Nunca será como siempre

Arantxa Comes · Capítulo 31 de 51

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Nunca será como siempre

25.05

La vida puede ser un tren descarrilado. La vida pueden ser raíles sin un tren.

La vida puede ser un vagón que se ha desprendido del resto, abandonado en medio de esa nada por la que ningún tren volverá a pasar jamás, pero sí personas que lo habitarán de vez en cuando.

Ese último vagón es la vida de Beck ahora, en calma, llena de personas que la acompañan, comprenden y la hacen feliz. Donde los nombres tienen una cabida ínfima, casi luces desprendidas de los objetos como polvo suspendido al contraluz.

En la mesa del salón de su casa, Nina estudia porque está en plenos exámenes, mientras que Mara y ella trabajan en Hambre. Una seleccionando los vídeos más vistosos de su viaje a Francia, otra puliendo

algunos versos. También hay varias fotografías que deben darle a Eva para que las adorne y otras un poco más antiguas, en las que sale Andre. Porque Florence lo quiere en su disco.

Los mejores músicos mueren jóvenes, pero está claro que yo exageré bastante.

—Entonces, ¿no lo ves de frente aquí? —Mara levanta una fotografía en la que Andre está de pie en medio de una olla del skatepark. Atardece, pero él es más que una sombra.

—No —suspira Nina, cansada de que le pregunten lo mismo una y otra vez—. Está de espaldas y, además, un poco borroso.

—¿Y en esta? —Andre junto a Eva y Zan, sentados en la orilla de la playa, riéndose de cara a la cámara.

—Lo mismo. Ay, Mara, ¿cuántas veces tengo que decirlo?

—Perdona, es difícil asimilarlo.

—Lo dice la que sueña sus recuerdos. —Nina muerde el final de su rotulador.

—Beck, desempata.

—¿Hmm?

Beck las ha estado escuchando como un hilo de fondo al que, en realidad, no se presta atención. Entre las letras de las diez canciones que finalmente componen Hambre, tiene la lista de regalos de Andre. Solo faltan ellas tres por escoger y hay uno que le llama demasiado la atención.

—Un segundo.

Aunque Mara y Nina se quejan, Beck se levanta y se dirige a la cocina, demasiado centrada en releer el mismo regalo, ese que parece involucrar una historia. Y, si ella adora escribirlas, ¿por qué no descubrirlas? Hay algo de Andre que ninguno sabe.

Roy, el regalo que estás pensando es de mis favoritos.

En la cocina, Julia y Sofía preparan unas tartaletas dulces y Beck se detiene en la puerta, clavando la mirada en la lista, tímida, porque su madre está abrazando a su novia por detrás en una versión española y pastelera de Ghost.

—¡Cariño! ¿Cómo va? ¿Necesitáis algo? —Julia se separa de Sofía limpiándose las manos en el delantal—. ¿Y esa falda?

—Ah —Beck se mira la minifalda de cuadros escoceses que Mara le ha hecho probarse hace un rato y que luego no se ha acordado de cambiarse—, es de Mara. Quiere dármela, pero no sé… De caderas me viene, pero me tiene que entrar la cintura.

—A mí me gusta cómo te queda —dice Sofía.

—Y con lo bien que se le da la costura, no le costará arreglarla.

—En fin, quería preguntaros una cosa. —Beck se acerca a ellas, apretando el folio entre los dedos—. ¿Hay alguien en Aconte que se llame Felisa?

«Una última conversación con Felisa antes de hacer el Interrail. Si es con ellos, mejor», escribió Andre. Y aquella vez se preguntaron quién podría ser esa mujer, pero no continuaron indagando. El caso es que un nombre nunca es solo un nombre para Beck.

Julia y Sofía se miran, un misticismo que a la chica se le arremolina en el estómago porque no pensaba que sería tan fácil, pero tampoco que ese regalo supusiera de verdad una historia que desentrañar.

— La bruixa —dice su madre en valenciano—. De pequeñas nos daba mucho miedo, ¿recuerdas?

—Sí, sí, Felisa Herrero —coincide Sofía—. Se contaban muchas historias de terror sobre ella, la mayoría inventadas y tergiversadas de los cuchicheos de las vecinas. Por eso la llaman bruja. Es una mujer solitaria y sin familia que apenas sale de casa.

—¿Entonces vive aquí? —pregunta Beck.

—En la casa rojiza que tiene el caminito de piedra y un jardín tan descuidado que no se ve ni la puerta.

