Nunca será como siempre

Arantxa Comes · Capítulo 23 de 51

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Nunca será como siempre

13.04

Ganarles en una partida de paintball.

Hay paz bajo la cama, en medio de un monte incomunicado, más allá de la exosfera. Pero no solo hay paz en lo deshabitado, eso es fácil, que el vacío haga todo el trabajo de calmar las guerras. También hay paz en el estruendo, en las risas y los sollozos, en las grietas cuando algo se rompe.

Hay paz en que un grupo de amigos esté poniéndose unos monos de camuflaje, brazaletes de colores, guantes y máscaras protectoras. Equipo azul y equipo rojo. Tres contra tres. Uno como espectador, nadie lo ve, y el árbitro de la partida atento para que nadie haga trampas o incumpla las reglas:

—El seguro y el tapón del cañón siempre puestos si no estáis jugando u os han eliminado. Nunca os quitéis las máscaras dentro del campo de juego, ni disparéis si no estáis a siete metros de distancia del contrincante.

Van a competir para divertirse, para regalarle algo a un amigo que está, aunque no como desean. Sonríen con una rivalidad sana bulléndoles en las venas. «Ganarles en una partida de paintball», así lo escribió Andre en la lista y así han aceptado esa única condición. Ganar.

Equipo rojo: Rebeca Roy, Nina Wu y Zan Wu.

Equipo azul: Mara Blanch, Eva Lahoz y Florence Russo.

Espectador: Andrés Rojas. ¡Presente!

El monitor/árbitro: Arturo, al que han apodado «Arturito» en secreto porque La casa de papel ha hecho mucho daño.

El terreno de juego está cercado por una valla y simula ser una especie de vertedero abandonado. Hay un coche, varios muros derruidos, bidones de gasolina, casetas de madera, neumáticos apilados, palés, chatarra e incluso un pequeño barco de pesca. Bajo las botas de todos, se entremezcla la tierra anaranjada con brotes de hierba y piedras de muchos tamaños. Varias lomas desnudas aumentan la dificultad desnivelando el campo.

—Existen dos bases. La del equipo rojo es la caseta con una equis blanca pintada en la puerta. La del equipo azul es el barco al otro extremo. El primer equipo que toque la base contraria o elimine a todos sus adversarios ganará. Al mejor de tres.

—Vais a morder el polvo y aquí hay de sobra —amenaza Eva a sus contrincantes.

—Mejor muérdeme tú la bota cuando os venzamos —replica Nina.

—Encantado. —Él amplía su sonrisa y la chica pone los ojos en blanco, un poco sonrojada.

—Ah —añade Arturito—, si os eliminan, levantad la mano y gritad:

«¡Baja!», para que sepan que no deben dispararos mientras salís del terreno.

Tenéis cinco minutos para dispersaros y pensar una estrategia antes de que suene el silbato. ¿Preparados?

—¡Sí! —gritan calándose las máscaras y cruzando la puerta enrejada.

A Beck le gusta que su máscara roja le limite la visión y que, entre objetos que no le pertenecen a nadie y lejos de Aconte, el lugar esté desierto de nombres. Se reúne con los primos Wu frente a su base. Han echado a suerte los equipos y el azar ha querido que ambos estén muy igualados.

Porque Beck sabe que será un efectivo promedio, pero equilibrará la balanza con la vehemencia de Nina y la calma de Zan. Mara y Eva serán un desafío, porque se emocionarán hasta el punto de creerse en una película y ya se sabe: enfrentarse a un fanático nunca acaba bien. Menos si son dos.

Además y por desgracia, cuentan con Florence, la verdadera definición de six pack: fuerza, habilidad, precisión, inteligencia, la osadía justa y la sangre fría recién sacada del Polo Norte.

—Bueno, como ya os he dicho, yo no puedo correr mucho por la prótesis

—les susurra Nina.

—Puedes centrarte sobre todo en defender la base —le propone Zan.

—Tenemos que ganar por narices —masculla Beck—. Pensad en el premio.

—Que Eva no esté restregándonos su triunfo durante años.

—Exacto. —Beck se lleva un índice a los labios—. Lo que voy a deciros puede sonar un poco loco, pero el gato de Eva se llama Nyapoleón por una razón.

—¿Estás insinuando que intentarán imitar una táctica de ese señor?

—Se puso muy pesado cuando lo dimos en el colegio.

—Dios, Beck, cómo admiro tu paciencia con Eva. Y a Mara ni siquiera le hace falta un empujoncito para ponerse peliculera. Aceptará.

—¿No creéis que Florence se lo olerá? —pregunta Zan.

