Nunca será como siempre

Arantxa Comes · Capítulo 16 de 51

Páginas del PDF

Nunca será como siempre

28.02

De haber tardado dos horas más en nacer, Mara Blanch habría sido hija de un 29 de febrero. Bajo el brazo, la posibilidad de convertirse en una criatura sin explicación durante cuatro años. Su propio día le habría enseñado qué forma tiene la libertad al soplar las velas el 28, el 1 de marzo o nunca. El truco tras la existencia misma. Muy poco mágico, pero también menos doloroso.

Sin embargo, pertenece a un ordinario 28 de febrero. Tan bien ubicada que sus padres jamás la perdieron de vista.

Al menos, Beck la ha felicitado por WhatsApp:

Beck

¡Feliz cumpleaños, amiga! Todavía te queda mucho para el siglo

00:00h

¿Qué esperaba del resto? ¿Que volvieran a ser los mismos sin más? La tristeza embarga a Mara, a pesar de que es consciente de que ni siquiera podría pedirles que se acordaran de su fecha. Entonces el móvil vuelve a sonar. Es del grupo de WhatsApp, donde Beck ha copiado el mismo mensaje.

Beck

¡Feliz cumpleaños, amiga! Todavía te queda mucho para el siglo

00:01h

Y, aunque separados por las horas, llega el resto: Consejo de Guerra

Beck

¡Feliz cumpleaños, amiga! Todavía te queda mucho para el siglo

00:01h

Florence

Happy bday! Siempre sabia y preciosa. ¿La receta?

00:30h

Beck

Ligar contigo, está claro 😂

00:31h

Mara

¡Muchísimas gracias, chicas! Hoy tengo libre, espero que nos veamos 💖

00:34h

Zan

¡Felices 20, Mara!

07:10h

Nina

La tanda madrugadora: ¡feliz cumple, Mara! 🎉

🎊

08:58h

Eva

¿Quién cojones se acuerda de los cumpleaños de los demás tan puto pronto? ¡Felicidades, tía,

bienvenida al club de veintegenarios de Aconte!

¡De aquí a cavar un hoyo!

12:11h

Ha habido otros mensajes y tantos emoticonos obscenos por parte de Eva que Mara relee la conversación con una sonrisa. ¿La verdad? También le preocupa que todos la hayan felicitado solo porque Beck ha tenido un buen gesto, pero intenta aferrarse a lo importante. Ya se había preparado para la soledad de ese día y, en esos términos, sus mensajes son el mejor de los regalos. Ni siquiera piensa en que quiere celebrarlo. Sí en la ausencia de alguien.

Feliz cumpleaños, AbracaMara. No se me olvida.

Además, Lupe ya le ha hecho soplar las velas a mediodía y desenvolver su regalo: un libro sobre el cine de la última década. Y es jueves, el quiero y no puedo de los días, porque estar a un paso del fin de semana no libra a nadie de sus obligaciones. Javi y su corazón filantrópico la han librado de las suyas, pero no al resto.

El timbre suena dos veces, típico de Beck, y Mara abre enseguida. Quizá nacer a dos horas de un día que desaparece cada cuatro años la dotó de una terrible impuntualidad. Por eso hace cuarenta minutos que se ha sentado en el sofá con el abrigo sobre las piernas, perfectamente arreglada.

Nada que ver con que esté muy nerviosa.

—Mara, hoy es tu cumpleeee. Sé muy feliz, Maraaaa —canturrea su amiga moviendo las manos.

—Los Simpson y bailecito, una buenísima combinación para conquistarme.

—¿Debería contárselo a Florence? Una tirada de caña más y me bajo del barco.

—Solo bromea —ríe Mara cerrando la puerta con llave.

—Te compro que ligar con chicas es difícil, pero lo vuestro… ¡Vamos, es absurdo! Te ha gustado toda la vida y estoy segurísima de que tú a ella

tamb…

—Gracias —la interrumpe de golpe, ambas paradas frente a la esquina que da a la dársena—. Por salir a cenar conmigo, me apetece mucho.

