Ojos de muñeca
Capítulo 3
—Perdón, señorita, ¿tiene usted hora, por favor?
—No, lo siento.
—¡No es muy educado decir esto cuando se lleva reloj!
¿Cómo puede este hombre ver en la oscuridad? Ella apenas distingue dónde pone los pies. Barbara está intranquila. No le gusta la idea de estar sola en el parque con ese desconocido que la sigue desde hace un rato y que cada vez se acerca más. Qué cosa más extraña eso del instinto. Acaba de cumplir veinticuatro años y no tiene ninguna experiencia con los hombres, pero presiente de inmediato el peligro. El corazón empieza a palpitar, se le hace un nudo en la garganta, tiene unas enormes ganas de defecar. Y Barbara contesta tontamente que el reloj está estropeado. Pero es consciente de que hubiera sido mejor no decir nada y salir pitando. El tío la alcanza y le corta el paso, se planta delante de ella. La joven no se atreve a levantar la cabeza. Un segundo ha sido suficiente para adivinar sus intenciones. Es mayor que ella, incluso podría ser su padre. Es corpulento, lleva la camisa desabrochada hasta la mitad del pecho a pesar del frío invernal, le asoma el grasiento vello. Apesta a sudor y a cerveza. La comisura de sus labios está blanca por la saliva seca. Suda a borbotones y frota sus enormes manos una contra la otra, produciendo un sonido seco por la callosidad de la piel. Es increíble lo que podemos llegar a percibir sin mirar a alguien.
—Eres una redomada mentirosa, tú, con tus aires de mosquita muerta. ¿Crees que no veo tus pezones erectos bajo tu camisa de mojigata? ¡Ah! ¡Eso me excita! Te gusta eso, excitarme, ¿verdad, pequeña guarra? Si no, no te pasearías sola por un parque oscuro.
La palabra guarra le perturba tanto que se queda petrificada. ¡Guarra! ¿Por qué guarra? ¿Y por qué se pregunta esto en lugar de salir corriendo?
Tendría que llegar alguien antes de que sea demasiado tarde. Alguien tiene que salvarla, lo sabe. Porque ya ha comprendido que sola no será capaz. Que se va a dejar hacer. Quizás ella sea una blanda. ¿Lo es? No sabe nada. Ignora cómo hay que reaccionar. En realidad sí lo sabe, teóricamente. Pero no le sale. Él va a entender su pasividad como una incitación, es imprescindible que llegue alguien. Pero no viene nadie. Nadie que pueda oírla gritar, pedir socorro. Nadie. Solo ella. No dice nada. Está paralizada. Su garganta se cierra, no puede respirar. Se pregunta si uno puede por sí mismo ahogarse de miedo y morir así. Le escuecen los ojos, siente brotar las lágrimas.
—Bueno, ¿entonces qué? ¿Te has tragado la lengua? ¿Quieres que lo compruebe?
Sin darle opción a contestar o a defenderse, lanza su pesado cuerpo sobre el de la joven y la empuja contra un árbol. Apesta. Es lo primero que le pasa por la cabeza. El hedor le provoca náuseas. Barbara gira la cabeza para no respirar los efluvios del hombre y se raspa la mejilla contra la rugosa corteza. El hombre la coge por la barbilla con una mano y la obliga a mirarle de frente.
—¡No me digas que no lo estabas buscado!
