Ojos de muñeca

Ingrid Desjours · Capítulo 41 de 42

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Ojos de muñeca

Capítulo 7

El apartamento está completamente a oscuras. Solo en la habitación del fondo se distingue la luz azulada de un televisor encendido que refleja colores irreales. El aire es denso y pesado. Es lo primero que nota el capitán. Lo segundo es el perfume o más bien el olor de Barbara, pero aumentado al máximo. Un olor a cerrado y a esencias embriagadoras, todo ello mezclado con un toque subyacente que le es tan familiar y que, muy a su pesar, no puede identificar.

¿Joder, a qué huele?

—¡Mamá, soy yo!

Barbara cruza el pequeño pasillo y se dirige hacia la habitación azulada. Marc y los demás oficiales presentes van detrás de ella. Marthe Bilessi y Raoul Moncet están sentados en el sofá, sus cabezas están a contraluz de la pantalla nevada del televisor. Barbara se coloca justo detrás de ellos.

—¡Pero dónde diablos te habías metido! ¡He estado muy preocupada! ¡Te has olvidado de mi día de aseo!

—Ya lo sé, mamá, lo siento mucho. He tenido problemas. He hecho una tontería —gime la joven.

—Y ahora ¿qué has hecho, Bébé? ¿Quiénes son estos? ¿Es la pasma?

—Me han cogido, Raoul. Ya no puedes denunciarme, me han detenido.

—Barbara, ¿con quién hablas? —pregunta Marc, que está detrás de ella.

Barbara no tiene tiempo para contestar. Su madre va a explotar, lo presiente.

—¡Qué! —grita Marthe Bilessi—. Pero ¿qué va ser de nosotros?

—Te pido perdón, mamá. Lo siento muchísimo.

—¿Con quién estás hablando, Barbara? —insiste Marc.

—¡Pues con mi madre! —contesta la joven—. ¡Ya ves que no va poder soportar que nos separemos!

—¡Hostia, la has jodido! ¿Qué coño has hecho? —despotrica Raoul.

—No tienes derecho a decirme esto —protesta Barbara.

—Barbara, no oigo nada —dice Marc, angustiado.

Podría empujarla para constatar lo que está adivinando pero se niega a creer. Podría intentar pensar en otra cosa para no descifrar esa marea de perfume que tan bien conoce. Pero está como paralizado.

—¡Raoul tiene razón, siempre lo estropeas todo! —grita la madre—. ¡Estás loca! ¡Loca de atar! Lo mejor para ti es que te encierren.

—¡Callaos, callaos todos!

Barbara se tapa los oídos con las manos y se da la vuelta, buscando huir en vano de los reproches de los tiranos.

—¡Callaos! —increpa ella otra vez antes de quedarse muy quieta.

Inmediatamente adopta un gesto para oír, como al acecho.

—¡Estaréis contentos! Habéis despertado al bebé. ¡Ha empezado a llorar!

—Barbara —dice el capitán con voz monocorde—, yo no oigo a tu bebé.

En ese momento, muy lentamente porque los brazos le pesan mucho, Marc coge a la joven por los hombros y la aparta del sofá. Ya sabe lo que va a descubrir. Lo presiente. Lo siente como si le acabaran de arrancar el estómago. Lo huele. Sí, lo huele. El olor, era eso, el olor.

—Enciendan la luz —ordena a los otros.

Una bombilla alumbra la habitación. Los agentes presentes gritan de espanto.

En el sofá, Marthe Bilessi y Raoul Moncet están apoyados la una contra el otro en un estado de descomposición avanzado. Están empotrados en los cojines, pero sus cabezas medio cuelgan sobre los hombros. Tienen la cara desfigurada, abierta, las mandíbulas desencajadas por el esfuerzo de morder y tirar de las mordazas podridas. Las bocas son nidos de gusanos hambrientos y sus ojos han sido vaciados de cualquier sustancia por haberles sacado las órbitas. Las caras están hinchadas como cabezas de bueyes, y los cuerpos destilan un líquido verdoso de aspecto pegajoso.

No obstante, Marthe Bilessi está muy arreglada, con un vestido de florecitas. Dos horquillas con forma de mariposa sostienen los cabellos canosos, y pueden distinguirse algunos toques de maquillaje entre dos jirones de carne brillante. ¿Barbara la ha untado de cera? Una herida con sangre seca situada en el cráneo sugiere un traumatismo craneal que habría resultado fatal. Siguiendo la mirada de Marc, Barbara justifica la herida de su madre.

—Fue antes de nuestra reconciliación. Un accidente. Mamá se cayó, pero ahora está mejor.

Marc no contesta. Examina el cadáver de Raoul Moncet, que, desde su punto de vista de funcionario, acaba de convertirse en víctima. El hombre tiene una lata de cerveza encajada entre su costado y el brazo y un cuchillo de cocina profundamente clavado en el corazón. Pero eso no es lo que más le llama la atención.

