Nunca será como siempre
03.05
Si salgo de esta, nos quedamos en tu luna.
Allí la noche es eterna, ¡sálvese quien pueda!
No hay opción, es nuestra canción.
Bailamos sin tregua, no se pone el sol.
—¿Te mola? —Beck rodea la estrofa con el lápiz antes de añadir—: Me encaja con la música que compusiste ayer. Más… ¿fiestera?
—¿Sí? —Florence juguetea con sus anillos antes de darle un golpecito a la mesa—. Sí. Tienes razón: es bailable.
—¡Lo es!
Mara sonríe a unos pasos de ellas, cámara en mano. Hace zoom hacia el rostro de Florence cuando esta empieza a tararear las notas que el día anterior salieron del piano. El mediodía, que atraviesa la ventana de la sala de estar, juega con sus rasgos y Mara empieza a pensar que quizá su amiga es una mezcla de sirena y hada, de todas las criaturas que una solo puede ver bien, tal y como son, si se cree en su existencia con fervor.
—¿Ha nacido una nueva canción?
Ante la pregunta, Florence mira a cámara y responde: «Ya lo creo», antes de ponerse a tocar. Beck se levanta de la banqueta para dejarle espacio y entonces Mara la graba a ella, cómo rasga el papel de la libreta, frenética en contraste con esa expresión de paz que solo le ha visto cuando escribe.
Única en su especie.
Francia se ha convertido en un oasis que dentro de unos días dejarán atrás cuando regresen a casa. Necesitaban su calma, la que está terminando de remendar con paciencia los pocos desgarros que quedaban en su amistad.
Un aislamiento que los ha alejado del mundo real y que, a su vez, los está preparando para volver a enfrentarse a él. Más fuertes. Más unidos.
Apenas me habéis recordado muerto. Y eso que esta casa atrae a los espíritus.
En el patio trasero, Nina y Eva están estudiando, mientras Zan organiza las fotografías que su prima ha sacado y el otro chico ha garabateado. Mara graba unos planos de esas imágenes en las que Florence sale en medio de una carretera vacía o tocando la guitarra bajo el olivo. También sus sonrisas y su penetrante mirada, algunas desenfocadas. Paisajes, el piano, la casa de campo, el cielo, las flores. Ellos. Nina apuntando a las copas de los árboles
con la cámara analógica. Beck encorvada sobre las libretas. Eva sonriendo con una naturalidad inaudita y las manos manchadas de tinta. Zan avivando una hoguera. Y Mara. Sencillamente Mara, sin florituras, mirando a la nada, existiendo.
—Florence te la hizo ayer —dice Zan apartando esa fotografía del resto.
—Tu intuición a veces da mucho repelús —responde ella acercándose para cogerla y observarla mejor—. Salgo… ¿bien?
—La modelo es muy importante, pero la intención de la fotógrafa también.
—Sé por dónde vas, Zan, y no.
—Ya te digo yo que sí —interviene Nina con una sonrisilla—. Florence casi se la queda. La pillé dudando antes de dejarla dentro de la caja. —Le da un toque con el bolígrafo a la caja de zapatos que están usando para guardar los carretes y las Polaroid.
—¿Y por qué no lo hizo?
A Mara se le atraganta la duda de que los sentimientos de Florence sean diferentes, que junto a los suyos desafinen pues no están en el mismo tono.
No lo sintió así aquella mañana en su cama, ni esas últimas noches que han compartido sencillamente abrazadas, pero es una experta en desear más de lo que tiene.
—Quizá porque nadie en este grupo está siendo sincero con sus emociones. Y no me tiréis de la puta lengua con la falta de comunicación, porque… ¡tela! —resuelve Eva, que cierra el cartapacio a rebosar de apuntes y se pone un cigarro en los labios.
—Uno: prohibido fumar fuera de la casa. —Nina se lo quita, escrito en el papel: «666», y lo rompe ante las protestas de su amigo—. Dos: ¿por qué siempre estás diciendo estupideces con lo razonable que eres?
—Porque es aburrido. Y porque mi padre estaría orgulloso de mí y no quiero que nadie lo esté.
—Eva… —empieza Zan.
