Nunca será como siempre
23.06
La hoguera crepita futuros deseos. La arena está fría y Aconte compite con las estrellas por iluminar la playa. San Juan empieza con risas y anécdotas, la cena metida en bolsas y una nevera llena de bebidas. Entre todos han logrado encender el fuego, como si esa noche pidiera que todo sea juntos, que todo acabe juntos.
No como hace dos años.
Aunque de momento están animados, Mara ya siente cierto dolor cerrándose en torno a su corazón. En unas horas será el segundo aniversario del fallecimiento de Andre. De su fuga a Londres. Del inicio de los sueños, los nombres, las fotografías y la tinta. Del final de esa amistad que ha renacido más fuerte que nunca.
Quizá solo sea miedo al miedo. A que pidan los deseos después de saltar las olas y entonces emerja el fantasma de Andre, la inevitable verdad que los hunda junto a él.
—Antes me gustaba mucho pescar a estas horas en la escollera —le dice Zan mientras se sienta a su lado y le tiende una lata de cerveza—. Andre aparecía a veces y me hacía compañía.
—¿Y no te asustaba estar solo?
—Él pensaba lo mismo. Por eso, siempre que podía, ahí estaba. —Le da un trago a su lata.
—¿Y ya no pescas?
—No he tenido tiempo, pero me gustaría retomarlo. Relaja. Si algún día quieres acompañarme… Necesito a alguien con dos dedos de frente que me proteja como hacía Andre.
—Porque si te vigila Beck…
—No pescaría. —Esa sonrisa extraña en él, longeva, traviesa.
—Y si te vigila Eva…
—Acabamos los dos en el fondo del mar.
Ríen y observan a su amigo, que está contándole a Nina y Florence cómo se ligó a un compañero de la facultad dejándole el número de teléfono en el parabrisas del coche.
—Pero no escribió su nombre —añade Beck— y el chaval lo tiró pensando que era publicidad.
—¿Y qué hiciste? —pregunta Florence antes de darle una calada a su cigarro.
—Al día siguiente, me apoyé en su coche con mi número escrito en la palma —cuenta Eva— y le dije que, si apuntado en un papel no le molaba, conocía otras formas de que se lo aprendiera. —Y sacude la mano.
—¡Eres un guarro! ¿De verdad te funcionó? —Nina frunce el ceño, ruborizada—. Me vienes tan de cara y te doy un guantazo.
—Y luego te suplicaría que lo repitieras.
—¿En serio? No. ¡Basta!
Best anécdota ever.
Nina se levanta, bordea la hoguera y se sienta junto a su primo. Florence hace lo mismo, pero para acomodarse junto a su novia y apoyar la cabeza en su hombro. Mara le acaricia el final de la espalda, observando cómo Eva y Beck pelean entre risas y se buscan las cosquillas. Primero mira de reojo a Zan, que también los mira unos segundos de más antes de girarse hacia Nina. Luego regresa a ellos dos y recuerda su graduación, cuando se pasó toda la fiesta queriendo contarle a Beck que iba a marcharse después de saltar las olas, pero no lo hizo porque su relación ya no era la misma.
Porque no quería que sus problemas volvieran a empantanar un día tan feliz para ella.
Aquella noche, por un instante, pensó que era mejor así. No ser amigas.
Pero Beck siempre ha estado a su lado, sin cuestiones ni reproches. Y sabe que también habría querido estar en aquel momento decisivo, despedirse y prometerle que su amistad jamás se agotaría.
—¿Estás bien?
—Recordaba… todo lo que pasó hace dos años. Justo dos años, Florence.
—Esta vez estamos juntos.
—Pero Beck no sabe toda la verdad. Le dije que se lo contaría al volver de Francia y, como siempre, ella no ha venido a por esa explicación.
—Tal vez no sea necesario dársela.
—Lo es, porque ahora todos lo sabemos y se lo hemos ocultado pensando que es lo mejor. Y Andre está atrapado aquí por alguna razón. No quiero que esto lo empeore solo por esquivar la bala.
—¿Y por qué tienes que ser tú? Esa decisión no fue solo tuya.
—Porque yo lo provoqué. —Mara la contempla con los ojos empañados
—. Porque Beck era y siempre será mi mejor amiga.
Juntan sus frentes con un suspiro y después se besan. Mara encuentra paz en sus labios, en esos dedos que crean rutas con principio y desenlace bajo el tatuaje de Andre, encima del codo. Suspira. Es hora de que las olas se lo lleven todo.
— Baby’s on fire! She got me fucking crazy! —gritan Beck y Eva la canción de Die Antwoord que están poniendo en la hoguera contigua.
Empiezan a saltar, o a bailar, una combinación letal entre un pogo y las convulsiones de la niña del Exorcista. Enseguida arrastran a los primos Wu y hacen aspavientos en dirección a las chicas para que se unan. Florence esboza una media sonrisa a la que Mara no puede resistirse, dejando la tristeza enterrada en la arena para moverse sin sentido.
