Ojos de muñeca
Capítulo 7
A Martha Bilessi siempre le ha impresionado esa historia de un cirujano que arranca las caras de mujeres jóvenes para trasplantárselas a su hija, desfigurada en un accidente de coche. Los ojos sin rostro es una película muy sensorial y la madre de Barbara siempre pone el vídeo. Desde lo más profundo de su ceguera le gusta pensar que esa muchacha que solo tiene la mirada para expresar su terror, en cierto modo, se le parece. Ella también es prisionera de su cuerpo, pero al revés: su defecto son los ojos.
Hubo un tiempo en el que era coqueta, le gustaba mirarse en los espejos y en los ojos de los hombres. Pero ya hace mucho que renunció al mundo de las apariencias. Incluso antes de quedarse ciega. Y Marthe Bilessi —Bilessi Sodier para ser más precisa, aunque, desde hace mucho tiempo, no añade su apellido de soltera al de su ex marido— se acuerda perfectamente del día que ocurrió.
Si aún fuera capaz de llorar, dejaría caer una lágrima por el rabillo de su ojo marchito. Para contrarrestarlo se contenta con poner la película en pausa y agudiza el oído para percibir los sonidos que se filtran desde la habitación de su hija. Su presencia la tranquiliza. Sin ella, Marthe no sabe lo que sería de su vida. A veces, la posibilidad de que Barbara la abandone la altera, la hace estremecer. No, la joven tiene tanta necesidad de ella como viceversa; por lo tanto, eso no va a pasar. Sería una catástrofe para ambas. Es normal que su hija tenga veleidades de independencia, sobre todo desde los últimos… «acontecimientos», y sin duda por no poder asumirlos sola. Eso es, desde todo punto de vista, imposible.
Marthe Bilessi suspira. Se arrepiente. No fue buena idea animarla para que se pusiera a trabajar, ¡pero la chiquilla se aburría como una ostra! Además aporta ingresos extra, y eso les viene de perlas, más bien de diamantes. Marthe no sabía que una esteticista pudiera comprar tantas cosas. Al principio creyó que Barbara sisaba de la caja, pero parece que no, y prefiere disfrutar de los regalos que le hace su hija para tener la fiesta en paz. La vieja no es tonta, pero ¿a quién le amarga un dulce?
No oye ni un solo ruido. Solo silencio. El silencio que la oprime y la aterroriza desde que perdió la vista. Ese silencio que la obliga a tener la tele siempre encendida, por miedo a morir de soledad en su cárcel de carne. La mujer no puede más. Tiene que saber qué hace Barbara. Se levanta torpemente, se apoya temblorosa en la muleta y arrastra sus cansados pies hasta el final del pasillo.
Pega la oreja.
No le gusta lo que oye. Pero no la sorprende.
—¡Oh, mi querida Sweet Doriane! ¡Dime otra vez que soy una princesa! ¡Enséñame ese maravilloso futuro que me espera!
Silencio.
—¡Gracias! ¡Sí, lo veo! ¡Me veo! ¡Soy tan feliz!
Un escalofrío le recorre la espalda encorvada, su corazón se acelera. Barbara tiene el don, seguro. Y eso no presagia nada bueno.
Todas las mujeres de la familia que tenían el don acabaron mal. Por eso Barbara no puede vivir sola, necesita un vigilante, alguien que la proteja de ella misma, que le ponga límites para que no haga daño a la gente que se cruza en su camino.
La madre de la joven se derrumba un poco más. ¿Quién la protegerá? Cierra sus párpados inútiles. Los cierra por su hija y por los recuerdos que no compartirán.
Parece que el don viene de un trauma. Ella sabe cuál es el de Barbara. Es de cuando su marido aún estaba aquí.
Es un milagro que su hija no se acuerde de su padre.