«¡No! ¡Por favor! ¡Déjeme, se lo ruego!» Esto es lo que le habría gustado contestar. Pero él ya ha pegado el asqueroso bigote sobre sus labios, le ha metido su estropajosa lengua en la boca, la obliga a aceptar que es suya. Tiene mal aliento. No solo por la cerveza. Dientes mal lavados o con poca frecuencia. Barbara imagina que debe tener esas placas blandas y amarillentas que a veces tapizan el esmalte. Seguramente en él serán de color marrón. ¿Cómo se llama eso? ¡Ah, sí! Placa dental. Se acuerda vagamente de un curso de prevención sobre «higiene bucodental». ¿No hubiera sido más conveniente uno sobre la sensibilización de los peligros en los parques sin luz y de los hombres que apestan a cerveza? El contacto de las mucosas del tipo con las suyas le repugna, la quema. Ella preferiría perderse en los recuerdos anacrónicos de las clases. Puede hacerlo si se concentra mucho. Depilación, maquillaje, masaje. Eso es. Abandonar el cuerpo. Ser una mera espectadora, verse desde lejos, ninfa aún joven y frágil atrapada en la trampa de un morreo asqueroso. Un enorme morreo asqueroso, sí, eso es. A Barbara le gustaría poder vomitarle dentro de la boca, morderle la lengua hasta que sangre, pero ya no es ella quien decide. Ella no está aquí, los pies en la nieve, lejos de cualquier luz para ocultar el crimen del violador. Gravita fuera, encima de sus cabezas. No tiene miedo, espera que pase. Acabará terminando, ¿no? No.
Ella no ha soltado del todo las amarras: su cuerpo le envía, a pesar de todo, señales que hubiera preferido ignorar. Él no se va a contentar con meterle la lengua en la boca. Empieza a deslizar la mano por debajo de la camisa y pellizca, amasa dolorosamente su tierna piel. Con la otra le desabrocha la falda y se mete en las bragas. El morreo se alarga hasta el infinito. El pulgar y el índice separan los grandes labios. Abren el orificio hasta ahora inexplorado. El hombre frota sus falanges contra su clítoris y le arranca un grito de dolor.
—¡Te gusta esto, sí, pequeña putita! ¡Te vas a enterar, vas a saber lo que es un hombre!
El bigotudo mete con autoridad sus gordos dedos en la vagina de la joven y la fuerza violentamente.
—¡Pero si te estás corriendo, putón!
Este cabrón seguramente acaba de romperle el himen y no entiende que lo que rezuma es sangre. A Barbara le gustaría llorar. Insultarlo. Reaccionar. Aunque fuera para suplicarle. Pero nada sale de su gran boca abierta por la pena, que aspira, como una ahogada, el aire contaminado de París, el perfume de la cerveza y el de la violación. Una mano se posa sobre su hombro y la fuerza a agacharse. Su espalda se rasguña con el tronco. Sus rodillas se doblan y se desuellan contra el suelo. El hombre se desabrocha el pantalón.
—¡Vamos, chúpamela, puta!
—¡No! ¡Por favor!
—Cállate. ¡Chupa!
Ha agarrado a Barbara por los pelos. Le tapa la nariz. No le queda más remedio que abrir la boca para respirar. Él aprovecha para meterle su sexo. Ella cede, con la esperanza de que deje de estrecharla contra él, pero mantiene la presión todavía unos largos segundos para asegurarse que desde ahora será dócil. Le sujeta con fuerza la cabeza y llena su boca, cada vez más adentro, en ese vaivén brutal que le golpea el cráneo contra el árbol en cada ataque. Al final deja de obstruirle los conductos nasales, que a duras penas se despegan con una respiración brusca. El olor. Otra vez, es lo primero que su cerebro percibe. Oler al enemigo antes de permitirse respirar. ¡Oh, ese olor! Hedores amargos de pis y de mugre. Un olor repugnante. El perfume del hombre que domina. No sabe lo que es la ducha. Ahí también debe haber placas blanquecinas, piensa ella. Le oye respirar fuerte, adivina el vientre grasiento tembloroso y el gesto lamentable de la cara del hombre que se alivia en la garganta de una desgraciada virgen, sin conmoverse por sus mejillas bañadas en lágrimas, de los quejidos de animal herido o de la náuseas que la zarandean y que le hacen vomitar bilis en su polla inmunda. ¿El tiempo se ha parado? Barbara tiene la sensación de que está aquí desde hace un mes, un año, un siglo. Que siempre ha sido ese perro apaleado, esa guarra humillada tirada en el suelo. Que él es su maestro y ella tiene la culpa. Que nunca terminará de superar su error. El de haber nacido mujer. ¿Este es su destino? ¿Por qué piensa esto? No lo sabe. Esto la intriga, ella se interroga. Se mete dentro de sí misma y se olvida del hombre que aprieta su lengua, se olvida de que parece que él nunca vaya a separase para liberarla. Una sensación extraña. Es como si ya hubiese vivido esta situación. No obstante, nada hay en sus recuerdos, que repasa metódicamente, que confirme esta absurda hipótesis. Pero uno olvida tantas cosas de su propia infancia.
