Ojos de muñeca

Ingrid Desjours · Capítulo 14 de 42

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Ojos de muñeca

Capítulo 5

—Pues tienes muy buen aspecto. ¡Nadie diría que vienes de una gastroenteritis!

Es evidente que estas dos pécoras no iban a pasarlo por alto. Dos semanas de baja le iban a pasar factura en el instituto, y disfrutarían haciéndosela pagar. Barbara se mira de reojo en el espejo de la entrada. Efectivamente, no tiene aspecto de enferma, ni de recién parida. Como no había engordado durante su embarazo fantasma, tiene la misma silueta de siempre. Y su hijo es un ángel. Ya duerme toda la noche de un tirón y la deja dormir. Es como si después del altercado con su madre hubiese entendido que tenía que facilitarle la vida. Sabe que ella se anticipa a sus necesidades y espera pacientemente, sin llorar ni tener berrinches como antes. ¡Su presencia apenas se nota! De vez en cuando, naturalmente, encuentra otros medios para hacerle «notar» su presencia. El olor, por ejemplo. Ella ya había oído quejarse a otras jóvenes madres de las regurgitaciones que les manchaban la ropa y que dejaban un olor rancio. Pero nunca se había imaginado la amplitud de la nauseabunda paleta y de las cosas que excreta un recién nacido. Un bebé no huele nada bien, ¡y parece que esté prohibido decirlo! Para colmo, Barbara no puede contar con la ayuda de su madre para limpiarlo. ¡Bastante es que se quede cuidándolo cuando ella no está! Es un milagro. Pero Barbara sabe que en el fondo su madre tiene corazón. Es posible que al final acabe queriendo a ese niño inesperado. La idea hace sonreír a la joven.

—Encima ¿qué es lo que te hace gracia? ¡Hace más de dos semanas que curramos el doble porque la señorita tiene gases!

A pesar del tono agresivo, Barbara no presta atención. Mira a través del escaparate y le hace una señal a Raoul, que está montado en la pequeña moto que ella le ha regalado. Él levanta la mano como respuesta y arranca a toda velocidad. Ha sido muy amable al acompañarla al trabajo. Claro que está un poco obligado, entre los mimos que ella le da a raudales y los regalos con los que le obsequia. Nada se consigue si no se da nada, y ella espera que él satisfaga su requerimiento. Ella está impaciente, pero trata de razonar. Sabe muy bien que a los hombres no les gusta que los acorralen.

Mientras que a Barbara le parece que el tiempo va muy despacio desde que se ha propuesto casarse con Raoul, Barbie, por el contrario, no ha tenido tiempo para aburrirse. Cada vez que una intenta encontrar encanto en la rudeza del mecánico, la otra se entusiasma con las atenciones de los hombres que le pagan. Pura incoherencia. Pero pura realidad. Sus clientes la invitan a restaurantes y a vinos deliciosos, la halagan y la desnudan con delicadeza, mientras que Raoul le arruga y le arranca la ropa. La tocan como una obra de arte, en cambio Raoul la soba como si fuese una masa de pan un poco seca. Sin embargo… ¡Si supieran cómo los desprecia! ¡Cómo le gustaría dominarlos, más allá de una felación o de las bofetadas que les da, de todo corazón, y que ellos se imaginan que son para poner un poquito más de pimienta a sus corridas! Sueña que los humilla, que se queda con todo lo que tienen, al mismo tiempo que se arrastra por el lodo por un tipo grosero que cree capaz de sacarla de su situación.

—¡Eh, Barbie! ¿Estás en babia? ¡Tienes un cliente en la cabina! ¡Date prisa!

—Sí, señora Molinas.

