Nunca será como siempre
18.05
Hacerse un tatuaje de grupo.
Tinta en la piel. Hasta que la muerte los separe de ella. Un regalo muy apropiado, pedido por alguien preocupado con dejar huella y elegido por alguien que tiene un bolígrafo a punto de agotarse, pero inagotable, y bastantes tatuajes ya. Para Andre, de Eva.
¿Y un servicio de tatuajes en el Más Allá? Esto es espectrofobia.
—¿Soy el único desvirgado?
—¿Es necesario que lo digas así? —regaña Nina a Eva, quien le pasa un brazo por los hombros para apretarla contra él y picarla.
—Yo tengo uno —responde Florence.
—¿Dónde? —pregunta Zan.
—Hay una foto en mi Insta. ¿No la habéis visto?
—Tienes unas 9000 publicaciones —le dice Beck—. No nos tortures así.
—Yo quiero verlo. —Mara sonríe.
—Y lo verás.
—Follad ya, de verdad. Sois insoportables —gruñe Eva, que todavía no ha soltado a una Nina que forcejea para quitárselo de encima.
—¿Estáis listos? —La tatuadora los interrumpe y todos, menos Florence y Eva, se sorprenden al descubrir que se trata de Myriam, la batería de Mars Girls—. Por vuestras caras, intuyo que yo también formaba parte de la sorpresa.
—La seguí en redes la noche del concierto. Sus tatuajes son la hostia —
les explica Eva.
—Vuestro diseño es muy simple, será rápido. ¿Vais a entrar todos en la cabina?
Qué pregunta. En menos de un minuto, el grupo está apiñado dentro de esas cuatro paredes, intentando no molestar a Myriam, sentada en un taburete, y no poner nervioso a Zan, acostado en la camilla y con un brazo extendido hacia ella.
—Mi tío lo matará —murmura Nina—, y luego mi padre me matará a mí.
Ahora sí que te vuelves a China, Zan.
—No me voy a China.
—¿Qué…?
—Que no me voy a China. Mi padre ha aceptado que me quede en Aconte.
—¿¡Qué!?
El grupo se apretuja mucho más contra el rincón cuando Myriam los mira por encima del hombro con cara de pocos amigos. No se debe importunar a una artista cuando está a punto de crear, y ella lo es por partida doble, tatuadora y música. Aterradora.
—¿Queréis que os mande a la entrada como a niños de cinco años o nos portamos como los adultos que somos? —Asienten, y a Myriam regresa esa sonrisa divertida—. Me encanta acojonar a la gente, es mi tercera pasión. —
Desinfecta la parte superior del antebrazo de Zan y luego le estampa el diseño—. Venga, acercaos. No muerdo.
Hacerse un tatuaje de grupo implica que el diseño sea el mismo. Cada uno ha escogido una parte de su cuerpo diferente, pero todos llevarán a Andre consigo para siempre. Es una «A» mayúscula invertida. Tres líneas negras que contienen una vida entera. Una declaración de que las cosas sencillas pueden ser inmensas. Así las veía Andre, sin filtros, puras.
En cuanto Myriam acaba con Zan, celebran que permanecerá junto a ellos, que él permanecerá en el lugar donde verdaderamente siente que desea estar, crecer, sanar.
Luego la aguja y la tinta siguen marcándolos. A algunos con una pizca de dolor, unas cuantas lágrimas, risas flojas. Después de Zan, Florence. Mara, seguida de Nina. Beck y Eva se juegan el quinto puesto a piedra, papel, tijera, peineta o Nyapoleón.
Menudo par.
Beck, en la parte interior de la muñeca, nota un cosquilleo, como si unos dedos invisibles la estuvieran tocando y no perforando. Eva ni se inmuta, la
«A» invertida bajo la órbita de la luna.
—¿Lo estará viendo? —musita Mara.
Os veo.
El calor ya se mezcla entre los soplos de brisa fresca, esa combinación singular del Mediterráneo más próximo al verano que a una primavera irregular. Aun así, fuera de Mar en Tasca, varias gotas de lluvia recuerdan eso de no quitarse el sayo hasta el cuarenta de mayo.
—¿Te acompaño a casa? —pregunta Zan.
