Ojos de muñeca
Capítulo 3
Es demencial la cantidad de cambios que se han producido en ella desde el nacimiento del bebé. ¡Se siente a la vez fuerte, dispuesta a levantar montañas, y totalmente aterrorizada porque ese pequeño depende absolutamente de ella! No tiene sentido, e incluso debería prohibirse, dejar toda esa responsabilidad a una sola persona. Como nunca antes, Barbara siente que está en precario, atrapada entre un trabajo mal pagado y una madre que la esclaviza. Eso debe cambiar. Sueña con reciclarse, ¿tal vez podría confeccionar muñecas personalizadas? Es muy buena creando modelos únicos. ¡Solo hay que ver a Sweet Doriane! Ahora tiene un aspecto sacralizado, medio ángel y medio demonio.
Pero si la muñeca es motivo de orgullo, no le llega ni a la suela de los zapatos a su bebé. «Su be-bé», tres sílabas que le producen vértigo. La joven a veces tiene que pellizcarse para asegurarse de que no está soñando y que al término de un embarazo fantasma ella, la pequeña esteticista, sin ser una belleza, ha sido capaz de traer al mundo un niño tan guapo. No deja de mirarlo, de contar sus minúsculos dedos y de jugar a la mamá con él. Está muy mimado. Nada es lo bastante bonito para su pequeña maravilla, y no escatima en gastos para comprarle la ropa más cara, la más mona.
—¡Ten, chiquitín, mira lo que mamá te ha traído hoy! Estás contento, ¿verdad? Voy a bañarte y luego te probarás la ropa nueva, ¿de acuerdo?
Dedica mucho tiempo a su hijo y se ocupa de él con la misma devoción que antes consagraba a sus muñecas. De madre de porcelana, ha pasado a ser madre de carne y hueso, hasta el punto de desatender a sus compañeras en miniatura. A veces le parece que la miran con enfado. Da la impresión de que se animan y se cruzan miradas acusadoras. Evidentemente es Sweet Doriane quien lleva la voz cantante.
—Tengo el pelo sucio y mi maquillaje se borra, nos tienes abandonadas.
—No, ahora tengo menos tiempo para vosotras, pero no durará mucho, encontraré el equilibrio.
—Te equivocas de vida, Barbara. No estás hecha para ser madre. ¿No te has visto las ojeras y ese aspecto cansado que te afea?
La joven echa un vistazo al espejo de su habitación. Efectivamente, las marcas de falta de sueño son evidentes.
—Tu madre tenía razón, este niño devora tu energía vital. Tienes que hacer algo antes de que sea demasiado tarde.
—¿Demasiado tarde para qué?
—Para convertirte en quien debes ser.
En lo que dura un pestañeo, la silueta etérea de una mujer de piel clara y sonrisa radiante baila detrás de sus párpados.
—¡No hay sitio para un bebé en tu vida! Solo lo hay para nosotras. ¡Deshazte de él!
Barbara rechaza esa idea. Se ve capaz de sacarlo todo adelante y conseguirá tener una vida de mujer, así como una vida de madre. Podrá con la vieja pitonisa ciega y con la muñeca celosa. Se casará con Raoul y formarán una familia unida. Claro que de vez en cuanto tendrá que recurrir a Barbie, hasta que pueda prescindir de ella.
Al joven mecánico no le convence demasiado el restaurante que su amiga ha elegido. Esperaba que a ella le pareciera lo mismo, pero nada de eso. ¿Dónde está la torpe y tímida chica que a él le daba tanta seguridad? Barbara se acerca a la mesa con paso seguro. Cuando se sienta percibe su perfume, y a pesar de que no es un experto, adivina que no se trata de una colonia comprada en el supermercado de la esquina. Está muy guapa con su vestido burdeos. Su escote realza sus redondos senos, e incluso se ha maquillado para la ocasión. Le gusta que se haya tomado la molestia: debe de estar muy enamorada.