Pero Florence lo interrumpe, saliendo al patio trasero con Beck:
—¿Pícnic para comer y celebrar que sois los mejores? —Frunce el ceño
—. ¿Pasa algo?
—Que voy a ser un psicólogo cojonudo, al parecer. —Eva sonríe.
Por dentro no.
A veces realizar sueños depende de objetos. Sentirse libre es el primero en una de las innumerables listas de Andre. Y patinando con su skate lo logra —un objeto—, y cuando pueda recorrer mundo necesitará subir a trenes, aviones y barcos —más objetos— y también dinero —el peor objeto de todos—. Andre no se siente solo en esto porque muchos de los sueños de sus amigos también dependen de lo material: Nina y su cinta, Mara y sus diseños de ropa, Beck y sus novelas…
Aunque lo cierto es que todavía no ha averiguado lo que es sentirse libre de verdad. Las cadenas también pueden ser invisibles y odia verlas en él. Odia verlas en sus amigos y que eso forme parte de las muchas cosas que tienen en común. Se las arrancaría y se las quedaría todas para que fueran felices, pero la vida no funciona así, y es frustrante que pida dominar las reglas de su juego cuando no siempre las tiene. Eva es el ejemplo más claro de ello.
—¿Estás enfadado?
—Sí —gruñe Eva.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Y tampoco miente. Andre le pasa un brazo por los hombros para animarlo, sin embargo, alguien se cuela entre ellos con un fuerte empujón. Duele. Las salidas del colegio siempre han sido peligrosas para ellos, porque Juanjo García y sus amigos son unos perros de presa. Nada de compañeros de clase, ni adolescentes, ni humanos.
—¿Eres gilipollas o qué coño te pasa? —le espeta Eva.
—A follar a otra parte. —Y Juanjo añade uno de esos insultos que siempre han arrinconado a Andre.
—Tú no sabes qué es eso, mierda con patas.
—Eva, para.
—Eh, eh. —Siempre tan valiente e imprudente, Beck se interpone entre los chicos e hincha pecho para igualar la altura del acosador—. Sigue tu camino.
—Os tiene que defender esta. —Otro insulto—. Sois la acción de caridad de este colegio.
—Más insultos, todos los que solo ladra en la calle porque ahí permanece completamente impune.
Juanjo y los suyos se largan entre risas, satisfechos como el peor inquisidor. Nina y Mara se acercan corriendo y Eva coge la mano temblorosa de Andre.
—Voy a contárselo a la directora —dice Nina—. No os mováis de aquí.
—No servirá de nada.
Mara inspira hondo y, de repente, lo nota. Nota que no es Andre, que es ella de nuevo.
Que no pertenece a ese lugar, aunque perteneció en otro tiempo. Que no tiene quince años, sino veinte. Y que debería despertarse ya, no poseer el control dentro de ese recuerdo que fue una pesadilla. Aun así, piensa en dar un paso y lo da. Piensa en abrazar a Andre y lo hace.
En realidad, no sucedió de esa manera: esperaron a que Nina saliera del despacho de la directora y regresaron a sus casas llenos de miedo. Pero Mara rompe los límites de la memoria, del sueño, porque aquel día quiso abrazar a sus amigos, porque echa tanto de menos a Andre que, al menos, necesita mantenerlo a su lado pese a no ser real.
—Andre, te quiero mucho.
Mara.
—Ojalá aquel San Juan hubiera sido diferente…
Mara, ¿me escuchas?
—Ojalá…
¡Mara!
—Mara.
Mara despierta. Sus amigos la han rodeado y la observan con cara de preocupación. Está atardeciendo y, por primera vez en mucho tiempo, siente que el cielo está horrible teñido con el color de la sangre. Siguen en uno de los viñedos contiguos a la casa, donde han hecho un pícnic, y se yergue de golpe, unas punzadas aguijoneándole las sienes. Se las aprieta para que desaparezca el dolor, el cuerpo ingrávido de Andre, la culpa.
—He soñado con él. Esta vez ha sido diferente…
No me has escuchado, pero yo a ti sí. Estaba en tu sueño. En mi recuerdo, Mara.