—Creo que voy a pasar la noche en el piso de Florence. —Mara se arrebuja dentro de la chaqueta.
—Pues te acompaño hasta su portal. —Se gira hacia Javi y levanta una mano—. Nos vemos mañana.
—Buenas noches, viajeros —les responde el propietario, que tanto los ha ayudado.
Sus pasos resbalan con la humedad y el vaho traza las palabras que aún no han dicho. Un preludio que quiere contar muchas cosas, pero no sabe por dónde empezar.
—Qué bien que te quedes, Zan.
—Mi padre ha entendido que esta casa también es importante para los dos. —El chico mete las manos dentro de los bolsillos de la cazadora—.
Durante mucho tiempo, no supe qué hacer: si estar en casa con mi madre, si huir de ahí. Ni aquí ni en Valencia. Era solitario, doloroso e injusto. Me sentía muy perdido porque pensaba que, si no tenía a mi madre por entero, entonces no quería nada de ella. ¿Me explico?
—Totalmente. —Mara conoce la pérdida de otra manera, el no comprender qué conservar. Si está bien guardar un poquito y odiar el resto.
—Pero Aconte es nuestra casa, la única que considero un hogar. Yo… —
Encoge un hombro—. No tengo tantas inquietudes como vosotros, ni
siquiera sé si alguna vez me apetecerá estudiar. Solo sé dónde, cómo y con quién quiero estar ahora.
—«¿Quién?» —repite Mara, una ceja enarcada—. Se te ha olvidado el plural, guapo.
—Ah, joder…
Y ella se pregunta si, de haber estado Beck ahí, habría visto que el suspiro de Zan lleva su nombre.
—Nos besamos en Francia. —Zan hunde el rostro en la bufanda, aun así, las orejas entre su melena oscura se descubren rojísimas—. Mucho.
—¿Aclarasteis lo de Halloween?
—Sí. Fuimos bastante idiotas, qué novedad. Y hemos… perdido mucho tiempo.
—Tu faceta adorable me tiene al borde de espachurrarte en un abrazo —
ríe Mara.
Como respuesta, él solo se esconde más, aunque por las arruguitas en las comisuras de sus ojos, la chica se da cuenta de que está sonriendo.
—¿Y tú y Florence?
—Voy a terminar de averiguarlo esta noche.
—Es absurdo —dice Zan cuando se detienen frente al portal de su amiga
—. Las vueltas que damos a veces para acabar en el mismo punto. Beck, Florence, todos nosotros.
—Pero no iguales. Mejores. Por eso las vueltas son tan necesarias.
—Aunque mareen.
—Hasta tener ganas de vomitar.
Una carcajada es la despedida. Suena el timbre del telefonillo. Pasos que suben unas escaleras, nerviosos. Una puerta que se abre y, al otro lado, Florence Russo.
—Te he guardado algo de cena —le dice a Mara mientras esta entra y cierra la puerta.
—¿Eres tú?
—¿El qué?
«La cena», pero Mara solo carraspea, sacude una mano para quitarle importancia y añade:
—Dejo la mochila y el abrigo en tu habitación y enseguida bajo. Espero que sean macarrones con queso, ¡no he parado en toda la tarde! —Empieza a subir los peldaños—. A Zan y a mí nos va a costar un siglo recuperar las horas de Francia.
Dentro del cuarto iluminado por una lámpara de luz anaranjada, Mara se descalza, deja sus trastos cerca de la cómoda e inspira hondo. Avergonzada por lo que casi ha dicho, levanta una mano para darse en la frente; sin embargo, Florence aparece por detrás, coge sus dedos y la hace girar para que la encare:
—Tienes la mala manía de decir lo que quieres decir, pero esperando que yo no lo escuche.
—Y tú tienes la mala manía de decir con otras palabras lo que quieres decir, pero esperando que yo te entienda —susurra Mara, el rostro muy alzado porque Florence está casi sobre ella y es mucho más alta.
—Hmm. —Florence da un paso que la otra retrocede—. ¿Cuántas veces lo he hecho?
—He perdido la cuenta.
Más pasos hacia la cama.
—Yo de las tuyas no, Mara, y eso que no has parado desde que nos conocimos. Ahora, con la cena. Aquella mañana de Fallas, asomada a tu ventana.
