Nunca será como siempre
04.02
Existen dos instantes al día en que el mundo finge detenerse por alguien. Durante la madrugada, porque las personas corrientes no saben calcular el tiempo de la oscuridad, y al amanecer, porque el sol rosáceo es una herida de bala en el cielo que, orgulloso de su belleza, hace creer a quien mira que acierta el segundo exacto en que empieza a mudar al amarillo.
Ahora son las dos de la madrugada y la galaxia intenta que el mar sea amable con Zan, sentado entre las rocas de la escollera donde se encuentra el faro rojo. Sujeta una caña de pescar, a su lado un cubo y un salabre.
—Podría ser un asesino en serie, ¿sabes? —dice Andre desde lo alto, viéndolo como una criaturilla marina más que intenta camuflarse entre las rugosidades de las piedras.
—En este pueblo no hay nadie.
—Con más razón.
Como un sol del amanecer incrustado en la noche oscura, Andre sostiene el futuro sin moverse, con la vista clavada en el diminuto led verde que indica dónde está el corcho de la caña. La brisa remueve sus rizos castaños y hay cierta tensión en su vaga postura, como si se planteara zambullirse en el agua y comprobar si esa luz en medio de la nada lo guiará hasta un anzuelo o a algo mejor. En cambio, suspira y desciende a las rocas para sentarse junto a Zan.
—Estoy acostumbrado a pescar a estas horas.
—A lo mejor eres tú el asesino en serie, atrayendo a tíos buenos con tu… enorme caña.
—Uf —Zan niega con una sonrisa—, ya tengo mi dosis diaria de Eva, gracias.
—No sé cómo se aguanta a sí mismo.
Andre no hace ademán de chocar sus hombros, pocos son quienes pueden romper la distancia que Zan siempre establece para sentirse cómodo. Por eso suelta una risita y deja que el mar ruja de nuevo por encima de ellos, que sea su amigo quien hable si lo necesita, de lo que le apetezca:
—¿Problemas en casa?
—Conmigo. ¿Problemas en casa?
—La enfermedad de mi madre. Creo que… vamos a mudarnos.
Una vez más, Andre no fuerza los límites, no le pregunta por qué está allí solo y no pasando tiempo con ella. Si ver su endeble vida es un sinónimo de la muerte y por eso huye, o no ha huido en realidad pues tiene la esperanza de que sanará.
—Ojalá puedas estar en nuestra graduación, Zan.
Aunque falten meses, porque significará que su madre ha logrado recuperarse, que a ninguno le podrá lo complicado que es crecer cuando no entiendes tu alrededor ni nadie te lo explica.
Que a ninguno le podrá y jamás se separarán.
Cuando pestañea, las lágrimas al fin sueltas por sus mejillas, Mara ya no es Andre. La siesta se le ha ido de las manos y se yergue en la cama de golpe, como si alguien la hubiera pillado delinquiendo o soñando a través de un Andre remoto, reviviendo momentos concretos, algunos auténticos, otros inventados. Porque ella no estuvo aquella madrugada en la escollera, ni siquiera sabe si ambos chicos mantuvieron esa conversación.
Pues ya lo sabes, amiga.
Con la manga del jersey se seca el rostro y se convence de que ha sucedido porque Beck le contó qué había ocurrido con la madre de Zan. Y
puede que algo de razón tenga, pero no toda: lleva adentrándose en los ojos de Andre al dormir desde que este falleció. Antes de enterarse, lo creía nostalgia, una muy desesperada como para imaginar quién era su amigo en cualquier circunstancia. Se había marchado a Londres y, cortada toda comunicación, lo iba a echar de menos. Era lógico. Ahora, por un segundo, que la fecha de su muerte y el comienzo de esos sueños coincidan le resulta aterrador. Un fenómeno sobrenatural digno de Cuarto Milenio.
Eh, a la cola de Iker Jiménez. Yo lo pedí primero.
18:02h marca el reloj digital que rescató de su antiguo dormitorio y al que solo necesitó cambiarle las pilas. Poco a poco, ese cuarto en la casa de Lupe va asemejándose más al de una joven de diecinueve años y menos al de un misionero; aun así, Mara no termina de invadirlo —eso siente—
completamente. La escasa ropa en los escasos cajones, películas contadas en las contadas estanterías, el busto que le regaló su abuelo en una esquina, las puntas de ballet encima. Sobre el escritorio, algunos retales y su insufrible ordenador portátil, más lento en abrir un documento que un perezoso en bajarse de un árbol.
