Ojos de muñeca
Primera Parte
OJOS DE MUÑECA
INGRID DESJOURS
Traducción de Dánae Barral Hortet
Porque la ira es hija del sufrimiento.
PRIMERA PARTE
No hay azar, solo encuentros.
PAUL ÉLUARD
1
Barbara es tan gris como la nieve pisada por los coches.
Acurrucada como si quisiera desaparecer, la joven no entiende por qué las demás quieren que se quede. No son sus amigas. Les da igual saber quién es ella y por qué no puede quedarse. Pero ellas insisten. Por educación, seguramente. Tal vez por compasión. Para seguir riéndose a su costa.
—Lo siento mucho, pero tengo que marcharme.
—Pero ¿no quieres tomar algo con nosotras? ¡Hay que celebrar que tenemos el título!
—Otro día. Mamá me espera.
—«¡Mamá me espera!» —se burlan sus compañeras, imitándola—. Pero anda ya, ¿cuántos años tienes?
Veinticuatro años. Hoy. Pero Barbara se cuida mucho de contestar. Eso solo daría pie a más burlas. Seguramente no es muy habitual salir pitando para no decepcionar a su madre o que a su edad aún le gusten las muñecas. Ninguna de las chicas que están con ella puede saber hasta qué punto el título que acaba de conseguir es toda una hazaña. Una pequeña victoria sobre ella misma porque, al fin, Barbara ha conseguido hacer algo en la vida. Se lo debe a sí misma y a su madre, que le dio permiso para inscribirse en ese curso. Hay que decir que lo que la convenció fue la perspectiva de un salario adicional.
—Bueno, tengo que hacer unos recados. Adiós.
—¡Sí, claro, vete con mamá!
Sus jóvenes compañeras se ríen como hienas, pero Barbara no le da importancia a pesar de la mirada inquisidora que le han dedicado todo el año. Está claro que no tiene el aspecto de una profesional de la belleza, pero las buenas notas que ha sacado en el examen deberían bajarles los humos. Ella no ha robado su diploma de esteticista. Es suyo. Es el pasaporte hacia otra vida, es un poco más de libertad.
Barbara acelera el paso. El frío le muerde los dedos de los pies, las suelas de sus zapatos son demasiado finas; las tiendas van a cerrar y tiene que ir a buscar los regalos que ha decidido hacerse por su cumpleaños: una foto y una muñeca.
Desde la llegada de la era digital los fotógrafos escasean. El más cercano que ha encontrado está a veinte minutos de la academia. Quince, si se da prisa. Se mueve rápido en la oscuridad, las manos en el fondo de los bolsillos del abrigo raído de treinta euros que estrenó hace cinco años. Es una sombra que se desliza y que casi no se ve, transparente y casi tan fría como los copos que se le pegan a los ojos y a la nariz. Su empeño la empuja. ¡Tiene derecho a hacerse regalos! Tiene derecho a gastarse como quiera el poco dinero que le da su madre. Esta es su tarde, por mucho que su madre se enfade: peor para ella. Barbara tendrá su foto y su muñeca.
Casi sin aliento, entra en la primera tienda. Un olor intenso hace que le pique la nariz. Se la tapa y aprovecha para sonarse.
—No se preocupe, es el olor de los reactivos del revelado. Por eso le pica la nariz. Buenas noches, señorita.
Barbara se siente incómoda. ¿Habrá visto que se le caían los mocos?
Se sonroja a su pesar y consigue farfullar algo.
—Bu… buenas noches, señor. Sí, huele un poco fuerte, pero no es nada desagradable.
—Muy amable, señorita —sonríe el hombre con gesto complaciente—. A mí este olor me encanta. Aunque pertenezca al pasado. Seguramente es por eso. Es de otro tiempo, como yo. De un tiempo donde la paciencia o la espera eran deliciosas, no era necesario disparar cien veces a una sonrisa para encontrar una perla. Un tiempo donde la fotogenia no era cuestión de probabilidades.
Barbara baja la cabeza. No sabe qué decir. Se siente culpable por pertenecer a esta generación del usar y tirar, responsable de que la obsoleta tienda del viejo acabe cerrando. Por otro lado, se siente incómoda cuando la gente habla de sí misma o parece pedirle su opinión. No sabe entablar conversación, no tiene esa facilidad. Lo que dice siempre cae mal y prefiere callarse.
—Bueno, no quiero aburrirla con mis historias, sé que soy un pesado —suspira el vendedor—. Viene a recoger su foto, la tengo presente. Recuérdeme su apellido, por favor.
—Bilessi.
—Bouchain. Beyer. ¡Bilessi! Aquí está.