Beck no necesita más detalles, porque enseguida sabe de cuál están hablando: esa casa es la frontera con la Otra Parte, la zona de Aconte que jamás pisaban de pequeños si no era necesario —la piscina grande, la casa de Zan— y en la que, además, viven las personas con las que siempre se han peleado —Juanjo García y su séquito de acosadores, Ángela Miralles, Irene y Carmen—.

—¿Y ese interés por ella?

—Luego os lo cuento —se despide Beck, sus zancadas tan enérgicas que, cuando llega al salón, Mara y Nina se quedan calladas—. Sé quién es Felisa

—alza el folio—, la persona con la que Andre quería hablar antes de hacer el Interrail.

—¿En serio?

—Quiero que este sea mi regalo. Quiero que hablemos con esa mujer y nos cuente por qué Andre la apuntó en su lista.

—Pero ¿quién es?

—Primero avisemos a estos. —Beck saca su móvil y revisa algunos mensajes—. Florence ahora está liada con Hambre, ¿no?

—Sí, tenía una reunión con su padre para enseñarle todo lo que hemos estado haciendo —le responde Mara.

—Y Eva está en casa de mi primo. Zan no tenía muchas ganas de salir, ya sabéis —musita Nina, haciendo referencia a su tía.

Beck

Sé quién es Felisa, la del regalo de Andre

19:35h

Eva

Muy bien, Sherlock. ¿Y?

19:40h

Beck

¿Zan está mejor? Me gustaría contároslo

19:40h

Eva

Dice que podéis pasaros. Aunque creo que le importa una mierda Felisa y solo acepta para verte a ti. Dais un asco terrible

19:43h

Beck

Yo también te quiero

19:43h

Eva

No lo suficiente

19:44h

Beck

Vamos ya

19:44h

Atardece en Aconte como lo hizo en muchas de las fotografías donde Andre sale. Las nubes rosáceas emborronando el azul con tintes violáceos.

Suave, porque el de ellos es un mar donde solo amanece.

De camino a casa de Zan, pasan por delante de la casa de Felisa Herrero y, aunque Beck no dice nada, la observa atentamente por si descubre una sombra que delate la posición de la bruixa. Guarda también, muy en el fondo, que no ve ni un solo nombre en el camino de piedras que se adentra entre las flores y los arbustos, en la oscuridad que reposa sobre los rincones de una casa sin luz en su interior. Y prácticamente todo le pertenece a alguien, por eso piensa en esas historias de terror que tampoco ha escuchado. Que seguro son cotilleos de gente mala y aburrida.

Lo son.

Beck siente otro escalofrío y aprieta el paso. No quiere creer que es la esencia mística de Felisa Herrero, no quiere creer que es el fantasma de Andre. Solo se ha sugestionado, Mara no es la única melodramática en ese grupo.

—He estado pensando en Andre y todo el… temita paranormal —dice Nina antes de subir las últimas escaleras que las conducirán a la calle de su primo.

—¿«Temita» para suavizar lo que nos está pasando o que nos ejecutarían en una pira de estar en el siglo XVI?

—Ambas. Beck, dijiste que viviéramos esto y que ya veríamos de qué manera resolverlo, pero yo necesito hacerlo. Solo tengo las fotos para recordar cómo era Andre y me estoy… olvidando de algunos de sus rasgos.

—Se le quiebra la voz, un poco el cuerpo cuando se encoge—. No quiero verlo de espaldas nunca más, y no sé si es porque me cuesta aceptar su muerte o por otro rollo raro, pero lo necesito de verdad —insiste.

Nina.

—¿Qué? —responde esta, ahora la mirada cristalina en sus amigas, confusas—. Habéis dicho mi nombre.

—No.

Nina.

—Otra vez.

—Que no.

Nina.

Con el corazón desbocado, Beck ve cómo su amiga extiende unos dedos y después los dobla en el aire. Aunque no está cogiendo otros, el nombre de Nina se traza al final de la manga de su chaqueta junto a otro muy desdibujado. Tanto como aquel que distinguió en la pista de hielo, sobre una silla vacía.

—Está aquí. Andre está aquí, y ya ha estado en otras ocasiones.

—¿Es broma? —susurra Mara.

De repente, el móvil de Beck suena, el nombre desvaído se esfuma de golpe, los dedos de Nina se cierran en un puño y las tres se observan, consternadas. Eva está llamando y Beck descuelga con el pulso un poco tembloroso. Carraspea, pero su voz no se lleva los miedos.