Todavía elude una decisión: vaciar su casa del todo y vender las pertenencias que han aguantado el polvo de más de un año pese a que caben, pero no quiere que quepan, en la habitación de Agustín el Misionero.
¿Y si el hijo pródigo regresa? ¿Y si Lupe se cansa de cobijarla al igual que sus padres se cansaron de ella incluso antes de nacer?
Mara se traga el resto de lágrimas porque, si reacciona, las avivará de nuevo. Se tensa sobre la cama, a pesar de todo ese silencio apacible que, hace un tiempo, solo debía romperse con los ruidos antinaturales de los
vecinos. O sea, de su familia. Vergüenza es lo que despierta en ella al recrear los insultos, los golpes en los muebles, el leve susurro que emitía su piel si aquellas manos que pegaban estrellas fluorescentes en el techo la agarraban demasiado fuerte. Debería sentir rabia, ansias de demoler esa casa que la vio decrecer hasta no ser siquiera una célula. Merece más y no esa cruda vergüenza, como si fuera la culpable, como si pudiera haberlo evitado.
18:30h. Aconte ya está sumida en una noche invernal. Mara, que no ha llegado ni a descalzarse antes de echarse en la cama, saca un fino fajo de currículums de un cajón y baja a la planta inferior.
—¿Vas a probar suerte? —dice Lupe, la melena rubia recogida bajo un amplio turbante y una mano cerrada en torno a la plancha que resopla vapor.
—Ojalá no me toque buscar trabajo en Valencia.
—Con tranquilidad, ¿vale? Me alegro de que estés aquí.
«Me alegro de que sigas aquí, de que pueda adelantarme si tienes ganas de marcharte de nuevo», lee Mara en su mirada. Lupe fue una de las pocas adultas que intentó ayudarla durante sus años en Aconte, la única con la que mantuvo el contacto después y nunca le pidió que actuara con una madurez imposible para su edad. Una especie de ángel custodio, porque pensar en ella como una madre lo complicaría todo.
Claro, es mucho menos complicado compararla con un terrorífico ángel de diez alas y dieciséis ojos.
—El dinero que ahorré en Londres no es suficiente para…
Mudarse y no molestar más. Conservar todas sus cosas y evitar que ese dormitorio del primer piso deje de parecer austero. Ella no merecerá la vergüenza, pero esa familia no merece su carga.
—No te preocupes —insiste la mujer.
Con los currículums entre los dientes, Mara asiente, coge su plumífero morado del perchero y sale a la calle mientras maniobra para ponérselo. De camino al quiosco, su primera parada, se observa en cualquier reflejo sin detenerse, intentando peinarse, quitarse las legañas, componer una sonrisa creíble que transmita seguridad y disimule esa típica modorra después de una larga siesta.
El pueblo ha chismorreado bastante sobre su regreso. Aun así, en cada establecimiento la contemplan con cierta curiosidad, preguntándole sin mucho disimulo para corroborar la veracidad de los rumores y no su profesionalidad. Al final, ese apático «ya te llamaremos» del que Mara no tiene fe.
La última hoja, porque sus dos cortas y nefastas décadas de existencia no le han permitido acumular más logros, la destina a Mar en Tasca. Su propietario ya contrató a Zan, pero quizá pueda apelar a su filantropía.
Agustín el Misionero no debe ser el único con un alma caritativa en Aconte.
Además, la invitó a una cerveza el día en que acudió con Beck y se alegró al verla, eso tiene que ser una señal providencial.
Entre las personas que deambulan por el paseo marítimo, Mara reconoce a una sentada en el bordillo de piedra, de cara al mar, con los bajos de su vaporoso vestido azotados por la brisa y la mirada oscura todavía más oscura al perderse en el horizonte. Nunca ha visto a Florence Russo de esa manera, muy seria, desafinada con el ajetreo del universo, tan quieta como ella misma ha permanecido sobre la cama. A sus ojos, siempre ha sido la sirena sobre una roca, embelesando a cualquiera con su canto y sus viajes y lo inalcanzable que resulta. No la roca bajo la sirena que, enquistada en la tierra, solo puede dejarse erosionar por algo más grande e impetuoso.