El hombre tiene el sexo al aire, al menos lo que queda de él. El grumo flácido y grasiento tiene el aspecto de una fruta que se está pudriendo. Parece que algunas larvas se están abriendo camino bajo la piel. El capitán está horrorizado. ¿Por qué el sexo está fuera? La idea de que Barbara le haya podido besar después de haber hecho quién sabe qué con esa carne podrida le parece insoportable. Las palabras que la joven ha dicho antes de entrar en el apartamento no se le van de la cabeza y cambian de sentido, son intolerables. «Pero cuando lo hayas visto… ¿me querrás todavía? Podría no gustarte que haya estado con un tío como él.» Marc no puede reprimir una arcada y vacía el contenido de su estómago al lado de la joven, que parece no entender lo que le pasa.

—¿Te encuentras mal, cariño?

Ella esboza un gesto amable, una caricia hacia él. Pero Marc da un salto hacia atrás.

—¿Dónde está el bebé? —le pregunta sin muchas esperanzas.

La joven pasa delante de él y le invita a seguirla hasta la habitación. Pide a sus compañeros:

—Por el amor de Dios, abran las ventanas de par en par.

Aquí huele a muerte. Muerte. Ese era el olor tan familiar que Barbara ahogaba con toneladas de perfume. Para ocultar el fallecimiento de sus compañeros de piso, tapaba la evidencia a golpe de embriagadores efluvios.

Barbara entreabre la puerta de la habitación. El olor aquí es aún más pútrido que en el salón. Normal: no hay ventilación. Este cuarto es una especie de trastero habilitado de unos cinco metros cuadrados. Una verdadera leonera. Hay muñecas por todas partes, quizás unas cincuenta. Muñecas de trapo, muñecas de porcelana. Morenas, rubias, algunas preciosas, otras mancas, otras decapitadas. El capitán tiene la sensación de estar en un museo de los horrores, en un antro sórdido de un asesino de serie B. Sabe que tiene que ir hacia lo que yace encima de la cama. ¡Joder, lo sabe! Pero tiene que agarrarse a su espíritu de lucha. Su cuerpo le manda otra vez señales de angustia. Su mirada se fija primero en una muñeca. Seguramente es la famosa Sweet Doriane que tanto había escandalizado a la vendedora de Doll’s Paradise. El objeto parece un monstruo, una pequeña cosa demoniaca y torturada. Quemada, rota, descascarillada, maquillada de negro y manchada de algo que parece sangre; los ojos verdes son la única cosa un poco alegre y colorida de su aspecto. Su sonrisa parece que esboza una mueca mordaz y sus brazos están extendidos como si estuviera preparada para pelearse. Barbara coge deprisa el pequeño paquete que Marc no se atreve a mirar. Abraza con fuerza el cuerpo del niño, que está en un estado de putrefacción mucho más avanzado que el de los otros cadáveres, y al hacerlo emite un sonido como de tripas y un líquido empalagoso. Es el resultado de la descomposición de las grasas. Este fenómeno de saponificación se ve mucho más a menudo en niños de corta edad. Marc ya no puede hacer nada, se apoya en sus conocimientos científicos para poner distancia con el horror, para no ceder ante todo esto y darse el piro. El hedor es lo peor de todo, y lo que se imagina del bebé seguramente también. No puede verlo porque Barbara lo aprieta contra su pecho, lo que es mejor.

—¡Es tan bueno! Nunca un capricho, nunca llora. Me hubiese gustado mucho que lo conocieras mejor. ¡Me habría encantado que te convirtieras en su papá!

—De… ¿desde cuándo es tan… bueno? —pregunta él prudentemente.

—¡Ah, hace ya mucho! Una noche tuve una fuerte discusión con mamá y creí que ella iba a matarlo porque no paraba de llorar. Entonces le expliqué que tenía que estar tranquilo. Ese día lo abracé muy fuerte.

¿Es consciente de que ha sido ella quien ha asfixiado al bebé? Parece que sí. Su mirada se vuelve triste, pero enseguida se repone. Besa al pequeño cuerpo en putrefacción y pregunta inocentemente:

—¿Qué le pasará ahora? ¿Quién lo cuidará?

—Bueno. Lo dejaremos a cargo de los servicios competentes, Barbara.

Marc no puede engañarla y hablarle de los servicios sociales, cuando van a llevarlo a la morgue. Observa un instante a Barbara. La joven tiene la esperanza de que él la perdone. Está desquiciada, solo es una pobre loca. Pero sigue siendo la que un día le pareció hermosa y que le conmovió. Le coge la mano y se la lleva suavemente a sus labios, en un tierno beso de despedida.

Los colegas han llamado a la científica y el forense ya está aquí. Asoma la cabeza por el vano de la puerta y espera la luz verde del capitán para hacerse con el cadáver del pequeño. Percolès le hace una señal para que entre. Barbara chilla como un animal cuando le quitan a su niño e intenta aferrarse. Marc la sujeta. Es todo lo que puede hacer. Porque no puede hacer nada más por ella.

No puede hacer nada.