La jefa le habla en un tono severo. A ella tampoco le ha gustado su baja. Seguramente le obligará a hacer horas extra como compensación. Pero Barbara no tiene tiempo. Tendrá que negarse. El ambiente se volverá todavía más desagradable. Qué le vamos a hacer. Su periodo de prueba ha terminado; por tanto, la jefa no la puede echar salvo por una falta grave. Claro que, si la señora Molinas supiera cómo empezaron sus actividades extraprofesionales, la historia pintaría bastos. Pero el boca oreja ha resultado fructífero y ahora la mayoría de los clientes la citan directamente en el hotel. Ya no los seduce con su «final feliz».

—Buenos días. ¿Qué tipo de depilación quiere?

—Integral, por favor.

La clienta está en la treintena. De aspecto limpio. Barbara se pone los guantes de látex y embadurna de cera la pequeña espátula de madera.

—Ponga los pies juntos y doble las rodillas. Así, muy bien.

La clienta hace muecas mientras le aplica el producto, irremediablemente caliente. A Barbara no le importa. Una depilación completa duele, pero solo dura veinte minutos. Extiende una tira tras otra, para que se sequen rápido, y las arranca con un gesto seco sujetando la piel con su mano enguantada. A veces «omite» este gesto, lo que hace que la mujer chille un poco. Sobre todo cuando se acerca a los labios o al centro del pubis, ahí donde la piel es más fina. Eso la hace sonreír por dentro. Hay que sufrir para estar guapa.

—Póngase de espaldas. Separe las nalgas.

Después del chocho, el culo. Ve pasar decenas cada semana. Jóvenes, viejas, musculosas, pellejas… Todas se abren de piernas sobre sus coños púrpura y muestran sus anos más o menos cerrados, con o sin almorranas. La piedra angular de la humanidad está aquí. En esos culos que ella depila. Cuando termina, todas se lo agradecen.

—Muchas gracias.

—Me voy para que se vista.

Barbara no es de esas esteticistas parlanchinas que dan conversación. Ella hace su trabajo y sonríe, sin aparentar simpatía para que le den una mísera propina. Eso hace sonreír a sus dos compañeras, que se creen mejores que ella y mejor pagadas.

¡Que lo sigan creyendo!

La jornada ha terminado. Sin sorpresas ni pasión. Pasa de la mirada inquisidora de la señora Molinas o de las burlas apenas disimuladas de las dos malas pécoras. Barbara coge su abrigo y se va. Tiene prisa. Tiene prisa por marcharse del instituto, de dejar la rutina de su vida tras ella por una horas, prisa por convertirse en Barbie.

Conoce de memoria el camino hasta el hotel. Llega con el piloto automático, mira disimuladamente aquí y allá, pero no se fija mucho en lo que se cruza en su camino. Barbara pasa delante de su tienda preferida sin darse cuenta y nota que la mirada ácida de la propietaria de Doll’s Paradise se clava en ella tras atravesar el escaparate. Eso le provoca una descarga en el corazón. Se acuerda de su último encontronazo, hace unos días.

Todo empezó por una desagradable discusión con Sweet Doriane. La muñeca quería ser el único centro de atención, pero, tras la llegada del bebé, eso es imposible. Esa noche, Barbara estaba ocupándose de su hijo. ¡Era tan bueno desde la otra noche! Había aprendido muy rápido que tenía que madurar más deprisa que los demás, para que Raoul lo aceptara y para que su abuela no se enfadara.

—¡Eres un bebé adorable, cariño! Si supieras lo orgullosa de ti que está mamá…

En ese momento, el pequeño echó un enorme eructo, lo que hizo reír a la joven.

—¡No pasa nada, es la digestión!

Lo abrazó cariñosamente, tapándole con ternura la espalda y besándole su cráneo blandito.

—¡Te ha crecido el pelo! ¡Pronto tendrás tanto como papá! Ya verás, se ocupará de nosotros en cuanto se dé cuenta de lo maravilloso que eres.

Lo cubrió a besos. El niño se dejaba hacer, todo por el amor de su madre.

—¡Pero si tienes frío, mi amor! ¡Mamá va a ponerte algo que te abrigue!

