Nunca será como siempre
05.01
Si Mara Blanch fuera de verdad un truco final, el autobús no estaría traqueteando a unos metros de la rotonda que da la bienvenida a Aconte. Un mago no te promete hacer desaparecer un avión para que, luego, al tirar de la sábana que lo oculta, siga ahí, viajeros histéricos incluidos en su interior.
Aunque el autobús, que exhala una última bocanada de gases a poco de alcanzar su parada, sí cumple el requisito de los viajeros histéricos, quienes
se quejan de que el conductor no los haya dejado en primerísima línea de playa.
Mucho menos Mara es una maga, con el rostro oculto bajo la capucha y tras una vieja bufanda que es todo lo que le queda de su viaje —huida— a Londres. Uno con ínfulas de hogar que al final se convirtió en el refugio de una superviviente. Llegó a Aconte hace cuatro días, pero ha estado yendo y viniendo como una cobarde.
Os lo juro, no ha cambiado nada, si hasta lleva las mismas gafas redondas y negras.
De saberlo, a Mara se le habrían escapado unas lágrimas. Cambiar, eso es lo que buscaba al escapar. Cambiar y no ser la niña tras la puerta cerrada con llave y los gritos de sus padres al otro lado. Por huir de ellos sacrificó lo bueno que tenía en el pueblo: sus amigos. Y lo hizo de la peor manera posible, casi en silencio, sin despedidas. No quiere volver a imaginar la cara que Beck debió poner al enterarse, porque las mejores amigas no terminan como ellas terminaron. Tras graduarse juntas, lo lógico habría sido entusiasmarse por la universidad, seguir yendo al cine con los bolsos llenos de chucherías y tumbarse en la cama de la otra para charrar hasta las tantas.
Una pena que la vida no sea lógica.
Los viajeros enfadados por la avería se amotinan contra el conductor y ella aprovecha para escabullirse. Magia avanzada porque lo hace sin bomba de humo ni fuegos artificiales.
Mara pierde de vista el paseo marítimo cuando se adentra en el aparente sinsentido de Aconte. Aunque es complicado conseguir los permisos para repintar al gusto sus fachadas policromáticas, las calles fingen mutar constantemente. Porque siempre hay un rincón, un arriate o un pasadizo que, en un segundo vistazo, ya no parece igual.
A conciencia, Mara evita acercarse a algunas viviendas del centro de la dársena hasta que llega a su casa. Es una experta en esquivar a los amigos de los que no sabe nada desde que se escapó, lejos de su familia. Los ha buscado, no lo negará, pero solo con la mirada, como si se hubiera convertido en alguien de la Otra Parte.
La Otra Parte, la mitad norte de Aconte, nuestros enemigos de la infancia.
Si Beck hubiese estado allí, Mara está segura de que habría resoplado, pues, sin duda, la mujer de mediana edad que la espera junto a su bicicleta blanca es una sorpresa. Una buena, por cierto, aunque Beck tiene ese humor de perros que jamás se le contagió.
No el de Cerebro, él podría ser una estrella cómica internacional.
—¿Lupe? —Mara se baja la capucha y la bufanda hasta la barbilla.
Ni siquiera se atrevió a avisar a su vecina de que volvía, a pesar de ser la única que ha estado al corriente de todo lo que ha hecho durante ese año y medio fuera. Y es que, si se hubiera arrepentido de regresar a Aconte en el avión, tendría que haber fingido estar contagiada de un virus zombi para que no le permitieran salir de Inglaterra. Ella a Londres y el resto a Valencia en modo vírico. Su posible regreso habría esperanzado a Lupe en vano, y a Mara le enseñaron que no podía ser la esperanza de nadie.
Aun así, el reencuentro es un abrazo con aroma a polvorones de almendra, pollo al horno y una pizca de naranja dulce. La Navidad que Lupe adora impregnada en ella y decorando un arco con hojas de pino y pastoras rojas en la entrada de su casa, adosada a la de Mara.
—¿Dónde has estado?
Lupe pregunta por esos últimos días, no por el último año y medio del que ya conoce bastante. La bicicleta blanca apoyada en el murete que rodea las malas hierbas de su parcela, un contraste penoso con la preciosa entrada
ajardinada de su vecina, ha delatado que Mara no acaba de llegar. Al fin y al cabo, tampoco carga maletas, solo una mochila maltrecha a la que le hace falta más de un lavado.
—Llegué el 31. No sabía… qué esperar.