—Florence estará dispuesta a darnos la primera victoria si así…

—Descubre de qué pie cojeamos —ríe Nina al tiempo que su primo niega con la cabeza—. ¿Qué? —Ríe más—. Me la habéis dejado botando.

—Sea como sea, la solución es copiarlos —concluye Beck—. No lo preverán.

Y el silbato resuena por todo el terreno.

Y Beck acierta de pleno.

Ninguno cruza la mitad del campo. Desde el flanco izquierdo, Nina consigue una perspectiva perfecta para derrotar a Mara y enseguida se une a Zan, quien ha intentado vencer a Florence de la misma manera por el flanco derecho, pero se le ha escapado. Entre los dos, consiguen eliminarla tras varios obstáculos, mientras Beck sube a la loma antes que Eva y lo abate con tres balazos.

Otro silbato. Una victoria.

—¡Nyapoleón, va por ti! —grita Beck, eufórica.

—Putos copiones. ¿Estás de coña? —se queja Eva poniéndole el tapón al cañón y activando el seguro.

—Conozco todos tus secretos —le dice ella en cuanto lo tiene a su altura, rascando uno de los impactos de pintura roja en el mono de él.

—No todos, saldrías corriendo. —El chico no añade nada más hasta que están a un lado del terreno y puede levantarse la máscara—. A no ser que me pidas cumplir alguno contigo.

Rebeca Roy es la única capaz de contemplar a Eva Lahoz sin pestañear ni sonrojarse. Hoy no. Hoy pestañea dos veces.

Al cabo de diez minutos, el silbato vuelve a sonar. Segunda partida. Los seguros y los tapones quitados. Las máscaras bien puestas. Las armas apuntando al frente para que las bolas de pintura caigan y el cañón las escupa. Esta vez es una escabechina que termina con el equipo azul humillando al rojo. No solo Florence consigue tocar la base contraria, sino que, a la vez, Eva dispara a Nina, la última de sus adversarios que quedaba en pie.

—¡Ha funcionado! —se emociona Mara, dándole un abrazo a Florence que esta corresponde sonriendo y pasándole una mano por la cintura.

—Mira cómo aprovechan —canturrea Beck.

—¡Uno a uno! —recuerda Nina, la reina del mal perder—. Quien gane esta, gana todo.

Y su fiereza se contagia. Se han olvidado incluso de por qué están allí.

—Tengo una idea —le dice Nina a su equipo—. Hay algo en las normas que Arturito no ha mencionado. Y, mientras mantengamos la distancia de siete metros, no creo que me descalifique.

—¿Estás segura?

—Sobrevivid. Yo os aseguro que no tocarán la base.

La partida de desempate dura más. Pasos de plomo, bien escondidos, el silencio apenas interrumpido. El primer «¡baja!» llega de los labios de Zan.

El segundo lo gritan Beck y Florence al unísono, después de dispararse y acertar al mismo tiempo.

Cuando los dos que quedan del equipo azul están a punto de alcanzar la base contraria, no esperan los disparos. Ni siquiera averiguan desde dónde han llegado. Eva grita: «¡Baja! ¡Mierda!», al ver la pintura roja y fresca que ha impactado contra su brazo. Mara se cubre enseguida tras una pila de neumáticos, mientras Nina rueda por el suelo, saliendo de debajo del coche junto a la caseta.

Ocultarse bajo él parecía peligroso, pero Arturito no lo ha prohibido y Nina sabía que era el mejor escondite.

Las chicas no dejan de apuntarse y el resto contempla el desenlace con los nervios a flor de piel. Dos bandidas de un wéstern otra vez, como cuando jugaron al UNO. Siete metros de distancia. A la vista y sin ningún obstáculo.

—Aquí no puedes hacer trampas —aclara Nina deteniéndose frente a la equis blanca en la puerta.

—Supéralo. Luego buscamos en Internet si te gané al UNO con todas las de la ley igual que voy a hacer ahora. —Mara sonríe.

—Serías una guionista dignísima. Una pena que vayas a perder.

Y Nina traga saliva, de pronto, recordando a Andre. Que están allí, divirtiéndose, gracias a él. Sin él. Jugando en su lugar lo que jamás podrá jugar. Ganando lo que él jamás podrá ganar, tal y como escribió en la lista.

A no ser que…

Nina.

—Andre. —Ella no le responde al espíritu de su mejor amigo, solo es una idea—: Andre quería ganarnos al paintball.

—¿Es alguna técnica de distracción?

—Es una forma de regalarle exactamente lo que pidió. Ganarnos. ¿Me pillas?