La joven madre se dispone a ponerle un gorrito y un pequeño jersey a su hijo. ¡Pero no puede decirse que estuviera muy colaborador!

—¡Anda, deja que mamá te vista! De todos modos, no voy a ceder. ¡No quiero que te mueras!

Como si comprendiera que no le serviría de nada luchar, el niño se deja vestir con un disfraz de niño modelo.

—¡Pero qué guapo estás! —exclamó mirando a las muñecas que estaban tranquilamente sentadas en la estantería—. ¡A ti tendría que enseñarte a la señora de la tienda!

Efectivamente, Barbara tenía intención de proponer su colaboración en Doll’s Paradise.

—Eres mi mejor creación, lo más bonito que he hecho hasta ahora —se extasió contemplando a su bebé y abrazándolo.

—Sí, claro, porque solo tiene la mitad de ti —murmuró Sweet Doriane.

—Te prohíbo que digas esto.

—Digo lo que me da la gana. ¡Además, una muñeca es siempre una niña! ¡Personalmente, tu «muñequito» me parece muy feo!

—¡Te prohíbo que critiques a mi hijo, putita!

—Lo digo por ti, ¡deberías deshacerte de él! ¡Los niños roban la belleza de sus madres, lo sabe todo el mundo! ¡Vas a envejecer prematuramente!

—¡Cállate, hablas como mi madre!

—¡Salvo que yo nunca envejeceré! Estaré siempre perfecta, pero tú terminarás como esa vieja pelleja.

—¡He dicho que te calles!

A Barbara le parece insoportable el tono de la muñeca cuando se pone socarrona. Es una voz agria, que termina las frases con una musiquita sarcástica e infantil para acentuar más las maldades que dice. ¡Y esa risa, por Dios, esa risa con acento enfermizo de muñeca poseída!

—¡Ja ja ja!

—¡Cállate, zorra!

¡Pero esa risa no cesa! Se cuela en su cerebro, retumba y se amplifica. Le hiere los tímpanos, le turba la razón, amenaza con volverla loca.

—¡Ja ja ja! ¡Yo seré eternamente bella!

—¡Vas a ver lo guapa que eres!

Barbara estaba fuera de sí. Cogió el frasco de disolvente de cera, robado unas semanas antes del instituto, para rociar el cráneo de la insolente antes de encender una cerilla. ¡Hermosa llama! Los cabellos naturales de Sweet Doriane se desintegraron a una velocidad de vértigo, desprendiendo un olor a cerdo chamuscado. Barbara deja que ardan unos segundos antes de apagarlos. La porcelana no se había estropeado y ahora se apreciaba una magnífica calva circular en lo alto de la cabeza. Alrededor, los pelos que han sobrevivido caen en una cascada desaliñada.

—¡Mira lo que les pasa a las niñas malas cuando no se portan bien con los bebés!

Sweet Doriane no pronunció palabra pero lloró silenciosamente durante mucho rato. Parecía inconsolable.

La muñeca había perdido parte de su aura, que le daba un aspecto dulce, y sabía con certeza que desde ese momento a todo el mundo le parecería fea.

Una vez pasado el enfado, la joven se sintió un poco culpable. Le pidió perdón e intentó justificar su cólera. Pero los ojos de su pequeña compañera se habían vuelto desesperadamente vacíos, sus labios no esbozaban ninguna sonrisa, no articulaban palabra alguna.