—Ponte a cuatro patas, que te voy a encular.
La vuelve a coger por los pelos. Ella no lucha. Barbara es una muñeca de trapo, él es el titiritero. Ella cae en la posición que él ha escogido.
—¡Sí, eso es! Es eso lo que quieres, ¿verdad?
Barbara no contesta. Barbara no está aquí. Hace el muerto, como en la piscina. Sabe lo que él quiere hacer, y que le va a doler mucho. Pero que mucho. A él le parece que ella ha gritado, pero ella no está segura de haber oído su propia voz. El tío no termina nunca de desgarrarla, de penetrarla, ella tiene la sensación de no ser más que un agujero. Nada más que un dolor. Él eructa alguna cosa que ella no entiende pero que parece excitarle más. Él se retira. Ella cree que el asunto ya se ha acabado cuando otro dolor la parte en dos. Él acaba de romperle el himen. Otra vez le vuelven a la cabeza los cursos de higiene. No está bien hacer esto en la vagina después de haber estado detrás. Es sucio. Corre el riesgo de caer enferma. Incluso puede morir. Es eso lo que le debe haber excitado, la idea de mancillarla un poco más. Sí. Eso le produce una sensación extraña. Él se agita, frenéticamente, acelera el ritmo. La luna, perversa cómplice de su suplicio, sale de detrás de una nube con los reflejos de su luz dulzona. Barbara contempla sus manos que se hunden en la gravilla, su Sweet Dorianeque se ha caído a unos metros y la foto, que se ha salido del sobre protector. Un pálido rayo ilumina la cara de la chiquilla que sonríe al objetivo. Parece una niña modelo con su vestido de volantes y sus cabellos bien peinados. Cuando su padre se marchó, unos meses después de que se hicieran la foto, su madre dejó de comprarle ropa bonita y de peinarla. No es culpa suya. Su vista empezó a fallar en ese momento y ya no podía ocuparse de ella como antes. Barbara había sido tan feliz en esa foto… Le parece que fue ayer. Sweet Doriane también parece mirarla. Pobre muñequita. ¡Debe de estar tan asustada como ella! ¡Ojalá que no se haya lastimado al caer! A Barbara le gustaría cogerla en brazos y que la muñeca la consolara, que le dijera que todo se arreglará. Pero no puede. Entonces la mira fijamente con todas sus fuerzas, como si su vida dependiera de eso, como si sus destinos estuvieran unidos y que mientras Sweet Doriane estuviera allí, para observarla, ella viviría. Ella quiere vivir. La cara de porcelana se convierte en el símbolo de la supervivencia, de su lucha. Se convierte en todo su universo, el refugio donde ella proyecta su alma mientras profanan su cuerpo. La mira fijamente, como cuando vemos nuestro reflejo en el espejo, convencida de que solo una fusión total con su gemela de porcelana puede salvarla de la muerte. Se conecta a los ojos de ágata hasta que todo el resto se vuelve borroso, las pupilas se convierten en un túnel, en un camino hacia un mundo mejor. Y de repente, como un extraño milagro, una especie de aparición inesperada toma forma en el otro lado. La de una mujer espléndida de hermosos cabellos rubios que caen en cascada sobre sus hombros diáfanos. Está maquillada con esmero, lleva un vestido blanco vaporoso y le sonríe con benevolencia. Conoce a esta mujer, la reconoce, y no obstante, nunca se han encontrado. Esta mujer es… No, es imposible. Alguna cosa dentro de ella lucha contra la evidencia. Barbara cierra y abre los ojos, pero la mujer sigue aquí. El tiempo se ha detenido en su cabeza. Se reafirma, lucha, como el diamante de un tocadiscos que ha llegado al final del recorrido. Sin embargo, por muy increíble que pudiera parecer, esta criatura es… ¡ella! ¡Sí, ella, Barbara! Una versión desconocida, sublimada, que le hace una señal desde el otro lado del túnel. ¿Es posible? ¿Es una alucinación? ¡No! Barbara no sabría explicar cómo esta noche, en este parque, por alguna conexión mágica con un espacio-tiempo indulgente, la muñeca le muestra el futuro.
