Nunca será como siempre
31.10
Hambre son diez canciones sonando en instrumental por los altavoces.
Hambre son las letras compuestas por Florence y Beck, transcritas con la peculiar caligrafía de Eva, que ahora se proyectan en las paredes del club.
Hambre son las imágenes de Francia, captadas por Mara y Nina, sucediéndose en varias pantallas. Hambre son ellos, y esa noche por fin se mostrarán al resto del mundo.
La presentación del disco es un evento privado con la cantidad justa de invitados y prensa. Después de tocar varios temas, lanzarán el minidocumental de cómo se produjo Hambre en YouTube, y en Beck despierta una oleada de nervios porque ella forma parte de ese proceso.
Pese a que es Halloween, nadie se ha disfrazado. La estética general está más relacionada con el otoño y los claroscuros que caracterizan el disco de Florence. Beck pone los ojos en blanco ante el enésimo resoplido de Eva porque él estaba deseando disfrazarse.
—¿Qué sentido tendría con Hambre?
—¡Ayer fue el cumple de Zan y mañana es el mío! ¿Qué otro sentido quieres? Mira, ¡este podría ser yo!
Eva teclea en su móvil y le enseña la fotografía de un chico de pelo negro, ojos azules y un lunar en el labio inferior. Va disfrazado de cura y, por esa sonrisa de romper muchos platos que luce, Beck intuye que debe tener un arsenal de expresiones similar al de Eva.
—Ese chico está buenísimo. ¡Ni por asomo podrías ser tú!
—¿Cómo te atreves? —se indigna Eva con una mano en el pecho.
—¿Quién es?
—Adrián, un colega de Madrid. ¡De cura, Rebeca! Amén a lo sexis que iríamos. Habríamos puesto de rodillas a medio planeta.
Uf, os aseguro que sí.
—Empieza a preocuparme que estés tan obsesionado con el tema religioso. Me hiciste monja, ahora te va el rollo cura…
—¿Te pone? —Eva mueve las cejas—. ¡Ah, no! Que tienes novio.
Beck se sonroja cuando lo dice en alto porque, es cierto, está saliendo con Zan. Se lo pidieron casi al unísono mientras paseaban por la playa durante una tarde. Nada cursi ni de película, como Mara habría imaginado, pero a Beck le gustó que fuera así. Sin presiones, natural, sintiendo que siguen siendo ellos mismos y el uno para el otro.
—Aunque… ¿vuestro grado de exclusividad?
—Ya te avisaremos —contesta Zan apareciendo entre ellos con tres tercios de cerveza.
—¿O sea que hay una posibilidad? —se ilusiona Eva antes de darle un trago al botellín.
—Por favor, decidme que no estáis hablando de sexo —dice Nina cuando llega hasta ellos.
—¿Por qué? ¿Lo echabas de menos? —Su amigo le da un ligero codazo.
Nina se mudó al Centro de Alto Rendimiento en Madrid hace un mes y, al fin, ha recuperado esa viveza que solo el deporte consigue despertar en ella. Es algo indescriptible, un aura que se percibe en las personas felices.
—Ey, chicos —los llama Mara, de puntillas y con el brazo en alto para hacerse ver entre la gente—, Florence quiere que nos hagamos una foto juntos.
Mientras se dirigen a la esquina del club donde han montado un photocall, Beck vuelve a contemplar el disco antes de guardárselo en el bolso. Los colores cálidos de un viñedo francés rodean a una Florence un tanto desenfocada, que corre entre ellos mirando atrás, una mano extendida como si alguien fuera a cogérsela, su vestido agitándose. En la parte inferior, Hambre destaca en mayúsculas y con una grafía sencilla. La «A»
está invertida, como el tatuaje que se hicieron por Andre. Bajo el título, un poco más pequeño: «Florence Russo».
En el photocall, la protagonista de la noche los espera con una sonrisa tan preciosa —más, es posible— como toda ella, arreglada para la ocasión. Y la prensa empieza a disparar los flases incluso antes de que posen.
Por supuesto, los padres del grupo se suman a los profesionales. Junto a las grandes cámaras, plantan sus teléfonos móviles y maniobran para sacar a sus hijos desde todos los ángulos. A Beck le entra la risa cuando su madre se ofusca con las funciones del suyo y es Sofía la que termina fotografiándolos.
No puede evitar pensar en Andre, en que ojalá estuviera allí con ellos, en que ojalá aquel San Juan hubiera acabado de otra manera. Sabe que añorarlo con culpa hará que permanezca como un fantasma, pero él debería estar, con sus suaves carcajadas y su energía arrolladora.
—¡Aquí! ¡Aquí! —les indica Alicia, la madre de Nina, que sujeta la Polaroid de su hija.
Posan una última vez para esa fotografía, la más importante de todas, porque ninguna otra cámara ha visto tanto de ellos.
¡Patata!
Después de que diferentes medios los entrevisten y Eva se dé más importancia de la que tiene, Nina comprueba cómo ha salido la foto que ha sacado su madre. Frunce el ceño, pero pronto se le suaviza la expresión.