¿Había sido Barbara la perdedora de ese ataque de rabia? No, era imposible. ¡La idea era insoportable! ¡Sweet Dorianeera su confidente, su alter ego, capaz de aguantarlo todo por ella, su consejera, su alma! La necesitaba y debía hacerse perdonar. Pero ¿cómo? Rápidamente tuvo una idea, como una iluminación. Un peine por aquí, una puntilla por allá, un poco de maquillaje en los senos desnudos para que vuelvan a llamar la atención y un sombrero para cubrir las quemaduras. El resultado fue sorprendente y endiabladamente fascinante. Barbara acababa de inventar un nuevo concepto: el de la muñeca barriobajera, gótica, maléfica. Una ruptura total con la imagen de niñita sofisticada, la que intentan imitar las mini-mises americanas. Una muñeca que anuncia el color de su perversidad, de su voluntad de corromper la juventud abrasándole las neuronas. Una muñeca que no se esconde bajo un vestido rosa chicle y una sonrisa relamida. Una muñeca que dice mierda a la gente de orden. Además, la decisión de crear una criatura del tercer sexo, entre su bigote y su barriga de mujer embarazada, era audaz, y la vieja de Doll’s Paradise podría ampliar su clientela.

Con gran aplomo, Barbara fue a verla.

—Buenos día, señora, ¿se acuerda de mí?

—Claro que me acuerdo, corazón. ¿En qué puedo ayudarle?

La vieja había visto de reojo un pequeño paquete que Barbara abrazaba sobre su corazón. Era, evidentemente, una muñeca envuelta en papel de seda.

—Pues… He cambiado un poco a Sweet Doriane. Y me gustaría saber si cree que mi trabajo podría interesar a sus clientes.

—¿Cambiado? ¿Le ha hecho un vestido nuevo?

No tuvo tiempo de terminar la frase. La joven acababa de abrir el paquete. La vieja se atragantó de horror. El pelo destrozado, esquilado en algunos sitios o quemado en otros. Las manos rotas, los ojos con ojeras negras. Su aspecto era de una vulgaridad que haría sonrojar a las chicas que hacen la calle; además estaba ridículamente disfrazada con un bigote y una barriga grotesca. La muñeca parecía gritar su muda desesperación. Parecía una niña violentada.

—Pero ¿qué ha hecho?

—¡La he personalizado! Es original, ¿verdad?

—¿Original? ¡Es repugnante! ¡Está usted loca! ¡Madre mía, nunca debí vendérsela!

—Entiendo que esto le sorprenda, es… diferente. ¡Pero así tiene mucho más carácter!

—¡Es usted una desquiciada! —gritó la mujer—. ¡Lo que ha hecho es el reflejo de su locura! ¡Deberían encerrarla y hacerle lo mismo! ¡Nunca más volveré a venderle una muñeca! ¿Me ha entendido, tarada? ¡Salga inmediatamente de mi tienda!

—Pero señora…

—¡Salga con su horripilante muñeca! ¡No vuelva a poner los pies aquí o llamaré a la policía!

Barbara salió a la calle completamente sorprendida. ¿Cómo esa señora, siempre tan amable, le había hablado en ese tono? ¿Cómo podía ser tan insensible a la metamorfosis de Sweet Doriane? ¡Ahora estaba mucho más atractiva! Después de esta reflexión, Barbara lo entendió todo. A la vendedora le había superado la situación. Incapaz de colocarse en la vanguardia, solo podía mostrarse hostil a la modernidad. El problema no era Sweet Doriane, sino más bien era esa bruja. Era como su madre, incapaz de ver la belleza, ciega al mundo que la rodea.

—¡Maldita seas! —refunfuñó Barbara.

Pero no se quedará quieta. Encontrará otras tiendas, más abiertas a la modernidad. Les enseñará sus creaciones. Sí. Eso es lo que hará. A partir de ahora pulirá más el look de Sweet Doriane. Hasta que esté perfecta.

Hace ya un buen rato que ha dejado Doll’s Paradise. Llega al hotel. Barbara, como de costumbre, se cambia en los servicios. La joven que sale se llama Barbie. Huele a buen perfume embriagador y a confianza en sí misma. Se dirige contoneándose hasta la mesa reservada. El hombre, que intuye su presencia, se gira y sonríe. No obstante, hoy Barbara es incapaz de devolverle la sonrisa. Queda paralizada, se resquebraja, se rompe. Todo por un detalle anodino, pero que va a desencadenar lo peor.

Su cliente lleva bigote.