¿Desde cuándo la tiene así de idealizada? Mara va desmontando su error a medida que se acerca.
—Ey.
—Ey —Florence mimetiza palabras que le sirvan de escudo, al igual que la calada del poco cigarro que le queda, al igual que ese humor tras el que muchos se protegen (Beck, Eva, a veces Zan, antes Andre)—, ¿un paseo romántico en soledad?
—Al capitalismo se lo parece. —Levanta el último currículum—. ¿Puedo sentarme? —pregunta al darse cuenta del enrojecimiento en los ojos de la chica.
—Claro. —Otra calada mientras ambas terminan a un centímetro de que sus codos se rocen—. ¿Cómo fue con Nina? Siento no haber escuchado tu audio…
—¿Estás bien? —la interrumpe Mara, ahora preocupada pues la cazadora de Florence apenas debe abrigarla, las manos rígidas por un frío que también le sonroja los pómulos.
—Una discusión con Jim —apaga el cigarro y lo deja a su lado—, ya sabes, mi amigo —retintín— el productor. No nos ponemos de acuerdo en ciertos aspectos y puede llegar a ser muy intenso.
A Mara no le gusta cómo suena «intenso», casi roto por una sonrisa que camufla… ¿un sollozo? Le cuesta descifrarlo y es su culpa. Siempre se ha creído lo que Florence muestra: una chica de familia adinerada que tiene todo a su alcance y, si no, se las arregla para conseguirlo. Fácil. O aparenta que así es.
—Mis padres también llegaban a ser muy intensos.
—No es lo que crees.
—¿Y qué es?
—Nada. —Sonríe, falso—. Él no quería venir a España y lo ha hecho como un favor. Entiendo que se enfade… Es decir, que discutamos porque no lo acordamos en los mejores términos.
—Un favor. Que se enfade.
—En serio, no es lo que crees. Ya estoy mejor. Me voy.
Antes de que se mueva, Mara la detiene por el brazo. Conoce a la perfección los esquemas de una huida: las respuestas malgastadas en una sola, las prisas, los gestos esquivos, los ojos muy abiertos para secar las lágrimas.
—No sientas vergüenza. Si ocurre algo…
—¿Vergüenza? —Florence la mira por fin con una ceja que se arquea inesperada—. Vete. O sea, quiero estar sola. —Posa una mano helada sobre la de Mara, entumeciendo emociones hasta el centro del pecho, y se apartan.
—Vales mucho, Florence.
—Y tú lo sabes bien después de tanto tiempo, ¿no?
Nina no es la única que guarda un puñado de granadas. Todos se han transformado en bombas de relojería, cuyos nuevos cables tientan con buena intención. Pero a veces la buena intención no es suficiente si se equivocan al cortar el cable incorrecto. Y Mara parece haber arrancado los de Florence de cuajo.
Solo lo parece, por eso Mara reconoce el último esquema de esa huida: justificar el daño porque, si nadie pregunta por el dolor, no se percibe tan real. Sin embargo, lo es, y no está dispuesta a que su amiga lo atraviese sola.
Escarba en los bolsillos de su plumífero para sacar un gorro y unos guantes. Ante el ceño fruncido de Florence, Mara le coloca el gorro, acariciando sus ondas de un castaño casi negro, y después le pone los guantes con una delicadeza tan tentadora que sus dedos terminan entrelazados. Se sujetan casi cinco segundos, ambas lo necesitan.
—Nina patinó, así que… cuando quieras, Florence.
Mara se levanta con una sonrisa limpia de escombros, habituada a la guerra de verdades, al cambio en el interior de sus amigos, que lo eran y lo son, pues nunca serán los mismos que el día anterior, mudando las capas de su adolescencia en una constante e insoportable evolución.
El problema nunca fue que no llegaran a conocerse del todo, sino la impaciencia por hacerlo, dejando sus vidas en manos de quienes todavía estaban desentrañando las propias.
—Adiós, Mara.
—Hasta luego.
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