Nunca será como siempre

Arantxa Comes · Capítulo 29 de 51

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Nunca será como siempre

04.05

Andrés Rojas soñaba demasiado con dar la vuelta al mundo, no en ochenta días, quizá ochenta veces. Vivía con ganas, por eso los recuerdos que creaba eran los más fuertes, raíces que acabaron hundidas en Mara.

Andrés Rojas pintaba y dibujaba sin saber en realidad. Pero lo hacía porque disfrutaba, porque lo relajaba dejar su huella en el papel, las paredes, la piel, puede que así en el mundo. El último bolígrafo que tocó se lo dio a Eva, la tinta a punto de consumirse como sí hizo su vida unos días después.

Andrés Rojas salía en muchas fotografías. Posando y sin posar. Patinando y quieto. Siempre sonriendo si de él dependía. Le gustaba que Nina lo

retratara, un tercer ojo que lo miraba como nadie. Le gustaba ver a Nina feliz, por eso hay más fotos suyas que de otros.

Andrés Rojas llamaba a todos por su nombre menos a Beck. Porque cuando aquella profesora se confundió con sus apellidos y ambos conectaron, empezó a creer en las señales del universo. Porque Rebeca siempre sería Rebeca, pero Roy solo lo sería para él.

Andrés Rojas deseó con todas sus fuerzas que Zan y Florence pudieran acompañarlos en su fiesta de graduación durante San Juan, en aquella playa que tanto vio de ellos. Ni siquiera les envió un mensaje. Estaba seguro de que los vería pronto y graduarse no tenía tanta importancia porque muchos lo hacen.

Lo que no sabía es que también me graduaría de la vida con todos los honores. Porque morir no significó suspenderla. Suspenderla habría supuesto no vivirla lo más mínimo.

Beck no deja de darle vueltas a todo lo que confesaron como si solo se hubieran contado historias de terror. Todavía no puede creerse que Mara, Nina y Eva hayan estado atravesando una situación similar a la suya, indescifrable. Siguen sin entender por qué a Zan y Florence no les sucede lo mismo, pero nadie cree que sea por lo que piensan ambos: que no eran tan importantes para Andre, pues Zan se mantuvo lejos durante mucho tiempo y Florence no siempre estaba.

Mañana se marcharán de Francia y a Beck le pesa que su último día en un lugar que los ha reencontrado, donde el arte la ha atravesado hasta el punto de no saber cuándo empezaba ella y terminaba él, se enrarezca. Sin embargo, le parece normal el silencio que se asentó entre ellos y se ha ido arrastrando hasta el amanecer.

Culpa del efecto dominó: ninguno allí cree en lo sobrenatural y por eso han tardado tanto en hablar de ello.

La casa no está en completa quietud, se escuchan algunos ruidos en la cocina y, a pesar de que todavía es muy pronto, Beck necesita un café urgentemente. Allí están Remy y Claudine terminando de limpiar algunas frutas y verduras.

—Buenos días.

— Bonjour! —la saludan al unísono.

—¿Has dormido bien, Rebeca? —le pregunta Remy.

—Más o menos —responde ella sentándose en uno de los taburetes altos en torno a la isla de cerámica y madera—. ¿Hay café preparado?

La respuesta es Claudine dejando una taza frente a ella y rellenándola hasta arriba con una sonrisa. El aroma casi logra que Beck se ponga a llorar, o quizá es que hace semanas que no llora y ya toca. Un reloj como la maldita regla, que le bajó hace dos días.

—Gracias. —También sonríe porque la mujer es lo más semejante al sol sobre la tierra que ha tenido el placer de conocer—. ¿Alguien se ha despertado ya?

—Florence está ayudando a Jérôme en los viñedos. —Remy apoya los brazos en la encimera y la observa por encima de sus gafas ovaladas. Una mirada que solo ponen los magos más sabios cuando quieren curiosear o dar una lección—. Este es un buen lugar para hablar de fantasmas.

Beck se atraganta con el café y, estupefacta, contempla cómo Remy se ríe bien a gusto a su costa.