Mara frunce el ceño antes de entender qué le está proponiendo. Entonces sonríen tras las máscaras, aun así, notándolas la una en la otra porque la felicidad tiene ese poder.

—A la de tres.

—Una…

—Dos…

Yippee Ki Yay, motherfucker.

A siete metros, Nina y Mara se disparan a la vez. Y ambos equipos pierden a la vez. Y ambos equipos quedan empate a la vez. Y solo alguien gana cuando suena el último silbato.

—¿Qué habéis hecho? —les pregunta Beck en cuanto llegan hasta ellos.

—Ha ganado Andre.

—¿Cómo?

—Andre quería ganarnos al paintball. Es el único al que no hemos vencido en ningún momento y nosotros hemos quedado empate —Mara se encoge de hombros—, así que Andre es el ganador.

Gracias.

—Me parece perfecto —coincide Florence.

—Tía, por comerle la boca a Mara, incluso te lanzarías a una piscina de tiburones —resopla Eva.

—Ya lo he hecho. Nadar con tiburones, no lo de comerle la boca a Mara.

Aún.

—¿Y si nos comemos los bocadillos? A este paso cometeré canibalismo.

—Beck rescata a Mara de que en su rostro parezca que ha estallado una bola perdida de pintura roja.

Y juntos salen de un terreno de juego donde no queda ni el alma de un solo jugador.

El atardecer se derrama suave sobre el merendero. Acostada en uno de los bancos, amodorrada después de todo lo que han comido, Beck sigue deleitándose con un paraje vacío de nombres. Los árboles, la brisa, nada de eso le pertenece a nadie. Solo uno se inflama, como una cerilla a punto de apagarse, cuando Zan se acuclilla frente a su rostro, las manos apoyadas en el banco y la barbilla sobre los nudillos.

Cerca, con el oxígeno siempre exiguo, en ese instante único que habitan y deshabitan, a Beck le cuesta sostenerle la mirada mientras susurra:

—¿Dónde están los demás?

Zan no le responde enseguida, puede que el viento se haya llevado su pregunta:

—Echándose fotos.

Tal vez él le ha leído los labios.

Tal vez ella deba besárselos para comprobarlo.

—Sin duda, hemos sido los mejores. Y sin practicar.

—¿Mi prima al final de la última partida? Lo más épico que he visto desde Infinity War.

—Ay, es que tú eres más tranquilito, Zan Wu. Ya sabes, pescas solo, lees cuando nadie te mira… No te van las emociones fuertes.

—Me van, pero no con cualquiera. Cuando quieras te lo demuestro.

Tal vez solo es cuestión de no plantearse cuándo, ni dónde, ni por qué.

—Entonces, ¿te lo has pasado bien? —Beck cambia de tema para salvar su cordura.

—¿Es una pregunta trampa para que te hable de mi padre?

—Claro. —Sonríe, y Zan también lo hace sin importarle que su sonrisa dure más que nunca.

Tal vez ella deba acariciarle las comisuras para empezar por algún lado.

—He hablado con él. No hemos discutido. Está pensándoselo.

—¿De verdad? —La emoción tiene un timbre especial en Beck—. Ojalá puedas quedarte. No quiero que nos separemos otra vez… No ahora.

Se pierden en la mirada del otro, sin timidez, y comparten el mismo estremecimiento que promete deshacer sus cuerpos, efervescentes.

—¿De ellos o de mí?

—De ellos. De ti. —Esta vez Beck susurra tan bajito que debe humedecerse los labios para recordar las palabras que ha dicho.

Tal vez él deba humedecerle los labios para recordar sus palabras también.

—No voy a besarte aquí, Rebeca.

—¿Por qué?

—Porque no podré parar y ya sabes qué nos espera si nos pillan.

—Pudiste en aquel Halloween.

—Paraste tú.

—No, paraste tú.

—¿Este es otro empate? —Zan enarca una ceja, la sonrisa ladeada—.

Porque me gustaría que lo hablásemos, ya que la otra vez no lo hicimos.

—Vale —accede Beck, que lo imita y enarca una ceja para provocarlo, para desestabilizarlo tanto como él la desestabiliza a ella—. Todo desempate necesita unas reglas.

—Para romperlas.

Los demás regresan al merendero, pero ni Beck ni Zan se alejan como han hecho en otras ocasiones, rápido, avergonzados. Siguen mirándose a pesar de las bromas y los cuchicheos. Siguen venciendo el espacio que los separa rozando sus manos, sin necesidad de excusas para tocarse con esa sutilidad que no los moverá a la próxima. A la próxima, no habrá control.

Una promesa tácita.

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