La había hecho pagar muy caro que sedujera a su marido. Sin embargo, tiene la certeza de que la chiquilla no tuvo la culpa… pero su hombre lo tenía en la piel, y tuvo que dejarlo por esa razón. Además de hacerse a la idea de que ya no estaba lo suficientemente fresca como para gustarle, que su propia carne, su sangre, su hija, sería siempre mucho más deseable que ella. Se odiaba, se detestaba por haber sido tan dura con ella, de haberle cargado, todavía hoy, el peso de la traición del hombre, y por su culpabilidad de ser una mala madre. Eso es más fuerte que ella.
—Sweet Doriane, es horrible. Me gustaría volver a empezar.
Durante toda su infancia, Barbara se había inventado amigos imaginarios con los que mantenía largas conversaciones y que se encarnaban en sus juguetes. A Marthe le hubiese gustado llevarla al psiquiatra, pero tenía miedo que un profesional hubiera empeorado las cosas, encontrando y estigmatizando el trauma en lugar de dejar que la pequeña se olvidase de todo. ¿Qué habrían pensado los vecinos? Su hija no estaba loca, solo era un poco «rara» y nada se le podía reprochar después de lo que había soportado en silencio. Además, curiosamente, sus «amigos imaginarios» siempre le habían soplado cosas muy sensatas y lógicas. Le decían dónde estaban las llaves que su madre había perdido, la avisaban de la llamada inminente de una tía o de una tormenta imprevisible.
Una vez superados sus primeros temores, la madre de Barbara presintió que su hija tenía el don, pero se guardó muy mucho de decírselo, para no perturbarla más. Se acordó de aquella prima lejana a la que llamaban la Bruja y que la familia evitaba como a la peste. Todo el mundo le tenía miedo, se rumoreaba que podía formular hechizos y adivinar el futuro. Algunos habían ido a verla para arrojar luz sobre su situación o para vengarse de un enemigo, y todos salían de su casa con un nudo en el estómago y profundamente impresionados.
La Bruja murió cuando Marthe solo tenía ocho años, pero nunca se olvidó del terror que producía a la gente que pasaba delante de su casa —La Bruja, plantada detrás de su puerta, te atravesaba con la mirada antes que salieras y se carcajeaba con una risa histriónica—, ni del juego de terroríficos tarros que adornaban las estanterías, ni siquiera del infecto hedor que reinaba en su casa.
Instintivamente, Marthe olfatea la puerta de la habitación. Huele a perfume de putita y leche para el baño del bebé. Si se concentrase más, ¿podría deducir alguna otra cosa? Su corazón se dispara. ¿Podría ser…? No, son imaginaciones suyas. Solo huele a productos cosméticos.
Barbara está muy alterada esta noche. Las cosas han ocurrido exactamente como ella temía. Además, le ha gustado. Todo ha empezado con ese cliente bigotudo. Sin que ella pueda entender por qué, eso la ha alterado, se ha liberado una especie de ira agazapada en el fondo de ella. La joven tiene la difusa sensación de que es por culpa de los bigotes, sin entender muy bien el motivo. ¡Su padre llevaba bigote y era bastante guapo!
El dinero que el hombre le ha dado por sus servicios no le ha parecido suficiente y ella ha cogido algo más. Muchísimo más. Algunas imágenes le vienen a la mente, en ráfagas demasiado fugaces para que las entienda. Pero hay carne temblorosa que se agita en la gruesa cuerda, gritos ahogados que suplican hasta reventar la garganta, y esta visión obsesiva de lágrimas rojas y espesas que resbalan por las húmedas mejillas. También hay cuerpos que se arquean, que se sacuden por espasmos inútiles, y cuencas vacías en la cara pálida que se llenan siempre con los ojos de Sweet Doriane, como para impedir que escarbe demasiado en sus recuerdos.
Barbara cree que ha hecho muchas tonterías, que ha perdido el control, o que le ha gustado demasiado tenerlo, porque no se ha limitado a una sola víctima. Sus recuerdos entrecortados la hielan. ¿Cómo ha podido hacer eso? ¿De dónde le viene tanta violencia?
—¡Soy un monstruo! —dice delante del espejo.
