Ojos de muñeca
Capítulo 5
Raoul acaba de llamar a la puerta. Ella sabe que es él, pero tendrá que esperar hasta que haya terminado de cortar el rosbif. En el plato, patatas fritas y al menos tres cucharadas de mayonesa. Para sumar kilos de más; de todas formas, ya no tiene intención de pretender gustar a nadie. Lo que le dijo Raoul por teléfono fue cruel, pero justo. Marc descubrirá tarde o temprano sus actividades paralelas y la echará con tanta repugnancia como cuando se coge un pañuelo usado. Los hombres quieren una mujer que sea solo de ellos, no aquella que todo el mundo ha podido pagarse. Solo hay tristeza y melancolía en el corazón de la joven. También cólera, por haber sido tan tonta como para apasionarse y creérselo. También rabia, contra su mecánico que sabe demasiado sobre ella.
Raoul insiste y se ensaña con el timbre. En un momento de lucidez, decide girar el picaporte y descubre, no sin enojo, que la puerta no estaba cerrada. Barbara asoma la cabeza desde la cocina.
—¡Pon tus cosas en la habitación!
El hombre masculla alguna cosa que no llega a entender. Ella suspira, pone el cuchillo en el bolsillo de su delantal y decide ir a recibirlo. Raoul abre la puerta y tira su bolsa en la habitación.
—¡Mierda, aquí siempre huele mal! Te lo advierto, conmigo vais a airear el apartamento. No soporto este ambiente, es como un velatorio. Bueno, ¿me presentas a tu madre? —pregunta él señalando a la vieja, que no se ha movido del sofá.
—Sí. Pero antes tengo que decirte una cosa —responde ella agarrándole por el cuello.
Le besa fogosamente, como lo haría una enamorada. Porque le gustaría volverlo a estar, y más de aquel que intenta borrar de su alma y que, no obstante, la obsesiona. Barbara se dice a sí misma que siendo dulce y cariñosa quizá sepa tocar el corazón de Raoul y que sus viejos sueños de felicidad con él aún son posibles. El joven le devuelve encantado los besos manoseándole las nalgas. Es una buena táctica para marcar el territorio delante de la vieja, demostrarle que ahora es el nuevo jefe de la familia. Entra en el salón empujando despacio a Barbara, que parece no querer soltarlo. Empieza a empalmarse y abre los ojos para ver la reacción de la abuela.
—¡Coño! ¿Qué es este delirio?
Raoul suelta un grito de horror y empuja violentamente a la joven. Ella pierde el equilibrio, se repone y se coloca entre su madre y él.
—Es lo que quería decirte.
—¿Tú has hecho esto? ¿Hay alguien más aquí?
—¡No! He sido yo. ¡Deja que te lo explique!
—¿Explicar? ¡Qué vas a explicarme! ¡Por Dios, estás completamente loca!
—¡No, no me digas eso!
¡Él no puede decir eso, como si fuera la vieja! Barbara se lleva las manos a la cara y se pone a llorar.
—¡Tu madre, Barbara! ¡Tu propia madre! Pero ¿te das cuenta? ¡Eres un monstruo, por Dios!
—Ella… ¡Ella me ha obligado, te lo juro! ¡Voy a liberarla, te lo prometo! ¡Voy a darle de comer y formaremos una familia! ¡Ahora que estás aquí, todo se va a arreglar!
—¿Por qué crees que me voy a quedar con una tarada como tú? ¿Para que me hagas lo mismo? ¡Deliras, niñata! ¡Me doy el piro!
—¡No, no puedes hacerlo! Además, no tienes donde ir.
—¿Estás segura? ¡Tengo la agenda llena de zorras dispuestas a acogerme! ¡Además, ya sé adónde voy a ir!
—¿Adónde? ¿Adónde? ¡Dime adónde!
Su voz ha subido de tono, es aguda. Barbara está aterrorizada. Presiente lo que va a decir. ¡Pero es imposible! ¡No puede ir a la cárcel ni pueden quitarle el bebé!
—¡Por supuesto, a la poli!
—Es inútil —grita ella—. ¡Cuando ellos lleguen le habré quitado todas las ligaduras y ella no dirá nada, lo sé! ¿Adónde vas?
Raoul ha ido a la habitación a recoger sus cosas. No. ¡Eso no es posible! Tiene que impedirlo.
Barbara echa una mirada a su madre y decide que ya ha oído demasiado de su discusión. Entra a su vez en la habitación y cierra la puerta.
Cuando sale, Barbara está agotada y más calmada. No creía que iba a gastar tanta energía para convencerle de que se quede. Menos mal que Barbie ha cogido el testigo y que la carne es débil. Realmente, la vulnerabilidad más grande de los hombres está donde ellos creen tener su mayor fuerza…
La joven se acerca tímidamente a su madre. Raoul tiene razón, es inhumano lo que ha hecho, tiene que liberarla. Empieza quitándole la mordaza.
