Ojos de muñeca

Ingrid Desjours · Capítulo 20 de 42

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Ojos de muñeca

Capítulo 3

—¿Por qué no me quieres, mamá? ¿Por qué no me quieres?

Barbara llora después de una nueva pelea con su madre. Más que los golpes, son las palabras las que le hacen daño. Siempre las mismas, injustas, insultantes, cargadas de odio. Desde que es madre, la joven comprende todavía menos cómo se puede detestar tanto a un hijo. Decirle estas cosas, esas que hacen daño durante mucho tiempo, esas que te cortan la respiración y da la sensación de que te vas a morir. «Cabrona.» «Perdida.» «Puta.» Incluso antes de que frecuentara los hoteles, eran palabras cotidianas. ¿Por qué? ¿Qué ha hecho para merecer esto? ¡Que alguien se lo explique para que pueda redimirse y que al fin su mamá la abrace, la bese, le diga que la quiere y que es guapa! Pero nadie sabe las razones de su desprecio. Ni siquiera ellas, sus confidentes de siempre, sus benévolas amigas.

Barbara mira su colección de muñecas. Están aquí, sus tesoros, ellas que la han visto crecer y la han ayudado a aguantar cuando se sentía sola, abandonada e incomprendida. Debe de haber una cincuentena. Todas preciosas, a cual más hermosa… No obstante, ninguna podrá destronar a Martha, la primera de todas.

Fue su papá quien se la regaló. Ella tenía ocho años.

—¡Una preciosa muñeca para una simpática niñita!

—Oh, ¿es para mí, papá?

—Con la condición de que seas muy obediente.

—Pero papá, no me gusta.

—Cállate, Barbara. Si no la quieres, solo tienes que decirlo y la tiro —la riñó atusándose el bigote pelirrojo, como hacía siempre que estaba tenso.

—¡Oh, no, por favor! ¡La quiero!

—Muy bien, de acuerdo, pero antes me has de prometer una cosa.

La niña había movido la cabeza en señal de afirmación, con la boca cerrada, sin que él hubiese formulado la promesa. Hay cosas que no necesitan decirse. Es mejor guardar silencio. Él había sonreído, satisfecho, y le había dado el juguete.

—Mira, se parece a mamá ¡y mamá es la más guapa del mundo!

—No, cariño, tú eres la más guapa. Por eso tu papá te quiere tanto.

—¡Yo creo que es mamá, y tú también deberías pensarlo! —dijo protestando.

Una bofetada la hizo callar.

Secretamente había llamado Martha a la muñeca. Un nombre a medio camino entre el suyo y el de su madre.

—Bueno, ¿quieres esta muñeca?

—Sí.

—Entonces ven.

La pequeña Barbara había comprendido que no se tiene nada sin pagar un precio. ¡Cuántas veces había deseado que su madre descubriera su secreto y le dijera a su papá que parase! Pero ella nunca vio nada. Jamás. Hasta aquel día que su marido no pudo esperar a que su mujer se durmiera para ir a la habitación rosa de su hija. Su madre, por fin, había descubierto la horrible realidad. Pero no había entendido que papá le hacía daño. Que sus ahogados gritos eran lloros y no estímulos.

La pareja estuvo discutiendo hasta muy entrada la noche. La pequeña había intentado mantenerse despierta para oír lo que decían, pero acabó durmiéndose. Cuando se despertó, su papá ya no estaba.

—Se ha marchado y no volverá. ¡Ahora estamos solas las dos! ¿Estás orgullosa de ti?

No supo qué contestar. Su madre tenía la cara abotargada de tanto llorar. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Barbara al mismo tiempo que descubría la sensación de que, desde ese momento, cargaría con la responsabilidad de su soledad y la de su madre. Como tenía necesidad de consolarse, recorrió la casa en busca de Martha.

—¿Dónde está mi muñeca? No la encuentro.

—Tu padre se la ha llevado —contestó secamente la madre—. Se la ha llevado para dársela a otra niña.

—¡Pero era mi muñeca! ¡No tenía derecho!

—¡Pues mira! ¡También era mi marido!

La niña no entendió entonces por qué su madre había dicho eso.

El tiempo había pasado. Pero no la distancia que las separaba, ese muro cada vez más implacable, violento, casi palpable. Marthe se volvió glacial. Barbara estaba muy presionada, como una olla exprés a punto de explotar. Una olla sin válvula, sin amor ni cariño. Solo con su culpabilidad por un pecado perpetrado por otro.

¡Su madre era tan guapa! Barbara quería parecerse a ella. Cuando su madre se marchaba a hacer recados, la niña se colaba en la habitación y se divertía probando sus cosméticos, pintándose un poco los labios y oliendo el delicioso perfume que no se atrevía a rociar por miedo de que su madre la descubriera. Así es como descubrió la traición de su madre.

Un día que husmeaba en el armario de su madre, una caja grande escondida encima de las perchas llamó su atención. Se puso de puntillas y empezó a estirarse y a estirarse como si fuera un muelle, como una pequeña marioneta manejada por una mano invisible. Pero no conseguía llegar. Fue a buscar una de las sillas del salón y la arrastró hasta la habitación. Tuvo cuidado, se quitó los zapatos para no dejar huellas en el cojín y cogió el deseado objeto, que apretó contra su cuerpo antes de bajar. Su corazón latía muy rápido, tanto por el miedo a que su madre volviera antes de lo previsto, como por la impaciencia. ¿Qué tesoro podía estar escondido en esta bonita caja redonda con motivos florales? ¿Quizá lencería de seda? ¿Polvos perfumados? ¿Un regalo para ella? Incapaz de esperar más, la sonriente niña levantó la tapa.