—¿Nos… escuchasteis?

—Un ratito. Confieso que soy un poco cotilla, pero… ¿Cuál es el problema?

—¿De que usted sea un cotilla?

—No —ríe Remy de nuevo—. De que el fantasma de vuestro amigo esté entre vosotros.

—Bueno, en realidad no dijimos que está… ¿aquí? —prueba Beck, indecisa.

—Ah, qué despiste. Matizo: que esté en vosotros.

Un señor muy sutil.

—Espere, ¿está insinuando que lo está? ¿Aquí, aquí?

—Ya vi en ti que eras una persona que le busca explicaciones a todo. Y

no todo las tiene. —Otra vez esa mirada por encima de las gafas que augura una enseñanza—. ¿Qué te impide creer, tener fe, vivir, llámalo como quieras, lo inexplicable?

—¿La ciencia?

—Si eso te hace sentir bien, no hay nada de malo. Pero si no, los límites son para los cobardes. —Entonces Remy da una palmada—. Allons-y, ma chérie Claudine!

Cuando Beck se gira para pedirle al hombre que siga explicándose y, por supuesto, que no se marchen de su propia cocina, ve a Eva en la entrada, despeinado, aunque vestido.

—Hola.

—Hola.

—¿Café?

—La otra opción es que me enterréis debajo del olivo. He dormido como el culo.

Beck sirve otro café y regresa a su sitio mientras su amigo se sienta en el taburete junto a ella. Varios sorbos, sus codos se rozan, no se miran. Luego un vistazo, dos medias sonrisas que no se esfuman cuando dejan las tazas sobre la isla.

—¿Te ha visitado el fantasma de las Navidades futuras? —bromea Beck.

—¿En serio vamos a cachondearnos de la muerte justo ahora?

—¿Desde cuándo no te apetece el humor negro?

Desde la noche anterior, desde que empezaron a entender que Andre les dejó algo más que una mochila. Y porque así duele más, duele tener un pedazo de él clavado en el corazón sin que pueda regresar realmente.

—¿Siempre veré los nombres? —se pregunta Beck repasando el borde de la taza con la yema del pulgar—. Si no es cosa de mi ansiedad, ¿nunca desaparecerán?

—A mí no me importa tener un boli mágico —otra pequeña broma, van avanzando—, pero si está asociado a Andre de esa manera…

—Es curioso. —La chica vuelve a beber—. Andre te lo dio, pero sigue conservando su nombre. Normalmente, si los objetos cambian de dueño, cambian de nombre. ¿Será porque te dijo que siempre sería suyo?

—A lo mejor es por eso también que la tinta no se ha acabado, como si el boli fuera una cuenta pendiente de Andre. —Eva carraspea y le da un enorme trago a falta de una ristra de chupitos. No puede creerse que esté hablando de ello con tanta naturalidad—. Es que todavía estoy flipando.

—Todos.

Un silencio más que los reanima para poder continuar.

—Os he escuchado a Remy y a ti. Creo que Florence está hablando de lo mismo con su tío Jérôme. He entendido «fantôme» o algo así —suspira Eva

—. Y me da que Nina y Zan también. Están paseando fuera, en la parte delantera. Mara no, está hasta roncando —ríe por lo bajo. Pero nombrarlos tiene un sentido—: ¿Esto nos volverá a separar?

Eva pone una mano sobre la de Beck, la que sigue rascando el borde de la taza, y esta suelta el café, enterrando sus dedos dentro de la palma de él.

Por fin se miran y ella solo niega. Es de lo que más segura está: lejos o cerca, los seis seguirán juntos. Sin embargo, el chico frunce el ceño lo justo para transmitir que, de momento, no basta. No basta aunque todos se quieran tanto.

—Estás despeinado. —Con la mano libre, Beck le aparta un mechón de la cara.

—Pues péiname. —Acerca su rostro al de su amiga un poco más—. Por favor.