—Llegas tarde —le reprocha él.
—Sí —se disculpa ella—, el metro se ha averiado, y ya sabes cómo va.
—Esto nos va a costar un ojo de la cara. ¿Has visto los precios?
—No te preocupes. Invito yo. Me gusta.
Barbara está un poco decepcionada por la reacción de Raoul. Pero no se quiere arriesgar a perderlo por un trivial asunto de dinero. No le va a costar un riñón. No es tan caro.
—¿Te ha tocado la lotería?
—No. Ahorro las propinas que me dejan los clientes en el instituto.
Se sonroja un poco. No obstante, no es del todo mentira.
—Vale, espero que no sea una de tus tretas para engañarme esta noche.
—No, te prometo que no. Solo quiero que pasemos un buen rato. Como hacen los enamorados. ¿Te apetece un aperitivo?
—Sí, un whisky. Y ya que estamos en ello, podemos pedir ya la cena. En este tipo de restaurantes tardan una eternidad, y claro…
—Como quieras.
Raoul llama a gritos al camarero y le dice lo que quiere. Entrecot y puré. En resumen, vaca y patatas. Mejor hubiese sido ir a un restaurante de carretera. Barbara hubiera preferido un poco más de delicadeza, y está visto que es mejor esperarla de sus clientes que del que podría convertirse en su marido. Fuerza la sonrisa como si él hubiera escogido un menú de sibarita y después pide ella.
—¿Desde cuándo eres mecánico?
—Llevo siete años.
—¿Te gusta?
—Sí, es un curro. Hay que conservarlo —dice riéndose a carcajadas y ofreciendo el inevitable panorama del puré pegado a los dientes.
—Claro, tienes razón. ¡Con tanto tiempo, tendrás mucha experiencia!
—¡Sí, podría decirse que sí! ¡Tu chico no es un cualquiera!
«Tu chico.» A falta de un príncipe encantador, se conformará con este, con tal de que la saque de su mazmorra. Es joven, tiene buena salud. Vivirá mucho tiempo y puede aportar un sueldo fijo para el bebé y para ella.
—¡Algún día serás jefe! —espeta ella—. Es posible que llegues a montar tu propio taller.
—¡No! ¡Nada de esto! ¿Para cargarme de problemas y sin vacaciones pagadas? Estoy bien así. ¡Monta tú un instituto de belleza si es tan fácil!
—Quién, ¿yo? No sería capaz —se defiende ella, consciente de haberle tocado la fibra—. Lo único que quiero es encontrar un buen marido y fundar una familia. ¿Quieres tener hijos?
La respuesta es importante. Ella no quiere incomodarlo, pero necesita saber si puede presentarle a su bebé. El chico parece reflexionar, sopesar los pros y los contras con la mirada perdida en el pecho de su amiguita.
—Claro que sí. Me encantan los niños.
—¡Estupendo! —dice ella sonriendo.
—¡Sí, pero hay que empezar a entrenarse para hacerlos!
—Sí.
—¡Ya te digo, guapetona: esta noche no te vas de rositas!
Suelta una carcajada un poco grosera que Barbara se esfuerza en acompañar. No obstante, el amor brilla por su ausencia… hasta el punto de plantearse si, en un momento determinado, no va a tener que invocar a Barbie.
Recorren el trayecto hasta la casa de ella sin mediar palabra. Nada más subir al coche, Raoul ha puesto la radio y ha encendido un cigarrillo. Ha esperado a estar en el diminuto ascensor para meterle la lengua en la boca. Una lengua gorda, fofa y babosa que va demasiado lejos, se mueve demasiado y le impide respirar. Nunca el ascensor le había parecido tan lento.
—¿Estás segura de que tu madre estará durmiendo?
—Sí —dice ella, recuperando la respiración—. Sígueme.
Gira lentamente la llave en la cerradura y lo adelanta. Como siempre, la tele aún está encendida y baña el salón con esa luz azulona tan familiar.