—Ser nini tiene sus ventajas. Es broma. —Beck le da un ligero empellón con el hombro—. Me perdí tus diecinueve, y ya sabes lo que me gustan los cumpleaños.

—Pero sin magos.

—¡Arg! Por favor.

Retoman el camino, aunque Mara sigue sin saber a dónde van: su amiga ha insistido en que sea una sorpresa. Beck se ha retocado el tinte turquesa y se ha puesto un vestido corto de terciopelo negro —barato, una imitación—

que ha enterrado bajo su chaqueta bomber azul oscuro. Sus medias tupidas tienen una carrera en el muslo y un pequeño desgarro en la rodilla. Siempre cierto empeño en aparentar un poco desarreglada, como si pretendiera mostrar que le falta algo.

—Estás de coña —dice Mara en cuanto se detienen frente a Mar en Tasca

—. No tentemos a que Javi me ponga a trabajar en el último segundo.

— Oh, my sweet summer child.

A Beck no le gustan las sorpresas si son para ella, por eso empuja a Mara hacia el interior del establecimiento con una enorme sonrisa. Sus amigos gritan: «¡Sorpresa!», en torno a una mesa del fondo que han adornado con globos hinchados irregularmente. La avalancha de confeti que lanzan planea sobre ellos y aterriza en los platos o dentro de los vasos. En la pared han colgado unos banderines de colores en los que pone: «Feliz cumpleaños, Mara».

—Casi me da un infarto.

—Hostia, ha descubierto nuestro regalo —bromea Eva, el primero en darle un abrazo.

—A mí lo que me sorprende es que a Beck no se le haya escapado. —

Nina, la siguiente en saludar.

—Me subestimáis.

—¡Chupito cada vez que Rebeca parezca un puto diccionario andante!

—Acabaríamos borrachísimos y mañana me toca currar —le responde Zan a su amigo, poniendo una mano sobre el hombro de Mara—. Feliz cumpleaños.

—Gracias, Zan.

—Estáis acaparándola. ¡Fuera, venga, sentaos ya! —Pese a que le hacen caso, Florence se abre paso entre varios soniditos de besos que ruborizan a la cumpleañera—. ¿Sorprendida?

—Para bien.

Florence la coge de la mano mientras Mara intenta no perder pie, los dedos extendidos para no tocarla más de la cuenta. La regla de los cinco segundos aplicada a ellas: rozarse, pero nunca profundizar. Separarse en cuanto el contacto deja de parecer casual. Además, sigue existiendo una extraña tensión entre ambas y que Florence actúe como si no lo notara le molesta un poco.

Mara se sienta en la silla que está en medio de Florence y Nina, bajo los banderines. Al otro lado, Beck le sonríe entre Eva y Zan, quien viste de negro como norma de la tasca, pues debe de haber terminado su turno ahora mismo. No va a preguntar por la silla desocupada que preside la mesa, recordar que Andre podría estar allí de no ser por su culpa le retuerce el estómago.

Y chupito cada vez que se culpen de lo que no tienen culpa.

—¡Felicidades, Mara! —celebra el dueño del local cuando llega con una jarra de cerveza, una botella de vino blanco y otra de agua. Ella se lo

agradece antes de que continúe—: Qué contento me pone veros juntos otra vez.

Menos Andre.

En serio, basta. Acabará por acomplejarme la muerte.

—He preparado un menú que os va a encantar —añade Javi desapareciendo por las puertas oscilantes de la cocina.

El vino para Florence, el agua para Nina y la cerveza para el resto. Con los vasos servidos, los alzan y Eva grita:

—¡Más muertos hoy!

—¡Pero más vivos que mañana!

De llorarme a cachondearse en cero coma. Esta gente no es normal.

—Y por ti, Mara —ríe Nina mientras brindan.

—Vamos a obviar que has brindado con agua y eso da mala suerte —

comenta Beck—. Ya sabéis, se relaciona con desear la muerte a otros comensales.

