Nunca será como siempre

Arantxa Comes · Capítulo 44 de 51

Páginas del PDF

Nunca será como siempre

26.09

El otoño los engaña con ese calor propio de un verano que ya han dejado atrás. Suerte que Felisa piensa más que todos ellos juntos porque, cuando la visitan por la tarde, ya ha preparado una merienda fresquita sobre la mesa bajita entre el sofá y los sillones. Horchata, granizado de limón y fartons.

Mara no puede evitar echarle miradas furtivas a la chimenea. Un lugar en el que nadie se fijaría de no saber lo mucho que escondió. El padre de

Felisa estuvo enterrado entre tabiques durante dieciséis años y, aun así, no logró escapar de la brutalidad del franquismo. Desde que Beck se lo contó, ha estado pensando en que es un pedazo de historia acontense que debería conocerse.

No ha sugerido nada, porque Felisa es muy reservada con su intimidad y ella no es quién para hablar de un episodio tan traumático que ni siquiera vivió. Ojalá le hubiera prestado más atención al mural que Andre hizo sobre los topos de la posguerra, aquel por el que le pusieron un diez. Pero entrañaba un relato que, en su momento, sintió lejano. Ahora se arrepiente.

—Venga, lo digo —interviene Beck de repente, acomodada en un cojín sobre el suelo, con la boca llena de fartons.

—Traga antes —la regaña Florence dándole una palmadita en el cogote.

—Eso le diría yo si… —Eva no termina la frase, pues Florence vuelve a la carga, aunque esta vez más fuerte.

—Tía, que ha sonado —se ríe Zan.

—Dejad de pelear —los avisa Felisa mientras sale de la cocina secándose las manos con un trapo. Se sienta en su sillón—. Dime, Rebeca.

—Si acierto, ¿dejará de ser tan críptica?

—Pero va en contra de mi condición de bruixa, ¿no?

Hasta ahora, ni Felisa ni ninguno ha hecho referencia al apodo que el pueblo le puso a base de rumores. Aunque ¿puede que para Felisa no sea despectivo? Tal vez se lo haya apropiado con orgullo para no sentirlo nunca más como un insulto. Además, ya se sabe quiénes quemaban a las brujas y por qué.

—¿Trato? —insiste Beck.

A Mara está a punto de escapársele una risita porque ella será la peliculera del grupo, pero Rebeca Roy es la testarudez y osadía personificadas.

—De acuerdo. —Felisa entrecierra los ojos y enreda las manos sobre su regazo como las ramas de un viejo árbol.

No seas mala, Felisa, ya lo tienen.

—Andre es un fantasma —tampoco han dicho jamás delante de la anciana cómo entienden la presencia de su amigo, pero ella siempre ha insinuado que también lo percibe así— no porque tenga cuentas pendientes, sino porque lo recordamos muerto, ¿verdad?

—Pero ¿qué puta locura dices, Rebeca? —Eva aprieta los labios en cuanto Felisa le dedica una ceja enarcada por la palabrota.

—Es así, ¿no? «Por la memoria de Andre también vive lo que está muerto». Esa es la clave: cómo lo recordamos.

Al centro de la diana.

—¿Quieres decir que estamos reteniendo a Andre en «este lado» porque lo echamos de menos? —pregunta Nina, confusa.

—Porque lo recordáis muerto —determina Felisa sin que le tiemble la voz. Algún latido duele por lo directa que ha sido—. Su pérdida es algo con lo que tendréis que convivir siempre, pero os habéis pasado todo este tiempo arrastrando su muerte, no recordando su vida.

—A veces sí que lo recordamos en vida —apunta Zan.

—Pues así es como más libre ha estado. Menos aquí y más allí.

—¿Quieres decir más muerto?

—Él ya lo está, Mara. Eso es lo que tenéis que aceptar.

Y los nombres, los sueños, las fotografías, la tinta. Todo lo que jamás les ha pertenecido y que Andre debe llevarse consigo. Lo que se llevará cuando comprendan que a los seres queridos que ya no están es mejor recordarlos celebrando su vida, no lamentando su muerte.

Mara empieza a entenderlo. Cuando intentaron despedirse de Andre en San Juan, solo pudo evocar la culpa que sentía por su accidente. En ningún

momento se acogió a lo mucho que le gustaba el mar, a que en esas mismas orillas pidió decenas de deseos, a que no dejó de sonreír hasta el final. Por las expresiones del resto, intuye que algo similar debió sucederles.

—Falta mi regalo para Andre —dice Nina de pronto.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Mucho. Andre escribió que quería celebrar su cumpleaños con nosotros y no pudo. Quiero que este año lo hagamos, pero tiene que ser justo el 24 de noviembre. ¿Qué mejor manera de despedirnos de él que acordarnos de su vida el día en que nació?

Y cuando me recuerden vivo, podré morir al fin.

OceanofPDF.com