Ojos de muñeca

Ingrid Desjours · Capítulo 10 de 42

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Ojos de muñeca

Segunda Parte

 

Las chicas alegres son hijas de la tristeza.

JEAN CAZENEUVE

1

—¡Mamá! ¡Mamá!

¿Es realmente a su madre a quien llama Barbara o repite esta palabra para convencerse de que todo esto es real? ¿Que acaba de dar a luz, que desde ahora ella también se ha convertido en una mamá?

—Es imposible. Imposible. Imposible.

Sigue repitiéndolo como una letanía a modo de conjuro. El niño está ahí, pegajoso y lloroso, apestando a sangre y mierda, temblando por los espasmos sobre las frías losetas. Barbara no sabe qué hacer. Incapaz de razonar, de moverse, se queda ahí, atónita, la boca abierta por la incredulidad. Ella siempre ha tenido cuidado con los clientes. ¿Con quién se acostó hace nueve meses? Con nadie. Nada. Entonces ¿cómo es posible?

—Es imposible. Imposible. Imposible.

Los pesados pasos que se arrastran hasta el cuarto de baño la aterrorizan aún más. ¿Cómo se lo va a explicar a su madre?

—¿Qué pasa aquí? ¿Qué es este follón? —vocifera Marthe Bilessi, todavía enfadada.

Barbara aguanta la respiración. Le gustaría que se la tragase la tierra, no tener que enfrentarse a la temible ciega, no tener que explicar algo de lo que no se acuerda. Pero el bebé le asesta su segunda traición y empieza a chillar, como si fuera sensible a la tensión que hay alrededor de su frágil cuerpo.

—¿Hay… un bebé? ¿Aquí?

La ciega se queda un instante callada. Su hija. Su hijita le ha endosado un bebé. Se ha abierto de piernas y se ha dejado preñar. Acaba de condenarse a una vida miserable, de responsabilidades y de angustia. Ahora se parecen mucho.

—Yo… No entiendo nada, mamá —dice la joven—. ¡No sé qué hacer!

Barbara solloza. Su madre se agacha con gran esfuerzo a su lado y le acaricia la mejilla. Es tan poco habitual esta ternura, que las lágrimas de la hija se multiplican.

—¿Has cortado el cordón?

—No.

—Coge las tijeras y hazlo como en las películas. Ya has visto cómo se hace, ¿no?

Barbara obedece. Sus piernas tiemblan como las de un cervatillo recién nacido, encuentra las tijeritas que sirven para cortar las uñas y corta. La vieja la felicita y posa su mano nudosa sobre el recién nacido. Inclina un poco la cabeza, como perdida en sus sueños y en la reminiscencia de cuando ella supo lo que es el amor maternal, y sonríe. Sus dedos se deslizan hasta la entrepierna. Su sonrisa se paraliza.

—Es un niño.

—Sí.

—Los hijos no son tan agradecidos como las hijas. Acabará por abandonarte. Ya puedes hacerte a la idea de que estarás siempre sola —dice mofándose.

—¡Qué tonterías dices!

—Te devorará las tetas, y cuando estén vacías te dejará por otra con el pecho lleno. Los hijos son muy ingratos. Tendrás que acostumbrarte.

—¡No te creo! ¡Estás celosa porque al fin tengo algo que es mío!

Una risa sarcástica fue lo único que obtiene de la ciega, que se marcha creyéndose clarividente. La risa retumba, retumba, se amplifica y hace eco en su cabeza y en su vientre, que de nuevo se contrae hasta doblarla. ¡No! ¡Otra vez no! ¿Se ha convertido en una máquina de parir, sin saberlo? ¿En una especie de turbina para triturar mierda? Su cuerpo se acurruca, su sexo se abre otra vez y vomita una masa blanda y sanguinolenta. No hay bebé. Solo una cosa moribunda que palpita todavía un poco y de la que cuelga el cordón. Babara no sabe para qué sirve la placenta y no siente ningún alivio. El olor del pulpo yacente la incomoda. Es dulzón y asqueroso al mismo tiempo. ¡Y el bebé no para de llorar!

—¡Ssshhh! ¡Cállate! Mamá tiene que limpiarlo todo; si no, la abuela va a enfadarse.

Barbara recoge el amasijo de carne y lo tira al váter. Mira durante un instante al niño que patalea en el suelo y piensa que sería fácil hacer lo mismo con él. Nadie sabe que estaba embarazada, ya que para ella ha sido una sorpresa. ¿Por qué no? Solo tendría que tirar de la cadena.

Tira de la cadena. La cosa pegajosa no se va. Tira una segunda, una tercera vez. Solo queda un pequeño rastro de sangre, como cuando tiene la regla. Por otro lado, tiene la sensación de haberla tenido durante estos nueve meses. Le parece una locura, pero descarta intentar comprender, como hipnotizada por el pequeño charco aún con ondas en la taza. La voz de Sweet Doriane parece sugerirle hacer lo mismo con el bebé.

—No, no quiero.

El bebé no pasaría. Gritaría tanto que los vecinos podrían oírle. Al fin y al cabo, le pertenece. Va a quedárselo. Va a quererlo. De hecho, ya lo quiere. Él le devolverá el amor centuplicado.

—Eso es lo que te imaginas —continúa la muñeca.

¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede oír a Sweet Doriane si no están en la misma habitación? ¿Por qué el discurso de la muñeca es tan parecido al de su madre? Barbara sacude enérgicamente la cabeza como para confinar la voz en una parcela insonorizada de su cabeza. Vuelve a pasar la bayeta por el suelo y al fin coge al niño helado. Por puro instinto sabe de caricias, conoce alguna nana y los movimientos para mecer. Él se calienta poco a poco, se calma, abre la boca bien grande sobre el pecho hinchado de calostro y lo aprieta bien fuerte, mama, aspira, chupa. La joven se crispa, se retuerce, cierra los puños.

—¡Para! ¡Te digo que pares!

Pero el recién nacido se alimenta glotonamente, imperiosamente, le hace saltar las lágrimas, la mira fijamente a los ojos como para rogarle que le deje hacer. Entonces ella aparta la mirada por miedo de ver su pecho ensangrentado y se queda sentada con las piernas cruzadas sobre el suelo, con el bebé en brazos.

A la mañana siguiente, se inventa una gastroenteritis para no ir a trabajar. El pequeño ha dormido a su lado y no lo ha aplastado mientras dormía. Está aquí, con su hambre y sus gritos, que hacen que la vieja se enfade. Ella lo abandona durante el tiempo que dura una ducha. Después coge todos sus pañuelos, los dobla concienzudamente y los enrolla uno tras otro rodeando el pecho. Lo más apretados posible. Hasta cortarle la respiración, para impedir que le suba la leche. El niño no la devorará, tal como predijo su madre. Le hace daño, pero aguanta bien bajo su armadura de seda y algodón. En una semana, seguro, la fuente se secará. Barbara sonríe a su reflejo cansado en el espejo y piensa en Barbie. Barbara la necesita más que nunca, pues ahora tiene otra boca que alimentar. En una semana deberá volver a sus actividades, y mientras tanto deberá guardarse las espaldas, sin olvidarse de la cita con Raoul. Coge su teléfono y le envía un SMS antes de ir a la farmacia de la esquina para comprar leche y biberones.

A la vuelta, el bebé no se ha caído de la cama. Parece que de momento ha decidido no llorar. Está ahí, minúsculo, la mirada un poco apagada. Apenas se mueve, como disculpándose por estar aquí. Con todo, ella le enchufa la tetina en la boca. No sabe cómo se regula el flujo de leche, pero cree que él se adaptará.

—Sí, así… Así… Despacito.

Está monísimo cuando toma el biberón. Eso le hace saltar las lágrimas de emoción. ¡Su bebé! ¡Su hijo! ¡Tiene un hijo! Habrá que ponerle un nombre, pero de momento no se le ocurre ninguno. Quizá Raoul podría ayudarle a encontrar un nombre. Por otro lado, ¿cómo va a reaccionar él con la noticia? Barbara decide que, de momento, es más sensato no decirle nada. Después de todo, este niño, en este momento, no existe oficialmente, por lo que podrá esperar un poco más.

El pequeño se duerme. Barbara mira hacia donde reposa Sweet Doriane.

—Sería mejor que te deshicieras de él.

—¡Qué horror! —responde histérica Barbara—. ¿Cómo puedes decir esto?

—Digo lo que tú no te atreves a confesar… Si quieres, puedo encargarme yo.

—Te prohíbo que lo toques, si no…

—¿Si no qué? —contesta la muñeca con sarcasmo.

—Ya verás.

La idea de que Sweet Doriane se encargue de su hijo la pone furiosa.

La joven va a buscar las tijeras de coser, esas que están guardadas en el escritorio del pasillo. Ese mueble no sirve para nada. En cualquier caso, no para trabajar, ni para archivar papeles importantes. Al cabo del tiempo, se ha convertido en un atrapa polvo que estorba y que soporta el peso de los cachivaches y de todo lo que no se sabe dónde colocar. En el cajón de la derecha, bajo el papel de cartas que no sirve para nada y la cinta americana en el extremo, bien colocado para cogerlo más fácilmente, está todo lo necesario para coser, zurcir y bordar. También lo que ella ha venido a buscar: unas enormes tijeras de mangos rojos. Las hojas están muy afiladas. Cortan la tela más gruesa como si fuera mantequilla y van a rapar sin problemas a esta pequeña zorra. Una vez armada, la joven agarra las greñas de la muñeca y corta. La primera mecha que cae sumerge a Barbara en un trance extático.

—¡Toma! ¡Chúpate esta, cabrona!

Las tijeras revolotean por encima de la cabeza de Sweet Doriane y van cortando proporcionalmente a su enfado. Barbara recoge algunas mechas con sus dedos, las hace rodar hasta el pubis, las coloca suavemente bajo la nariz, hace una mueca que ella cree encantadora y decide pegarlos sobre los labios de la muñeca.

—¡Las niñas malas como tú tienen que «soportar» los bigotes!

No, llevar no. Soportar. Como un beso robado por un morreo infame.

Orgullosa de su castigo, la joven perfecciona su obra metiendo un puñado de algodón bajo las enaguas de la muñeca, para abombar su vientre hasta que parece preñada de nueve meses. Embarazada y bigotuda, la muñeca extremadamente maquillada tiene aspecto de niña perdida, de estar a punto de deambular en las aceras esperando el próximo servicio.

Esto hace que Barbara vuelva a la dura realidad. Tiene que volver a poner en marcha a Barbie lo más rápido posible, pero mientras tanto, debe «ocuparse» de Raoul.