Ojos de muñeca

Ingrid Desjours · Capítulo 33 de 42

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Ojos de muñeca

Capítulo 7

Coger el metro impregnado de malhumor y de olores rancios, arrancar pelos y reventar espinillas, volver a casa con las manos marcadas por las bolsas de la compra demasiado cargadas y colocar las provisiones. Besar a Raoul y a su madre, bañar al pequeño, embadurnarlo de crema, ponerle el pijama, darle de comer, jugar un poco con él, aprovechar el tiempo que pasa con él y preocuparse de su bienestar, acostarlo. Coger la muñeca, maquillarla, peinarla, buscarle bonitos vestidos, hablar con ella y dejarla al cuidado del pequeño antes de volver al mundo de los adultos.

Su hijo. Las rutinas le parecen muy simples, quizá porque antes ella tenía menos responsabilidades. Pero, a fin de cuentas, ella sabe muy bien que se pasa una la vida saltando de un montón de tareas y costumbres a otro, como jugar a la pídola, hasta el último burro. Antes, ella nunca se había planteado si eso le convenía o no. Se contentaba con estar, con hacer. Pero Marc ha sembrado la duda en su alma y el grano poco a poco va germinando. ¿Y si otra cosa es posible, deseable? ¿Podría ser tranquila su vida? ¿Si ella no estuviera obligada a ser una vulgar esteticista de la que cualquiera pueda burlarse, ni la hija sumisa o la amante servil? Barbara se permite soñar otra cosa. Se imagina otra. Una mujer cuyo nombre acaba de descubrir por primera vez de la boca de un hombre capaz de amarla. Ese nombre odiado hasta ahora se ha vuelto bonito. La ha hecho renacer, resucitar. Le ha vuelto a dar esperanzas. De vez en cuando una imagen le viene a la mente y quiere quedarse, permanecer grabada en su mente. La de una mujer rubia, de sonrisa angelical y con un vestido vaporoso. ¿Es un vestido de novia? ¡Parece tan feliz! Seguramente porque se siente amada. Esa mujer, es ella. Barbara no sabe de dónde procede esta visión, pero se aferra a ella con todas sus fuerzas. Se lo ha contado a su madre, a quien también le ha parecido creíble. Entonces, ¿por qué no? ¿Por qué no podría convertirse ella en esa bella resplandeciente que le hace un guiño desde un futuro accesible?

—¡Aún piensas en ese hombre!

—Sí. ¿Y si él fuera la clave de mi felicidad? ¡Sweet Doriane, no me gustaría dejarlo pasar! Ya he sufrido bastante. ¿Me entiendes? ¡Quiero ser esa mujer radiante con la que sueño tan a menudo!

—¡Para eso deberías quitarte de encima el lastre que acarreas y que te impide avanzar!

—Nunca dejarán que me vaya. Mamá me necesita demasiado y no quiero perderla, y menos ahora que nos hemos reencontrado. Y Raoul no dudará en denunciarme si le dejo.

—Tu madre es como ese estúpido mecánico: ambos te utilizan. ¿Aún no te has dado cuenta?

—En cualquier caso, he decido no volver… a buscar dinero. ¡Me da igual ser pobre!

—Estás hecha para el lujo, Barbie.

—¡No me llames así, yo soy Barbara! Y no quiero volver a hacer daño. Es injusto.

—¿Injusto? ¿Acaso es justo lo que los hombres te han estado haciendo desde que estás en este mundo?

—¡No sé de qué hablas!

No obstante, la bola que Barbara percibe en su estómago es muy real y al parecer dice lo contario. Imágenes que aparecen en su memoria, que rechaza inmediatamente como un secreto que arde y que podría consumirla.

—¿Notas la ira en ti? Se inflama, se hincha como un grito invisible que no llegas a soltar. ¡Si no liberas esa rabia, ella te devorará, lo sabes!

—Peor para mí.

—Y podrás despedirte de Marc. Si de verdad quieres deshacerte de toda esta mierda, obedece por última vez a tu madre y a Raoul. Ve a buscar dinero, haz de verdugo, hazte justiciera, deja a Barbie al mando y pídele que lo saque todo. Solo cuando te hayas liberado de tu deseo de venganza podrás convertirte en esa mujer vestida de blanco.

—No sé…

—Claro que sí.

La muñeca se carcajea. Barbara sabe que no hay nada que hacer cuando se pone así. Entonces la deja descansar al lado de su bebé que duerme apaciblemente, a mil leguas de su intensa discusión con Sweet Doriane.

