Ojos de muñeca
Capítulo 2
—¡Gilipollas! ¡Hija de la gran puta!
Marc Percolès sigue enfadado. En una acera ancha como un paseo ha tenido que tropezarse con la única idiota indecisa incapaz de controlar su cuerpo en el espacio. No, si también habrá que sacarse un permiso para poder ir andando. De ese modo habría menos imbéciles en la calle. El hombre suspira. La verdad, está más enfadado consigo mismo que con la pobre chica que, con toda seguridad, acaba de aterrorizar. Está enojado porque él podría haberla sorteado. En fin, antes seguro que lo habría podido evitar. No soporta la idea de no haber sabido esquivarla. No soporta la idea de que es él quien lo ha hecho mal, dado el peso de su cuerpo. ¿Cuánto pesa ella? ¿Cincuenta kilos? Es patético.
—¡No soy más que un pobre infeliz, un miserable!
Se resigna y maldice su vida mientras avanza con paso colérico sobre la acera helada; maldice al destino y a este jodido cuerpo que le traiciona. Ni pensar en subirse a un taxi como un vulgar inválido. Y nada de coger el metro, bajar y subir los escalones de hormigón. No le queda otra, caminar. Tan rápido como puede. Como cuando lo hacía sin pensar. Como antes.
Veinte minutos más tarde, ya ha llegado. Bañado en sudor, sofocado como un buey. Pero ha llegado, y en un tiempo récord, faltaría más. Se dice a sí mismo que ya está preparado para los paraolímpicos y reprime un grito de rabia. El lugar no es el más adecuado. Bueno, el lugar quizá sí, pero no el momento.
Esto huele a pasma. Normal, es una comisaría. Los hay para todos los gustos: los de azul, que llevan el uniforme y el quepis, los polis de civil, jóvenes, viejos, los que se entretienen tecleando las declaraciones con un solo dedo, otros enfrascados en la tertulia frente a la cafetera que carraspea, allí, en el fondo del pasillo a la izquierda. Se entra y se sale como en un patio abierto, y lo menos que se puede decir es que son muy confiados, estos pollos. Un zorro podría entrar y desplumarlos sin ningún problema. Marc está que trina. ¡Pedazo de inútiles! Como nadie parece haberse percatado de su presencia, se va a dar una vuelta. Recorre el pasillo donde los policías esperan pacientemente su café, camina sin hacer ruido, agudiza el oído para pillar la conversación.
—Un tipo brillante, sí señor. Realmente, no se puede decir lo contrario.
—Sí, su fama llega hasta Marsella.
—Ya verás, es bueno. Pero ya antes era un poco raro. Entonces…
—¿Raro?
—Sí. Uno de esos tíos que leen libros de filosofía, que lo saben todo de todo. No hay nada que no sepa. Incluso los de la científica jamás han conseguido pillarlo en un renuncio. Sabe tanto como ellos, incluso más.. Aquí los chicos le llamaban la enciclopedia con patas. ¡En fin, ahora será la enciclopedia monopata! ¡Ja ja ja!
El otro poli también se parte de risa. Durante unos cuarenta segundos. Cuarenta segundos antes de que se den cuenta de que un tercer hombre está junto a ellos. Que se ríe a carcajadas. Una risa rara, sobreactuada. Una risa que espera su turno para explotar en la cara, rociarte de odio y escupir un gargajo de ácido. Los dos colegas se giran con una sincronización perfecta. Su hilaridad se desvanece de golpe. El más joven por puro mimetismo con su mayor. El oficial que estaba hablando permanece estupefacto, con la cara deformada por las emociones contradictorias: la que le hacía reírse a mandíbula batiente hace un momento y la que acaba de abrirse camino a lo largo de su columna vertebral. Sus ojos se abren como platos, las pupilas se retraen, empieza a rezumar miedo. Un miedo que le impregna la frente de gotitas, le chorrea por la comisura de los labios y le hace temblar la barbilla.
—¡Ca… capitán Percolès! Pero… ¿no tenía que llegar mañana?
—Claro, colega, ahora resulta que es culpa mía que te haya pillado cachondeándote de mí. ¿Cómo te llamas?
—Teniente Matel. Denis Matel. Escuche, capitán, lo siento mucho, no quería burlarme.
—¡Ah, no! ¿Cómo llamarías tú a eso?
—Yo… es estúpido, no voy a negarlo. Es imperdonable. Le pido por favor que acepte mis disculpas. Pero ¡por favor, no abra un informe por una tontería de colegial!
Una tontería de colegial… Marc inspira profundamente. Sobre todo no debe ponerse nervioso. No el primer día. No por eso.
—Está bien.