A pesar de que Beck se pone de pie y Eva está sentado en el taburete, sigue siendo más alto. Le entierra los dedos en la melena pelirroja, como ha hecho tantas veces.

—Oye, Mara me contó lo que dijiste ayer sobre que no quieres que nadie esté orgulloso de ti.

—Para guardar tantos secretos, largáis otras cosas con una jodida facilidad… —resopla Eva después de chasquear la lengua—. ¿Y qué? Ya lo sabes: no me importa la opinión del resto y me da igual todo.

—Lo que sé es que —Beck lo empuja hacia un lado para que la encare, frente a frente, no como cuando él levanta el rostro y le lame la nariz— no te quieres ni una pizca. Eso es lo que pasa.

—Y que la vida es una hija de puta.

—Bueno, pero tu padre y todos estamos muy orgullosos de ti.

—¿Por qué hemos empezado a hablar de mí? Lo de Andre es más bestia.

¿Balones fuera? Muy de su estilo.

—Porque así es como el grupo se fue a la mierda: cuando dejamos de hablar de nosotros.

—Joder —Eva silba—, no sé si darte un premio porque lo has clavado, o porque te queda muy bien decir palabrotas.

—Pues dámelo. Mi premio.

—Ten cuidado y especifica, Rebeca —Eva deja de sonreír poco a poco y se encorva para ponerse a la altura de la chica, los ojos un tanto entrecerrados—, o algún día te llevarás una sorpresa.

Por segunda vez en toda su vida, Beck pestañea ante una clara insinuación de Eva. Ni siquiera se atreve a sonreír, a que su gesto revele que ha captado un chiste que sabe a la perfección, pero atónita, que no es tal.

Mejor el silencio, mejor dejarlo estar.

—¿Interrumpimos?

Nina y Zan están bajo el dintel de la puerta con esa mirada inquisitiva que debe de ser genética.

—Justo a tiempo para otra tanda de cafés —responde Beck girando sobre sus talones.

—¿Otra tanda? —se escandaliza Nina, en modo deportista berserker—.

Estáis podridos.

—Más muertos hoy. —Eva levanta su café.

—Pero más vivos que mañana —responden los tres al tiempo que Mara aparece limpiándose las gafas con la camiseta del pijama.

—Falta Florence.

—No —responde la aludida deteniéndose detrás de Mara.

Reunidos alrededor de la encimera, el sol se desliza por los azulejos, el humo baila sobre las bebidas recién hechas y un fantasma se enrosca entre ellos.

—Siento que anoche me pusiera así —empieza a hablar Zan para sorpresa de todos—. No quise decir que estabais mintiendo, solo es…

complicado de entender.

—Y de creer —añade Florence.

—Es lógico. —Mara asiente—. Yo no siempre he sospechado la razón de mis sueños. Vamos, hasta anoche no sentí al cien por cien que se trataba de Andre.

—Me alegra que te atrevieras a decírnoslo. —Beck le da un sorbo a su taza—. Yo no sé si habría sido capaz de hacerlo en algún momento.

—Ser amigos no implica contárnoslo absolutamente todo —responde Nina—. Justo porque somos amigos, confiamos.

—¿Y cuál es el siguiente paso? Remy le ha dicho a Beck que Andre

«está entre nosotros».

—Mi tío Jérôme me ha insinuado algo parecido —coincide Florence.

—¿Creéis que Andre está aquí ahora mismo?

Junto a ti, Mara. Y el Espíritu Santo también. Es broma.

—¿Y creéis que Andre está atrapado en este lado porque no lo hemos superado? ¿Que esa es la razón de los sueños, los nombres…?

Mmmm, tibio.

—¿En serio? —Florence enarca una ceja, siempre escéptica.

Otra pausa. Esta más larga, de vistas clavadas en la mesa, o en las bebidas, o en sus manos, en cualquier parte para no mirarse entre ellos.

