Ojos de muñeca
Capítulo 2
No hay ningún marco legal al que Marc pueda acogerse, ya que nadie se toma en serio sus sospechas. Mala suerte, pasa de la aprobación de sus colegas. Ha llegado con antelación, para no fallar, y espera sentado en la terraza de una cafetería desde hace media hora, con el temor de que ella no venga. Los minutos se hacen interminables, al ritmo de los lentos pasos de los vendedores de rosas que soportan sin rechistar las bromas de los parisinos crispados o su obstinada indiferencia, las discusiones irritadas acompañadas de gesticulaciones exageradas de los peatones, con el smartphone pegado a la oreja y bajo la mirada hastiada o divertida de las decenas de desocupados que matan el tiempo en la misma terraza. Marc Percolès ha pedido su segundo café y sacude el sobre de azúcar entre sus dedos para que se pose en el fondo, lo rasga y lo vierte de una sola vez en el brebaje amargo.
De repente se da cuenta de que en la acera de enfrente hay mujeres que caminan con paso firme porque no quieren ser abordadas. Ella llega a su hora, con una meticulosa puntualidad. Se para un momento y espera para cruzar que el hombrecito se ponga verde. En dos minutos estará sentada a su mesa.
Si realmente es la mujer que busca, se arriesga mucho haciendo de presa. Nadie le cubre, ni nadie sabe que está aquí. En el fondo, Marc se pregunta por qué está haciendo esto. ¿Para detenerla y demostrase a sí mismo que a pesar de estar inválido no ha perdido el instinto? ¿Porque ella podría encarnar a la Parca en lugar del revólver que el otro día le había confiscado Ange? ¿Arrestarla o dejarla hacer? Esa es la cuestión. Pero la respuesta le importa un carajo.
—Buenos días. Espero no llegar tarde.
Parece nerviosa y su voz tiembla un poco, el tono es de niña tímida. Espera que él le haga una seña para invitarla a sentarse y se muerde el labio inferior con un gesto que dan ganas de besarla.
—No, yo también acabo de llegar —miente él.
—¡Eso me tranquiliza! Está usted muy elegante —dice rápidamente, como si temiera cometer una torpeza.
Una mujer del oficio reconoce automáticamente el corte de traje de lujo. No ha fallado. El traje forma parte del plan de Marc. Le ayuda a interpretar mejor su personaje de ejecutivo afortunado que, a pesar de tener la edad del padre de la sospechosa, tiene la autoridad.
—Usted también, Barbara. Es usted muy guapa.
Es la verdad. Tiene frescura, la mirada triste de una niña pequeña que se ha hecho mayor demasiado deprisa y el cuerpo de una mujer hecha para el amor. Oscar Wilde decía que las dos cosas más conmovedoras del mundo son la fealdad asumida y la belleza que se ignora. Si la prostituta que revienta los ojos de sus clientes sabe de sus encantos, la joven que está delante de él no parece tener demasiada consciencia. Apenas maquillada, vestida con un vaquero y una camisa blanca bajo un impermeable beige, no necesita nada más para ensalzar su feminidad.
—Se me hace muy raro que me llame por mi nombre.
—¿Por qué?
—Porque es la primera vez que me gusta escucharlo —dice—. Creo que es la primera vez que alguien lo pronuncia de ese modo.
—¿Está de broma, Barbara?
Llamarla por su nombre tantas veces como sea posible. Es claramente una técnica de manipulación para acercarse a ella. Mejor, si eso la emociona.
—No. Pocas personas me llaman así, ¿sabe?, y en el instituto me han rebautizado como Barbie. Parece que es más comercial.
—¡Es ridículo! Es un nombre de muñeca.
—¿Le gustan las muñecas? —se extraña ella.
—La verdad es que no. —Su respuesta parece molestarla. Se mueve en la silla como con complejo de culpabilidad—. ¿A usted sí?