Ni fuera ni dentro de su casa. Fuera: cómo sería Aconte sin ella, tal vez más feliz, tal vez la misma cantinela de un pueblo que inventa rumores, juzga los errores y hace creer que no es así. Dentro: dos personas dispuestas a lo peor.
A pesar de que Lupe le aseguró en cada llamada que sus padres se marcharon cinco meses después de su huida, más avergonzados por los cuchicheos que preocupados por la desaparición de su hija, Mara no quiso permanecer en su casa, casi vacía, sin la seguridad de que no emergerían entre la oscuridad. Solo su dormitorio se mantiene intacto, como un museo del terror, como un sitio maldito.
—Dejé la maleta en mi cuarto y me di una vuelta con la bicicleta. Luego decidí alojarme en un albergue de Valencia, no me apetecía encontrarme con nadie.
—Deberías haberme avisado.
—No quería molestar.
—Nunca molestas.
Mara sabe que no es cierto porque han vivido pared con pared, porque Lupe debió de escucharla crecer en un nido equivocado, donde los gritos se sucedían hasta que se tornaban morados en la piel. Solo entonces enmudecía todo ruido, y su vecina se atrevía a llamar al timbre y ser recibida por dos sonrisas tirantes que fingían no hablar de violencia.
—Coge tu maleta, cielo —le dice Lupe estrechándole los hombros—. Te quedas con Nacho y conmigo.
—¿Seguro?
—Ya sabes que Agustín se independizó hace dos años. Su habitación está libre.
Es inevitable que Mara no se resista más: ha estado demasiado sola y Lupe ofrece una esperanza auténtica que nadie con manos desesperadas apartaría.
—Además, hoy es la Cabalgata de Reyes.
—Lupe, no tengo seis años —ríe por lo bajo. Luego musita—: Preferiría no salir.
—¿Hoy?
Nunca. Mara se grabó en el corazón cada una de las prohibiciones que aprendió de pequeña.
Por suerte, lo aprendido puede desaprenderse.
—Mara —insiste la mujer, quizá asustada por que salga volando de nuevo. Un pajarillo que nace, se rompe y huye—, ¿por qué has regresado entonces?
Cero acritud y sin exigencias. Aun así, es una pregunta que pide algo más que una respuesta, la solución a diecinueve años de vida inmovilizada. Pero Mara no se habría marchado de Londres si no supiera que, por fin, está dispuesta a resolverla ahora que Aconte es un lugar tranquilo. Seguro. Por el momento, basta con una tibia sonrisa y la promesa de averiguarlo.
Bailan alrededor de la hoguera como si no quemara. Los más atrevidos también la saltan.
La única verdad es que están borrachos y tan contentos que podrían explotar en medio de la playa. El Ayuntamiento no necesitaría gastar los fuegos artificiales y todos se convertirían en esas estrellas que el colegio les ha prometido ser en el futuro.
Eva es incapaz de seguirle el ritmo a Beck, contorsionándose hasta el punto de que Andre no reconoce si lo que chascan son sus huesos o la madera bajo las llamas. A su lado, Nina sonríe como solo ella sabe hacerlo: muy escondida en sí misma, donde nadie se percata de sus movimientos. Detrás del vaso lleno de zumo, porque una deportista disciplinada rechaza cualquier vicio, se permite exhibir una línea de dientes perfectos que Andre fotografiaría con la Polaroid que le pende del cuello a su amiga.
—Señorita.
Nina empalidece ante la mano extendida de Andre.
—Ni que te estuviera pidiendo matrimonio, tía.
—Parecido —masculla la chica como, de nuevo, solo ella sabe hacerlo: con la garantía de que te dará un puñetazo si la ocasión lo requiere.
Enseguida ríen. Esa es la ventaja de los mejores amigos.
Además, es una noche especial, no solo porque sean las Hogueras de San Juan, sino porque están celebrando su graduación tras aprobar la selectividad. En medio de la arena, elevan los brazos al son de la canción que martillea los pequeños altavoces sobre una nevera portátil. Entre el movimiento, alguien quieto: Mara.
—Ey —la llama Andre—, ven.
Nina sonríe, Mara sonríe y Andre siente que también lo hace, mientras hablan de lo que están dispuestos a hacer por un futuro mejor.
Y, de pronto, Mara no ve a través de los ojos de Andre, sino a través de sus propios ojos.
