Ojos de muñeca
Capítulo 5
Marc entra y se abre camino entre sus colegas apelotonados en la habitación. Empuja a algunos, querría ir rápido, pero va lento, como a ralentí por el miedo. Le gustaría estar ya en el escenario. Desearía no haber tenido que entrar. Marc tiene ese sentimiento de irreversibilidad que hace que el estómago se retuerza cuando es evidente que el drama ya se ha producido y que en todas partes flota el olor de la miseria y de la muerte.
Algunos oficiales inspeccionan la habitación en un silencio sepulcral. Uno de ellos hace fotos a una bolsa de tela negra llena de objetos variopintos, otros aún permanecen inmóviles alrededor de la cama convertida en el teatro del horror y abren un pasillo mórbido al paso del capitán.
Barbara está ahí, sentada en el colchón con las piernas cruzadas, como hacen los niños.
Está medio desnuda y su piel blanca contrasta con la ropa interior negra, que la realza. A pesar del surrealismo de la situación y del grotesco bigote que destaca sobre los labios de la joven, Marc se acuerda de la suavidad de su vientre y nota como le afloran las lágrimas en los ojos. Ella parece extrañamente calmada, serena, incluso aliviada. Al descubrir al policía su mirada se anima y le brinda la sonrisa más emotiva que jamás había visto. Parece que se acuerda del hombre atado al lado de ella, y Barbara se gira hacia él, exultante:
—¡Tenías razón! ¡Tenías razón! ¡Mi bello hombre roto ha venido! ¡Tenías razón, gracias!
Ella mueve la cabeza para apoyar su afirmación, pero claro, él no puede verla.
Ella tampoco parece mirarle.
Si lo hiciera, sabría que el hombre está muerto.
Como las otras víctimas, el hombre tiene dos agujeros negros en lugar de ojos. Pero esta vez Barbara no se ha detenido aquí.
El hombre está atado a la cama y bañado en sangre.
Su boca está semiabierta y se entrevé un trozo de tela hundido en la garganta. Su torso muestra cortes por todas partes, con heridas limpias. Heridas hechas post mórtem a un cuerpo inerte.
Al ver su bajo vientre, un joven oficial grita de pavor y se aleja de la escena del crimen a toda velocidad para vomitar. Otros apartan la mirada púdicamente para no correr el riesgo de que la imagen quede grabada en su memoria ya bastante saturada. La muerte es reciente. Tal vez minutos. Marc nota que la garganta se le cierra al preguntarle a Barbara si ha matado a ese pobre hombre después de que él colgara. ¿Es culpa de él? ¿Podría haberlo impedido si hubiese continuado hablando con ella?
En lugar del sexo hay una abertura monstruosa: el hombre ha sido castrado, vaciado por los bajos, desangrado como un cerdo. Las tijeras de costura están todavía encima de la cama, al lado del miembro acartonado. Barbara tiene sangre en las manos y en las piernas. Está impoluta hasta la cintura, pero más abajo no, pero no está muy preocupada. Tiende los brazos hacia él, hacia su bello hombre roto. En sus ojos están todas las promesas que puede hacer una mujer enamorada, todos su excesos, su fervor, la alegría de verlo y el miedo a que él la abandone. A pesar del olor rancio de la sangre, de la locura de la joven y, sobre todo, a pesar de él, Marc está conmovido.
¿Alguna vez le han mirado así?
¿Y si detrás del monstruo se escondiera el ángel más bello que el cielo le podría ofrecer? Tal vez esté loco por pensar eso.
Los ojos de Barbara lloran espesas lágrimas que se derraman en surcos brillantes, su boca tiembla con una sonrisa insegura. ¿Es consciente de la gravedad de la situación?
—Mi bello hombre roto. ¡Mi amor! ¡Estás aquí!
Inicia un movimiento hacia él. Al instante los policías quitan el seguro de las fundas de sus revólveres, dispuestos a apuntar.
—¡Está chiflada! —grita uno de ellos.
La joven oye el comentario y se crispa. Solo está a unos centímetros del par de tijeras. Aún puede infligir daño o volver el arma contra ella.
—Sí, cariño —responde Marc haciendo una señal a sus colegas para que no se muevan—. He venido a buscarte.
—Pero ¿cómo me has encontrado?
—Te llevo siempre en mi corazón, querida, siempre sé dónde estás.
—He… he hecho una tontería, yo no quería…
—Lo sé, corazón —dice él, acercándose lentamente.
El capitán controla la situación. La chica se calma un poco. Los otros policías se relajan y esperan que él aleje el arma blanca para intervenir. En la habitación no hay ni un solo ruido y reina una tensión insoportable. Todos, salvo Marc y Barbara, muestran desprecio y desconfianza.
—¿Vas a ayudarme? ¿Me llevarás contigo?
—Sí, Barbara. Voy a llevarte conmigo. Vístete.
—¿Adónde vamos? Y estos policías ¿no me van a hacer daño?
—No. Harán lo que les diga. Confía en mí.
La joven parece dudar. Sus ojos van de su amante hacia las tijeras apoyadas a su lado. Marc se acerca a la cama y le tiende la mano. No tiene que coger el arma, porque si no, con toda seguridad, alguno de los oficiales abrirá fuego y será un drama.
—Ven conmigo —repite él sonriendo.
Da la impresión de que reprime un arranque impulsivo hacia las tijeras. La sonrisa de su amado la derrite. Sus ojos se olvidan del horror para ir hacia su amor. Barbara tiende la mano y la apoya en la del capitán, sin darse cuenta de que él está aquí para detenerla. Se dirige hacia la silla donde ha dejado su ropa de calle y se viste.
—¿Adónde vamos? —dice ella, confiada.
Su sonrisa se queda petrificada cuando nota el contacto del metal en sus muñecas. Su bello hombre roto está detrás de ella y acaba de ponerle las esposas. Ella no entiende nada.
—¿Qué haces?
—Primero tenemos que ir a la comisaría, Barbara.
La joven se agita, intenta liberarse, pero él la sujeta firmemente. Ella se debate con todas sus fuerzas, grita.
—¡No! Pero ¿por qué haces esto? ¿Por qué me traicionas?
—Tiene que ser así, estás enferma.
Barbara tiene la sensación de que se va a morir ahí mismo. Que desde este momento solo siente el vacío y el dolor. Que nada tiene color. No la quiere: se quiere deshacer de ella, dejarla tirada como a una muñeca rota. Es intolerable. No puede aceptar lo mucho que le necesita para vivir, para respirar, para amar. ¡Tiene que protestar, tiene que defenderse, debe hacerle volver a la razón!
—¿Enferma? ¡No! ¡Yo te quiero! ¡No puedes hacerme esto! Oh, ¿por qué me haces esto? —grita.
Es más fuerte que él, Marc no puede soportar verla en este estado. Verla enloquecida, saber que está desesperada. Entonces él abre sus brazos y ella se refugia como en su mejor cobijo. Ella sigue llorando un rato, luego se calma y empieza a respirar más despacio.
—Porque… yo también te quiero.
Mientras dice esas palabras que parecen calmar a la joven, Marc nota como su propio corazón se rompe.