—¡Joder, tu casa apesta! ¿Es que nunca ventilas?
—Mamá tiene terror a las corrientes de aire. Tranquilo, todo va bien. Mi habitación está al final del pasillo —susurra ella.
La sigue sin problemas. Nada más entrar en la habitación, le agarra el culo con la mano y empieza a desabrocharse el vaquero.
—¡Coño! ¿Qué es esto? —grita él.
—¡Ssshhh! ¡Vas a despertarlo!
—¡Joder! ¡No me habías dicho que tenías un bastardo!
—¡No es un bastardo! Es… Es el bebé de mi vecina —miente ella—. Lo cuido durante fines de semana.
—¡Qué coño! ¡Este es el mejor modo de matar al amor! ¿Crees que soy idiota?
El niño, que se ha despertado con los gritos del hombre, se pone a llorar con esa voz de gorrino degollado que tienen los recién nacidos. Es insoportable. Raoul se abrocha la bragueta.
—¡No! ¡No te vayas! ¡Podemos hacerlo igualmente!
—¡Aquí no!
—¡Donde quieras! ¡Tengo muchas ganas, te lo juro!
—¡A otro perro con ese hueso!
Raoul, furioso, se va de la habitación. Barbara se descompone, tiene pánico. ¡Va a perderlo! No puede perderlo: ¡lo necesita! ¡Maldito bebé! Ya puede reventarse los pulmones y chillar lo que quiera, pero tiene que dejarlo ahí. Por su bien. Porque le hace falta un papá. Ella no podrá cuidarlo sola durante mucho tiempo. Es agotador.
—¡Ahora vuelvo, mi amor, ahora vuelvo! —le dice al marcharse.
Barbara corre detrás de su amigo. Lo alcanza cuando entra en el ascensor.
—¡Apártate! —grita—. Me largo.
—¡No, por favor! ¡Te deseo!
—Tienes una manera muy peculiar de demostrarlo. Escucha, a mí no me van las calientabraguetas, no son mi tipo; por lo tanto, lo dejamos aquí.
—¡No soy una calientabraguetas!
—¡No me digas!
La mira con desprecio, con el dedo apretando el botón de abrir puertas. Barbara comprende qué está esperando, entra en el infame ascensor y le aparta el dedo del botón. Las puertas se cierran despacio, la cabina está a oscuras. Ella tiene que recuperarlo, demostrarle que vale la pena que se quede. Es el único modo que conoce, y esta noche le repugna mucho. Entonces, tal como estaba previsto, ella invoca a Barbie, le baja los pantalones, los calzoncillos y mete el pene de Raoul en su boca. Él no la rechaza. Si hubiera luz en el ascensor, la joven podría ver el esbozo de una sonrisa.
—Te conviene aplicarte. Estoy muy enfadado, Bébé.
Raoul se calma, se relaja, se deja llevar y le sujeta la cabeza. Sí, es así como hay que actuar con las chicas. Demostrarles quién manda. Dónde está su sitio. Enseñarles a ser muy amables si quieren que el chico se quede.
—¡Sí, sigue! ¡Joder, qué bien!
Ya no piensa en sujetarla, en fin, ya no piensa en nada. Apenas sabe cómo se llama él mismo. Lo hace muy bien. Hubiese sido una lástima haberse perdido su talento. ¡Quién le iba a decir que detrás de una nena que se ligó por despecho un día de resaca se escondía una maravillosa chupapollas! En dos minutos el asunto se ha acabado. Barbara aprieta el botón. Está nerviosa. ¡Ojalá haya arreglado la situación! Él ya piensa en vestirse y en marcharse. La besa con cariño en la frente y le acaricia la mejilla. No hace falta nada más para que la joven vuelva a tener un poco de esperanza.
—¿Ya no estás enfadado? ¿Volveremos a vernos?
—No lo sé. ¡Te llamo!