—Las colecciono —dice—. Tengo unas cincuenta, de porcelana. Me gusta ocuparme de ellas. Pero a usted esto le debe parecer estúpido.
—No, estúpido no. ¡Confieso que las muñecas de porcelana me perturban un poco! Me pregunto si no albergan espíritus malignos, como en Chucky o en La cuarta dimensión. Cuando era pequeño, tuve muchas pesadillas por culpa de esas tonterías. En fin, el idiota soy yo: las muñecas son simples juguetes. Son lo que queramos hacer con ellas.
—¡Eso no es del todo cierto! A veces son ellas quienes te po…
La joven se interrumpe de golpe, como si hubiese hablado demasiado.
—Son ellas que te… ¿qué?
—No, nada. Iba a decir una tontería. No estoy segura de que esta cita sea una buena idea.
La joven ya ha cogido su bolso. Dispuesta a escapar. No obstante, su mirada parece rogarle que se lo impida: lo mira fijamente con la intensidad de una desesperada. Él tiene ganas de gritarle: «¡No me mires así!». Por supuesto que va a retenerla. No ha llegado hasta aquí para dejar que se marche.
—No diga usted eso. Quédese, por favor. No quiero que se vaya.
«Poseída.» A veces son ellas quienes te «poseen»: es lo que iba a decir, pondría la mano en el fuego y más, su pierna también. ¿Cree que está poseída por sus muñecas? Esto concuerda con el perfil de la autora de las agresiones, con su psicosis. Pensar que esta joven pueda ser la loca le produce una tristeza infinita.
Marc no está seguro de que su súplica baste para que se quede. Pero no sabe qué más hacer. El silencio impera. Denso. Tan fuerte que parece que nada puede romperlo. Aprovecha para mirarla, pasando la mirada muy rápidamente a fin de que no se sienta amenazada. Parece un cervatillo asustado y mira de reojo a su alrededor. Barbara dobla las piernas bajo la silla, apoyando los pies, dispuesta a salir disparada lejos de aquí, lejos de él. Sus manos juntas aún están apoyadas sobre la mesa, Marc puede ver sus delgadas muñecas dado que las mangas de su impermeable están un poco subidas. El silencio persiste y les aleja el uno del otro. Sus miradas luchan, se enganchan, se agitan cuando se cruzan y se vuelven a buscar. Uno está desesperado para que lo deseen. La otra para no ahuyentarlo. La tensión es palpable. Habrá que hacer algo para romper el hielo. Marc nota cómo su corazón se dispara. Cree que por miedo a que la sospechosa se le escape. Entonces tiene una reacción desesperada. Impulsiva, ilógica y peligrosa. Sin embargo, un gesto tan natural que, de pronto, se ha olvidado de los límites que no debía sobrepasar.
Pone la mano encima de la de Barbara y desvía la mirada, parece que de repente le fascinan los coches que circulan a unos pocos metros. Evita mirarla, y entonces ella lo mira fijamente. Intensamente, con la boca abierta. Algunas lágrimas le asoman en los ojos, pero son demasiado ligeras como para derramarse. Ella lo mira a través de las gotas de agua salada que le hacen ver borroso. Barbara tiene ganas de sonreír y de llorar. Está desarmada por ese gesto tan tierno. Sí, tierno. Tiene ganas de devolvérselo. Ella, a su vez, aprieta la mano que la reconforta con todo el calor que es capaz de transmitir. Él se sobresalta. Le lanza una mirada interrogante. Segundo impulso. Se lleva la mano de la joven hasta los labios y los aprieta contra el dorso. La besa cerrando los ojos. Está haciendo una tontería, está completamente seguro. Tiene que contenerse.
Ella también se relaja, deja escapar sus lágrimas y acerca sus dedos entrelazados hasta su cara para besarle a su vez.
—Yo tampoco quiero marcharme —dice al fin ella.