Mara contiene el aliento, a pesar de que no debería sorprenderse. Aquel día, cuando le susurró «me gustas» desde lo alto, sintió en lo más hondo que Florence la había entendido. Pero todo continuó igual y no le importó seguir jugando.
Sus piernas dan con el borde de la cama y cae sentada. Florence se queda de pie ante ella, una silueta bordada por la luz de la bombilla. Se le ha resbalado un tirante del largo vestido por el hombro y Mara siente la tentación de enredar los dedos en él para tirar hacia abajo.
—Me gustas.
Dos palabras certeras de Florence, dos punzadas en el estómago de Mara porque ha pasado demasiados años soñando con que se las dijera. Y, sabiéndolo, los años se convierten en más capas de ropa que necesita desvestir. Por eso se levanta de golpe, invadiendo esos milímetros que las separan. La expresión de Florence es un poema y Mara está dispuesta a desordenarle todos los versos. A besos y más.
A Florence se le atasca un jadeo cuando Mara no se resiste más, enreda los dedos en ambos tirantes y estira hacia abajo. El amplio vestido cae al suelo con un rumor que les eriza la piel. Entonces Mara se queda sin aliento, la vista clavada en el pequeño tatuaje que apenas asoma bajo la goma de las bragas. Parece la cresta de una ola y piensa que tiene todo el sentido. Quiere besarlo. Sin embargo, Florence no espera a que se deshaga de las dos últimas piezas de encaje que viste, la sienta de nuevo con un pequeño empujón y se arrodilla para quitarle los pantalones.
Antes de tumbarse sobre ella, Florence arrastra los labios por la piel de Mara, quien arquea la espalda cuando siente su aliento sobre la ropa interior. Pero la chica solo suspira para arrancarle un gemido y sigue ascendiendo, metiendo una pierna en medio. Con cuidado de no rozar sus
tatuajes recién hechos, se acarician con manos ansiosas, persiguiendo los músculos que se contraen rogando por más.
Mara acerca sus bocas, pero Florence retrocede unos centímetros con una sonrisa voraz:
—Ya te he dicho que hablas mucho y bastante alto. ¿Qué le dijiste a Beck en Francia? Sin besos. Solo tocar.
—O tal vez es que estás demasiado pendiente de mí —susurra Mara, a la que se le van a agotar las palabras, la respiración, la paciencia.
—Desde hace mucho. Más del poco que te empeñas en creer.
Florence entierra el rostro en el cuello de Mara, dándole un débil mordisco, y la incorpora con una mano al final de la espalda. Después de quitarle las gafas con cuidado, le saca la camiseta de un tirón. Así de cerca, sus manos vuelan para deshacerse de los sujetadores y estos desaparecen a la vez. Mientras Mara recorre la piel que acaba de desnudar con la lengua, Florence dice entre jadeos:
—Al parecer, no soy la única experta en quitarlos.
Vuelven a caer contra la cama y Mara siente que acabará suplicando si Florence sigue mirándola de esa manera, brillante, oscura, para perderse en ella sin remedio. Pero Florence ni siquiera ha empezado, deseando volver a repasarle el cuello, entretenerse en sus pechos, trazar su vientre con los dientes y colarse bajo sus bragas.
Antes de que lo cumpla, Mara la sostiene por la barbilla con el pulgar, firme. Entonces gime:
—Bésame.
—¿Por favor?
—Ya.
Otro recorrido, este de boca a boca, lento para provocar la urgencia de Mara que, aun así, espera hasta que un roce precede al beso. El alivio es
momentáneo, porque luego el deseo ruge contra sus labios y terminan de desnudarse sin delicadeza.
Dan con los preservativos casi a ciegas y, tocándose y hundiendo dedos y boca donde se estremecen, se nombran, piden más alto y hacen y deshacen hasta que ambas quedan tendidas sobre las sábanas arrugadas.
Un último beso que no será el último.
Al despertar, no está Florence. Huele a café y hay una página arrancada sobre Mara. Una estrofa:
La peor de las hambres,
calcinante, insaciable.
Esa es la mía,
hambre de ti.
De ti. La última canción del disco. Para Mara, de Florence.
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