La gente ya no le resulta tan divertida, y la música es tremendamente mala, y Beck está demasiado lejos pese a que podría dar dos zancadas y abrazarla.
¿Qué esperaba? Ella destruye y, solo entonces, desaparece.
Mara se despierta justo después del atardecer. Está en el presente, no celebrando su graduación durante aquel San Juan de hace año y medio, cuando por fin se escapó de las garras de sus padres y se fue a Londres. La última vez que tuvo la oportunidad de pasárselo bien con sus amigos.
Aquella noche añoró de antemano las tardes con Beck, las coreografías de Nina, el entusiasmo de Andre, los silencios de Zan, las ocurrencias de Eva y las sonrisas de Florence, esas que la recorrían de arriba abajo como una descarga eléctrica y la dinamitaban por dentro.
Le cuesta ubicarse, aunque jamás habría escogido un intrincado cabecero hecho de bambú y unas ventanas sin persianas para su habitación. Cada inspiración alterada hace eco. Agustín, el hijo de Lupe y Nacho, siempre ha sido muy desprendido. Tal vez por eso tiene sentido que sea misionero y esa humilde estancia huela a nuevo y a nada.
Sin embargo, le gustaría reírse de Agustín y su austeridad pretendida.
Ella gana. Dentro de la maleta y la mochila guarda tan pocas posesiones
que en la cómoda le van a sobrar cajones y en el armario, perchas. No es que hiciera un voto de pobreza, solo que Londres no era la ciudad en la que sus raíces querían probar suerte. De tanta lluvia se habrían ahogado. O
quizá sí que hubiera un poco de pobreza, no de voto, porque su sueldo de camarera le daba lo justo y necesario para malvivir.
Al menos ha incluido la palabra vivir.
Unos golpecitos en la puerta cerrada y la voz de Lupe, una madre que de pronto tiene una hija más:
—¿Cielo? La cabalgata está a punto de empezar.
—Ahora salgo.
Primero: revisa su móvil, una agenda con muy pocos contactos. Fue una mala jugada deshacerse de todo su pasado, como si en caliente se tomaran decisiones acertadas. Al fin y al cabo, borrarlo por entero —a excepción de Lupe— también se llevó lo positivo, porque hasta ella podía permitirse el lujo de tener cosas buenas alrededor. En las redes sociales ha encontrado a algunos de sus amigos, pero, después de que los sacara de las suyas y las pusiera en privado, no se ha atrevido a seguirlos de nuevo.
Segundo: pega la oreja en la pared contraria a la cama. Al otro lado, su habitación. Y se vuelve a preguntar qué imagen tomarían los gritos de su familia en aquellos que solo los escucharan.
Tercero: se olvida de que es Mara Blanch y sale del dormitorio de un misionero con la intención de ser maga.
Melchor saluda y tira caramelos. Los lanza con entusiasmo, como si estuviera a diez metros de altura y no casi a ras de suelo sobre un intento de carroza. Todos los vecinos han colaborado en la cabalgata, porque Aconte es tan pequeño que cabe en una bola de cristal y los recursos del
Ayuntamiento son limitados. Aunque, de tenerlos, Mara sabe que el pueblo ayudaría igualmente, pues implicarse suma puntos en excelencia ciudadana.
—A lo mejor el año que viene me apunto —murmura, irónica, subiéndose las gafas por el puente de la nariz.
—Estarías encantadora de paje.
Paja, diría Eva.
Mara trata de no cargarse el espíritu navideño de Lupe, pese a que subirse en una carroza le daría papeletas para convertirse en hija predilecta de Aconte, para dejar de ser la joven que se fugó de casa por mil motivos y ninguno correcto en cada rumor.
Por suerte, o por tremendísima desgracia, unas exageradas ovaciones al otro lado del paseo marítimo hacen que Mara clave la vista allí. No le queda saliva que tragar, solo un nudo áspero: Beck y Eva se desgañitan por Melchor, le piden caramelos y les importa bien poco ser el hazmerreír o la molestia de quienes están alrededor.
Cuando el destino hizo que Beck y Eva se conocieran, Mara está segura de que se retractó al instante, porque juntó a dos personas impulsivas con las mismas ganas de jarana que de ver el mundo arder.
Mientras llueve confeti de todos los colores, como si estuvieran en una película descaradamente cursi, Mara observa cómo se divierten, añorando lo importantes que fueron en su vida. Esa vida sin respuestas que quizá halle mucho más sentido con los amigos que faltan.
Al empezar de nuevo.
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