—¡Eres una justiciera! —responde Sweet Doriane .
La muñeca está sentada en la cama, al lado del bebé, con una mano apoyada en el hombro. La claridad anaranjada de la lámpara de la mesilla se refleja en sus ojos con un brillo diabólico y construye sombras que dibujan profundas arrugas en su cara. Parece un espectro, una moribunda maquiavélica. Las palabras de la dueña de Doll’s Paradise retumban en la cabeza de Barbara. ¿Ha modelado a Sweet Doriane como si fuera su propia imagen? ¿Ha encarnado en ella su locura? ¡Quizá sea todo lo contario!
—¿Qué cambiaría eso? —responde la muñeca haciéndose eco de sus miedos.
—No lo sé. ¡No quiero que me manipules!
—¡No digas tonterías! ¡Me disfrazas de ti, pero no quieres asumirlo!
—¡Cállate! Debería deshacerme de ti: acabarás volviéndome loca.
Los pucheritos del bebé interrumpen a la joven.
—Deberías ocuparte…
—¿No decías que tenía que separarme de él?
—Al fin y al cabo, ya no me molesta tanto.
Barbara coge al bebé y le mete el biberón en la boca. Se toma muy en serio el papel de madre. El líquido apenas baja.
—¡Parece que no tenías tanta hambre!
El pequeño deja caer un brazo. Barbara sonríe enternecida.
—Vale, vale. Te voy a acostar, mi amor, estás cansado. Duerme, mamá está aquí.
Lo que no es del todo cierto, sobre todo dentro de unos instantes. Esta noche, Barbie tiene una de sus citas. Barbara coge su bolso, echa una última mirada a la habitación que contiene todos sus tesoros, abre la puerta del cuarto y casi se tropieza con su madre, que está ahí de pie, seguramente espiándola.
—El pequeño está… —farfulla la vieja.
—Sí, duerme, pero tendrías que despertarte y darle el biberón. ¿Podrás hacerlo?
—¿Estás segura de que…?
—Claro que sí, mamá. Ya lo ves. ¡Me voy! Te lo había dicho, ¿no?
—Sí, hija, sí. Vete.
El tono de la madre, excesivamente amable, la mosquea. ¿Qué trama ahora, hablándole como a una retrasada?
—Bueno, me voy.
—C… claro. Sé prudente ¿vale? No hagas tonterías.
Barbara, molesta, no contesta y se va dando un portazo. Le gustan mucho estas salidas porque le ayudan a mantener su nuevo nivel de vida. Sus roles se invierten, y poco a poco las cosas se ponen en su sitio. Ahora la vieja está a sus pies. Nunca más le dejará que maneje su vida. Al menos sus idas y venidas. La joven siente de repente un poco de culpabilidad. Le debe mucho a su madre. No es muy caritativo tratarla así. Sobre todo cuando le hace el favor de ocuparse del pequeño. Pero Barbara se sacude rápidamente sus remordimientos: esta noche tiene una cita con un cliente nuevo. Le sorprende ser objeto de tanta publicidad, porque no siempre es tan amable con todos. Seguramente les da mucha vergüenza quejarse, o les gusta. Qué más da. Ella solo tiene que ser prudente. Eso sabe hacerlo. Tiene prisa por volver a repetirlo. Es embriagador dominar a un hombre. Es una droga. Le gusta tanto que, esta noche, no ha dudado en anular su cita con Raoul. De todas formas, últimamente le molesta. Parece que se conforma con la situación sin decidirse a oficializar las cosas y solo abre la boca para hacer preguntas indiscretas sobre sus gastos.
Barbara suspira. Los hombres no son tan simples.
Pero no tiene tiempo para profundizar en el tema. Barbie tiene muchas ganas de salir esta noche y Barbara no sabe si será capaz de retenerla hasta el hotel. Eso sería una imprudencia.
Baja la cabeza y, ensimismada en sus pensamientos, no se da cuenta, esta vez tampoco, de que la siguen.