Se recuesta en la silla sin soltar la mano. Los complejos efluvios de su perfume acarician la nariz del policía. Se pone demasiado. Desde su primera visita al instituto se había sentido agredido por esa mezcla de notas embriagadoras y familiares a la vez. Pachuli, azúcar y otro ingrediente que no acaba de distinguir, pero que está seguro de saber qué es. Su firma olfativa le intriga y le excita al mismo tiempo. ¿Por qué tiene la mano tan suelta para el perfume? ¿Es un modo de ganar seguridad o de convencerse de su propia existencia? Los psicóticos, a veces, tienen problemas en sentir que habitan en su cuerpo. ¿Quizá sea una estrategia para notarlo? Marc inspira profundamente. Al fin, vuelve a razonar como un poli.
—Guían. A veces son ellas las que nos guían. Es lo que iba a decir —precisa—. Pero creí que le parecería una tontería.
—¡Qué idea! ¿Nos guían? ¿En qué sentido?
—Pues, por ejemplo, cuando era pequeña, mis muñecas eran mis confidentes. Les contaba todo. ¡De algún modo ellas me han ayudado a crecer, me han guiado!
—¿Y hoy?
—Ahora es diferente, ya no soy una niña. Pero me gusta mirarlas y cuidarlas, me relaja, como a otras personas a las que les gusta la jardinería o cocinar. ¿Me comprende?
—Sí, claro.
¿Guían? Parece sincera. ¿Y si él se equivoca? Barbara Bilessi tiene un aspecto muy distinto al monstruo que ha cometido esas atrocidades. En ella hay algo dulce, frágil e intrigante. Algo obsesivo. Marc esperaba esta cita con impaciencia. Para confirmar sus sospechas o descartarlas. Pero de momento nada confirma que sea a ella a quien busca. Está cada vez menos seguro de querer salir de dudas, de este estado de gracia donde todo es posible. Donde ella aún puede ser inocente. Quizá solo se parezca a la chica de los vídeos. Es verdad que la imagen no era muy nítida. ¿Puede que sea ella, pero que su presencia en los hoteles no sea más que una terrible coincidencia? Las coincidencias existen. Barbara es una joven mamá. Ella da vida. ¿Cómo va a ser un ángel de la muerte?
—Me decía usted que tiene un bebé —pregunta él.
—Sí, un niño. Mi madre es quien lo está cuidando ahora.
—¿Ah, sí? Muy amable por su parte. ¿Viven cerca?
—Vivimos juntas. Ella perdió la vista hace unos años y yo la ayudo.
—A su edad debe de ser muy duro.
—No. Es normal que nos ocupemos de la gente que queremos. ¡Además, ella me ha educado muy bien!
—Sí, pero los padres están obligados a cuidar de sus hijos y no pueden exigir que estos sacrifiquen su juventud por ellos.
—¡Yo creo que tengo la obligación de cuidarla! ¿Sabe usted?, tampoco es un esfuerzo demasiado grande. La quiero. ¡Y no se mete donde no la llaman!
Le impresiona la fuerza con la que Barbara dice eso. Insiste demasiado. Como si quisiera convencerse a sí misma de que las cosas no siempre son así.
¿Lo son? ¿Es su madre tan bondadosa como dice? El instinto de Marc le dice que no. Eso le entristece, sin que pueda explicar muy bien por qué. Porque se nota que esta joven tiene un inmenso deseo de amar y de ser amada a su vez.
—¿Y quién se ocupa de usted, Barbara?
—No entiendo la pregunta —farfulla.
—Entre el instituto, el bebé y su madre, se da usted mucho a los demás, pero ¿cuándo cuida usted de sí misma? —pregunta él.
Barbara se sobresalta. Parece paralizada y no se atreve a mover ni un dedo, como si fuera extraño que un hombre la toque de esa manera, que le hable de ese modo. Su reacción sorprende a Marc. Se podría decir que es la de una… ¿virgen? ¡No! ¡Es imposible! Eso arruinaría su teoría.
Pero si así fuera, ¿sería tan grave?