—¿Bien? ¡Oh, gracias, capitán! Lo sien…
¡Cloooc! No le deja tiempo para terminar la frase. Percolès puede estar algo disminuido, pero su cabeza funciona a la perfección, literal y figurativamente. El idiota no lo ha visto venir y se ha llevado un cabezazo magistral. Uno bien estructurado, que sale ¿del pecho?, ¿del corazón? El cráneo impacta justo en la zona superior de la nariz. El tío está en el suelo y se retuerce de dolor. Instintivamente, su joven colega se pone en guardia, dispuesto a defenderse en caso de ataque, e incluso a responder.
—Veamos. ¿Pegarías a un inválido?
—¡Si me atacara, sí!
—Me gustas. Búscame una aspirina, presiento que voy a tener migraña.
—Pero… ¿y Matel?
—No me gusta esperar, ¡rápido!
El poli joven desaparece a paso ligero. Pero no hay que ser un sabueso para adivinar que no ha ido al botiquín, más bien ha ido a chivarse. Percolès suspira, mira de reojo a Matel que aún está atontado, se encoge de hombros y termina de recorrer el pasillo hasta su despacho.
Está tan satisfecho de volver a ver su vieja silla que le destroza la espalda, esa mesa metálica con los cajones abollados, ese estúpido muñeco de perro que balancea la cabeza, regalo de los colegas en un aniversario, que en un principio no se da cuenta de que algo ha cambiado, de que no es el único ocupante del despacho. Solo después de cinco largos minutos frunce el entrecejo y se dispone a gritar el nombre de su comandante justo cuando este entra en la sala.
—Podrías llamar.
—¡Y tú podrías controlarte! ¡Coño, Marc, no hace ni diez minutos que has llegado y ya te has metido en un berenjenal!
—Yo también tenía ganas de verte, Ange.
—Se suponía que llegabas mañana —refunfuña el comandante.
—Claro. ¿Para que te sientas obligado a sorprenderme con una estúpida copa de bienvenida? No, gracias.
—Vete a la mierda. ¿No puedes comprender que nos hacía ilusión celebrar tu regreso?
—Ya está bien. No vuelvo del destierro, no hay que exagerar. ¿Tienes fuego?
El comandante Gardeni renuncia a reprenderlo por las malas costumbres que comparten y se limita a suspirar mientras le ofrece su mechero. Marc enciende el pitillo con una gran calada que impulsa el humo hasta sus entrañas.
—¡Coño, qué contento estoy de haber vuelto!
—¿No es un poco pronto?
—Los médicos me han soltado. Soy apto para el servicio
—No hablo de eso, Marc. Has vivido un drama.
—Y crees que estoy majara, ¿verdad?
—No, no quiero decir eso. Pero aún eres frágil.
—Déjame en paz. Ya he tenido bastante durante toda la rehabilitación con esos psicólogos charlatanes jodiéndome con sus chorradas.
—¡Joder, no has cambiado!
—¡Ya ves! Bueno, lo que me toca los cojones, y sé que no tengo derecho a preguntarte, es lo que veo en este despacho y que me cabrea mucho. Pero todavía no he saludado a los colegas como tiene que ser, así que, si me perdonas.
Bajo la atónita mirada de su superior, Marc se quita el jersey, después la camiseta. Gardeni se siente incómodo. Al ver a su amigo en ese estado le dan ganas de llorar.
—¿Qué haces, Marc?
—Ahorrarme meses de miradas inquisidoras —contesta desabrochándose los vaqueros.
—No hombre no, coño, para ya. ¿Qué vas a conseguir?
—Nada, no quiero nada, Ange —contesta con amargura.
Marc se inclina un poco hacia delante y hace que el pantalón se deslice hasta los tobillos. El comandante se da la vuelta, no puede evitarlo.
—¡Venga, venga! ¡Déjate de monsergas! ¡Mira!
—No puedo.
—Como quieras.
El capitán coge el montón ropa y se dirige a la puerta sin que su amigo intente retenerlo. Con paso lento, llega hasta la sala central. Al pasar la gente se calla, las miradas huyen hacia los fluorescentes o se concentran en las uñas, en los zapatos, cualquier cosa que les permita escapar del espectáculo que Percolès quiere obligarles a contemplar. El hombre sigue con paso lento y se coloca en la zona de los despachos. Y más que gritar, aúlla:
—¡Así soy yo! ¡Venga! Mirad, pedazo de blandos. ¡Examinad cada parcela de mi cuerpo de una vez por todas! No voy a vestirme hasta que todos y cada uno de vosotros me haya mirado bien. Porque una vez hecho esto, no quiero ver en vuestras miradas ni un ápice de piedad o rechazo, ¿está claro?