—Estamos al lado. Sí. Perdón.

El cielo se tiñe de púrpura y las farolas se encienden con un parpadeo.

Alguna estrella ya reina en lo alto. En silencio retoman el camino. No vuelven a mirarse, tampoco se fijan mucho en el alrededor. Las baldosas cobran todo el protagonismo hasta que llegan frente a la casa de Zan, donde ambos chicos esperan en la entrada, fumándose un cigarro entre los dos.

—¡Sois unas tardonas, tías! ¡Tanta prisa, tanta prisa! —las regaña Eva apagando la colilla.

—¿Ha pasado algo? —Zan es el único que se da cuenta de la tensión en ellas.

—Pues veréis… —empieza Beck, las manos sudadas y la sensación de que no es la brisa eso que le sopla la nuca. La brujería de Felisa, la presencia de Andre.

—¡Hostia puta, no me lo puedo creer! —la interrumpe alguien.

Ninguno se lo puede creer. ¿Cuántas probabilidades hay de que suceda lo peor en el peor de los momentos? Pocas, pero al destino le gusta sortear sus cartas y que salgan las combinaciones más remotas. Por eso parece una pesadilla que Juanjo García y su grupo —varios del colegio y de la Otra Parte, de quienes solo recuerdan robarles los tazos, defenderse desde la distancia y recortarla en alguna pelea— estén allí.

Hace mucho que no se cruzan, quizá desde la graduación. Beck ni siquiera se detiene a pensar en que aquel San Juan fue la clave del vuelco en sus vidas. Solo puede desear que ojalá esos chicos que a veces no los dejaban ni respirar hayan cambiado.

—Veo que la ONG sigue adelante.

No han cambiado ni un mínimo.

—Lárgate, Juanjo —le espeta Eva.

—¿Gallito o gallina?

Cuando Eva da dos zancadas para enfrentarlo, Beck se interpone y sus amigos se parapetan detrás, al igual que los de Juanjo tras él, quien resopla con una risa desagradable:

—Rebeca, siempre tan chulita. —Acerca una mano a su mejilla, pero ella se la aparta enseguida—. ¿Qué coño?

—¿Y si lo dejamos estar?

Sin embargo, el grupo de Juanjo jamás se ha conformado con dejarlo estar, por eso el cabecilla empuja a Beck y ninguno puede detener su caída.

Una punzada en el tobillo hace que suelte un quejido y que Zan se acuclille para intentar ayudarla.

—Vuelves a tocarla y no lo cuentas —le gruñe Eva.

—¿Te la estás tirando por fin? Porque todos teníamos claro que…

Hay una cosa de Eva que, si no se sabe ya, se recuerda: es perro ladrador, poco mordedor. Pero incluso la expresión dice «poco», no «nada», así que a veces muerde. Y fuerte. Por eso Juanjo no llega a terminar la frase, porque Eva coge impulso y le da un cabezazo.

—¡Joder! —protesta al instante.

—Serás hijo de puta —masculla Juanjo.

—Corred —los insta Nina—. Corred, ¡corred!

Todos reaccionan ante el grito y Beck se levanta, intentando obviar lo mucho que le duele el tobillo. El frío le apuñala los pulmones al respirar a bocanadas y apenas puede ver a sus amigos corriendo a su lado. También escucha los pasos de sus acosadores, que los insultan como cuando eran pequeños, prometiendo una revancha sin tregua.

Antes de descender las escaleras, Beck pierde de vista a Nina y se detiene en uno de los peldaños para mirar atrás por si acaso, pero Zan estira de su mano para que continúe. Avanzan por la dársena esquivando a la gente que les reprocha la carrera y, en la siguiente esquina, uno de los amigos de Juanjo se tropieza y cae al agua. Uno menos.

Se internan dentro del pueblo, esperando que los pasadizos y garajes los ayuden a despistarlos. Por desgracia, todos han jugado demasiadas veces a perseguirse y conocen hasta el último escondrijo. Así que la única opción es ser más rápidos y guarecerse en la primera casa a la que lleguen.

A pesar de que la mejor opción es atravesar las callejuelas en vez de meterse en los garajes, que no son una ratonera pero hará la huida más complicada, Mara se separa del resto entrando en uno.

—Todavía nos siguen —dice Eva sin aire, un hilillo de sangre dividiéndole la cara.

