Ojos de muñeca

Ingrid Desjours · Capítulo 32 de 42

Páginas del PDF

Ojos de muñeca

Capítulo 6

La señora Molinas nunca deja pasar una ocasión para llamarla al orden.

—Más cuidado con el perfume, querida.

—Lo siento, señora.

—Su cliente le espera en la cabina.

—¿Ah, sí? ¡No estaba previsto!

—¿Y qué, pasa algo?

—No, nada… ya voy.

Barbara tiene un mal presentimiento. Con las manos húmedas y el corazón disparado entra en el cuarto. El hombre ya está instalado. Tumbado sobre el vientre, espera su masaje. Ese hombre es Marc.

No sabe qué hacer. La razón le dicta huir, lejos, lo más lejos posible. Pero su corazón le imposibilita cualquier movimiento. Su bello hombre roto no se ha movido y la deja que reconforte su cuerpo zurcido. Él le recuerda a una muñeca de trapo remendada. Algunos podrían pensar que es feo, con su pierna de menos y su muñón abotargado, y vacilar ante el contacto con el torso recubierto de carne cicatrizada. Sin embargo, cada surco cuenta una historia, como las arrugas en una cara. Es precisamente porque tiene los dos tercios de su anatomía tocados por el accidente que su cuerpo es tan bello: se convierte en el estuche de su alma forjada, cincelada por la adversidad. Grita a todo aquel que puede oírle toda su belleza interior. A Barbara le gustaría no tener que ver su propio reflejo en este momento. Daría lo que fuera para no ver su frente lisa, sus ojos claros y su cuerpo indemne. Porque le da vergüenza estar intacta. Vergüenza de estar, ella también, en las antípodas de la presencia que pretende. Pero en la minúscula habitación solo hay espejos. Reflejan hasta el infinito una realidad tan escandalosa que le atraviesa los ojos: si exteriormente es tan bella, es porque en su interior ella tiene la cara de Sweet Doriane. Sus pensamientos son sucios, letales.

—¿Qué haces aquí?

Barbara ha hablado con un tono seco, frío. Un escalofrío recorre el cuerpo de Marc, muy a su pesar.

—Estoy harto de que no me cojas el teléfono y me gustaría saber qué te he hecho

—Nada.

—Entonces ¿por qué me evitas?

—Porque no soy una mujer para ti. Te habrías dado cuenta un día u otro y prefiero dejarlo aquí antes de sufrir.

—¿Qué? ¿De qué hablas?

—No importa. Es mejor así. ¿Sigues queriendo tu masaje?

La joven se esfuerza en mantener un tono indiferente, pero él advierte que ella tiembla como una hoja.

—Sí. Aún lo quiero. Y a ti también te quiero. ¡Es un poco raro que seas tú quien decida si eres o no una mujer para mí!

—¡No insistas, te lo ruego!

El tono es de súplica. ¿Está a punto de llorar?

—¿Ha pasado algo en tu vida? ¿Algo que no te atreves a contarme? Sabes, yo puedo entenderlo todo.

Mostrarse tranquilizador, comprensivo. Puede que todo se juegue ahora, que va a poder hacerle confesar sus crímenes. Pero tiene la sensación de andar sobre ascuas. No se esperaba el giro de la situación.

—Yo… no puedo decírtelo.

—¡Claro que sí! ¡Tú puedes decírmelo todo, Barbara, estoy enamorado de ti! ¿Es que hay otro?

—…

Nota su crispación. Los gestos son más duros, casi brutales.

—¿Es eso?

—Sí —dice ella—. Mi amiguito se ha instalado en casa. No he podido evitarlo y creo que está bien así.

—¿Tu querías que viniese?

—No ha habido elección.

—¡Claro que sí!

—¡No! —grita ella—. ¿En qué mundo vives, Marc? ¡Tú habitas un mundo donde todo es fácil, y claro, no puedes entenderlo! Pero resulta que en mi mundo no podemos escoger lo que nos pasa y estamos obligados a aceptar hacer cosas de las que no creíamos que fuéramos capaces. Solo para vivir en paz.