Y el sinsentido libera. Ahora entiende un poco más lo que Beck dijo en Francia: creer en lo irreal sin razonarlo. Si no hay respuestas, ¿qué importan las preguntas? Andre es un fantasma, ella sueña sus recuerdos y no se arrepiente de haberlo vivido. No se arrepiente de haber estado en la piel de su amigo, conocerlo un poco más, antes de soltarle la mano del todo.
Solo vive, Mara. Vive como tus padres no te lo permitieron.
—¿Cenamos? —pregunta Florence después de bailar la tercera canción
—. El flato me va a matar.
—Fumar te va a matar —aclara Nina—. Un poquito de deporte no te vendría mal. Te puedes venir conmigo a entrenar cuando empiece con el atletismo.
Cinco cabezas se giran hacia ella de una.
—¿Qué has dicho?
Nina resopla antes de repetirlo, como si no tuviera mayor relevancia:
—Voy a hacer atletismo: 100 metros lisos y salto de longitud. Aún tengo que hacer las pruebas y, si sale bien, entonces tendré que mudarme a un Centro de Alto Rendimiento, pero…
—¡Nina, que ya te veo en unos Juegos Paralímpicos!
—¡Felicidades!
Todos caen sobre su amiga mientras le dan la enhorabuena. Aunque Nina refunfuña un poco más, sonríe ampliamente. Durante esos dos años, se ha preguntado cómo era posible que pudieran pesarle tantísimo las dos cosas que ya no tenía: su pierna y su mejor amigo. Un accidente se lo arrebató todo de golpe: la gimnasia rítmica, los Juegos Olímpicos, el patinaje, Andre. Pero esas piedras ya no son una carga, hacen su camino, y se alegra de que en él la acompañen quienes ahora la abrazan.
Siempre has estado destinada a hacer grandes cosas, Nina Wu.
Y San Juan se desliza hasta la medianoche mientras cenan y beben. Nina saca algunas fotografías con una cámara desechable. Bailan y cantan y ríen más, a pleno pulmón. Un desgaste que vale la pena, que los deja afónicos y con el corazón eufórico.
—Cinco minutos para la medianoche —anuncia Mara—. ¿Listos?
No. Se habían olvidado completamente de qué los ha reunido alrededor de esa hoguera. Aun así, ninguno se siente culpable. Andre los querría tan vivos como él lo estuvo durante diecinueve años. Y, aunque el chico regresa muerto a sus cabezas, se acercan a la orilla con la intención de dejarlo ir.
Casi lo tenían.
—¿Qué hacemos Florence y yo? —pregunta Zan sintiendo el mar en los tobillos.
—Quedaos —responde Beck—. Esto no es solo por lo que nos ocurre a Eva, a Nina, a Mara y a mí. Ni se debe solo a aquel San Juan o al accidente.
Es más inmenso. Nuestra amistad. Lo que nos une a él. Es Andre.
Ninguno, ni siquiera Eva, bromea sobre la solemnidad con la que Beck ha hablado. Junto a muchas otras personas, se adentran un poquito más en el mar. Se cogen de las manos, se miran entre ellos. El mismo deseo palpitando a la vez.
Mara cierra los ojos y respira hondo. Ojalá no olvide los recuerdos de Andre que ha soñado. Ojalá se quede con ella para siempre, a pesar de perder ese don. Escucha cómo Nina cuenta hasta diez para saltar las olas.
Segundos regresivos, por desgracia, también hacia su propia oscuridad.
Uno. El odio de sus padres.
Dos. Las películas rotas.
Tres. Las puntas de ballet entre el polvo.
Cuatro. Unos patrones inexactos y dedos heridos por agujas de coser.
Cinco. El distanciamiento con Beck.
Seis. Las ganas de huir.
Siete. Desear huir con más ganas, con rabia.
Ocho. Arrastrar a Andre y Nina a esa espiral.
Nueve. Culpable.
Diez. Culpable de absolutamente todo.
No, no, no, ¡no!
—¡Saltad!
Aun llorando, asfixiada por el último secreto, Mara salta siete veces e intenta soltar la mano invisible de Andre. Despedir sus recuerdos, deseando
que descanse al unísono con el resto de sus amigos.
La gente a su alrededor celebra el momento. Ellos vuelven a observarse con sonrisas nerviosas, pero Mara no necesita dormir para saber que no ha funcionado. Porque Beck no clava la vista en ellos, sino en puntos exactos sobre ellos, en los nombres que solo ella distingue. Porque a Nina se le escapa una fotografía de entre los dedos y no es capaz de recogerla. Se marcha, cabizbaja.
Mara se acuclilla para rescatarla del mar y la arena: Andre y Nina, medio abrazados, mirándose con una sonrisa inabarcable. Lo habrá visto de espaldas.
Sus habilidades siguen despiertas y Andre, entre ellos. Anclado, irresoluble.
¿Y qué esperabais? No soy un acertijo. ¡Sé que estoy muerto! Ya me jodería que lo más reseñable que he hecho en diecinueve años de vida haya sido morir. Yo no soy el problema, vosotros sois los que me recordáis como lo hacéis. Estoy cansado y, si no puedo estar vivo con vosotros, no quiero estar en ninguna parte. Mierda…
Pero nadie puede escuchar a alguien que ha soportado demasiado e, irremediablemente, se ha roto en soledad.
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