ESTÁN MUY OBSESIONADOS.

—No me preocupa —responde Nina—, yo ya la esquivé una vez, así que me ha saltado en la lista.

Zan se atraganta con la cerveza, Eva se ríe a carcajadas, porque es la personificación del humor negro, y las otras tres se quedan boquiabiertas hasta que Mara logra responder a la referencia:

— Destino final. Adoro esa saga.

Y brindan de nuevo, esta vez acompañado de un «el que no apoya, no folla» y un Sant Hilari que los obliga a beberse el vaso entero de una. Los platos se van vaciando a medida que llegan. Echaban de menos esa conexión que los unió teniendo poco en común al comienzo: el pueblo, el colegio, la edad. Nada reseñable. Luego se convirtió en una red intrincada, a veces de seguridad, a veces de caza, que no han podido romper ni aun

separándose. Ni aun creyendo que se detestaban por todo lo ocurrido, por todo lo que no llegaron a hacer.

De pronto, las luces se apagan y Javi sale de la cocina con una tarta de zanahoria inundada de velas, entonando Cumpleaños feliz. No han acordado si cantar «te deseamos, Mara» o «te deseamos todos», así que el equilibrio cosmológico se tambalea cuando, desafinados menos Florence, no berrean el mismo verso, poniendo de luto a toda la música del planeta.

—¡Pide un deseo!

Los móviles apuntan a Mara, en cuyo rostro reverbera la luz de veinte pequeños fuegos como veinte pequeñas posibilidades. Llegó al mundo un 28 de febrero, por fin lo comprende, nada ordinario. A lo ordinario no se le rodea con las mejores y las peores personas. Lo ordinario no conseguiría quedarse solo con las primeras, las que ahora esperan a que sople unas velas que significan algo más que celebrar su nacimiento.

Cuando Mara Blanch sopla, no desea nada, nada que marque el futuro. Y, sin él, también lo hay.

—¡Y falta lo mejor!

En algún momento, Beck y Florence se las han ingeniado para sacar dos regalos enormes de alguna parte. Mara se incorpora con lágrimas en los ojos. Cree reconocer uno de ellos y, por asociación, adivina qué contiene el otro. Muda, desenvuelve el paquete que han dejado sobre la mesa. Es un costurero.

—No te preguntamos si todavía conservabas el de siempre, pero no estaría mal jubilarlo —dice Nina—. Este es una pasada, tiene de todo. Mira, mira.

De madera, con varios compartimientos llenos de hilos, agujas, dedales… Emocionada, Mara quita el papel del otro regalo que está de pie

en el suelo. Sus yemas acarician la suave tela que recubre un busto de costura ajustado a sus medidas.

—El que tu abuelo te regaló no lo jubiles, ¿eh? —se anticipa Beck—.

Sabemos que le tienes mucho cariño. Pero pensamos que con este estarías más cómoda para diseñar tu ropa.

—Me encanta.

Mara intenta apretujar a todos sus amigos en un abrazo y comprende algo más: estar sola en Londres no la hacía más libre. Cerca de ellos, respira sin miedo, sin que le duelan los pulmones y existir. Ojalá cupiera alguien más entre ellos.

Quepo, aunque no como me recordáis.

—¡Otra jarra, Javi, por favor! —pide Eva.

—¡Que mañana trabajo! —protesta Zan.

—No te preocupes, te despertaré a primera hora llevándote el desayuno a la cama. —Eva lo besa en la mejilla—. Y si quieres más, ya sabes. —Le guiña un ojo.

—Yo creo que funcionaría mejor con otra persona —dice Nina con una sonrisa y una sacudida de cabeza hacia Beck.

—¿Os pagan para ser tan pesados? A Zan ni siquiera le gustó besarme.

—Beck toma una enérgica bocanada antes de morderse el labio inferior, arrepentida por lo último que ha dicho. Mira a Zan y sus mejillas candentes, mira a Eva y su ceño fruncido, mira a Nina y su arrepentimiento en la mirada—. Bueno, quiero decir… ¡Tengo pis!