Aunque la confusión se esparce, se alejan un poco para que la chica se recupere. Florence le acaricia el pelo mientras le tiende un termo lleno de agua fresca, del que Mara bebe como si el pasado diera la sed del futuro.
—¿Alguien me puede explicar qué cojones está sucediendo? —Eva, impaciente.
Y Mara tiene que parpadear para no verlo como aquel chico de dieciséis años que siempre expresaba toda esa rabia, una que sigue sintiendo y ahora muerde pues, por desgracia, ser adulto implica callarse en ocasiones. Sí, debe deshacerse de esa carga que ha arrastrado desde el fallecimiento de Andre. Debe tachar el penúltimo secreto y permitir que todo vuelva a su sitio, sea como sea.
—Volvamos a casa. Está anocheciendo y allí estaremos más cómodos —
propone Florence—. Primero Mara necesita despejarse.
Ninguno se lo rebate y se instala un silencio inaguantable cuando regresan. No se cambian de ropa ni se colocan alrededor de esa hoguera que los ha visto compartir tanto durante las últimas noches. Esta vez la chimenea será testigo, ese fuego que ya se movió el primer día al son de un fantasma.
—Sueño recuerdos de Andre.
Mara habla de todos ellos, no se ha olvidado de uno solo. Al principio se respira cierta desconfianza, pero llega un momento en que nadie puede negar las apariencias. La más pura realidad.
—No eres la única a la que le pasa algo extraño, Mara —añade Beck—.
Es lo que quise deciros en casa de Nina antes de que Alicia nos interrumpiera. Veo… nombres sobre las cosas. Los nombres de sus dueños.
—Describe esa especie de letras incendiadas que se avivan o se apagan
según siente—. Creía que era fruto de mi ansiedad, pero, al igual que a Mara, me sucede desde San Juan y… Andre nunca dijo mi nombre.
—Me estáis vacilando —musita Florence—. Todo esto debe tener una explicación lógica.
—Supe enseguida que Mara hizo el cartel con las canciones porque leí su nombre sobre él —continúa Beck—, de la misma manera que leí el nombre de Andre sobre su mochila el día en que Nina me la enseñó. Sé que ahora mismo, Florence, llevas atado al pelo un pañuelo de tu madre y que varios de tus anillos son de una tal Allison.
—Una amiga de Nueva York. Joder…
—Eva —el chico mira a Beck con la siguiente verdad grabada en sus iris azules—, leo el nombre de Andre sobre ese bolígrafo negro que siempre usas, al que apenas le queda tinta.
—Me lo dio así —confirma él—. También me dijo que siempre sería suyo aunque lo utilizara yo. Y me lo tomé a risas, no sé. ¿Cómo es posible que dure tanto?
—Estáis de broma, ¿no? —interviene Zan con la voz estrangulada—.
Decidme que…
—Falto yo. —Nina es la única que se levanta, los puños cerrados y unas lágrimas desfilando por sus pálidas mejillas—. Desde el accidente, no puedo ver el rostro de Andre en las fotografías. Sale de espaldas, aunque no lo esté. Por eso en mi habitación no hay ni una sola foto suya. Por eso os dije que estaba de espaldas en la que él guardó en su mochila.
—Lo recuerdo —dice Florence.
—No, no, no. —Zan es el siguiente en levantarse, inquieto—. A ver, es imposible. O sea. A ver. —Respira hondo—. Supongamos que es cierto.
—Es cierto —insiste Beck—. Yo estoy tan alucinada como tú, pero es cierto.
—Vale. Es cierto. Entonces, ¿qué pasa con Florence y conmigo? ¿Por qué en nosotros no queda ni un rastro de Andre?
Porque aquella noche de San Juan, cuando nos graduamos, no estabais allí. Porque las últimas personas con las que tuve contacto fueron Nina, Mara, Beck y Eva. Porque a veces los cuerpos saben que se van a morir y el mío debió aferrarse a la vida hasta que solo dejó restos en ellos cuatro.
Fotografías, sueños, nombres y tinta. Pero aquí me retenéis los seis.
Me recuerdan muerto. Se olvidan de que están vivos. Ese es el problema y la solución.
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