Barbara coge el sobre y lo abre con meticulosidad, mira atentamente para cerciorarse de que no hay error y sonríe.
—¡Es esta! Se la dejé pagada.
—Sí, señorita, todo en orden.
El hombre intenta continuar la conversación pero ella se da media vuelta y se despide haciendo sonar las campanillas de la puerta. Una corriente helada hace temblar al viejo, que se apresura a calentarse cerca de sus anticuadas máquinas.
La joven está contenta. Esta foto es muy importante para ella. Es la única que tiene de su padre. Papel brillante. Pasado perfecto. Ella tiene seis años y su padre la sujeta por los hombros. Él mira al objetivo riéndose. Era antes de que él dejase de mirarla. Después él se marchó. Después, nada fue como antes. Nada. Presente complicado. Futuro incierto. La joven sacude la cabeza para secarse las lágrimas y aligera el paso. Faltan diez minutos para que cierre Doll’s Paradise. Puede llegar, pero no debe perderse en sus recuerdos porque la retrasan.
Las luces de la tienda aún están encendidas a pesar de que ya es más de la hora de cierre. ¡Es su día de suerte!
—¡Cómo me alegro de que aún tenga abierto!
Barbara se ilumina. Este es su feudo, su paraíso. El lugar donde solo importan sus sueños de niña.
—Me dijo que vendría, y la he esperado.
—¡Muchas gracias, señora!
—De nada, querida. Veamos, ¿cuál de ellas se lleva hoy?
La mujer acompaña las palabras con el gesto de abrir los brazos hacia un centenar de muñecas de porcelana dispuestas apretadamente unas contra otras. Las hay blancas, negras, coquetas, emperifolladas. Algunas tienen la mirada fija de mujer fatal, con ese misterio que atrae a los hombres en busca de aventura. Otras tienen los párpados medio bajados, un poco pícaros, como los de la niñas traviesas. Barbara está nerviosa ante la elección. Sin embargo, no duda ni un instante. Hace meses que está ahorrando, que pasa frente al escaparate para comprobar que la elegida sigue allí, que deja que ella la mire. Esa muñeca tiene una particularidad muy importante: es la primera que consigue regalarse con su dinero.
—¡Esta!
La dependienta mira en la dirección que señala el dedo. Su cara se ilumina con una sonrisa de aprobación.
—Excelente elección. Se llama Sweet Doriane. Es una obra magnífica. ¡Mire sus labios perfectamente perfilados! ¡Y la expresividad de sus ojos! —dice bajándola de la estantería—. Su vestido es de seda natural y encaje de Calais. Usted sabrá mimarla, ¿verdad?
La dependienta ha dado un paso atrás, abrazada a la muñeca como para asegurarse de que la adoptante reúne todos los requisitos para ocuparse de su pequeño tesoro. Barbara sonríe. Le gusta tener que demostrar sus cualidades de mamá de porcelana.
—¡Sí, sí señora! ¡Como si fuera mi propia hija! —exclama.
—Bueno, bueno. Entonces en ese caso es suya, querida. Por otro lado, mirándola bien, creo que se le parece.
La mujer tiende la mano. Barbara le da los billetes. Es el importe exacto, acumulado euro a euro, sisado de los cambios de la compra, ahorrado de su dinero. La dependienta cuenta, sonríe y envuelve a Sweet Doriane en papel de seda y se la entrega a su nueva propietaria antes de darle al interruptor y dejar la estantería en penumbra. El mensaje es claro. Una vez hecha la transacción, la tienda ya puede cerrar.
Barbara se pregunta si se puede ser más feliz que en este preciso momento. Abraza ese tesoro contra su pecho y tiene la sensación de que el objeto la reconforta. La muñeca es ligera como una nube. Una rápida mirada al reloj: llega tarde. Su madre le va a montar una escena. Le va a estropear su fiesta. Tiene que darse prisa. La joven acelera el paso, cruza el parque que a menudo le sirve de atajo y duda. La única farola que funcionaba está apagada. Se sabe el camino de memoria, pero teme pisar alguna mierda de perro o, peor aún, torcerse un tobillo. No obstante, toma ese camino, con la esperanza de llegar a tiempo: ganará unos preciosos diez minutos. ¡Correrá el riesgo! De repente se para en seco, da media vuelta y choca de frente con el hombre que caminaba detrás de ella.
—¡Coño, podrías prestar más atención, zorra!
—Perdón.
No hay tiempo para discutir con este tío tan grosero. Barbara retoma el camino y se adentra en el parque que está inmerso en una penumbra traidora, sin darse cuenta de que otro hombre va justo detrás de ella.