—Oh, mamá, ¿cómo hemos podido llegar hasta aquí?
El pecho de Marthe Bilessi se hunde.
—No lo sé, Barbara, pero yo también quiero que hagamos las paces.
A la joven le cuesta creerlo. ¡Su madre al final acepta hablarle! Y esa manera de llamarla por su nombre… ¡Tan dulce! Incluso se parece un poco a la voz… No, tiene que olvidarse de Marc.
—Te voy a desatar. Ya no sé por qué lo he hecho. Raoul tiene razón, está mal y te pido perdón. Tienes razón. Estoy loca, sería mejor que me internaran.
—¡No digas eso! Estábamos equivocadas las dos.
—¿De repente eres amable porque me necesitas? —dice desconfiada la joven.
—No, claro que no. Atada en el sofá, he tenido tiempo de reflexionar. Y sé que no siempre he sido una buena madre. Debería haber sido más cariñosa, más paciente. No es culpa tuya.
—¿No es culpa mía?
—No… nada es culpa tuya, hija.
—¡Oh, mamá! Si supieras cuánto he esperado, cuánto he necesitado que me lo dijeras —lloriquea la joven.
—Hija mía, te juro que te quiero. Solo necesito que me ayudes a demostrártelo.
¿Cómo va a negarse cuando su madre le dice todo lo que ella ha deseado oír desde hace tanto tiempo?
—Pero ¿cómo vamos a hacerlo, mamá?
—No lo sé. Seamos buenas la una con la otra, en función de nuestras posibilidades, mimémonos, cojámonos del brazo.
—¡Oh, mamá! ¡He esperado tanto tiempo! Claro que voy a mimarte.
Llorando, la joven se echa a los brazos de su madre y se queda así largo rato. Las tripas se quejan en el vientre de la vieja.
—¡Voy a prepararte algo y te lo traigo! Y después te aseo. ¿Vale?
—Gracias, cariño —contesta la madre, agradecida.
Barbara va a la cocina. Aprovecha para colgar el delantal y lavar sus utensilios.
—¡Al final, también voy a poder comer! —dice ella.
—¡Deberías cuidar tu línea, querida! Ya sabes, a los hombres no les gustan las mujeres que se dejan de cuidar.
—¿Hablas de Raoul? Oh, créeme, está más enamorado de la comodidad que le puedo dar que de mis formas.
—Pero es gracias a tus formas que puedes mimarnos.
—Qué… ¿qué es lo que quieres decir?
Barbara tiene miedo de comprender. Su madre ha debido de escuchar su discusión, a pesar de que la puerta estaba cerrada, cuando Raoul la ha tratado de puta y ella no lo ha negado.
—Las paredes oyen —confirma Marthe Bilessi—. ¿Sabes?, otras lo han hecho antes que tú. No obstante, yo no fui capaz. Sin embargo, esto no está mal cuando se hace para el bienestar de los nuestros.
—¿Tú crees? ¡Pero me gustaría dejarlo, mamá!
Qué feliz está de poder confiar en su madre, de tener una verdadera conversación entre mujeres.
—¿Por qué, hija mía?
—Porque quiero ser distinta. Una mujer a la que un hombre podría querer.
—Hasta los hombres de bien se abandonan y nos abandonan, lo sabes. Entiende bien esto ahora, y mientras puedas cógeles lo que tengan.
—¡No digas esto! Hablas como Sweet Doriane.
—Tu muñeca tiene razón, Barbara. ¡Escúchanos, solo queremos tu bien!
Barbara no puede creerse que su madre admita tan fácilmente la influencia de su muñeca. ¿Es una maniobra para manipularla mejor y castigarla por los malos tratos que ha sufrido? No sabe qué pensar. Solo sabe que está agotada. Bosteza hasta descoyuntarse la mandíbula.
—Deberías ir con tu amigo —le dice su madre.
—Tengo miedo de que el bebé nos moleste esta noche. ¡También él ha se ha quejado al verlo!
—Déjamelo a mí esta vez. Así podréis disfrutar de una noche de amor.
—¿De verdad?
—Sí.
—¡Oh, muchas gracias, gracias!
La joven sale disparada a la habitación, coge al chiquitín que se deja hacer plácidamente y se lo da a su madre después de cubrirlo de besos.
El teléfono empieza a vibrar. Es Marc. Su bello hombre roto. No. No pertenecen al mismo mundo. Rechaza la llamada, la decimoquinta vez desde que ha decidido olvidarlo. Él insiste, suena de nuevo. Se siente desfallecer, pulsa la tecla verde.
Una risa sarcástica inunda la habitación y la disuade. La de Sweet Doriane.