Ojos de muñeca

Ingrid Desjours · Capítulo 40 de 42

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Ojos de muñeca

Capítulo 6

Barbara estaba muy nerviosa y el médico le ha prescrito un sedante suave.

Ella está lo suficientemente aplacada para no tener más crisis nerviosas y lo suficientemente consciente como para responder al interrogatorio. Con su jersey claro y sus vaqueros parece una adolescente. Los hombros hundidos en un postura un poco avergonzada, ha hundido su barbilla en el cuello y lanza miradas nerviosas a su alrededor. Cuando él se ha sentado detrás de su mesa, ella lo ha mirado con incredulidad, como si se tratara de un anacronismo.

—Capitán Marc Percolès. Estamos aquí en el marco de una investigación sobre actos de barbarie de los que usted es presuntamente culpable y de un asesinato del que tenemos pruebas que usted ha cometido.

—No entiendo, Marc. ¿Por qué me hablas tan fríamente?

—Soy el policía responsable del asunto.

—¿No eres…?

—No.

—¿Me has engañado todo el tiempo?

Parece una niña pequeña perdida.

—Sí.

Barbara Bilessi se hunde un poco más en su asiento. Su mirada se enturbia, tiene la sensación de que el mundo se derrite a su alrededor. Ya no tiene brillo, ni expresión. Una cara pálida e inexpresiva. Desde este momento, todo carece de importancia. Su bello hombre roto ha mentido, ha hecho trampa. Que la peguen o que la encierren, incluso que la maten. Ya nada importa.

—¿Reconoce usted a estos hombres? —pregunta el capitán mientras le enseña las fotos de las víctimas.

Ella se inclina sobre las fotografías, las mira detenidamente y niega con la cabeza.

—¿Por qué me hablas de usted?

—¿Y estos? —pregunta él.

Son los mismos, con los ojos reventados. Barbara mira y se gira de espaldas como si el verlos le quemara la retina.

—…

—¿Los reconoce? —insiste Marc.

—Sí.

—¿Ha sido usted quien ha hecho esto?

—Sí.

Hace una señal a su colega para que escriba que la sospechosa ha admitido los hechos.

—¿Por qué?

—No lo sé —contesta ella con una voz sin matices.

—¿Por qué?

—Porque necesitaba dinero, supongo.

—¿Supone?

Marc ha levantado la voz. Ella se sobresalta.

—Sí. Necesitaba dinero.

—¿Y qué hace con el dinero que les ha robado?

—Compro perfume.

Mucho perfume. Marc sabe que a la joven le gusta saturar su olfato y al mismo tiempo el de los que están a su alrededor.

—¿Y qué más?

—Regalos para mamá, a los que tanto se ha acostumbrado. Ella siempre quiere más, y a mí me gusta hacérselos.

—¿Está usted acusando a su madre de obligarle a cometer esas barbaridades? — protesta Marc.

—¡No! ¡Ella no me obliga! Solo he dicho que no podía volver todas las noches con las manos vacías. Mamá y yo nos queremos, nos hemos reconciliado y tenía ganas de complacerla. ¡Ella se ha privado de tantas cosas por mí! Además, su vida no ha sido fácil, está ciega, ¿sabes? ¡Y no, ella no me ha obligado!

—Entonces ¿quién?

Barbara se tapa la boca, como si acabara de meter la pata, y eso complace a Marc, porque le da esperanzas de pillar a Raoul Moncet. Seguro que esa basura es la que obliga a Barbara a prostituirse y a robar a esos hombres, a mutilarlos para que no puedan reconocerla.

—También tengo que ocuparme de mi bebé —argumenta la joven.

—Barbara, no creo que sea el bebé quien le pide que cometa esos crímenes. Dígame la verdad si quiere que la ayudemos.

Barbara parece aterrorizada, gesticula sentada en su silla, se muerde los labios, sus ojos recorren toda la habitación sin quererlos fijar en ningún sitio. Parece víctima de una verdadera lucha interior.

—No tenga miedo. No puede hacerle daño —insiste el capitán—. Podemos protegerla, pero tiene que decirnos quién la obliga.

—Raoul —suelta ella de pronto, muy deprisa, como cuando se salta del trampolín sin pensar—. Mi… chico. Entendió lo que estaba haciendo. Una noche me siguió, y desde entonces me obliga a continuar.

—¿Cómo le obliga? ¿Le pega?

—N… no.

—¿Amenaza a su mamá, a su bebé?

—Me amenaza con denunciarme a la policía.