—La playa. Podríamos escondernos en una de las escolleras —propone Zan.

—¡Nos verán!

—No si nos dividimos. Nos vemos en la última.

Y, aunque a Beck le asusta ir sola, sabe que Zan tiene razón. Hay cuatro escolleras: las de los faros, la del medio y la que pone fin a la playa, a oscuras, donde podrán camuflarse mejor. Así que, con el flato hundiéndose entre sus costillas, elige el camino del paseo marítimo.

Le agradece a su yo del pasado haberse cambiado la minifalda de Mara por sus vaqueros más elásticos, porque a esas alturas el pueblo entero ya le habría visto más que el alma. Sale al exterior después de cruzar dos tramos estrechísimos, por los que solo caben de uno en uno, y se entremezcla con la gente. Escucha algún grito a sus espaldas, pero no titubea a pesar de que todos la están mirando. Ni siquiera frena cuando cree que sus amigos la están llamando, olvidado el dolor del tobillo, Felisa y Andre.

Sin pensárselo mucho, se sube al bordillo del paseo y salta a la playa.

Todo su cuerpo se resiente, pero se recupera rápido. La luz de las farolas muere a cada paso y la última escollera parece una serpiente de piedra inmovilizada por el mar, cuyas olas braman pero no rompen con agresividad. Y entra, sus zapatillas hundiéndose en la arena arremolinada y el agua mojándole las perneras. Se esconde detrás de unas rocas y, solo entonces, se atreve a analizar la situación.

Juanjo y otro chico también están allí, buscándolos con la mirada, y Beck retrocede un paso sin mucha seguridad. La oscuridad apenas le permite distinguir siluetas y está segura de que algún animal marino la devorará como siga adentrándose.

Una mano le tapa la boca y ahoga el grito que no habría proferido de no haberla asustado así. Es Zan. Tras él, Eva con un índice sobre los labios. Se

ocultan más entre las rocas cuando sus perseguidores se acercan a la orilla.

Aguardan con la respiración contenida y los músculos en tensión, el frío atenazando porque, pese a ser primavera, el agua está helada.

Dos, tres minutos. Duran como horas hasta que Juanjo y su amigo se marchan por fin. Aun así, tardan un poco en salir del mar y derrumbarse sobre la arena seca. Exhaustos y empapados, recuperan el aliento, contemplando el cielo nocturno.

Más calmada, Beck se yergue y se inclina sobre Eva. Su sangre aún está fresca, pero al menos ha parado la hemorragia, e intenta limpiarle el rastro de la barbilla con el pulgar. El chico, con los ojos fijos en ella, le aparta la mano, pero no la suelta.

—¿Estáis bien? —susurra Beck, la garganta irritada como si se hubiera atragantado con el agua salada.

—De milagro —dice Zan incorporándose y buscando algo en los bolsillos de su chaqueta.

—Le tenía ganas. No me arrepiento —contesta Eva—. ¿Y tú? —Estudia una de las palmas de su amiga, arañadas y un tanto ensangrentadas de cuando se ha caído al suelo.

—No es nada.

—Tomad. —Zan les tiende unos pañuelos húmedos que ambos aceptan para limpiarse.

—No me puedo creer que sigan siendo unos cabronazos.

—Y yo no me puedo creer que le hayas pegado —lo amonesta Beck—.

No lo vuelvas a hacer. Así no se solucionan las cosas.

—Sí, mamá.

—Eva. —Lo coge de un brazo y aprieta hasta que vuelve a mirarla—.

Por favor. Los detesto tanto como tú, son unos imbéciles, pero no vale la pena que te hagas daño, ¿vale?

—Comprobado: te queda demasiado bien decir palabrotas —ríe, bajito, tapándose los ojos con el antebrazo—. Siento haberos preocupado.

Beck y Zan comparten una sonrisa y él extiende un brazo por encima de Eva para rozar el pómulo de la chica, diciendo sin voz: «Arena». El contacto transmite la nostalgia de sus cuerpos, que anhelan demasiado desde Francia, pues ni siquiera han vuelto a besarse.

—¿Me acompañáis al ambulatorio? —los interrumpe Eva—. Me estoy mareando.

—Voy a llamar a mi prima y a Mara. Espero que estén bien.

Pero antes de que Eva se levante del todo y Zan encuentre los números en su móvil, Beck confiesa:

—Andre es un fantasma y Felisa es una bruja. Y ambos están aquí.

Ahora.

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