Esta bella joven que irradia felicidad puede ser ella. Será ella. ¡Es sobrenatural! ¡Es maravilloso! Sobrevivirá a todo este horror y navegará hacia una vida mejor. Barbara levanta los ojos hacia la luna, como para darle las gracias por haber traído la luz a sus tinieblas, y después busca su doble en la mirada de la muñeca. Pero la hermosa mujer ha desaparecido, dejando tras ella solo a la pequeña médium de porcelana.
—¡No me dejes sola! —suplica la joven.
Entonces se produce el segundo milagro. La porcelana parece cobrar vida, como si hubiera atendido su ruego. Los rasgos se animan, la piel se flexibiliza y se vuelve sonrosada. Los labios se estiran para modular una radiante sonrisa. Barbara podría creer realmente que en este preciso instante está perdiendo la razón. Pero no está en posición de cuestionarse demasiadas cosas. Lo único que importa es la metamorfosis de Sweet Doriane, su tranquilizadora presencia. Esta muñeca es mágica, es la clave. Barbara promete que siempre la mimará.
—¿Me harás caso? —pregunta Sweet Doriane.
—Sí, te lo juro —contesta ella en silencio.
—Entonces te ayudaré a convertirte en esa bella mujer que has visto.
La promesa es tan atractiva que Barbara pierde todo contacto con la realidad de lo que se ha producido. Solo cuenta su realidad y que pueda aferrarse a ella, olvidar su miedo y el dolor. Sí, saldrá de esta, así que nada de lo que el violador le haga padecer tiene importancia. Mientras el violador se agita con más violencia y su pene se agranda dentro de ella, al fin siente venir la descarga. Barbara recibe el grito del macho sin protestar. Retorcida sobre su vientre, tiembla con todo su ser. Gira la cabeza despacio y le mira, enorme y chorreando, meter su polla en los calzoncillos sucios de tres días. Sus ojos tienen un reflejo duro, sus labios se retuercen en un gesto de satisfacción, su bigote está enredado. Por un momento cree ver la cara de su padre, pero borra la imagen de su espíritu enloquecido.
—Si le cuentas a alguien lo que ha pasado, iré en tu busca y te haré pasar un rato horrible, ¿entendido?
La joven hace un gesto afirmativo. Él se ríe burlonamente y, antes de irse, la llama por última vez guarra.
Ya está, se ha acabado. Eso es todo. Vuelve la vida, o mejor, la vida continúa, ya que el mundo no ha dejado de girar porque un hombre haya violado a una mujer. Pasa todos los días, es algo insustancial. Nada hay más anodino. Muy fácil de ignorar. De olvidar. Por otro lado, ¿no es verdad que no ha sido más que un sueño? ¿Qué todo esto puede desaparecer de su memoria si ella se compromete a no volver a pensar en ello jamás? Sí, estaba oscuro. No había nadie. Sin testigos y sin que ella quiera recordarlo. Esto no ha ocurrido.
Borrar. Volver a poner los contadores a cero. Borrar la cinta y volverla a dejar virgen.
Barbara se viste temblando. Solo piensa en la hora. ¿Qué hora debe ser? Mira el reloj. Se sobresalta. ¡Su madre la matará! Se seca rápidamente las lágrimas con el antebrazo porque sus manos deben estar sucias por haber estado hundidas en el suelo, intenta arreglarse el pelo sin tocar demasiado el cuero cabelludo, dolorido por el zarandeo, y se va del parque lo más dignamente posible, como si no hubiera pasado nada desagradable. Memoria resquebrajada, agrietada, borrada. A cada paso que da, sus recuerdos se dispersan un poco más y se disuelven en la penumbra del pequeño parque que le sirve de atajo.