Poco consistente, poco consistente como excusa. No es suficiente para alegar circunstancias atenuantes. Tiene que decir más, explicar que lo de los ojos reventados es idea de Raoul.

—¿Por qué esta puesta en escena?

—¿Esta qué?

—El bigote. ¿Por qué se pone un bigote?

—Es por culpa de Sweet Doriane, mi muñeca. Ella es la que decide esas cosas.

—Pero ¿qué dices, Barbara?

En la voz de Marc hay miedo. Está tan angustiado que se ha olvidado de hablarle de usted. Esa historia de la muñeca suena muy extraña, como un cuento de Maupassant. Quizá los sedantes hacen que el discurso sea tan confuso.

—Mi muñeca. Se me parece mucho. Es mi yo interior. Es cuando me convierto en Barbie cuando hago cosas malas, también me parezco un poco. Todos los malos tienen bigote —añade, como ausente—, ¿no lo sabías?

Hace tiempo detuvieron a un violador con bigote. Perpetraba sus ataques en un parque que no está muy lejos de la tienda de las muñecas que tanto le gustaba a Barbara. Marc se plantea si ella no sería una de sus víctimas y se promete a sí mismo, en un momento determinado, recordar esto para intentar explicar su locura, con la esperanza de aligerar su condena.

—¿Por qué les sacaba los ojos?

Tiene ganas de soplarle la respuesta, de decirle que acuse a Raoul. Pero no puede. Eso no puede hacerlo. No está solo en la sala.

—No soy yo quien se los saca.

—Entonces ¿quién?

Marc salta en su silla. ¡Lo sabía! Vuelve a tener esperanzas.

—No, es Barbie, ya te lo he dicho. Yo no quiero hacerlo. Realmente no soy yo, ¿sabes? Veo lo que pasa y a una parte de mí le gusta eso, pero no soy del todo yo.

Su gozo en un pozo. Sin embargo, Marc no ha dicho su última palabra. Por eso se apresura a tener en cuenta la nueva justificación que ella le ha dado.

—Vais a detenerme, lo sé. Me gustaría ver a mi bebé por última vez y despedirme de mamá. ¿Puede ser?

Haciendo caso omiso al gesto de reproche de su colega, Marc acepta. Si había entendido bien lo que Barbara le contó un día, Moncet se pasa el día echado en el sofá. De un tiro matará dos pájaros y le ordenará que le siga para exprimirlo un poco.

Ha cruzado la ciudad hasta su casa con las esposas en las muñecas y también en el minúsculo ascensor, que esta vez sí va a llevarla hasta el auténtico infierno.

Marc pega el oído en la puerta de entrada. Ni un ruido.

—El pequeño debe estar durmiendo —dice Barbara.

Marc mete despacio la llave en la cerradura, le hace una señal a Barbara para que entre y sigue sus pasos. La mujer avanza y se detiene en seco. Marc choca contra ella como el primer día que se encontraron.

—¿Por qué te paras? ¡Entra!

—No.

—¿Qué?

—No puedo. No quiero que entres y que tú… Va a hacerte daño. ¡Me lo ha jurado! —grita Barbara.

Empieza a llorar e intenta bloquear la puerta con sus brazos para impedir la entrada al hombre al que quiere. «Si ese cabrón pone un pie en esta casa, le clavo este cuchillo en el corazón. ¿Lo has entendido, Bébé?» Ella no se ha olvidado de las amenazas de Raoul: Si se siente acorralado y no tiene nada que perder, no dudará en cumplir su amenaza. Y ella no lo soportaría. Prefiere no volver a ver nunca a su bebé y no despedirse de su madre, antes que perder a su amor.

—¡Vamos, Barbara, no seas ridícula, entra!

—¡Raoul ha dicho que te matará!

—¿Tiene un revólver?

—No, un cuchillo.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Barbara, estamos todos armados. Si él saca el cuchillo, créeme, le dispararemos antes de que pueda hacer algo.

El argumento parece tranquilizarla. No obstante, aún tiene dudas.

—¿Qué pasa? —pregunta él amablemente.

La joven se sonroja, palidece, adopta una expresión de estar a la vez asustada y solemne, como si fuera a morirse al cruzar la puerta.

—Pero cuando lo hayas visto… ¿me querrás todavía?

—¡Claro que sí! ¡Qué pregunta más tonta!

—Es que… Podría no gustarte que haya estado con un tío como él.

—No te preocupes, corazón, todos hemos pasado por situaciones parecidas, yo el primero. Anda, entra, es hora de que te despidas de tu bebé.