Nadie consigue detenerla. Al parecer, todos se han vuelto expertos en huir. Eva destensa el ambiente con otro chiste, o fingen que el nerviosismo de Beck no se les ha contagiado, y Florence se escaquea saliendo a fumar.

Sin embargo, Mara es la experta entre expertos y su bomba de humo no llegan ni a olerla. El invierno intenta enmascarar el salitre en el aire, pero

enseguida lo siente sobre los pómulos, como si Aconte estuviera sumergida en su propio mar y sus habitantes respiraran bajo un agua que no perciben.

Florence está sentada en el muro del paseo marítimo, igual que aquella noche, aunque con sutiles diferencias: su abrigo es más calentito y contempla el horizonte con una leve sonrisa que se acrecienta cuando Mara se acomoda a su lado.

— Déjà vu.

El francés impecable de Florence siempre ha sido el placer culpable de Mara por encima de su castellano o italiano, aunque la enamoraría de cualquier forma, porque ha sido capaz de dominar un idioma único más allá de las palabras, de la voz.

—¿Estás incómoda conmigo? Desde aquel día… En fin, incluso los demás lo han notado.

—No hiciste nada malo, Mara. Siento si fui borde. Es que me cuesta exponerme. —Una calada lenta—. Las cosas con mi música no están yendo como me gustaría.

—¿Por Jim?

—Por Jim. —Pese a que Florence contesta, el sonido se ha resistido sobre sus labios—. En Nueva York no conseguía inspirarme y… aquí tampoco. Jim opina demasiado, todos lo hacen, pero nadie me escucha.

—Tu padre es productor, tienes bastantes recursos, ¿no?

—Y por eso no quiero quejarme. No quiero parecer desagradecida.

—No lo eres, pero creo que me cuesta entenderte.

—Porque no tienes todas las pistas, Mara.

—¿Y por qué no me las das?

—Darte.

Traviesa, Florence le cambia el significado a las palabras y Mara juega a que sabe hacerlo, por eso medio sonríe, para que comprenda hasta dónde es

capaz de llegar y confíe en ella.

—Podemos ayudarte.

—¿Con qué?

Florence se acaba el cigarro, lo apaga, lo engancha en los cordones de sus botas y la observa. Luego se inclina y entonces Mara solo puede ver su rostro contorneado por la noche y el resplandor de las farolas. Nada más.

—Con tus canciones. —¿También sabe jugar con el aire que respiran?—.

Su producción. Todo.

—¿Cómo?

—Para eso tendrás que darme alguna pista, Florence.

—¿Solo una? ¿Solo eso?

—Podemos negociar —susurra Mara, sin aliento, alzando una mano para recogerse unos mechones. Pero es Florence quien termina haciéndolo, dejando que las puntas de sus dedos le acaricien la piel tras la oreja con una suavidad estremecedora.

Un segundo. Florence se acerca un poco más.

Dos segundos. Tientan la distancia por si acaso.

Tres segundos. Se confiesan las ganas con dos sonrisas.

Cuatro segundos. A Mara se le empañan las gafas, es terrible jugando con el aire que respiran.

Cinco segundos. Rompen la regla de los cincos segundos.

Seis segundos. El presentimiento de que van a perder el control en su primer beso hace que sonrían más.

—¿¡Y si nos bañamos en pelotas!? —De repente, Eva aparece y se cuelga de sus hombros, interrumpiéndolas—. No miraré, lo juro.

—¡Eres la persona más inoportuna del planeta! —Beck lo aleja de ellas con un estirón.

—«Inoportuna». ¡Chupito!

—Javi ya ha cortado la tarta. Cuando queráis —las avisa Beck, que le lanza una mirada cómplice a Mara antes de arrastrar al chico de vuelta a la tasca.

—Soy horrible negociando, Mara. —Florence se humedece los labios mirándola otra vez—. Tú ganas.

—¿El qué?

—Todo.

OceanofPDF.com