—¿Te obliga a hacer cosas?

—¡Déjalo!

—¡No! Necesito saber si alguien te obliga a hacer cosas, Barbara.

—¿Por qué?

Porque si ella tiene un chulo, eso lo cambia todo. Porque si abusa de su debilidad para empujarla a cometer los crímenes, ella se convierte también en víctima. Él tiene que saberlo. El asunto toma un nuevo giro, Marc se siente excitado, feliz. ¿Solo porque se imagina que está ante una asociación criminal que él podría desmantelar? ¿O por otra razón que no se atreve a reconocer?

—Porque te quiero —contesta él.

La réplica parece hacer mella. Las manos de la joven se inmovilizan en su espalda. Acaba de tocar un punto sensible, eso seguro. Sabe muy bien que ella está enamorada de él. Y no dudará en utilizar este sentimiento.

—No, solo me deseas, eso es todo.

Él no se lo esperaba. Pero no acaban ahí sus sorpresas. Barbara despega las manos de su cuerpo. Da unos pasos hacia atrás y empieza a desabotonarse la bata. Debajo, un vestido que resbala hasta sus pies en pocos segundos. Ella se acerca a su cabeza, lencería y medias negras, piernas soberbias calzadas con bailarinas, y se desabrocha poco a poco el sujetador. Senos blancos que parecen bailar en la luz dorada.

—Venga —dice ella.

No le gusta nada el tono de su voz. Hay algo cruel, como un desafío o un desprecio. Como si la dulce Barbara hubiese desaparecido para ceder el sitio a una de esas mujeres que conciben la sexualidad como una moneda de cambio, una forma de ejercer el poder sobre los hombres en una maldita guerra de sexos. Su instinto le dicta que ella ya no está del todo al mando, que puede que sea el momento de darle un pequeño empujón para que se lo cuente todo.

—Vístete. No es eso lo que me interesa de ti —le dice él.

—Claro que sí.

No es tan tonta como para atacar en el instituto en el que trabaja.

—No, Barbara. Creo que eres muy guapa, y puedo asegurarte que me excitas. Pero no es solo tu cuerpo lo que deseo de ti. No tengo ganas de follarte como una vulgar muñeca hinchable. Quiero que hagamos el amor juntos. Tengo ganas de perderme en tus ojos cuando esté dentro de ti y que intimemos, que nos fusionemos. Te quiero.

La joven se queda paralizada. Sus brazos cuelgan a lo largo del cuerpo. Ya no quiere esconderse, solo quiere ser valorada. Parece perdida, frágil.

—¿Una muñeca hinchable? ¿Eso es lo que soy para ti? ¿Es lo que son todas las mujeres?

—Pero ¿por qué dices eso? Barbara, ¿quién te ha hecho tanto daño para que te creas esas cosas tan horrorosas?

—Nadie.

—¡No te creo! ¡Mírate! ¡Tiemblas como una hoja, pareces trastornada! Dime, ¿quién te ha hecho tanto daño?

—No importa. Hay cosas que es mejor olvidarlas.

Se extraña de sus propias palabras. Para aparentar calma, recoge su ropa y se viste deprisa, de repente es consciente de que su jefa podría entrar en la cabina. Sus ojos se llenan de lágrimas cuando se abrocha el sujetador. La primera lágrima cae silenciosa cuando se pone el vestido. Otra cuando se abrocha el último botón de la bata.

—Yo también te quiero, Marc. Pero nunca perteneceremos al mismo mundo. Tú estás hecho para el día y la luz. Yo, para las tinieblas y la muerte. Si esto continúa, acabaré haciéndote daño, y yo no quiero.

—¡Venga ya, nada te obliga!

—Ya te he dicho demasiado. Te ruego que te vayas. No intentes volver a verme.

La joven se seca los ojos con el dorso de la mano antes de marcharse de la cabina. Deja a Marc allí. Él se lleva la mano a la cara y se da cuenta de que también está bañada de lágrimas.