—¿Me lo prometes?
—Sí, sí. Prometido.
Cuando entra en su casa se encuentra con el Apocalipsis. Su madre se ha despertado y está chillando al bebé, que no para de gritar a pleno pulmón. Esta tan colorado como la ciega, casi color cereza. Escarlata. Como si fuera a explotar.
—¡Por Dios, haz que se calle! ¡No lo soporto más! ¿Qué te crees? ¡Es tu bebé! ¡Tienes que calmarlo! Si no…
La vieja blande su bastón de modo amenazante.
—¿Si no qué? ¡Te prohíbo que lo toques!
—¡Si no, os echo a los dos! ¡Y créeme que lo hago! ¡Os echaré a patadas!
—¡Mentirosa! ¡Me necesitas demasiado!
—¿Tratas de mentirosa a tu madre? ¿Es eso? ¿Todo por culpa de este bastardo? ¿Era su padre quien gritaba antes en tu habitación?
—¡No! Era un amigo.
Aterrorizado por los gritos de las dos mujeres, el pequeño no para de llorar, como si absorbiera su ira para escupirla en un quejido tan fuerte como para reventar los tímpanos de los vecinos.
—¡Claro que te callarás!
La ciega se dirige hacia la cama, dispuesta a destrozar a su nieto. Pero Barbara, más rápida, coge al bebé bañado de sudor y lo protege en su regazo.
—¡Yo me ocupo! ¡Yo haré que se calle! ¡A ti te prohíbo que lo toques!
Barbara no permitirá que nadie le haga daño a su hijo. Siente que su ira va aumentando de intensidad como nunca lo había sentido. Aunque su madre no la ve, parece que percibe su determinación. La vieja vacila, la mirada perdida en el vacío, la boca deformada por el odio, y después se rinde. Sus hombros se relajan, se da media vuelta.
—Procura conseguirlo —dice en un gruñido.
Barbara abraza fuertemente al pequeño y lo besa. Ella lo protegerá. De su madre. De Sweet Doriane. De Raoul. Si es necesario, serán ellos dos contra todos.
—Tranquilo. Mamá está aquí, pequeñín. «Duérmete niño, duérmete ya» —tararea ella dulcemente.
Se sienta en la cama e intenta silenciar sus gritos lo mejor que puede, canta, llora, lo envuelve con sus brazos, besa sus pequeñas mejillas llenas de lágrimas, su pequeña nariz, su boca.
—Tranquilo, tranquilo, mi niño. Estoy aquí, te tengo en brazos. Ya lo sé, es muy duro todo esto.
Lo abraza con toda la fuerza de su amor, llora, le acaricia la pequeña cabeza pelona. ¿Es realmente al bebé a quien abraza así, o es más bien a la pequeña niña que fue y que estaba desesperada porque su madre nunca la cogía en brazos? Todavía llora por eso.
El pequeño aún tiene espasmos, son las últimas secuelas de su desazón.
—¡Venga, para ya! Todo va bien, ángel mío. ¡Te quiero tanto!
Poco a poco, su respiración se tranquiliza. El pequeño tiene la cabeza entre sus pechos. Pechos que él no le ha vaciado. Su madre es solo una mujerzuela.
—Así, duerme. No te preocupes, pronto nos iremos de aquí con papá. Ya verás. Pero mientras tanto, tienes que ser bueno, tan bueno como las muñecas que hay a tu alrededor. Si no, la abuela nos echará.
Como si contestara a su madre, la respiración del pequeño se sosiega justo después del último hipo. Barbara lo besa otra vez y lo acuesta con gran cuidado.
—Que tengas dulces sueños, mi muñequito.
Como respuesta, oye los ronquidos de su madre que traspasan los finos tabiques del piso. ¿Cuánto rato ha estado aquí, meciendo a su bebé? No lo sabe. Lo único que sabe es que la vieja loca haría bien en calmarse si no quiere tener un accidente.