Cepillar al menos cien veces el pelo de su madre, para que brille. Porque a pesar de ser ciega, le gusta estar bien. Asearla como todos los viernes, frotarle todo el cuerpo con agua de colonia, insistiendo en determinadas zonas para que circule bien la sangre, porque ella se anquilosa al estar todo el día sentada. Quitarle la ropa interior y ponerle un camisón más cómodo. Poner un vídeo y después posar la cabeza en su regazo, como tantas veces había soñado hacerlo sin creer que algún día fuera posible. Quedarse así un buen rato, su nueva rutina que se parece al paraíso de la infancia recuperada. Después incorporarse, preparar la cena esperando que Raoul le recuerde sus obligaciones. Coger una cerveza de la nevera y llevársela al dormitorio, donde le gusta descansar siempre que «el chaval no le dé el coñazo», masajearle suavemente los hombros y después hacer su tarea cotidiana, que cada vez le repugna más.

—Venga, chúpamela, Bébé. ¡Chúpamela bien!

Reprimir una mueca de asco, porque su higiene deja mucho que desear pero ella no se atreve a decírselo, y trajinárselo unos minutos, aspirar y mamar una virilidad poco activa. Todo se ablanda en Raoul. Hace cada vez menos, se merece incluso una torta por ser tan engreído. Barbara se pregunta qué es lo que vio en él y se tira de los pelos por haberse dejado ligar ese día en la barra. Es un molusco que se espatarra en el sofá o se deja caer bruscamente en la cama. No hace nada para ayudarle en el apartamento y se deja servir como un príncipe, siempre dispuesto a sacar la carta del chantaje si ella protesta.

—Bueno, ya está bien —decide ella.

Sabe que a él le gusta que dure mucho rato y que ella se tome su tiempo, pero si sigue, va a vomitar.

—¿Ya?

—Tengo algo que deciros.

Barbara espera que Raoul y su madre estén sentados en la mesa, toma aire y empieza a explicar que la tesorería está bajo mínimos.

—¿Y qué nos importa a nosotros? Solo has de volver al curro —contesta Raoul.

—No quiero volver. No me gusta. No puedo más.

—Ya, pero nosotros nos hemos acostumbrado a tus regalitos. ¿No es cierto, abuela?

Raoul se dirige a la madre de Barbara guiñando un ojo y acompañando el gesto con un chasquido con la lengua. La mujer se incomoda un momento y después dice:

—Tienes razón. Pero una pensión y un salario para cuatro personas es un poco justo. Sé que para ti es un sacrificio, pero ¿no crees que deberías seguir un poco más siendo la que mantiene a la familia? Hasta que Raoul encuentre trabajo.

—¿Cómo? Raoul, ¿te has quedado sin trabajo?

—Sí. Es la crisis. Han tenido que elegir.

—¿Por qué no me lo has dicho?

—No quería preocuparte, Bébé. Pero ¿ves como te necesitamos?

¿Y ahora qué? La solución pasa porque ella se acueste con desconocidos por dinero, que se prostituya, además del riesgo de dejarse poseer por esos demonios vengadores y cometer más atrocidades. No se dan cuenta de lo que implica volver a las andadas. Bastante tiene con controlar a Barbie, debe impedirle que tome el mando y que cace nuevas presas, como ella lo hace en sueños, cuando lejos de parar, los gritos de sus víctimas más bien la incitan a continuar.

—¡No tenéis derecho a pedirme eso!

—Tenemos todo el derecho —amenaza Raoul—. ¿Te gustaría que esto terminara en la comisaría? Porque si cerré los ojos a lo que le hiciste a tu madre, puede que sea menos comprensivo con el resto, no sé si me entiendes.

Le entiende perfectamente. Barbara se siente acorralada, y eso la horroriza. Nota crecer la rabia. Un poco más y no podrá retenerla, sobre todo a Barbie. Puede que, efectivamente, deba hacerlo una última vez para exorcizar toda su violencia y expulsarla para siempre.

—Si lo hago… quiero que me prometáis los dos que será la última vez. Que nunca más me lo volveréis a pedir. Raoul, te doy un mes para que encuentres un curro.

—Por supuesto, cariño. ¡Siento mucho que tengas que volver a hacerlo! — promete su madre.

—Lo de abandonar el filón, ya lo veremos —dice Raoul, más lacónico.

El filón. Haría falta un hombre muy rico. Sería su llave hacia la libertad. El problema es que ella no sabe cuál es la situación financiera de ninguno de los hombres que últimamente se le han acercado. Aparte de Marc, evidentemente.

Marc.

Barbara se levanta de golpe, como si la silla ardiera.

—Perdonadme un momento.

La joven se va a su cuarto para estar sola y marca un número de teléfono.

—¿Sí? Diga.

—Hola, Marc. Sé que te dije que no quería volver a cruzarme en tu camino, pero estaba equivocada. Necesito verte, y de verdad es urgente.