—¿Qué ocurre? —Beck se asoma para verla también.
—Que está aquí.
En una esquina, junto a Zan y Mara, hay un borrón blanco. Podría ser un efecto del revelado, pero Beck distingue un nombre difuminado sobre él.
Seis letras prendidas que no se vuelven nítidas, pero que relaciona al instante con su amigo.
Salgo guapísimo.
Su sonrisa la delata ante una Nina que no necesita más explicaciones, solo la emoción compartida de que es verdad: Andre está ahí con ellos y, de alguna manera, podrá vivir Hambre antes de morir definitivamente el 24 de noviembre.
—Venga, que va a empezar ya —las avisa Mara cogiéndolas de la mano y tirando de ellas hacia el escenario.
Un escenario ensombrecido, en cuyo centro puede distinguirse la silueta de Florence. A su alrededor, varios músicos se preparan tras una batería, un
teclado y un bajo. Pero cuando todo se ilumina sin previo aviso, deja de existir la frontera entre el arte y quienes lo escuchan.
Porque la sala es la que se oscurece de golpe y el escenario es lo único que parece existir. Un mundo salpicado de cientos y diminutos leds dorados, al igual que luciérnagas, suspendidos entre guirnaldas de hojas verdes, racimos y algunas flores. Una de las enredaderas trepa por el pie del micrófono y parece enredarse en las manos de Florence, cogidas a él, y en las mangas bordadas con pétalos y semitransparentes como el resto de su vestido. Uno que confeccionó Mara exclusivamente para ella.
Florence entona el inicio de De adolescencia, la primera canción del disco, y unas notas dispersas del piano la acompañan. Juega con la suavidad de su voz y algunos graves que estremecen al público. Entonces la batería se une y Beck tiene que llevarse una mano al pecho, porque ha cambiado el ritmo de su propio corazón. Y, cuando llega el estribillo, algunos son incapaces de contener varias exclamaciones. La cantante arranca con toda la fuerza de sus órganos, cierra los ojos y termina de transportarlos al lugar exacto que ella pretende con su música.
El final crea una abstinencia inmediata, pero Florence no encadena enseguida con la segunda canción, sino que sonríe entre aplausos antes de decir:
—Esta primera canción se la dedico a mis amigos, de quienes he aprendido que la amistad merece un cuidado tan especial como el que nos damos a nosotras mismas. Va también por Andre, que nos enseñó a vivir sin frenos y a exprimir cada maldito segundo. Me gustaría desear que estuviera aquí, pero no lo haré, porque sé que está.
Directo al corazón que no tengo.
Otra ronda de aplausos le da el respiro necesario a la chica para no romper a llorar. Luego presenta a la banda que la acompaña esa noche y
explica de manera resumida qué quiere transmitir con Hambre. No necesita explayarse mucho, pues su música se describe sola.
Las siguientes cinco canciones se pasan volando. En las pantallas, sigue proyectándose Francia. Beck sentada en la pequeña biblioteca con la libreta atestada de versos. Mara grabando a Florence, que canta entre los viñedos.
Eva probando distintas caligrafías con su boli de tinta infinita. Nina entre carretes y fotografías reveladas. Zan organizando todo el trabajo. La música aviva aquellos mediodías que disfrutaron en el patio trasero y acuna las noches que pasaron alrededor de la hoguera entre risas y anécdotas.
La última que Florence canta es De ti y no deja de mirar a su novia mientras lo hace. Un «te quiero, Mara» al final desborda los aplausos y los vítores del público, que busca a la chica para ver cómo ha reaccionado.
—Aguanta —le dice Beck, que la abraza bien fuerte para que no se derrita ahí en medio.
—¡Otra, otra, otra!
—Bueno —suspira Florence, acalorada pero absolutamente radiante—, me chivan por el pinganillo… Siempre he querido decir esto. —Se ríen—.
Me chivan que ya es medianoche, así que primero de todo: ¡feliz cumpleaños, Eva! Sigue echándole pulsos al universo. —El chico aúlla y todo el grupo vuelve a reírse antes de felicitarlo a pleno pulmón—. Voy a terminar con la versión de una canción muy especial para mis amigos y para mí. No tiene nada que ver con Hambre, pero, como habréis visto en las pantallas, Hambre no habría sido nada sin ellos. Gracias. Ahora me gustaría que Mars Girls me acompañaran.
La banda de chicas, que ya tocaron esa canción durante la noche en que cumplieron el primer regalo de la lista de Andre, sube al escenario y ocupa el lugar de los otros integrantes. Myriam, batería y responsable de que seis
personas en esa sala tengan tatuada la misma inicial en la piel, entrechoca las baquetas tres veces para dar pie a la cantante:
—Acabamos con —Florence sonríe, sus amigos sonríen, Andre sonríe—
Midnight City.
Y viven tan fuerte que hasta los fantasmas se quedan en silencio.
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