Estupor.

Ningún secreto femenino que se transmite de madre a hija. Ningún tesoro precioso. Solo la cara de la mentira, de la crueldad gratuita, de la calumnia. Si las palabras todavía eran inaccesibles para la pequeña, no sucedía lo mismo con los sentimientos.

Bajo una cama de papel de seda, en el fondo del armazón de cartón, estaba Martha.

Su madre le había quitado su muñeca y la había escondido. Había acusado a su padre de llevársela. ¡Todo ese tiempo había detestado a su padre por nada! Había sufrido por esa pobre criatura huérfana que iba de niña en niña. ¡Estaba aquí, en el fondo de una caja, llorando para que viniera a buscarla!

No había oído la angustia de Martha, no había escuchado su llanto. No la había visto. Igual que su madre que no la miraba.

La niña se puso a llorar. Mucho. Sofocándose y agitando los hombros hasta las orejas. Haciendo chorrear el maquillaje birlado a la traidora, esa que quería despojarla de todo el amor, del suyo y del de su muñeca.

—¿Qué haces en mi habitación? —gritó la madre, que había vuelto más pronto, tal como ella temía. La pequeña estaba demasiado triste para contestar—. ¿Qué haces con esa muñeca, pequeña entrometida? ¡Has estado fisgoneando en mis cosas!

—Me… Tú me habías dicho…

—¿Y qué? ¡Esta muñeca es el mal! ¡Debería haberla tirado!

—No… —sollozaba la niña—, es una mezcla de tú y yo. ¡No es el mal!

—¡Venga, dame eso!

—¡No!

La madre se abalanzó sobre la cría y le arrancó el juguete de las manos.

—¡No puedes hacerlo! ¡Es la única persona que es amable conmigo! ¡Nunca me mira mal! ¡No como tú!

—¿Ah, sí? ¿Cómo te va a mirar, si tu «persona» es ciega?

Acompasando el gesto con la palabra, la mujer, fuera de sí, cogió la muñeca por los pies para tirarla contra el suelo y romperle la cabeza contra las baldosas. En esa muñeca se concentraba todo su odio por haber dejado que su marido tocara a su hija y por haberla pervertido con un estúpido regalo. Las ágatas de sus ojos estallaron en miles de trocitos con un ruido espantoso.

Debe de ser el ruido que hace lo inevitable.

—¡¡¡No!!!

Pero por mucho que la cría gritase, ya era demasiado tarde. Los ojos estaban rotos.

—¡Te odio! ¡Te odio! —gritó, al borde de un ataque de nervios—. ¡Espero que te pase lo mismo que a ella! ¡Que te vuelvas ciega! ¡Es lo que te mereces!

Barbara pataleaba, gritaba, lloraba. La primera válvula había saltado. Un bofetón la devolvió a la realidad.

—¿Cómo puedes decirle eso a tu madre? ¿Crees que no he sufrido bastante? ¿Me deseas lo peor, cuando yo no te he hecho nada y además sigo ocupándome de ti?

Marthe Bilessi se quebró a su vez. Se dejó caer sobre la silla de la que había hecho levantar a su hija, metió la cabeza entre las manos y se puso a llorar.

—Señor, ¿qué he hecho para merecer esto? ¿Para que mi hija me odie hasta el punto de desearme el mal?

Sobrecogida por el espectáculo de su madre derrumbada, la niña, llena de remordimientos, se lanzó contra ella y la abrazó fuertemente.

—¡Perdón, mamá, perdón! No quería decirte eso. Te quiero, lo sabes.

—¿De verdad?

—¡Sí! ¡Con todo mi corazón!

—¿Más que a papá?

—Sí…

—¿Más que a la muñeca?

—Sí…

—¡Vale, demuéstramelo y tírala!

—¡No, mamá, por favor!

—Hazlo.

Entonces, Barbara tuvo que tirar su bonita muñeca a la basura. Y con ella, la esperanza de poder liberarse algún día de esa madre omnipotente. Pero no tenía ningún derecho. No después de lo que había hecho: provocar que su padre se marchara, desearle que se volviera ciega. Esa bonita muñeca rubia era ella. Esa que podría haber sido un día, cuando al fin se hubiera parecido a su madre. Pero ella solo sería la hijita obediente y sacrificada. Para siempre. Esa que un año tras otro solo aceptará las muñecas pagadas por su madre.

La segunda válvula aún no había saltado.

Pero lo hizo tres meses más tarde.

Porque otra chiquilla se había jactado delante de ella burlándose, estuvo a punto de reventarle los ojos. Pero su mamá no la había reñido. Se contentó con mirarla de forma extraña. Una curiosa mezcla de curiosidad y miedo.

Y ni que decir tiene que un día Marthe, al volver de la consulta del médico, dijo que le había advertido que su campo visual iría disminuyendo a causa de la diabetes y que acabaría perdiendo la vista, tal como Barbara había deseado.

Pero eso, Barbara lo ha olvidado. O al menos lo ha escondido. Ahora se contenta con repetir, en un bucle sin fin:

—¿Por qué no me quieres, mamá? ¿Por qué no me quieres?