¿Cómo se convence a alguien de que lo extraordinario es posible? Beck parpadea dos veces para que el nombre de Remy se difumine sobre su taza y entonces, como el consejo de un mago sabio que llega en el momento necesario, lo entiende:

—Creamos. En esto y en nosotros. Simplemente, vivámoslo. Si tiene una explicación lógica, llegará. Y si no… Andre está aquí, de alguna manera. Y

es un poco tétrico, pero también alivia, ¿no?

Sí, porque parece una segunda oportunidad para zanjar lo que la vida les arrebató sin siquiera una despedida. Porque si lo extraordinario es posible, lo inalcanzable no existe. Solo es una circunstancia más, improbable y extraña, pero real.

—¿Por Hambre y Andre?

—Por Hambre y por Andre —corean todos.

La última noche en Francia no es una noche normal. Ninguno debería sorprenderse, porque ¿desde cuándo sus vidas lo han sido? Pero Beck piensa que empieza a rozar lo absurdo al pillar a Eva encorvado sobre varias partituras de Florence. Las ha unido con celo, y mal. En ellas está dibujando, nada más y nada menos, que una ouija con el bolígrafo de Andre.

—No te creo.

—Pues eres tú la que nos ha dicho que creamos, Rebeca. Revísate los discursos porque las incoherencias no le gustan a nadie.

Al final, siempre tiene que salirse con la suya.

—Lo invocaremos al lado de la chimenea. Ahí movió el fuego y he utilizado su bolígrafo. Fijo que todo esto ayuda a llamarlo.

—Y a los Cazafantasmas también, no te fastidia. Uf, Eva, es que me dan ganas de…

—¿Darme el meneo que nos merecemos?

—Un puñetazo.

—¿Qué está pasando? —Mara llega junto al resto—. ¿Una ouija?

—Qué frívolo, Eva —bufa Nina, como una canguro harta de vigilar a cinco críos a la vez.

—Venga, va. Yo ya dije que este lugar pide una ouija a gritos. ¿Y si Andre responde? ¿No os gustaría preguntarle por qué ha montado todo este tinglado?

Mira, sí, no tenía otra faena…

Definitivamente, Francia ha debido de trastornarlos porque, cinco minutos después, se ven dispuestos en círculo, rodeando esas partituras que, en realidad, deberían ser un tablero de madera. Al menos, tanto el alfabeto como los números están bien marcados y en el orden correcto.

Entonces Eva pone un vaso chato en el centro:

—Con el que tu tío Remy empina el codo en ocasiones especiales, Florence.

—Eres idiota y debe ser contagioso. Es la única explicación que le encuentro a todo esto.

—A ver, ya que estamos, lo hacemos bien —tercia Mara poniendo unos dedos sobre los de Eva, encima del vaso. Ya ha entrado en escena la más dramática—. Concentraos en Andre e intentad no prejuzgar.

—Está difícil —susurra Nina.

—Shhh. —Mara ha cerrado los ojos.

Beck y Zan se miran una última vez, incrédulos, antes de que todos acaben de apoyar las manos en el vaso y cierren los ojos. Aun así, la chica se esfuerza por evocar a Andre, todo lo que recuerda de él cuando estaba vivo. Le cuesta, también tragar el nudo que se le forma en la garganta.

Mucho más cuando escucha a Eva:

—Andre, ¿estás ahí?

Y el vaso se mueve hasta el «sí». Lo sueltan con un grito y Eva se ríe:

—Perdón, perdón. He sido yo. No he podido evitarlo.

—Esto es una tontería —espeta Nina.

—Pero los fantasmas existen.

Y solo por esa incertidumbre, vuelven a probar por si acaso. Le preguntan a la nada. El vaso no se mueve. El fuego de la chimenea tampoco lo hace de nuevo. La tinta no ayuda y, sin embargo, sigue escasa e infinita.

Cuando se miran, despierta cierta decepción.

Creedme, a mí también me habría gustado que me invocaran a través de una ouija. ¿Cuántos pueden decir eso?

—¿Qué esperábamos?

—Una respuesta rápida.

Pero ni la vida ni la muerte las tienen. Así que no les queda más que buscarla de otra forma.

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