre el San Juan de hace dos años? —intuye él.

—¿Lo sabes?

—Claro. Me lo contó mi prima cuando se recuperó del accidente. ¿Por qué estás tardando tanto?

—¿Y por qué no se lo has dicho tú?

Zan frunce el ceño, un tanto molesto por la brusquedad de la respuesta, y Mara se arrepiente enseguida de que la desesperación haya escapado de su jaula y se le haya colado en la voz. Tanto aprieta esa última verdad, exasperada.

—Perdona. Es que… Entiendo que debo ser yo, pero todos lo sabemos.

—Y se lo hemos ocultado.

—Exacto. ¿Tan grave es?

—Bastante.

—¿No tienes miedo de que se enfade?

—Mucho.

—¡Eh, holgazanes! —les grita Javi con una sonrisa—. ¡A currar!

Se miran una última vez, el peso de las decisiones no tomadas desplomando las comisuras de sus labios, como si la gravedad hubiera regresado en medio de esa felicidad abismal y la colisión contra el fondo fuera inevitable.

Mara termina su turno sabiendo que debe sincerarse con Beck, que ya lo ha rehuido demasiado, pues su amistad no merece menos. Se despide de Zan con una cabezada y, ya en el paseo marítimo, saca el móvil y los auriculares otra vez.

De camino a casa de su amiga, escucha sus audios. Quizá concentrarse en su voz, como ha hecho con la de Florence durante toda la tarde, la calme.

Primer audio: «Mara, a ver… No sé cómo decirte esto… Ostras».

Segundo audio: «Vale, o sea… ¡Guau! Cerebro, cállate un momento.

Espera».

Cinco audios más en los que Beck se traba con las palabras, los murmullos, las inspiraciones nerviosas… Cerebro ladra hasta diez veces.

Mara mide cada sonido, cada segundo. Ya lo hacía de pequeña con el

volumen de los gritos, la intensidad de los portazos, los pasos que sus padres recortaban hacia ella.

Gira en la esquina de la piscina pública para internarse en Aconte y entonces sus zancadas van perdiendo ritmo. Ella, siempre tan hábil en imaginar los patrones, ni siquiera ha intuido las costuras del futuro. Antes de entrar en la parte de la dársena donde está la casa de Beck, reconoce varios muebles y un pequeño abrigo rosa sobresaliendo de una columna de cajas mal apiladas junto a unos contenedores.

Enésimo audio: «Mara, ¿tus padres han vuelto a Aconte? Me ha parecido verlos salir de tu casa y… No sé. ¿Paso por la tasca?».

Durante un instante, se le nubla la vista sin lágrimas. Nota el puñal de un frío imposible a lo largo de la columna, la garganta irritada por los secretos y la hiel, sus miedos entonando un pitido agudo e incesante en sus oídos.

Los audios de Beck continúan, pero ya no la escucha. Ni siquiera siente sus piernas moverse en el momento en que se lanza sobre lo que otros han convertido en basura. Su pasado. Su vida. Quién fue. Quién es. La cómoda tras la que dibujó un corazón y escribió dentro: «M x F», las perchas infantiles de Mickey Mouse que colgaron su ropa hasta los dieciocho años, el espejo de bordes oxidados con una grieta en la esquina, las baldas que sostuvieron sus películas y los muñecos con los que dejó de jugar, pero recordaban a una Mara que de mayor no quiso perder. Dentro de las cajas, está su ropa de cuando era bebé, aquella camiseta que sus abuelos le regalaron al regresar de Benidorm, cintas VHS en cuyas etiquetas apenas se puede leer «5º cumpleaños de Mara» o «Villancicos Colegio Navidad», los tutús que le regalaban hasta que decidieron que estaba demasiado gorda para hacer ballet… Todo desorganizado, sin plegar, porque la basura no necesita orden para terminar olvidada.

Su propio sollozo la despierta del trance y la voz de Beck vuelve a ella, aunque sigue sin entenderla. No entiende el mundo en el que nació, la casa en la que creció, los padres que la odiaron como si fuera natural. Mara solo coge dos cajas al azar, las salva, y echa a correr. No le importa que la gente la mire, la reconozca, lea en su rostro que jamás fue una hija amada, alguien que no se ha ganado el derecho a existir.

Pasa por delante de la casa de Eva. Pasa por delante de la casa de Beck.

Delante de la misma Beck que aún pasea a Cerebro. No se detiene, gira una esquina, se dirige a su casa. No a la de Lupe, aunque su vecina le ha hecho sentir que nunca ha habido otro hogar. A la suya. A las paredes que fueron cueva, intemperie, un agujero negro.

Ni siquiera piensa qué pasará si se encuentra cara a cara con sus padres, con las personas que le recordaban día a día lo poco que valía hasta que las silenció huyendo de allí. Necesita una explicación. No, necesita escuchar una disculpa. No, necesita sus lágrimas de arrepentimiento. No, necesita que le aseguren de una vez por todas que nunca la quisieron. No, necesita que desaparezcan y que sea mentira que carga una nimiedad de su vida en brazos, que la otra parte está en la habitación de un misionero, que lo restante está en un contenedor.

—¡Mara! ¡Mara!

Vuelve a escuchar a Beck. Dos veces. En sus audios: «Mara, no te acerques a tu casa. Voy a por ti». A su lado: «Mara, mírame. No sabía cómo decírtelo».

En venta. Ese es el cartel gigante que hay pegado en la ventana de su habitación. Los maceteros que había en la entrada, cuyas plantas arregló al inicio de año, están vacíos. No hay felpudo. Las persianas están completamente bajadas.

En venta.

Suelta las cajas como si dentro no contuvieran nada frágil, al fin y al cabo, otros ya han decidido que no es importante. Se detiene delante de la puerta y saca de su bolsillo una llave que no encaja en la nueva cerradura.

Vergüenza, eso siente. Por haber llevado consigo la llave de un lugar siempre hostil para ella. Por haberse aferrado a la esperanza. Por pensar que quizá algún día podría terminar de vaciar su habitación, despegar las estrellas fluorescentes del techo, tirar la llave.

Sus padres han vuelto a tejer su futuro con nudos y Mara solo puede resbalarse hasta el suelo, desconsolada, pegada a esa puerta tras la que tantas veces la encerraron, pero que, ahora sí, jamás volverá a abrirse.

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